18
사랑은 달콤하고 쓰다
(Sarang-eun dalkomhago sseuda)
«El amor es dulce y amargo».
El sábado por la mañana, Jae-min despertó mucho antes de que sonara el despertador.
Permaneció tumbado unos segundos, con los ojos abiertos en la penumbra y el corazón ya acelerado por una cita fijada a las once.
Se duchó y se vistió con esmero: vaqueros oscuros, jersey gris y una discreta chaqueta azul marino. Después, la gorra negra, la mascarilla y unas gafas de cristales ligeramente ahumados. Con cada capa que añadía, tenía la impresión de borrarse un poco más. Por una vez, le gustaba.
Salió por una puerta discreta del hotel después de dejar a su representante un mensaje lo bastante vago como para no decir nada: necesito tomar el aire . El chófer lo dejó a dos calles de la plaza de los Vosgos. Recorrió el resto a pie.
Aquella mañana, París había decidido lucir una perfección insolente.
Las terrazas empezaban a prepararse. Los camareros alineaban tazas. La gente pasaba con una baguette bajo el brazo o un ramo de flores en la mano. Nadie lo miraba. Nadie lo reconocía. La gorra y la mascarilla cumplían su función: volvía a ser casi anónimo.
Resultaba embriagador.
Llegó bajo los soportales a las diez y cincuenta y dos, se apoyó contra un pilar y esperó con las manos en los bolsillos y los ojos fijos en la entrada de la plaza.
Entonces la vio.
Clara llegaba por la rue de Birague con paso ligero, el abrigo color camel abierto sobre un jersey crema, vaqueros claros y botines planos. Llevaba el pelo rubio suelto sobre los hombros, ligeramente ondulado. El sol prendió en algunos mechones alrededor de su rostro.
Ella buscó durante un segundo. No lo reconoció de inmediato, pero después se le iluminó la mirada.
La sonrisa que le dedicó borró de golpe toda su semana.
Se acercó, lo examinó de arriba abajo y ladeó un poco la cabeza.
—Pareces una estrella a la fuga que huye de la Interpol.
Jae-min sonrió bajo la mascarilla.
—Esa era la idea.
—Está muy conseguido. Un poco dramático, pero conseguido.
Clara se detuvo justo delante de él. Lo bastante cerca para que le llegara su perfume tenue, fresco, dulce y también un poco cálido. El corazón de Jae-min dio un salto absolutamente ridículo.
—Buenos días –murmuró ella.
—Buenos días.
Permanecieron así un segundo, sin moverse.
Clara señaló la plaza con un leve movimiento de la barbilla.
—Bien, señor Clandestinidad, ¿cuál es el plan?
—Había pensado improvisar con mucha dignidad.
—Mal plan. Ven.
Se dio la vuelta como si ya supiera adónde ir. Jae-min la siguió sin discutir. Con ella, seguirla parecía extrañamente sencillo.
Cruzaron la plaza, recorrieron las galerías y se adentraron en las callejuelas del Marais. Clara caminaba deprisa, pero con alegría.
—Miras a todas partes –observó sin volverse.
—Intento memorizar tu terreno de juego.
—Mi terreno de juego incluye el derecho a juzgar a quienes caminan demasiado despacio.
—Una norma clara.
—Me centro en lo esencial.
Entraron en un pequeño café de esquina que ya estaba abarrotado. El olor a café recién hecho y mantequilla caliente los envolvió de inmediato. Jae-min se puso un poco tenso ante tantos rostros cercanos, tantos hombros, tanto ruido y aquella proximidad cotidiana.
Clara lo percibió enseguida.
Sin decir nada, se colocó un poco por delante de él en la cola, como si no tuviera importancia, lo justo para servirle de pantalla. El gesto fue discreto.
—¿Qué quieres? –preguntó.
—Lo mismo que tú.
Ella se volvió hacia él con una ceja arqueada.
—Confianza imprudente.
—He cruzado París con mascarilla por ti. Ya he superado varios niveles de imprudencia.
Clara sonrió.
—Muy bien. Entonces pediré yo y ya veremos si sigues queriéndome después.
Se instalaron al fondo, en un pequeño rincón medio oculto tras una planta gigantesca. Clara dejó ante él un café americano y un pain au chocolat .
—Con esto vas a juzgar a Francia –dijo–. Es una gran responsabilidad.
Jae-min se quitó la mascarilla para beber. Nadie lo miraba. El camarero gritaba un pedido, una mujer leía el periódico y dos estudiantes discutían en voz baja junto al cristal. El mundo continuaba sin él.
—Pareces sorprendido –murmuró Clara.
—Es como si… no fuera más que un tipo sentado en un café.
Ella sopló su bebida.
—Puede que hoy seas simplemente un hombre. Conmigo.
La frase, pese a su sencillez, lo conmovió profundamente.
Probó el bollo. Clara lo observaba, divertida.
—¿Veredicto?
—Ahora comprendo mejor vuestra arrogancia nacional.
Ella se rio, una risa clara y ligera que le dio ganas de hacerla reír otra vez.
Permanecieron allí mucho tiempo, hablando de todo y de nada.
Del rodaje. Del castillo. De los ronquidos de Eun-hee.
De los desayunos coreanos frente a los franceses.
De los platos de la infancia que uno sigue detestando a los treinta años.
Jae-min se sorprendió riendo con una facilidad que había olvidado.
Después del café, Clara volvió a arrastrarlo al exterior. Pasaron ante un pequeño mercado de flores. Jae-min aminoró el paso junto a un cubo de margaritas blancas, sencillas y luminosas.
Clara se dio cuenta al instante.
—Ah… Reconozco esa mirada.
—¿Qué mirada?
—La del culpable del caso de las margaritas.
Jae-min cogió una flor, la pagó y se volvió hacia ella. Con una delicadeza casi solemne, se la colocó detrás de la oreja.
El blanco de los pétalos contra su pelo rubio, bajo aquella luz, poseía una belleza absurda.
—Ya está –murmuró.
Clara permaneció inmóvil, con la mirada fija en la suya. Sus ojos habían perdido la ligereza. Había en ellos algo distinto, más tierno y más grave.
—Es muy peligroso –susurró.
—¿Una margarita?
—Tú. Con una margarita. En París. Un sábado por la mañana.
El viento agitó la flor con suavidad. Jae-min no respondió. No lo necesitaba.
Un poco más adelante, al cruzar una calle, apoyó instintivamente la mano en la parte baja de su espalda. Después, en una acera más estrecha, sus dedos se rozaron… y terminaron entrelazándose.
Tomarla de la mano. A plena luz del día. En París.
El gesto era minúsculo. A él le pareció inmenso.
Le apretó suavemente los dedos. Clara le devolvió una leve presión, con las mejillas más sonrosadas y la vista fija al frente, como si no estuviera sucediendo nada importante.
Bajaron hasta el Sena y comieron crêpes mientras caminaban.
Clara se quemó la lengua, maldijo por lo bajo y después rompió a reír.
Pasearon ante los puestos de los libreros de viejo.
Ella le recitó citas falsas, supuestamente extraídas de libros antiguos, con absoluta seriedad.
Jae-min la dejó hacer, demasiado ocupado mirándola.
Acabaron sentándose en un banco frente al río.
Clara se quitó la margarita del pelo y la hizo girar entre los dedos. Jae-min se quitó las gafas y la mascarilla, aunque conservó la gorra.
Ella volvió la cabeza y lo miró de verdad.
—Pareces distinto.
—¿Por la mascarilla?
—No. Porque por fin respiras.
La frase lo desconcertó.
—Creo que hacía mucho tiempo que no pasaba un día así –confesó.
—¿Así cómo?
—Sin horarios. Sin representante. Sin ningún papel que interpretar. Solo… caminar. Cogerte de la mano. Verte protestar porque una crêpe está demasiado caliente.
Clara sonrió, conmovida a pesar suyo.
—Bienvenido a la vida normal, Jae-min.
Más tarde comieron en un pequeño restaurante oculto al fondo de un patio.
Clara pidió por los dos con una seguridad que lo divirtió.
Hablaron de su infancia, de sus padres, de lo que las familias callan y de lo que exigen.
En un momento dado, sin hacer ningún comentario, ella se limitó a posar la mano sobre la mesa con la palma abierta.
Jae-min deslizó la suya dentro. Sus dedos se cerraron con naturalidad.
Ninguna cámara habría podido captar lo que aquel contacto le provocaba.
La tarde transcurrió demasiado deprisa. Palais-Royal.
Galerías. Jardines. En un momento dado, dos jóvenes coreanas pasaron demasiado cerca y Jae-min se tensó de inmediato.
Clara le apretó la mano, se desvió tranquilamente hacia una librería y fingió interesarse por unos cuadernos como si fuera lo más natural del mundo.
—Un objeto precioso –dijo con gravedad–. Y un parapeto excelente para una estrella presa del pánico.
Jae-min se rio en voz baja.
—Gracias.
—Puedes pagarme con café. O con margaritas.
—Creía que la flor ya cubría el anticipo.
—El anticipo es aceptable. Aún tenemos que negociar el contrato.
Anochecía cuando llegaron a la isla de San Luis. Se sentaron sobre el pretil bajo de un muelle tranquilo, con un chocolate caliente entre las manos de Clara. El río fluía despacio. La luz doraba las fachadas.
El silencio entre ambos era dulce. Lleno. Sin esfuerzo.
Clara volvió la cabeza hacia él.
—¿En qué piensas?
Jae-min miró el agua y después a ella.
—En que ahora comprendo por qué la gente se enamora en París.
Clara esbozó una sonrisa.
—París se atribuye el mérito de muchas cosas que se limita a contemplar.
—Entonces, ¿qué es?
Su voz había bajado.
Clara lo miró directamente a los ojos.
—Tú, sosteniendo mi mano como si fuera lo más natural del mundo. Tú, quitándote la mascarilla y respirando por fin. Tú, comprando una margarita sin ninguna estrategia.
Se interrumpió y añadió con mayor suavidad:
—Tú. Simplemente.
Jae-min le quitó el vaso de las manos y lo dejó a su lado.
Volvió todo el cuerpo hacia ella.
—Clara.
Ella levantó ligeramente la barbilla.
Él deslizó una mano sobre su mejilla y la besó.
Aquel beso no tenía prisa. Era más lento, más tierno, más consciente. Como si por fin dispusieran de tiempo. Como si la ciudad les hubiera concedido, durante unos segundos, un lugar aparte.
Clara puso una mano detrás de su nuca y correspondió con una dulzura que le oprimió el corazón. El beso se hizo más profundo poco a poco, cargado con todo lo que habían contenido durante el día.
Cuando se separaron, sus frentes permanecieron unidas un instante.
—Tu mascarilla no sirve absolutamente para nada –murmuró Clara contra sus labios.
Jae-min se rio con suavidad.
—Me da igual.