¡No estamos en un K-drama! 12 #3
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En ese momento, un camarero pasó por detrás del sofá con una bandeja cargada de cócteles. Alguien llamó a Eun-hee desde el otro extremo de la sala. Min-joon se inclinó hacia Clara para enseñarle algo en el móvil. Ella se acercó ligeramente para mirar.

En aquel preciso instante, el camarero giró para esquivar a una pareja.

El movimiento fue mínimo. Pero bastó.

La bandeja se tambaleó.

Una copa volcó.

El líquido rosa pálido se derramó de golpe sobre la parte delantera del top de Clara.

Todo pareció ralentizarse durante un segundo.

Clara dio un respingo y se incorporó de golpe, llevándose una mano al pecho por puro reflejo. El tejido marfil del top se oscureció al instante y se le pegó a la piel; un segundo después, bajo la tela mojada y transparente, quedó a la vista la línea nítida de su sujetador.

El camarero palideció.

—Lo siento muchísimo, señora, yo…

Jae-min ya se había levantado antes siquiera de pensar en lo que hacía.

Se quitó la chaqueta casi en el mismo movimiento. Con dos zancadas llegó hasta ella.

Clara levantó la vista, sorprendida y con la respiración entrecortada, una mano todavía aferrada a la tela empapada.

Sin darle tiempo a protestar, él le puso la chaqueta sobre los hombros, envolvió su cuerpo con la tela y, frente a ella, cerró las solapas sobre su pecho para protegerla de las miradas ajenas.

Sus dedos permanecieron un segundo a la altura de sus clavículas, el tiempo suficiente para asegurarse de que no asomaba nada, de que la chaqueta lo cubría todo, de que nadie más podía verla.

Alrededor, todos los ocupantes de la mesa habían enmudecido.

Eun-hee había dejado de sonreír. Min-joon contemplaba la escena con sorpresa. El camarero seguía disculpándose con voz angustiada.

Envuelta en aquella chaqueta demasiado grande, Clara alzó hacia Jae-min una mirada que él no habría sabido definir. Sorpresa, desde luego. También vergüenza. Y algo más, más confuso, más cálido, que le produjo la clarísima impresión de haber hecho un gesto demasiado revelador.

Al fin apartó las manos.

—¿Estás bien? –preguntó.

Su voz sonó más baja de lo que pretendía.

Clara bajó los ojos hacia la chaqueta y después volvió a mirarlo.

—Sí.

La palabra pareció llegar con un ligero retraso respecto a su respiración.

Ella misma ciñó las solapas a su cuerpo. Una de ellas le rozó los dedos. Jae-min comprendió de pronto que ahora ella llevaba su chaqueta y, con ella, su olor.

Eun-hee fue la primera en recuperar el habla.

—Deberías ir a secarte.

Clara asintió.

—Creo que será mejor que me vaya a casa. La mancha se notará aunque se seque; no resulta muy glamuroso.

Nadie discutió. Era tarde. La velada ya había durado lo suficiente para que todos reconocieran el final cuando se presentaba de aquella forma.

Min-joon se levantó enseguida.

—Puedo acompañarte en taxi –se ofreció.

—No –soltó Jae-min.

Todas las miradas se volvieron hacia él.

Percibió de inmediato el peso de su propio tono.

Min-joon arqueó un poco las cejas. Eun-hee lo observó con una atención silenciosa que lo incomodó.

Jae-min retomó la palabra con más calma:

—Mi chófer está aquí. Puede llevarnos. Bueno… puede llevarte a ti.

Clara permaneció inmóvil un segundo, envuelta en la chaqueta y con los dedos todavía aferrados a la tela. Su expresión se volvió más difícil de interpretar. Miró a Min-joon, después a Eun-hee y por fin a Jae-min.

Estaba dudando.

Y, de manera profundamente injusta, aquella vacilación irritó a Jae-min más de lo debido. Como si su propuesta solo fuera una opción entre otras. Como si ella tuviera todo el derecho a considerarla exactamente así.

Al final, Clara negó despacio con la cabeza.

—Gracias –dijo–. De verdad. Pero prefiero volver sola.

Min-joon abrió la boca, dispuesto a insistir. Ella le dedicó una sonrisa cansada.

—Mi abrigo está en el guardarropa. Me tapará perfectamente hasta que suba al taxi.

Eun-hee se inclinó hacia ella.

—¿Estás segura?

—Sí.

Clara pasó una mano bajo el cuello de la chaqueta de Jae-min para cerrarla mejor.

Después se volvió hacia él.

—¿Puedo devolverte la chaqueta mañana?

—Sí –respondió él.

Entre ambos transcurrió un silencio brevísimo.

—Bueno –dijo ella–. Gracias por la chaqueta. Gracias a todos por la noche. Y feliz cumpleaños, Eun-hee.

Eun-hee se levantó para abrazarla con cuidado, evitando la tela mojada.

—Manda un mensaje cuando llegues.

—Sí, mamá.

Alrededor de la mesa volvieron a surgir algunas risas. La tensión se disipó un poco.

Min-joon le tendió el abrigo, que un ayudante había recogido del guardarropa. Clara se lo puso encima de la chaqueta de Jae-min. El conjunto le daba un aspecto un tanto extraño, con demasiadas capas y demasiada tela, pero bastaba para atravesar la noche sin más incidentes.

Cuando se echó el pelo hacia atrás con un gesto rápido, Jae-min vislumbró la delicada curva de su cuello por encima del cuello de su chaqueta. Apartó la mirada de inmediato.

El camarero regresó, mortificado, y volvió a disculparse. Clara le aseguró que no pasaba nada, que no debía preocuparse, con esa absurda generosidad de quienes se ocupan del malestar ajeno cuando son ellos mismos quienes acaban de quedar expuestos ante todo el mundo.

Después se despidió una vez más, cogió el bolso y se dirigió hacia la salida.

Jae-min la siguió con la mirada hasta la pasarela.

Las guirnaldas recorrían la barandilla y proyectaban reflejos dorados sobre su pelo y su abrigo. Su silueta se alejaba. Cuando iba a pisar el pantalán, aminoró el paso y se volvió a medias.

Sus ojos encontraron los de él.

Después se dio la vuelta y desapareció en la noche parisina.

A su espalda, la música volvió a ocupar todo el espacio. Alguien retomó la conversación. Eun-hee suspiró en voz baja. Min-joon se sentó de nuevo con una expresión que intentaba volver neutra, sin engañar a nadie.

Jae-min, en cambio, siguió de pie.

Tenía frío.

Era absurdo, claro. Apenas llevaba cinco minutos sin la chaqueta, pero no pudo evitar sentir que, al posarla sobre los hombros de Clara, había dejado que se marchara con ella algo que habría sido mejor guardar para sí.

Cuando por fin volvió a sentarse, Eun-hee lo miró por encima del borde de la copa.

No dijo nada.

No lo necesitaba.

Jae-min bajó la vista hacia sus manos.

Mañana , pensó, volverá con mi chaqueta.

Y aquella sola idea bastó para acelerarle el corazón mucho más de lo debido.