¡No estamos en un K-drama! 19
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세상일은 뜻밖에서 일어난다

(Sesang-il-eun tteutbak-eseo ireonanda)

«Las cosas importantes de la vida ocurren cuando uno menos se lo espera».

Aquella mañana de domingo, una luz pálida bañaba suavemente el estudio.

Clara abrió los ojos sin moverse, al principio un poco desorientada por aquella placidez inusual, por aquel calor bajo el edredón, más denso que de costumbre, por aquel silencio distinto: un silencio habitado. Entonces el recuerdo regresó de golpe, casi irreal.

Jae-min.

Dormía a su lado.

Ella permaneció inmóvil, con la mejilla medio hundida en la almohada, y lo observó como si su cuerpo aún se negara a creerlo del todo.

La luz de la mañana se deslizaba por su rostro con una delicadeza casi insolente.

Relajadas por el sueño, sus facciones parecían más jóvenes.

La tensión habitual de la mandíbula y la frente había desaparecido.

Llevaba el pelo todavía revuelto por la noche, cayéndole en desorden sobre la frente.

Una mano descansaba junto a la almohada; la otra, sobre la manta que le cubría hasta la cintura.

Era tan guapo que casi resultaba embarazoso.

No era la belleza fría e impecable hecha para la pantalla. No la que impresionaba y mantenía a todo el mundo a distancia.

Allí, en su cama, en su estudio, bajo la cruda luz de una mañana de domingo en París, era otra cosa. Una belleza sencilla, casi desnuda, tan humana que resultaba aún más turbadora.

Quizá eso fuera lo más desconcertante.

El mundo veía a Han Jae-min. Al actor. A la estrella. El rostro. La imagen.

Y ella tenía al hombre.

Lo observó respirar. El lento movimiento del pecho bajo la sábana.

La boca ligeramente entreabierta. El increíble abandono de alguien que dormía profundamente en un lugar que no era el suyo, junto a una mujer a la que apenas conocía desde hacía unas semanas y a la que, sin embargo, había elegido con una certeza tan brutal que todavía le producía vértigo.

¿Por qué yo?

Una simple maquilladora francesa en un rodaje internacional. Una chica del equipo. Una mujer que le sujetaba la barbilla entre toma y toma, le volvía a empolvar la frente y caminaba deprisa con su maletín y su ironía siempre fuera de sitio.

¿En qué puede acabar esto?

Su mirada se deslizó por la línea del hombro desnudo bajo la sábana.

Dentro de dos semanas y media, él se marcharía. A Seúl. A su vida real. Con su padre, con su apellido, con aquel mundo inmenso y blindado que lo esperaba.

Y ella se quedaría allí. En su estudio demasiado pequeño. Con sus pinceles, sus madrugones, sus cafés bebidos de pie, sus amigos, su ciudad.

Su historia ya tenía fecha de caducidad.

La expresión la hirió de inmediato.

Historia.

¿Aventura?

Al menos para esa pregunta sí tenía respuesta.

No.

No era una aventura. No en su cabeza. No en su cuerpo. No después de la terraza del castillo. No después de la piscina. No después de cómo la había mirado antes de besarla, como si se rindiera ante algo más fuerte que él.

No sabía si aquella historia tenía futuro. Solo sabía que ya tenía peso.

Muy despacio, como si un movimiento demasiado brusco pudiera disipar la escena, alargó la mano y apartó con la punta de los dedos un mechón que le había caído sobre la frente.

Jae-min apenas se movió. Después, sus párpados temblaron.

Cuando abrió los ojos, la miró directamente.

Permaneció un segundo sin hablar, todavía a medio camino entre el sueño y el reconocimiento, y entonces una dulzura inmensa asomó a su mirada.

—¿Llevas mucho rato mirándome? –preguntó con la voz aún grave de sueño.

Clara esbozó una sonrisa.

—El suficiente para tener varios pensamientos muy serios y uno o dos absurdos.

Él también sonrió. Después la observó con algo más de atención.

—¿Te arrepientes?

A Clara se le encogió el corazón.

Se acercó un poco y apoyó la mano en su mejilla con una ternura tan instintiva que hasta ella misma se sorprendió. Su piel estaba tibia. Sus ojos, aún oscurecidos por el despertar, permanecían fijos en ella.

—No –susurró.

Sus dedos recorrieron la línea de su mandíbula. Debía de estar diciéndole demasiadas cosas con los ojos, porque Jae-min dejó de moverse por completo. Ella se inclinó y lo besó con suavidad. Un beso de buenos días. Lento. Íntimo.

Al separarse, se quedó muy cerca de él.

—¿Por qué yo? –murmuró.

Él guardó silencio un instante.

—No sé explicarlo.

Ella esperó.

La voz de Jae-min bajó aún más.

—Solo sé una cosa. Eres la única persona por la que he perdido el control de mis emociones.

Clara lo miró sin saber qué responder.

Entonces Jae-min alzó una mano hasta su nuca, la atrajo con suavidad y el segundo beso borró todo lo demás.

La luz de la mañana se deslizaba por su piel y dibujaba sombras sobre las sábanas revueltas, sobre las líneas desnudas de la habitación.

Fuera, el mundo parecía suspendido, como retenido tras los cristales empañados.

En aquella claridad sin artificios, Clara sintió que el deseo volvía a despertar entre ellos.

Se encontraron de nuevo sin prisas, con esa intensidad sorda que sigue a las primeras noches y las vuelve aún más vertiginosas.

Sus manos ya sabían dónde posarse; sus respiraciones se buscaban menos y se encontraban mejor.

La ternura no apaciguaba el ardor, sino que lo volvía más vivo, más profundo.

Jae-min la besaba como si quisiera retener cada rincón de ella: la curva de la mejilla, la frágil hondonada de la garganta, el hombro desnudo que asomaba entre las sábanas.

Su boca regresaba una y otra vez a la de ella, paciente y ardiente, hasta hacerla estremecer.

Clara sintió que su cuerpo se abandonaba con una confianza tan absoluta que casi daba miedo.

Entre ellos ya no había solo deseo: había algo más. Deslumbramiento, tal vez. También miedo. Y la ternura enloquecedora de encontrarse por fin allí, exactamente allí, después de tanto tiempo soñándolo sin atreverse a creer que fuera posible.

Jae-min permanecía pegado a ella, todavía sin aliento, con la frente apoyada en el hueco de su cuello como si aquel lugar ya le perteneciera un poco.

Clara le pasó los dedos por el pelo, con los ojos cerrados, dominada por la turbadora sensación de estrechar contra su cuerpo a alguien a quien medio mundo observaba desde lejos como a una criatura casi irreal.

Y él, allí, respiraba contra su piel.

Más tarde, se levantó para ducharse.

Clara lo siguió con la mirada hasta el minúsculo cuarto de baño del estudio.

Al poco rato, oyó correr el agua al otro lado de la puerta.

Se quedó sentada un momento en la cama deshecha, con la sábana recogida contra el cuerpo.

Después se puso una camiseta vieja y holgada, se quedó en bragas, se recogió el pelo de cualquier manera y fue hacia la pequeña cocina.

El estudio ya llevaba su huella. Una gorra sobre una silla, un jersey arrugado en el sofá, su móvil encima de los libros de Clara. Una presencia masculina, extraña y familiar a la vez, que transformaba aquel espacio en el que ella siempre había vivido sola.

Clara puso agua a calentar, sacó pan, mantequilla y mermelada, y luego cogió el teléfono que había dejado sobre la mesa.

Un mensaje de Théo.

Théo

¿Has vuelto bien de Burdeos?

Ella contestó deprisa:

Clara

Sí, ya estoy en casa. Agotada. El castillo era una maravilla y el plan de rodaje, infernal.

La respuesta llegó casi de inmediato.

Théo

Genial.

Tendría que hablar con él. Quizá no de inmediato. Pero sí pronto.

La puerta del cuarto de baño se abrió.

Clara levantó la cabeza.

Y lo vio.

Jae-min salió con una simple toalla anudada a la cintura, el pelo aún mojado y varias gotas deslizándose por el cuello y el pecho.

Parecía no encajar de ninguna manera en aquel estudio parisino: demasiado guapo, demasiado alto, demasiado cinematográfico para su cocina diminuta, su nevera cubierta de imanes absurdos y sus paños desparejados.

Y, sin embargo, estaba allí.

La imagen casi la avergonzó.

Se avergonzó de la falta de espacio. Del desorden. Pero, sobre todo, de sentir de pronto lo pequeña que parecía su vida al lado de todo lo que él representaba.

Jae-min, por su parte, cruzó la habitación con absoluta tranquilidad, como si la escena fuera la más natural del mundo. Cogió al pasar una tostada del plato, le dio un mordisco sin dejar de mirarla y se apoyó ligeramente en la encimera.

—Me miras de una forma muy rara –dijo.

Clara notó que el calor le subía a las mejillas.

—¿De qué forma?

—Como si estuviera fuera de lugar en tu piso.

Ella abrió la boca, dispuesta a negarlo, pero volvió a cerrarla. Jae-min mordió de nuevo la tostada con aire casi apacible, arrebatadoramente guapo y terriblemente desnudo bajo aquella toalla, en medio de sus tazas y tarros de azúcar.

—Estás un poco fuera de lugar –admitió.

Él sonrió.

—Intento integrarme.

—Pues no lo consigues. Pareces una fantasía muy mal colocada en una cocina de Ikea.

Esta vez, Jae-min soltó una carcajada.

—¡Vaya comparación!

Clara iba a responder cuando oyeron un ruido en la entrada.

Un roce. Después, el sonido inconfundible de una llave al entrar en la cerradura.

Ella se quedó petrificada.

Su cerebro tardó un segundo de más en comprender.

La puerta se abrió.

—Clara, soy yo, he traído cruasanes…

Théo entró hablando, con una bolsa de papel en la mano, el pelo todavía revuelto, una chaqueta echada por encima de una camiseta blanca y la tranquila seguridad de quien lleva años entrando allí como si fuera su casa.

Entonces levantó la cabeza.

Y vio.

A Jae-min, con el torso desnudo, una toalla alrededor de la cintura y una tostada en la mano. A Clara, en camiseta y bragas, inmóvil junto a la cocina. La cama deshecha al fondo del estudio.

La bolsa de cruasanes resbaló de los dedos de Théo y cayó al suelo.

Clara se quedó quieta, aún con el teléfono en una mano y el corazón golpeándole con tanta fuerza que podía sentir sus propios latidos. Su cerebro avanzaba a trompicones. La bolsa. Los cruasanes. Théo. Jae-min. La toalla. La cama deshecha. Su camiseta demasiado grande, sus piernas desnudas.

Dios mío.

Théo alzó despacio la cabeza.