20 #3
—Quiero pasar la noche contigo. Despertarme aquí. No tener que darle explicaciones a nadie.
Clara se acercó un poco. Sus ojos adquirieron aquella dulzura peligrosa que él empezaba a reconocer.
—Entonces quédate.
La palabra hizo tambalearse algo muy profundo en su interior.
La miró. Miró el sofá. La luz. El pequeño estudio. La caja de pizza que aún seguía allí. La inmensa sencillez de todo cuanto dejaría atrás al cruzar la puerta.
Entonces la realidad se impuso a sus deseos. El hotel. Su representante. El despertador. El trabajo. El mundo exterior, siempre dispuesto a alcanzarlos por la menor grieta.
Jae-min cerró los ojos un segundo.
—Si me quedo –dijo en voz más baja–, querré repetirlo todas las noches hasta que me marche.
Clara le sostuvo la mirada.
—¿Y eso sería tan terrible?
El silencio respondió por él.
Jae-min se inclinó y la besó. Largo y tendido.
Con aquella mezcla de deseo y tristeza que volvía algunos besos casi más íntimos que la propia noche.
Clara deslizó una mano hasta su nuca. Bajo su ternura, él percibió que ella compartía su deseo de seguir retrasando el momento en que se abriera la puerta.
Cuando se apartó, lo hizo con pesar manifiesto.
—Te escribiré en cuanto llegue –dijo.
—De acuerdo.
Se puso la chaqueta, la mascarilla y la gorra.
Clara lo acompañó hasta la puerta.
Se detuvieron una vez más en el umbral.
Él posó la mano en su mejilla. Clara la cubrió con la suya.
—Buenas noches –murmuró ella.
—Buenas noches.
Jae-min bajó la escalera con la absurda sensación de alejarse de un lugar al que acababa de llegar.
En el coche de regreso al hotel, París desfilaba en borrosas estelas de luz al otro lado de la ventanilla.
Llevó el móvil en la mano durante todo el trayecto.
Le escribió Ya he llegado antes incluso de cruzar el vestíbulo.
Ella respondió con un corazón rojo seguido de un: Duerme un poco, estrella trágica.
Jae-min sonrió.
Después, la puerta de su habitación se cerró a sus espaldas.
Y la añoranza lo asaltó de inmediato.
Cruel. Dolorosa.
Unos minutos antes, Clara estaba allí. Su pelo sobre el hombro de él.
Su voz en la penumbra. El calor de su estudio.
El olor a pizza. Y ahora solo quedaban el orden glacial de la habitación de hotel, la cama demasiado grande, las cortinas corridas, el aire acondicionado, el silencio impersonal de todo lo que no conserva ningún recuerdo de uno.
Permaneció de pie en mitad de la habitación, invadido por una sensación de pérdida casi física.
Estaba acostumbrado a las partidas, a las habitaciones, a las ciudades, a los rodajes, a las separaciones temporales que el calendario regulaba al minuto. Nada de aquello lo había preparado para semejante vacío.
El móvil vibró.
Bajó la mirada, esperando otro mensaje de Clara.
El nombre que apareció en pantalla lo sorprendió.
Padre
Una videollamada.
Jae-min observó la pantalla un segundo y aceptó.
La imagen de su padre apareció casi de inmediato. Han Seung-ho llevaba una camisa clara y una americana oscura. A su espalda se extendía el despacho familiar de Seúl, amplio, sobrio, de una belleza fría. Una biblioteca impecable. Una lámpara de arquitecto. Un ventanal sobre la ciudad.
—¿Estás solo? –preguntó sin preámbulos.
—Sí.
—Bien. Seré breve.
Jae-min sintió de inmediato que el suelo se endurecía bajo sus pies.
—Tu nombramiento oficial está fijado para el mes que viene –dijo su padre–. Exactamente dentro de un mes. A tu regreso, el calendario estará muy apretado. Empezaremos por las reuniones internas, después será la presentación oficial ante el consejo y, a continuación…
Consultó un documento fuera del plano.
—Conocerás a Jung Hae-rin.
Jae-min se irguió despacio.
—¿A quién?
Su padre alzó la mirada hacia él con una paciencia ya cansada.
—A la hija de Jung Seok-min. Haneul Holdings. Una unión entre nuestras dos familias sería conveniente. Los primeros contactos han sido muy positivos.
—Una unión –repitió Jae-min.
—Un matrimonio –dijo su padre con calma–. No hace falta disfrazar las palabras. La conocerás en cuanto llegues a Seúl.
Su cuerpo se tensó de inmediato.
—No.
Han Seung-ho no se movió.
—¿Perdona?
—No –repitió Jae-min con mayor firmeza–. No puedes decidir un matrimonio como si fuera un contrato de fusión.
La mirada de su padre se enfrió todavía más.
—Puedo decidir perfectamente iniciar unas negociaciones que beneficien a la empresa y a la familia.
—Mi vida no es una negociación.
—Tu vida siempre ha estado ligada a tus deberes.
Jae-min dio un paso por la habitación, incapaz de quedarse quieto. Tenía la mandíbula tensa. La mano libre se le cerraba y se le abría, buscando en el vacío un punto de apoyo.
—Me habías hablado de volver. De la empresa. De responsabilidades. Nunca de un matrimonio concertado.
—Porque, por lo visto, tenías otras prioridades –replicó su padre–. Ya te has divertido bastante.
La palabra cayó con un desprecio sereno que le dio ganas de romper algo.
—Esto no es un juego.
—Todo lo que llevas once años llamando libertad pertenece al mismo privilegio provisional. Has tenido tu carrera. Tu imagen. El lujo de existir al margen. Ahora se acabó.
Jae-min sintió que el nombre de Clara ascendía por su garganta sin llegar a cruzar sus labios.
—Me niego –dijo.
Su padre lo contempló largo rato a través de la pantalla.
—No –dijo por fin–. Protestas. La diferencia es importante.
Han Seung-ho continuó:
—A tu regreso, tendrás treinta años. Ocuparás el lugar que te corresponde. Conocerás a Jung Hae-rin. He tolerado tus distracciones el tiempo suficiente. A partir de ahora, tienes obligaciones que cumplir.
Esta vez, la ira creció en su interior con una nitidez casi glacial.
—Hablas de mi vida como de un calendario que puedes cerrar a cal y canto.
—Hablo del futuro de esta familia. Algo que quizá algún día te importe más que tus caprichos pasajeros.
Caprichos pasajeros.
Clara apareció de inmediato en su mente, con una ternura que volvió el insulto casi insoportable. Su boca. Su voz. Su estudio. Su forma de mirarlo como a un hombre y no como a una pieza en una negociación. Y su padre ya lo reducía todo a un desorden pasajero.
—Ya no soy un niño –dijo Jae-min.
Han Seung-ho inclinó ligeramente la cabeza.
—Precisamente. Así que deja de comportarte como tal.
La llamada terminó pocos minutos después entre frases aún más frías, horarios enviados por correo electrónico, una fecha, un nombre y una orden de silencio.
Cuando la pantalla volvió a quedarse negra, la habitación de hotel le pareció más vacía que nunca.
Jae-min permaneció inmóvil durante largo rato, con el teléfono en la mano y el pecho oprimido por algo mucho más grande que la rabia.
Un mes.
Jung Hae-rin. Un nombramiento. Un matrimonio concertado. Y, en algún lugar en medio de todo aquello, Clara.
La añoranza que había sentido al regresar al hotel se había transformado. Ahora adoptaba la forma de una amenaza.
Fue hasta la ventana y apartó un poco la cortina. París resplandecía en el exterior, espléndida y lejana, como si la propia ciudad aún ignorase que tal vez acababan de anunciarle el final de lo más vivo que tenía.
Su teléfono volvió a vibrar.
Clara
¿Ya duermes o estás poniéndote muy trágico delante de una ventana?
Jae-min mantuvo los ojos fijos en el mensaje durante unos segundos.
Después cerró los párpados.
Y, por primera vez en mucho tiempo, comprendió que aquello que lo esperaba en Seúl ya no tenía solo el sabor del deber.
Ahora tenía el sabor, inconfundible, de la pérdida.