18 #2
Ya había caído la noche cuando la acompañó hasta su calle. Ambos redujeron el paso sin admitirlo, como si ninguno quisiera que el día terminara.
Ante su edificio, Clara se volvió hacia él. La luz del atardecer confería a todo un aspecto un tanto irreal.
Lo miró durante largo rato y después, con aquella franqueza desarmante tan propia de ella, dijo sin más:
—Puedes subir, si quieres.
El corazón de Jae-min se saltó un latido.
La frase había sido pronunciada con naturalidad. Pero sus ojos no dejaban lugar a dudas.
Jae-min sintió que el deseo crecía de golpe, cálido, profundo, casi salvaje. Subir con ella. Cerrar la puerta. Quedarse por fin a solas, solos de verdad, sin miradas, sin equipo, sin horarios, sin el mañana interponiéndose.
Y, sin embargo, aquella vieja contención arraigada en su interior lo frenó durante un instante. La intimidad era algo serio, valioso, a lo que uno no se acercaba a la ligera.
Clara lo miraba sin apartar los ojos. Su mirada decía con claridad: quiero tenerte cerca esta noche .
Aquella sencillez lo alcanzó de lleno en el corazón.
—Clara… –murmuró en voz baja.
Ella ladeó un poco la cabeza, con una sonrisa en la comisura de los labios.
—No estás obligado. Aún te ofrezco una salida muy elegante.
—Es peligroso que me hables así.
—Adapto mi discurso a mi público.
Jae-min bajó los ojos un segundo y después volvió a mirarla con mayor seriedad.
—En mi país… esta clase de momento no comienza con tanta sencillez.
Clara lo escuchó sin moverse.
—Para mí tampoco es sencillo –respondió con suavidad–. Es solo… claro.
La palabra quedó entre ambos, hermosa y un poco vertiginosa.
Claro.
Jae-min sintió que algo cedía en su interior.
—Entonces, subiré –dijo sencillamente.
La sonrisa de Clara fue pequeña, casi tímida, y precisamente eso acabó con él.
Ella se volvió y empujó la puerta del edificio. Jae-min la siguió por la estrecha escalera, con el corazón latiéndole un poco más fuerte en cada peldaño.
Clara abrió la puerta de su estudio.
El apartamento era pequeño. Una gran ventana daba a los tejados. Había libros esparcidos por todas partes. Una mesa redonda ocupaba un lugar destacado frente a un sofá algo gastado.
Jae-min entró despacio, como si pisara un lugar secreto.
Clara dejó el bolso, se quitó el abrigo y se volvió hacia él.
Jae-min se quitó la gorra y después la mascarilla, y las dejó junto a la entrada.
Ahora ya no había nada entre ellos.
—¿Quieres beber algo? –preguntó Clara con una voz algo menos segura que su sonrisa.
Jae-min la miró como si la pregunta no necesitara realmente una respuesta.
—Clara.
Salvó la distancia entre ellos en tres zancadas.
Una mano se posó en la cintura de Clara y la otra se deslizó detrás de su nuca.
Entonces la besó. Aquel beso fue voraz, como si toda la jornada no hubiera sido más que un lento ascenso hacia ese momento: la margarita en su pelo, sus dedos entrelazados por las calles, el muelle, el río, aquellas horas robadas al mundo.
Todo convergía ahora en el calor de sus bocas unidas.
Clara respondió con la misma avidez. Sus dedos se enredaron en el pelo de Jae-min y su cuerpo se pegó al suyo sin la menor vacilación.
Él percibió su estremecimiento cuando la condujo hasta la pared, junto a la ventana.
Volvió a besarla y después trazó con la boca una línea ardiente por su mejilla hasta descender por el cuello, justo debajo de la oreja.
A Clara se le escapó un suspiro, y aquel sonido terminó de disolver la última distancia que los separaba.
—Jae-min… –murmuró.
Su nombre en los labios de Clara era una caricia. Él retrocedió un poco. Ella tenía las mejillas sonrosadas, los labios hinchados y el pelo medio suelto alrededor del rostro. Estaba tan hermosa que lo dejó sin aliento.
Entonces Clara sonrió y le rozó la mejilla con la punta de los dedos. Aquel gesto, tierno y sencillo a la vez, quebró el dominio que aún conservaba sobre sí mismo.
Se dirigieron hacia la cama sin que ninguno supiera quién guiaba al otro. Clara tiró con impaciencia del cuello de su jersey. Él la ayudó a deshacerse de la ropa, deslizando las manos por su cintura y ascendiendo despacio por sus costados, como si quisiera grabar cada curva en su memoria.
—Eres preciosa –murmuró contra su boca.
Clara soltó una risa aturdida y feliz.
—¿Se lo dices a todas las mujeres a las que besas en un estudio parisino?
—No. Solo a la que consigue que olvide hasta mi propio nombre.
Ella volvió a reír y lo atrajo hacia sí.
Jae-min la tendió sobre la cama con una suavidad calculada, manteniendo el cuerpo suspendido sobre el suyo.
La luz tenue de la lámpara dibujaba sombras sobre sus hombros anchos, las líneas definidas del torso y los músculos tensos de sus brazos.
Clara recorrió su piel con los dedos, siguiendo cada contorno como si temiera que pudiera desaparecer.
Jae-min se inclinó, le besó el cuello y descendió despacio hasta la clavícula y después un poco más.
Cada beso era preciso, ardiente, atento.
Se tomaba su tiempo, pendiente del menor suspiro de Clara, de la forma en que su cuerpo se arqueaba bajo él.
Cuando sus labios rozaron la curva de uno de sus senos, ella contuvo el aliento y aferró los dedos a su pelo.
—Jae-min… deja de torturarme –susurró Clara con voz temblorosa.
Él levantó la cabeza con una sonrisa lenta y prometedora.
—No he hecho más que empezar.
Sus manos exploraron el cuerpo de Clara con una seguridad fascinante: se deslizaron sobre sus caderas, descendieron por sus muslos y volvieron a subir por la cara interna con una lentitud que la hacía estremecerse.
Clara se aferraba a sus hombros con la respiración entrecortada y el cuerpo arqueado hacia él, como si intentara cerrar el espacio que Jae-min creaba entre ambos.