¡No estamos en un K-drama! 15
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가장 어두운 밤이 새벽에 가깝다

(Gajang eoduun bam-i saebyeog-e gakkapda)

«La noche más oscura precede al amanecer».

A las cinco y cincuenta y ocho, París despertaba poco a poco.

El autocar esperaba frente a los estudios con el motor encendido y los faros proyectados sobre una acera todavía húmeda.

Los maleteros ya estaban medio llenos. Cargaban maletas, baúles de transporte, fundas de vestuario y cajas de material de iluminación.

Alguien bostezaba mientras sostenía un café hirviendo.

Otra persona rebuscaba un cargador en una bolsa con la seriedad de quien se jugaba la supervivencia.

Jae-min subió al autocar con un humor sombrío que ni siquiera se molestaba en disimular.

Había dormido mal. A ratos. Horas breves atravesadas siempre por la misma imagen: Clara junto a la boca de metro, la luz pálida sobre su rostro levantado, aquel segundo suspendido en el que él había vacilado al principio de las escaleras.

Y no había bajado.

Desde entonces, su mente regresaba sin cesar a aquel peldaño que no había pisado, con una obstinación exasperante. Podría haberla alcanzado. Podría haber bajado. Podría haber dicho algo, cualquier cosa, siempre que impidiera que la noche terminase allí.

En lugar de eso, se había quedado arriba, con el paraguas en la mano, como un hombre sensato.

¿Para qué, de todos modos?

Cada uno tenía su vida. El rodaje se prolongaría unas semanas más. Después, él se marcharía. Clara se quedaría allí, en su ciudad, con sus calles, sus costumbres, sus amigos, su manera de vivir en un mundo donde nadie exigía disculpas públicas por compartir un paraguas bajo la lluvia.

Su razonamiento era implacable, aunque no por ello lo satisfacía.

Recorrió el pasillo central del autocar, saludó con un gesto distraído de la cabeza y eligió un asiento junto a la ventanilla, hacia la mitad.

Lo bastante adelantado para evitar el alboroto del fondo.

Lo bastante centrado para que lo dejaran tranquilo.

Dejó la bolsa, se sentó y miró al exterior sin ver realmente la calle.

Esperaba algo muy sencillo. Que Clara recorriera el pasillo del autocar. Que escogiera el asiento contiguo, como si fuera lo más natural del mundo.

El vehículo se llenó poco a poco. Ayudantes coreanos, ya impecables pese a la hora.

Dos técnicos franceses que hablaban de baterías, alargadores y enchufes imposibles en edificios antiguos.

Morgane subió con una gruesa carpeta bajo el brazo, el pelo recogido a toda prisa y el aire de una mujer despierta desde hacía tres horas y decidida a mantenerse en pie por pura autoridad.

Entonces Seo Yura apareció en la puerta.

Abrigo claro, gafas oscuras pese al amanecer, almohada de viaje ya colocada alrededor del cuello. Recorrió el pasillo con la mirada, lo localizó de inmediato y se dirigió hacia él sin la menor vacilación.

Detrás de ella iba Clara.

La pequeña maleta de maquillaje en una mano, un bolso cruzado sobre el cuerpo, el pelo recogido de cualquier manera y los ojos todavía algo hinchados por el madrugón. Levantó la vista, buscó un asiento y, durante un segundo brevísimo, su mirada se cruzó con la de Jae-min.

Yura llegó hasta él.

—Me sentaré aquí –dijo con naturalidad–. Así podremos repasar la escena de mañana durante el trayecto.

Se acomodó antes incluso de que él respondiera, extendió el abrigo sobre sus rodillas y sacó de la bolsa un guion lleno de anotaciones.

Clara seguía de pie en el pasillo.

Un segundo después, Min-joon se asomó desde dos filas más atrás.

—¡Clara! Ven, el asiento de mi lado está libre.

Ella volvió la cabeza hacia él. Sonrió.

—Ahora voy.

Se colocó mejor la correa del bolso sobre el hombro y pasó junto al asiento de Jae-min.

Él percibió su perfume. Muy tenue. Lavanda y jabón.

No se detuvo.

Min-joon se incorporó a medias para ayudarla con sus cosas. Clara se sentó a su lado. Él le dijo algo que Jae-min no oyó. Ella dejó escapar una risa ahogada, todavía velada por el sueño.

Jae-min miró por la ventanilla.

Lo humillante de los celos era que, de pronto, volvían cada detalle ridículamente preciso.

El asiento que Clara no había ocupado a su lado.

El tono cálido de Min-joon. La facilidad con la que ella se había instalado junto a él.

La forma en que el joven inclinaba ya la cabeza para hablarle sin despertar a los demás.

Yura pasó una página del guion.

—Tienes mala cara –dijo con tranquilidad.

—Gracias.

—Era una observación, no un ataque.

Jae-min apenas asintió.

El autocar arrancó con una pesada sacudida. París se deslizó despacio tras las ventanillas todavía grises de la mañana. Semáforos rojos. Fachadas cerradas. Transeúntes envueltos en ropa de abrigo.

Yura abrió la carpeta con sus escenas.

—¿Empezamos por el diálogo del viñedo? –preguntó–. El de antes de la cata.

—Si quieres.

Ensayaron.

En realidad, ella ensayaba. Él le daba la réplica en el momento oportuno, ausente a medias. Su cuerpo hacía el trabajo. Su mente, en cambio, vagaba más atrás en el autocar. Dos filas más atrás. Junto al pasillo.

No oía con claridad a Clara. Solo fragmentos. El ritmo de su voz. Una risa breve. El crujido de un envoltorio al abrirse. Min-joon le ofreció algo de comer. Ella se negó al principio y después aceptó probablemente un café embotellado o una pieza de bollería industrial, porque la oyó decir:

—Bueno, de acuerdo. Pero no me responsabilizo de mi humor si está malo.

—Ya pareces exigente –respondió Min-joon.

—Es mi principal encanto.

Yura levantó la vista del guion.

—¿Estás con nosotros?

Jae-min parpadeó.

—Sí.

—Lo dudo.

Lo observó un segundo y retomó la conversación con una calma casi caritativa:

—Pasaremos tres días en un castillo rodeado de viñedos. Al menos podrías fingir que te transporta la magia del cine.

—Lo intento.

—Muy mal.

Él no respondió.

Con el paso de los kilómetros, terminó de amanecer. Los edificios dieron paso a los polígonos comerciales y después a largas extensiones de campo. En la autopista, la lluvia de la víspera había dejado un cielo limpio, pálido, recién lavado y surcado por grandes claros.

Una hora más tarde, el autocar se detuvo en un área de servicio. Todos recibieron la pausa como una bendición.

Los cuerpos se desperezaron entre un concierto de bostezos, cremalleras y roces de tela. Los más despiertos bajaron deprisa. Los demás necesitaron varios segundos para recuperar el uso de las piernas.

Jae-min fue uno de los últimos en bajar, con las manos en los bolsillos del abrigo.

El aire de la autopista tenía el ambiente propio de las mañanas de viaje: frío seco, olor a diésel, a bollería demasiado tostada y a café mediocre. Las puertas automáticas de la estación de servicio expulsaban una ráfaga de aire tibio y artificial sobre cada cliente.

Entró y se detuvo ante la máquina de café. La vio justo cuando ella llegaba por el otro lado.

Clara también se quedó inmóvil.

Durante un segundo, permanecieron allí como dos personas sorprendidas en mitad de ninguna parte.

—Ah –dijo ella al fin–. El destino nos cita ante una máquina de café.

—Hemos conocido lugares más románticos –respondió él.

Clara levantó los ojos hacia su rostro. Jae-min percibió la brevísima interrupción de su mirada, como si aquella palabra no fuera del todo apropiada.

—Vas progresando –dijo ella–. Un área de servicio y ya bromeas por voluntad propia.

—Puedo dejarte sola si lo prefieres.

—Ni hablar. Necesito ayuda. La última vez que utilicé una de estas máquinas, obtuve algo que sabía a lavavajillas.

Él pulsó un botón. Ella, otro. Los dos vasos cayeron al mismo tiempo.

Clara se cruzó de brazos.

—Parece una escena de una película de serie B. Dos seres agotados frente a sus decisiones y a una máquina expendedora decepcionante.

—Con menos presupuesto.

—Y menos talento para sufrir en silencio.

Jae-min volvió un poco la cabeza hacia ella.

—No parece que estés sufriendo mucho.

—He dormido tres horas y media. Mi sentido del humor está realizando un esfuerzo heroico.

Por fin, el café cayó en los vasos con el ruido de una máquina enferma.

Los recogieron casi a la vez.

—Gracias por lo de ayer –dijo Clara en voz más baja.

Él la miró.

—De nada.

—Y por acompañarme al metro.

—También de nada.

Ella asintió y sopló el café.

—Fue muy caballeroso por tu parte.

—Según mi representante, fue sobre todo muy arriesgado.

Clara sonrió con dulzura.

—Tu representante debió de adorarme.

—No de inmediato.

Esta vez, dejó escapar una risa auténtica.

Alguien los llamó desde las cajas. Un ayudante coreano les hacía señas de que volvían a salir dentro de cinco minutos. El momento de complicidad se cerró.

Clara levantó el vaso en su dirección.

—Suerte con tres días de nobleza vinícola y pasión contenida.

—Y suerte para ti con tres días de retoques de pasión contenida.

—Casi prefiero los cables.

Salieron juntos y se separaron al pie del autocar con una ligera torpeza.

Al subir, Jae-min sintió que algo se había relajado en su interior. Lo justo para que su mal humor resultara más soportable.

Yura ya dormía, o fingía hacerlo de manera admirable, con la cabeza inclinada contra el asiento y el guion cerrado sobre las rodillas.

Dos filas más atrás, Min-joon se incorporó al ver regresar a Clara.

—¿Has sobrevivido al café?

—Por los pelos.

—Si tenemos un poco de tiempo allí, ¿vienes conmigo a comprar vino? –preguntó, dejándola pasar para que llegara a su asiento–. Le prometí a mi padre que volvería con un burdeos y no tengo ni idea de vinos.

Clara colocó el vaso en la red del asiento.

—Se lo preguntas a la francesa equivocada. Mis conocimientos se limitan a ese tiene una etiqueta bonita .

—Ya es más de lo que sé yo.

—Entonces, de acuerdo. Si tenemos tiempo, iré contigo.

Jae-min mantuvo los ojos clavados en la ventanilla.

El si tenemos tiempo ya le había desagradado. El iré contigo , todavía más.

Unos minutos después, Morgane se levantó en la parte delantera del autocar con un micrófono en la mano.

—Bien, escuchadme todos durante dos minutos, por favor.

El bullicio disminuyó por oleadas.