14
비 오는 날에는 모든 것이 다르게 보인다
(Bi oneun nal-eneun modeun geos-i dareuge boinda)
«Los días de lluvia, todo parece distinto».
Pasadas las nueve de la noche, todo el equipo del estudio acusaba el cansancio.
Habían rodado la escena del beso desde todos los ángulos posibles. Plano general. Plano medio corto. Perfil. Contraplano. Raccord de la mano. Raccord de los labios. Inserto de la nuca. Una toma más lenta. Otra más contenida. Otra más intensa en el momento en que Yura se sentaba sobre la encimera.
Otra vez.
Y otra más.
Cada vez que daban motor, Jae-min recuperaba su respiración, su mirada, el gesto preciso.
La mano en la cintura de Yura. El paso entre sus rodillas.
La inclinación exacta de la cabeza. La tensión de la mandíbula, la respiración más profunda, la contención que cedía en el momento oportuno.
Su cuerpo sabía hacerlo. Llevaba mucho tiempo sabiendo ofrecerle a la cámara lo que esperaba de él.
Aquella noche, sin embargo, algo se resistía.
No era la escena en sí.
Era otra cosa.
En cada repetición, sabía dónde se encontraba Clara.
Incluso sin mirarla. Incluso cuando mantenía los ojos fijos en Yura, en las marcas del suelo, en la referencia de luz, en el punto exacto donde el director quería más intensidad.
Lo sabía. Detrás de la cámara. A la izquierda del decorado de la cocina.
Más tarde, un poco más lejos, con el neceser apoyado en la cadera mientras comprobaban la continuidad de los labios.
Era absurdo.
Nunca le había costado rodar escenas íntimas delante de un equipo. Una escena era una escena. Un plató era un plató. Siempre había sabido separar ambas cosas a la perfección.
Entonces, ¿por qué aquel día cada beso le dejaba una sensación tan extraña?
¿Por qué el mero hecho de saber que Clara estaba allí lo volvía todo más difícil?
Cuando por fin terminaron, los aplausos cansados del equipo lo dejaron casi indiferente. Ya hablaban del plan del día siguiente, de los horarios, del traslado del material hasta el castillo. Las voces recuperaban el estudio con alivio.
Jae-min abandonó el decorado después de las últimas indicaciones del director y cogió el abrigo.
Fuera llovía a cántaros.
No era una lluvia tímida. Golpeaba el asfalto, las rampas metálicas y el techo de los vehículos técnicos. Las farolas recortaban estelas blancas en la oscuridad.
El chófer y su representante ya lo esperaban junto al coche bajo un gran paraguas negro.
—Por fin –dijo su representante al ver abrirse la puerta del estudio–. Empezábamos a pensar que iban a obligarlo a besar a Seo Yura hasta el amanecer.
Jae-min no respondió. Se cobijó bajo el paraguas, subió al coche, dejó que la puerta se cerrara y apoyó la cabeza un instante contra el reposacabezas.
El cuero olía a lluvia y a calefacción demasiado fuerte.
El chófer se disponía a arrancar cuando un movimiento tras la ventanilla mojada llamó su atención.
Clara acababa de salir del estudio.
Llevaba la pequeña maleta de maquillaje en una mano y protegía su rostro de la lluvia con la otra por puro reflejo.
Tenía las mejillas sonrosadas por el frío y el cansancio.
El largo día había deshecho a medias su pelo rubio, que escapaba alrededor de su rostro y se levantaba en algunos puntos bajo el viento húmedo.
Se detuvo bajo el estrecho voladizo de la entrada y contempló la lluvia con la expresión un tanto abatida de quien esperaba que amainase y comprobaba que no iba a hacerlo.
No llevaba paraguas.
Jae-min se incorporó de inmediato.
—Espere.
Su representante volvió la cabeza.
—¿Qué ocurre?
Pero Jae-min ya había abierto la puerta.
La lluvia lo golpeó en cuanto salió.
—¡Clara!
Ella alzó la cabeza.
Bajo la fría luz de la entrada, su rostro cambió ligeramente al verlo regresar hacia ella. Primero, sorpresa. Después, aquella cautela instantánea que aparecía cada vez que él la pillaba desprevenida.
—¿Qué haces? –preguntó.
—Te llevo a casa.
Clara dirigió una mirada fugaz al coche y después a él.
—No hace falta. El metro está al lado.
—¿Con esta lluvia?
—¡No voy a derretirme!
—Sube. Te llevo.
Ella vaciló.
—¿Clara?
Negó despacio con la cabeza.
—No, de verdad. Estoy bien. La boca de metro está a cinco minutos.
Jae-min la observó un segundo y levantó un poco el paraguas.
—Entonces te acompaño hasta allí.
Clara guardó silencio el tiempo suficiente para que a él le surgiera una pregunta.
¿De qué tenía miedo?
¿De él? ¿Del trayecto? ¿De lo que podía significar?
Antes de que respondiera, la puerta del coche se abrió a su espalda. Su representante salió también bajo la lluvia.
—Jae-min. Si pasea así con una mujer por París, de noche y bajo un paraguas, hay muchas probabilidades de que alguien lo fotografíe.
Clara bajó los ojos de inmediato.
—Déjalo –dijo–. No pasa nada.
Pero Jae-min seguía mirando a su representante.
Sabía que tenía razón. París seguía siendo París. Bastaba un teléfono. Una fotografía de mala calidad, un titular dudoso, un foro y después mil interpretaciones. Una silueta femenina bajo su paraguas. La distancia adecuada. La hora equivocada. El ángulo equivocado. Conocía el resto.
Vaciló.
La lluvia caía. Clara esperaba con la maleta apretada contra el cuerpo, dispuesta ya a retirarse para facilitarle la decisión. Aquel simple movimiento le oprimió el pecho.
Se oyó decir:
—Correré el riesgo.
Su representante cerró los ojos, imaginando probablemente los daños mucho antes de que se produjeran.
—Muy bien –cedió al fin–. Pero no vayan muy lejos.
—Solo hasta el metro –respondió Jae-min.
El representante miró a Clara, después a él y por último al chófer.
—Los seguiré con el coche hasta la esquina. Si surge el menor problema, suben.
Jae-min se limitó a asentir.
Clara lo examinó como si ya no estuviera muy segura de saber con quién trataba.
—¿Hablas en serio? –preguntó.
—Sí.
Permaneció inmóvil un segundo más y finalmente se acercó bajo el paraguas.
Llovía con tanta fuerza que tuvo que pegarse a él para no mojarse.
Su manga rozó la de Jae-min. Las ruedas de la pequeña maleta avanzaban mal sobre los adoquines empapados y a veces chocaban contra su pierna.
Las puntas húmedas de su pelo casi le rozaban el hombro cuando ella agachaba un poco la cabeza para esquivar las ráfagas.
Empezaron a caminar.
París relucía por todas partes. Los semáforos rojos se disolvían sobre el asfalto. Los escaparates arrojaban rectángulos de oro sucio a los charcos. Los coches pasaban levantando salpicaduras a ras de las aceras.
Después de unos pasos, Clara levantó la vista hacia él.
—¿Tan grave sería que te fotografiaran conmigo?
La pregunta era sencilla. Su tono lo era menos: había curiosidad, desde luego, pero también algo más cauteloso.
Jae-min mantuvo los ojos al frente.
—En Corea, sí. Puede serlo.
—¿Hasta ese punto?
Él inspiró.
¿Cómo explicarle algo que, a fuerza de vivirlo, había terminado por parecerle casi normal?
—Los fans… esperan mucho –dijo–. No solo del trabajo. No solo de las actuaciones. También quieren cierta disponibilidad.
Clara entornó un poco los ojos.
—¿Disponibilidad?
—La idea de que les pertenecemos un poco.
Ella volvió la cabeza hacia él.
—Es horrible –dijo en voz baja.
Jae-min suspiró.
—Sobre todo, es rentable.
La lluvia rebotaba a su alrededor. Clara levantó un poco la maleta contra su cadera.
—Explícamelo.
Él bajó ligeramente el paraguas cuando una ráfaga inclinó la lluvia.
—Una estrella tiene que mantener una ilusión. La de ser accesible, estar emocionalmente libre y volcada en su público. La gente proyecta muchas cosas. Le gusta creer que en algún lugar de nuestra vida queda un espacio vacío, un lugar en el que puede imaginarse.
—¿Aunque sepan que no es verdad?
—Saberlo no cambia nada.
Clara guardó silencio un instante.
—¿Y si esa ilusión se rompe?
—Depende de quién sea, de cuándo ocurra y de la imagen que se venda.
—Pero ¿qué sucede en la práctica?
Jae-min miró la línea brillante de la acera ante ellos.
—Rumores. Artículos. Foros. Fotografías ampliadas y comentadas. La gente exige explicaciones. Las agencias redactan comunicados. Puede haber disculpas públicas. A veces solo por haberte visto con alguien. A veces por menos que eso.
Clara levantó los ojos bruscamente hacia él.
—¿Disculpas?
—Sí.
—¿Públicas?
—Sí.
La incredulidad se reflejó por completo en su rostro.
—¿Porque te han visto paseando bajo un paraguas con una mujer?
—No por el paraguas en sí. Por lo que se cuenta a su alrededor.
—Pero no es nada.
—Nunca es nada cuando suficientes personas deciden atribuirle un significado.
El silencio regresó durante unos pasos.
Clara contemplaba la lluvia frente a ellos, pero él la sentía pensar a su lado. Después, ella preguntó:
—Entonces, ¿cómo lo haces?
—¿Para qué?
—Para tener vida privada. Una de verdad. Una novia. Algo que te pertenezca.
Jae-min volvió un poco la cabeza hacia ella.
Sus mejillas seguían sonrosadas. Unos mechones húmedos se le pegaban a la sien. Sus labios conservaban aquel tono delicado que el frío volvía aún más rosa. Lo miraba de frente, estupefacta.
—Es prácticamente imposible –dijo él.
Clara apenas aminoró el paso.
—Es triste.
Volvió a levantar los ojos hacia él, con la barbilla un poco alzada bajo el borde del paraguas.
—¿Al menos puedes tener una amiga?
La mano de Jae-min se cerró con más fuerza en torno al mango del paraguas.
—Incluso eso… la gente puede malinterpretarlo.
Ella lo miró. Después, su expresión cambió.
—Genial –murmuró–. Así que soy oficialmente un incidente diplomático con patas.
Jae-min quiso responder, pero Clara se adelantó:
—Lo siento. No sabía que te ponía en peligro hasta ese punto.
—Clara…
—La boca de metro ya está cerca. Seguiré sola.
Se apartó del paraguas antes de que él pudiera reaccionar.
La lluvia la empapó de inmediato.
En un segundo, su pelo se oscureció y su abrigo se cubrió de gotas. Ya había dado dos pasos cuando Jae-min la alcanzó y la sujetó por el brazo.
El gesto la detuvo en seco.
Clara se volvió. Durante un segundo, todo pareció ralentizarse a su alrededor.
La lluvia. La calle casi vacía. El coche negro detenido más lejos.
El paraguas inclinado. La mano de él, cerrada justo debajo de su codo.
El rostro de ella, levantado hacia el suyo con expresión sorprendida, las pestañas ya mojadas y la boca entreabierta, como si algo acabara de quedar suspendido entre los dos.
Jae-min la devolvió bajo el paraguas con un solo movimiento.
Clara chocó contra su pecho.
—Vas a acabar empapada –dijo él.
Ella parpadeó. Después, como siempre que algo la afectaba demasiado de cerca, se refugió en el humor.
—¿Temes que tu maquilladora enferme y ya no pueda realzar tu rostro?
Intentaba sonreír.
Jae-min la observó con atención.
La lluvia resbalaba por el borde del paraguas como una cortina compacta. La luz de la calle suavizaba la línea de su rostro. La barbilla pequeña y alzada. Los labios rosados. Una gota detenida junto a la sien. Los dedos crispados alrededor del asa de la maleta.
Algo se tensó con violencia en su interior.
Las ganas de responder con ligereza. Las ganas de decir que sí, por supuesto, solo por eso. Y, más peligroso aún, el deseo de no decir nada y continuar mirándola, como si aquel segundo pudiera bastarle.
Advirtió que su mano seguía apoyada en el brazo de Clara.
La retiró despacio.
—En efecto, temo que enfermes –dijo al fin.
Clara bajó apenas los ojos y volvió a levantarlos hacia él.
—No te preocupes –respondió en voz baja.
Después reanudaron la marcha como si nada hubiera ocurrido.
El metro ya estaba cerca. La entrada iluminada apareció al final de la calle, con su escalera reluciente, la barandilla mojada y el letrero verde atravesado por la lluvia.
El coche del representante se mantuvo a una distancia prudente: lo bastante lejos para no alcanzarlos, lo bastante cerca para no perderlos.
A medida que se acercaban, ambos redujeron el paso casi sin darse cuenta.
Clara acabó deteniéndose bajo el estrecho refugio de la entrada. La lluvia seguía cayendo a su espalda, amortiguando poco a poco el ruido del tráfico.
—Bueno –dijo.
Jae-min permaneció inmóvil con el paraguas aún abierto sobre los dos.
—Bueno –repitió.
Clara soltó una risita.
—Esta conversación es brillante.
—Las hemos tenido mejores.
—Mucho mejores.
Aferró con más fuerza el asa de la maleta.
—Gracias por acompañarme.
—De nada.
—Y… perdona por el riesgo.
—Fue decisión mía.
Ella asintió. Miró la escalera. Volvió a mirarlo.
—Buenas noches, Jae-min.
—Buenas noches, Clara.
Bajó un primer peldaño. Después un segundo.
La luz del metro iluminó su rostro desde abajo. Entonces se volvió. Jae-min seguía arriba. La lluvia trazaba a su espalda una cortina gris y brillante en torno a su silueta. El paraguas en una mano. La otra junto al cuerpo. Inmóvil. Demasiado inmóvil para alguien que ya debería haberse marchado.
Sus miradas se encontraron.
Él vaciló.
Todavía podía irse. Volver al coche. Cerrar la puerta. Dejar que la noche volviera a ser una noche normal. Regresar al plató al día siguiente, al maquillaje, a las marcas del suelo, a la distancia exacta, a la calma engañosa de las cosas que se mantienen en su sitio.
O podía bajar.
Alcanzarla antes del andén. Antes del ruido de los trenes. Antes de que aquella velada volviera a ser una noche de lluvia cualquiera en París.
Clara no se movió.
¿Y si bajaba?