¡No estamos en un K-drama! 18 #3
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Cuando regresó a su boca, el beso se volvió más profundo, más urgente.

Sus lenguas se encontraron y sus respiraciones se aceleraron.

Jae-min se apretó contra ella, haciéndole sentir hasta qué punto la deseaba.

El contacto de sus pieles era eléctrico; cada roce resultaba un poco más intenso que el anterior.

Clara cerró los ojos. Sentía que el corazón le latía desbocado, como si quisiera escapar de su pecho. Jae-min observaba cada reacción, cada estremecimiento, cada inspiración entrecortada. Le fascinaba la forma en que ella se entregaba sin reservas, como si ya no temiera nada.

Le rozó el vientre con la punta de los dedos, trazando dibujos invisibles sobre su piel. Clara contuvo un gemido y elevó las caderas hacia él en una súplica silenciosa. Jae-min sonrió contra su hombro, divertido por su impaciencia, pero decidido a saborear cada instante.

—Eres tan hermosa… –murmuró con voz ronca.

Clara abrió los ojos y lo miró con una intensidad que casi lo hizo retroceder. En su mirada había un brillo que nunca había visto: una mezcla de deseo y confianza absoluta.

—Tú tampoco estás mal –respondió con la voz ligeramente quebrada.

Jae-min no pudo resistirse más. Dejó caer el cuerpo contra el suyo, alineados por fin, piel contra piel. Sus alientos se mezclaron, sus frentes se tocaron y, durante un instante, solo quedó el silencio, cargado de promesas.

La cama crujía suavemente bajo ellos, siguiendo el ritmo de sus cuerpos, que se unían con una urgencia contenida.

Jae-min cerró los ojos, abrumado por el calor de Clara, por la forma en que ella se arqueaba bajo él como si quisiera fundirse con su cuerpo.

Sus dedos se hundieron en los hombros de Jae-min, y él oyó su nombre susurrado junto a su cuello, casi como una plegaria.

Perdió toda noción del tiempo. Solo existían sus manos sobre la piel de Clara, sus labios sobre los de ella y aquella sensación embriagadora de sentirla suya mientras se entregaba por completo a ella.

Sus respiraciones se acompasaron y sus movimientos se hicieron más profundos, más íntimos, como si intentaran colmar un vacío al que ni siquiera habían sabido poner nombre antes de aquella noche.

Cuando Clara alcanzó el orgasmo, dejó escapar un grito ahogado contra su hombro y todo su cuerpo tembló bajo el de Jae-min. Él la siguió poco después, con el corazón desbocado, como si hubiera corrido kilómetros. Se derrumbó sobre ella, con sus pieles húmedas pegadas la una a la otra.

Transcurrió un largo rato antes de que alguno se moviera. Jae-min permaneció allí, escuchando el ritmo apaciguado de su respiración y sintiendo la suavidad de su pelo contra la mejilla. No quería romper el silencio, como si cualquier palabra estuviera de más.

Clara trazaba círculos perezosos sobre su espalda, como para asegurarse de que era real. Jae-min sonrió contra su piel y se incorporó un poco para mirarla. Ella tenía los ojos entornados, los labios todavía algo hinchados y una expresión de paz que él nunca había visto en su rostro.

Depositó un beso ligero en su frente y después en la punta de la nariz antes de tumbarse a su lado y atraerla hacia sí. Clara se acurrucó contra su hombro sin vacilar, como si aquel hubiera sido siempre su lugar.

La noche se prolongaba, dulce y cómplice.

Volvieron a entregarse el uno al otro, pero esta vez el ritmo había cambiado.

Ya no había prisas ni ningún fuego que dominar; solo la lentitud de los gestos y la ternura de la exploración, como si sus cuerpos ya lo hubieran dicho todo y únicamente les quedara saborearse.

Las caricias de Jae-min se volvieron más largas, más profundas, y trazaron caminos que antes no se había atrevido a recorrer.

Clara respondía con estremecimientos discretos y suspiros ahogados, mientras sus dedos se deslizaban sobre su piel como una melodía que hubiera conocido desde siempre.

Cuando por fin sus cuerpos se separaron, Clara se acurrucó contra él, con la cabeza encajada en el hueco de su hombro y una pierna entrelazada con la suya.

Jae-min, con los ojos muy abiertos en la oscuridad, la acariciaba como si quisiera grabar en su memoria todas las curvas de su cuerpo.

La estancia permanecía en silencio, salvo por el sonido de sus respiraciones, que poco a poco se acompasaban, y por aquella sensación extraña, casi irreal, de encontrarse exactamente donde debían estar.

Sin embargo, un pensamiento irrumpió en su mente.

Dos semanas y media.

La idea lo atravesó como una hoja helada.

Jae-min estrechó un poco más los brazos alrededor de Clara.

Ella se movió y levantó los ojos hacia él.

—¿En qué piensas? –preguntó con una voz todavía ronca, todavía dulce.

Jae-min la miró. Bajo aquella luz tenue, su belleza dolía.

Así que respondió con la verdad más sencilla:

—En ti.

La sonrisa que Clara le dedicó fue luminosa y somnolienta. Se incorporó para besarle el hueco del cuello y después volvió a acurrucarse contra él.

Jae-min permaneció despierto mucho después de que ella se durmiera.

La sostenía entre sus brazos, cálida, serena, viva.

Y supo, con una certeza que le oprimió el pecho, que nunca en toda su vida había deseado tanto quedarse en algún lugar.