¡No estamos en un K-drama! 12 #2
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Min-joon era alto, agradable, sonriente, lo bastante guapo como para que uno se fijara en su rostro sin poder reprochárselo.

Bailaba bien, con esa desenvoltura propia de los hombres que saben que gustan sin necesidad de esforzarse demasiado.

Clara reía. Él se inclinaba para hablarle al oído.

Ella levantaba la vista hacia él. Y bailaba con la misma libertad con la que hablaba: entregada, un poco desordenada, llena de vida.

Jae-min notó que sus dedos se cerraban alrededor del vaso.

¿Y a ti qué más te da?

Dio otro sorbo.

Nada. Absolutamente nada.

A su lado, Eun-hee contemplaba la misma escena con tranquilo interés.

—Min-joon es un encanto –dijo–. Toma muy buenas decisiones profesionales y muy malas decisiones sentimentales, pero nadie es perfecto.

Jae-min no respondió.

—Regresa a Corea dentro de tres semanas –prosiguió ella–. Una lástima. Los dos podrían protagonizar un bonito dramón de aeropuerto.

Él volvió ligeramente la cabeza hacia ella.

—¿Quiénes?

Eun-hee lo miró con una dulzura mortífera.

—Clara y él, claro.

—Ah.

—¿No estabas siguiendo la conversación?

Jae-min dejó el vaso.

—No estaba prestando atención.

—Claro.

La canción terminó. Se oyeron algunos aplausos.

Clara regresó al sofá, con las mejillas algo sonrosadas y el pelo ligeramente revuelto por el baile.

Min-joon iba detrás de ella con el aire satisfecho de un hombre que acababa de pasar tres minutos muy agradables y no tenía intención alguna de ocultarlo.

Eun-hee le hizo un gesto para que se sentara.

—¿Lo ves? Ya te lo había dicho, Min-joon es encantador.

Clara, todavía un poco sofocada, recuperó su copa.

—Es muy majo.

—Muy majo –confirmó Eun-hee–. Muy educado, buen bailarín, sonrisa bonita, carrera estable y regresa a Corea dentro de tres semanas, así que no le dará tiempo a volverse aburrido. Francamente, no le veo ni un defecto.

Clara soltó una carcajada.

—Es una forma muy agresiva de vender a un hombre.

—Soy coreana. Sabemos optimizar las presentaciones.

Min-joon levantó las manos en señal de rendición, divertido.

—Me siento reducido a un folleto publicitario.

—Lo superarás –dijo Eun-hee–. Entonces, Clara, ¿tienes novio? Porque, si no, aquí hay posibilidades.

Alrededor de la mesa, varias miradas se volvieron hacia ella. Jae-min mantuvo la suya fija en el vaso.

Clara negó con la cabeza, todavía con una sonrisa en los labios.

—No.

Eun-hee arqueó las cejas.

—Entonces, ¿qué?

Clara hizo girar el cóctel entre los dedos.

—Entonces, nada. No soy muy de tener aventuras.

Min-joon, lejos de ofenderse, sonrió.

—Es muy respetable.

—Eso es muy francés –murmuró alguien.

—En absoluto –replicó Clara entre risas–. Los franceses tienen fama de lovers .

En el otro extremo de la mesa, un operador de cámara francés levantó de pronto un dedo en su dirección.

—Espera, el tipo que vino al plató el otro día con el cargador… ¿quién era?

Jae-min permaneció completamente inmóvil para que no se notara su interés por la respuesta.

Clara dio un sorbo antes de contestar.

—Théo.

—¿Tu novio? –preguntó alguien con naturalidad.

Ella alzó los ojos de inmediato.

—No. Solo… Théo.

Eun-hee ladeó un poco la cabeza.

—¿Solo un amigo?

Clara sonrió. La luz de las guirnaldas resbaló por su copa, por sus pestañas, por aquella línea algo menos segura de sus labios.

—Sí. Solo un amigo. Aunque… en realidad, no es solo un amigo.

Se interrumpió un segundo, como si estuviera decidiendo hasta dónde llegar.

La música continuaba a su alrededor, las copas entrechocaban y alguien reía cerca de la barra. Sin embargo, en su mesa todo pareció ralentizarse durante un instante.

—Mis padres murieron cuando yo tenía diecinueve años –dijo con sencillez–. En un accidente de tráfico. Théo ya estaba ahí antes, pero… después se quedó. Siempre. Así que ahora es un poco la única familia que tengo.

El silencio posterior resultó algo incómodo, como todos los silencios que siguen a las confesiones dolorosas.

Jae-min sintió que algo cedía en su interior.

Recordó de inmediato la acreditación de visitante, el beso en la mejilla, la familiaridad serena, la brusca irritación que lo había invadido. Y justo detrás, la vergüenza.

La había juzgado.

Había construido toda una historia a partir de la nada, con la arrogante certeza de quien cree haber entendido los papeles antes de que alguien se los asigne.

Clara bajó los ojos hacia su copa y después alzó la barbilla.

—En fin, eso es todo –añadió con un tono más ligero–. Es menos glamuroso de lo que algunos imaginan, pero al menos es sencillo.

Eun-hee alargó la mano y apretó la suya un instante.

—Parece buen tipo.

—Lo es –respondió Clara.

Min-joon asintió con una gravedad inesperada.

—Entonces ya lleva ventaja a muchos hombres.

Las risas volvieron a surgir. La tensión se disipó. Alguien pidió otra ronda. La música subió un poco más.

Jae-min observó a Clara sin que ella lo supiera, arrepentido de haberse protegido de ella reduciéndola a una cómoda suposición.

Eun-hee se volvió entonces hacia él con el aire satisfecho de quien acaba de comprender algo y piensa utilizarlo en su beneficio.

—Te toca.

—¿Perdona?

—Ve a bailar.

—No.

—Sí.

—Eun-hee…

—Es mi cumpleaños. Tengo derecho a todo.

Él la miró. Ella le sostuvo la mirada con aquella sonrisa apenas perceptible que, en su caso, rara vez presagiaba nada bueno.

—No me apetece bailar.

—Nunca te apetece nada. Ese es precisamente tu problema.

Estaba a punto de responder cuando sus ojos regresaron, a pesar suyo, hacia Clara.

Había dejado la copa. Min-joon ya se inclinaba hacia ella para decirle algo al oído. Clara soltó una carcajada.

Entonces alguien pasó de repente entre los dos.

Seo Yura.

Se detuvo ante Jae-min como si hubiera estado esperando exactamente aquel momento.

—¿Sigues negándote a divertirte? –preguntó con los ojos brillantes.

—Yo…

No le dio tiempo a terminar. Su mano encontró la de él con firmeza.

—Ven.

Tiró de él para obligarlo a levantarse.

Jae-min se puso en pie.

Sin poder evitarlo, miró una última vez hacia Clara.

Ella ya había vuelto la cabeza hacia Min-joon, que le tendía de nuevo la mano. Esta vez ni siquiera vaciló. La cogió y dejó que la llevara otra vez a la pista. La música cambió y se volvió más lenta. Los cuerpos se acercaron. Min-joon apoyó una mano en la cintura de Clara.

Jae-min notó que se le endurecía la mandíbula.

Demasiado cerca.

Mucho más cerca de lo que me gustaría.

El verbo gustar lo golpeó al pasar, absurdo, fuera de lugar, como si aquella escena tuviera algo que ver con él.

Yura ya le había deslizado una mano sobre el hombro.

—Relájate –susurró–. Parece que te llevan a juicio.

Él le puso la otra mano en la cintura de manera automática, mientras la música tomaba el relevo allí donde sus pensamientos aún se negaban a avanzar.

Yura bailaba muy bien. Con naturalidad. Era hermosa, flexible, estaba perfectamente en su elemento en aquel universo de luz tenue, música y noches parisinas.

Era exactamente la clase de mujer que su mundo aprobaba.

Entonces, ¿por qué sus ojos regresaban sin cesar hacia Clara?

En la pista, Min-joon se inclinaba para hablarle. Clara levantaba el rostro hacia él, con el pelo deslizándose sobre su hombro.

Jae-min se sentía irritado sin saber con exactitud por qué. Aquel sentimiento aún era demasiado nuevo para que lo aceptara por completo.

Celos.

Unos celos casi humillantes de tan evidentes como empezaban a resultar.

No podía reconocérselo del todo. Todavía no. Su mente aún se resistía a la palabra. Su cuerpo, en cambio, ya la había reconocido.

Yura alzó los ojos hacia su rostro.

—Estás en otro sitio –dijo con suavidad.

Él volvió a centrar su atención en ella.

—Cansancio.

Yura sonrió como quien oye una mala excusa y decide, por elegancia, dejarla pasar.

—Claro.

La música los llevó más lejos por la pista. Jae-min siguió el movimiento, impecable como siempre, perfectamente capaz de ofrecer al mundo la impresión de que estaba justo donde debía estar.

Sin embargo, por encima del hombro de Yura, su mirada seguía buscando a Clara.

Y la encontraba cada vez demasiado cerca de otro hombre.

Jae-min acabó regresando al sofá cuando terminó la canción.

Seo Yura fue absorbida casi de inmediato por dos miembros de producción que querían arreglar el mundo, el rodaje y, por lo visto, parte de su vida sentimental alrededor de un segundo cóctel.

Él se sentó en un extremo del sofá con un vaso de agua en la mano y se obligó a prestar atención a lo que le decían.

Frente a él, Clara había vuelto a ocupar su sitio al otro lado de la mesa baja.

Entre ambos había espacio suficiente para mantener una conversación y exactamente el silencio necesario para no mantener ninguna.

Ella habló con Eun-hee. Después con el técnico de sonido.

Luego con Min-joon, que se acercaba a ella con una facilidad creciente a medida que pasaban los minutos.

Clara reía cuando él decía algo. Cada vez, Jae-min sentía el impulso de mirarla y cada vez lo contenía con la obstinación de quien intenta disciplinarse demasiado tarde.

Clara no le dirigió la palabra.

Ni una sola vez.

Ni una mirada de más. Ni siquiera aquella leve ironía que tan bien sabía utilizar para hacer vibrar el aire entre ellos.

Muy bien.

Probablemente fuera más sencillo para todos.

Y, sin embargo, sentado a menos de dos metros de ella, tuvo la absurda sensación de que Clara estaba al otro lado de un cristal.

La conversación a su alrededor subió de tono, se apagó y cambió de tema.

Alguien contó un rodaje desastroso en Busan.

Eun-hee se echó a reír con tanta fuerza que estuvo a punto de volcar su propia copa.

Min-joon le preguntó a Clara si conocía algún barrio donde comer un buen gratinado en París, y ella se lanzó a explicar con pasión que los franceses tenían una moral bastante flexible, pero opiniones muy rígidas sobre la bechamel.

Jae-min mantuvo la mirada fija en su vaso.

Querías distancia. Aquí la tienes.

Le habría gustado que aquella idea lo satisficiera un poco más.