¡No estamos en un K-drama! 12
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손에서 놓친 것은 다시 잡을 수 없다

(Son-eseo nohchin geos-eun dasi jab-eul su eopda)

«Lo que se escapa de las manos ya no puede recuperarse».

Desde primera hora, Jae-min se felicitó por haber conseguido que todo volviera a ser como antes.

Desde hacía dos días, todo había vuelto a ser sencillo.

Clara hacía su trabajo. Él hacía el suyo.

Ella se acercaba con sus pinceles, él volvía la cabeza en el momento preciso, le daba las gracias y la interacción terminaba allí.

Limpia. Sin borrones. Sin aquella peligrosa indefinición que se había instalado entre ellos con el paso de las semanas, propiciada por un mercado, una risa, una flor guardada en un bolsillo, cuando nada de aquello debería haber existido.

Era mejor así.

Sobre todo si ella estaba con alguien.

Nunca se lo había preguntado. No le había hecho falta. Le bastaba con recordar al hombre que se había presentado en el plató con aquella familiaridad tranquila, la acreditación de visitante torcida, aquella forma de invadir su espacio y el beso en la mejilla, dado sin vacilar.

Un novio o algo lo bastante parecido como para que la diferencia careciera de importancia.

Muy bien.

Perfecto, incluso.

Eso volvía aún más sensata su decisión.

Tres semanas.

Dentro de tres semanas concluiría el rodaje en París.

Tres semanas y los camiones se marcharían.

Tres semanas y aquel paréntesis francés —la luz, las noches demasiado hermosas, los besos rodados sobre los puentes y aquella maquilladora francesa un poco demasiado impulsiva para su propio bien— dejaría de existir.

Tres semanas y él regresaría a Seúl.

Su padre había hablado con él la noche anterior.

—Cuando vuelvas, nos pondremos a trabajar en serio. Ha llegado el momento de que ocupes tu lugar. Ya has jugado bastante.

Ya has jugado bastante.

Su carrera de actor terminaba allí. No de manera oficial, todavía no, no con un comunicado o una rueda de prensa.

Pero, en la práctica, la decisión estaba tomada.

Regresaría a Corea, cambiaría los platós por los despachos de su padre, las reuniones, los inversores, las cifras: el lugar que siempre habían reservado para él.

Así que no era, ni mucho menos, el momento de distraerse.

Y menos aún con una mujer que, a todas luces, no encajaba en la vida que le aguardaba.

El estudio lo recibió como todas las mañanas, con el ruido de los cables al desenrollarse, las ruedas de los baúles de transporte sobre el hormigón y las puertas que se abren con la cadera cuando uno ya no tiene las manos libres.

Encontró a Clara ante la mesa de maquillaje, inclinada sobre su neceser. Ella levantó la mirada cuando él entró.

—Buenos días.

Él inclinó ligeramente la cabeza.

—Buenos días.

Clara se acercó, le puso dos dedos bajo la barbilla para orientar su rostro hacia la luz y trabajó en silencio. Desde tan cerca, Jae-min percibía su perfume discreto, un aroma limpio y sencillo, con una nota que nunca había logrado identificar. Se obligó a fijar los ojos en su propio reflejo.

Era mejor así.

Era mejor aquella distancia exacta, aquella calma recuperada.

Cuando retrocedió, Clara se limitó a decir:

—Ya está.

—Gracias.

Había, pensó con lucidez, cierto alivio en volver a aquel terreno. Nada que interpretar. Nada que esperar. Nada que perder.

La jornada siguió su curso, rigurosa, previsible, bajo control.

Se aferró a lo que sabía hacer: actuar, escuchar, responder, colocarse, mantener el tono.

Clara cruzó varias veces su campo de visión con el neceser, los pinceles, los botines demasiado ruidosos sobre ciertos suelos y aquella concentración contrariada que le fruncía un poco el ceño cada vez que algún detalle la irritaba.

Solo le habló por cuestiones de trabajo.

Se adaptaba deprisa.

Eso también era mejor.

A última hora de la tarde, cuando ya estaban recogiendo parte del equipo después de la última toma, Eun-hee apareció ante él con expresión decidida.

—Esta noche salimos.

Jae-min, que se estaba quitando la chaqueta, apenas levantó la vista.

—No.

Eun-hee se cruzó de brazos.

—Hoy es mi cumpleaños. Así que sí, salimos.

—Estoy cansado.

—Todos estamos cansados. Precisamente por eso vamos a beber.

—Necesito dormir.

—Ya dormirás mañana. O cuando te conviertas en un empresario trágico y despiadado como tu padre.

El golpe fue tan certero que por fin la miró.

Eun-hee le sostuvo la mirada con absoluta serenidad.

—Vienes –prosiguió–. No es negociable.

—Eun-hee…

—Clara también viene.

El nombre cayó en mitad de la frase con una precisión sospechosa.

Él se quedó inmóvil un segundo.

—Viene todo el mundo –añadió ella–. El equipo de sonido.

Dos operadores de cámara. Min-joon, de cámara.

Hyeon-su, de dirección. Yura, supongo, si ha terminado de contemplarse en todas las superficies reflectantes de París.

Tú. Clara. Es mi cumpleaños, Jae-min. Hazme al menos el favor de fingir que eres un ser humano.

Podría haberse negado de nuevo. Probablemente debería haberlo hecho. Lo más sensato seguía siendo el hotel, el servicio de habitaciones, la soledad, los correos pendientes y aquella sensación de control, falsa pero reconfortante.

En lugar de eso, se oyó responder:

—Muy bien.

Eun-hee sonrió como quien acaba de conseguir exactamente lo que pretendía desde el principio.

— Rosa Bonheur sur Seine . A las ocho y media. Y no vengas con esa cara. Es mi cumpleaños, no tu entierro.

Acto seguido, se volvió hacia Clara, que estaba a unos metros.

—¡Vienes esta noche! ¡No hay discusión!

Clara alzó la cabeza, sorprendida.

—¿Adónde?

—A una barcaza. Buen ambiente, buena música, buena gente. Tienes derecho a divertirte una vez al trimestre, lo he consultado.

Clara se rio.

—De acuerdo –dijo–. Iré.

Muy bien , pensó Jae-min mientras apartaba la mirada.

Una noche. Unas horas. Nada más.

Rosa Bonheur sur Seine encarnaba a la perfección ese tipo de local de moda parisino sin caer en lo ostentoso.

La barcaza estaba amarrada a los pies del puente Alejandro III, como si la ciudad se divirtiera insistiendo.

Unas guirnaldas luminosas recorrían las barandillas.

La madera del pantalán conservaba la humedad del día.

Más allá, el Sena fluía en la oscuridad, salpicado de destellos de luz rota.

En el interior, la música vibraba ya bajo las conversaciones: una mezcla fluida de pop, funk y bajos lo bastante redondos como para hacer bailar las copas antes que los cuerpos.

El lugar poseía ese encanto estudiado de las noches parisinas bien organizadas: lo bastante elegante como para halagar el ego y lo bastante informal como para hacer creer en la casualidad.

Sofás de terciopelo, mesas bajas, plantas por todas partes, cócteles demasiado bonitos para ser de fiar y gente vestida como si todos hubieran pasado por las manos de un estilista.

Cuando Jae-min entró, parte del equipo ya había llegado.

Eun-hee levantó la copa al verlo.

—¡Ha venido! –exclamó, como si se tratara de un milagro.

Varias cabezas se volvieron. Lo llamaron. Le hicieron sitio. Sonrió como correspondía, saludó, casi se disculpó por llegar tarde y después sus ojos se desviaron de inmediato hacia el fondo de la sala.

Clara estaba en la barra.

Llevaba unos pantalones negros de talle alto y un top de satén color marfil.

Por una vez, el pelo le caía suelto sobre los hombros en unos rizos más disciplinados de lo habitual.

Con un cóctel rosa en la mano, se reía de algo que acababa de decirle un técnico coreano: Min-joon, del equipo de cámara, si no recordaba mal.

La luz perfilaba su rostro, su boca, las líneas de sus clavículas. Parecía relajada.

Quizá demasiado.

Ni siquiera lo miró al entrar.

Bien.

Eso era exactamente lo que quería.

Entonces, ¿por qué tenía la desagradable impresión de que acababan de quitarle algo sin avisarle?

Eun-hee lo agarró del brazo y lo condujo hasta un sofá.

—¿Qué quieres beber?

—Algo sencillo.

—Estás en el peor país del mundo para pedir algo sencillo –dijo ella–. Elegiré por ti.

Desapareció en dirección a la barra. Jae-min se sentó, rodeó con las manos el vaso de agua que le habían servido mientras esperaba y dejó que sus ojos regresaran, a pesar suyo, hacia Clara.

Seguía riéndose.

Era evidente que Min-joon decía cosas graciosas, o quizá ella había decidido que aquella noche todo le haría gracia. Cuando reía, echaba un poco la cabeza hacia atrás, lo justo para dejar el cuello al descubierto. Él ya lo sabía. Detestó saberlo.

No te está mirando en absoluto.

El pensamiento acudió a su mente, pero en lugar de tranquilizarlo le dejó una sensación desagradable.

Quizá lo ha entendido.

Quizá había percibido exactamente lo que él se esforzaba por volver a poner en su sitio. Quizá le devolvía la misma distancia, con idéntica elegancia. Y en lugar de aliviarlo, producía el efecto contrario.

Un camarero dejó ante él un cóctel de color ámbar.

—Toma –dijo Eun-hee mientras volvía a sentarse a su lado–. Tienes permiso para fingir que te gusta.

Él cogió el vaso.

—Gracias.

—Si esta noche no te diviertes, te ahogo yo misma en el Sena.

Jae-min esbozó una sonrisa.

—Feliz cumpleaños, entonces.

—Eso es. Vamos progresando.

Siguió su mirada durante un segundo. Su sonrisa se ensanchó de forma casi imperceptible.

—Clara está muy guapa esta noche –dijo con una inocencia tan fingida que habría merecido un Óscar.

Jae-min bebió un sorbo.

—Todo el equipo va muy elegante.

—Qué frase tan espantosa –repuso Eun-hee–. Parece un comunicado oficial.

No tuvo tiempo de responder. En la pista improvisada entre las mesas, la música cambió y comenzó a sonar una canción más bailable. Min-joon se inclinó hacia Clara y le tendió la mano para invitarla a bailar.

Jae-min lo vio desde lejos.

Clara vaciló un segundo.

Después dejó la copa, se encogió ligeramente de hombros y aceptó.

Los dos se dirigieron a la pista.

Algo se tensó en su interior de inmediato, absurdamente.