¡No estamos en un K-drama! 11
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꿈은 꿈일 뿐, 현실은 현실일 뿐이다

(Kkum-eun kkum-il ppun, hyeonsil-eun hyeonsil-il ppunida)

«Un sueño no es más que un sueño, y la realidad no es más que la realidad».

El camerino de maquillaje olía a polvos sueltos y a ese aroma peculiar de las lámparas que llevan demasiado tiempo encendidas. Clara empujó la puerta con el hombro, arrastrando tras ella una maleta con ruedas que avanzaba con la mala gana de un animal contrariado a las nueve de la mañana.

Jae-min ya estaba allí.

Sentado frente al espejo, con los antebrazos apoyados en los reposabrazos, hojeaba su guion lleno de anotaciones. La misma postura de siempre. El mismo reflejo impecable en el espejo.

—Hola –saludó Clara mientras dejaba el neceser sobre la mesa.

Él alzó los ojos.

Una mirada. Un asentimiento.

—Buenos días.

—¿Has dormido bien? –preguntó ella al acercarse con una esponja y un poco de producto matificante.

—Sí.

Clara le puso dos dedos bajo la barbilla para orientar su rostro hacia la luz. Su piel estaba tibia.

—Yo también –mintió.

Nada.

Ninguno de aquellos comentarios en voz baja que habían empezado a salpicar sus conversaciones. Ninguna arruga divertida en la comisura de los labios. Ninguna de aquellas miradas en el espejo que se demoraban más de la cuenta.

Clara aplicó el producto con precisión, corrigió un ligero brillo en el centro de la frente y retrocedió un paso.

—Perfecto. Estás listo para salir ante la cámara.

—Gracias.

Gracias. Nada más.

Clara cerró la polvera.

Puede que esté cansado. O concentrado. O las dos cosas.

La mañana se alargó a ese ritmo.

Primero fue su forma de no mirarla de verdad cuando se acercaba.

No del todo, al menos. Sus ojos pasaban por encima de ella como si fuera una presencia útil, familiar, perfectamente integrada en el decorado del plató.

Una presencia que uno cree conocer lo suficiente como para no tener que prestarle ya atención.

Te estás volviendo paranoica, Clara. Tiene otras cosas en la cabeza, nada más.

Después estuvo aquel mechón.

Mientras ensayaba una frase con el director, un mechón oscuro le cayó sobre la frente.

—Hoy tu pelo ha decidido ir por libre –dijo ella con una leve sonrisa mientras se lo colocaba.

—Mmm.

Ni una sonrisa. Ni una palabra más. Solo aquel movimiento minúsculo de cabeza que significaba: vale, ya lo he entendido .

Clara retiró la mano.

De acuerdo.

Entonces sí pasa algo.

Lo más irritante era lo elegante que resultaba todo. Jae-min se limitaba a dispensarle una cortesía perfecta, la que se reserva para las personas con quienes uno quiere mantener un trato irreprochable. Lo cual, en el fondo, dolía aún más.

Después de la pausa para comer, Clara estaba sentada sobre una caja colocada del revés, con una bandeja de comida enfriándosele sobre las rodillas, cuando levantó la vista hacia el grupo reunido junto a los monitores.

Jae-min hablaba con el director. Parecía relajado.

El director de fotografía dijo algo, el director respondió y Jae-min se rio.

Entonces Yura se acercó a él.

Le puso una mano en el brazo. Le susurró algo al oído. Jae-min inclinó la cabeza hacia ella y esta vez sonrió de verdad.

Clara sintió el golpe antes incluso de encontrarle un nombre.

Ah.

Muy bien.

Con Yura se reía.

Con ella se limitaba a decir gracias .

Bajó la vista hacia el plato, incapaz de pronto de tragar nada.

Así que es eso.

Una redistribución silenciosa para devolver a cada cual a su sitio.

Recordó el mercado. La risa que habían compartido.

La margarita. Aquella sensación casi ridícula de haber caminado durante unos minutos dentro de una burbuja que solo les pertenecía a ellos.

También recordó su rostro aquella mañana.

Distante. Cerrado, pese a aquella cortesía impecable que fingía lo contrario.

Puede que te hayas equivocado.

Puede que para él no significara nada. Un momento. Un paréntesis. Un respiro entre dos escenas.

Sus dedos se cerraron alrededor del tenedor de plástico.

O puede que simplemente haya vuelto a ocupar su lugar. Y haya puesto el tuyo a distancia.

La idea le encogió el estómago.

Era maquilladora. Competente, lo bastante fiable como para que le confiaran su rostro.

Pero maquilladora al fin y al cabo. Una chica del equipo.

Una subordinada en la gran jerarquía, exquisitamente cortés, de un rodaje internacional.

Él era Han Jae-min. Una estrella. Un hombre cuyo rostro valía contratos, portadas y millones de miradas.

Los hombres como él no estrechaban lazos de verdad con las chicas que les sostenían la barbilla entre toma y toma.

Apreciaban a la gente eficaz. Quizá algunos días bajaban la guardia un poco. Después volvían a trazar las líneas en su sitio.

Clara dejó el tenedor.

Quedan unas semanas para que termine el rodaje. He entendido el mensaje. No soy más que una simple maquilladora.

Aquella noche rodaron en el puente Alejandro III.

El puente se extendía bajo las luces como un escenario de teatro y, aquella noche, París interpretaba su papel a la perfección.

Un cielo dorado, casi demasiado generoso, envolvía el oro de las estatuas, mientras las farolas dibujaban halos temblorosos sobre las curvas metálicas.

El Sena, cómplice, desplegaba sus reflejos en estelas móviles.

La magia funcionaba. Una magia fingida, fabricada a base de cables, focos y una decena de técnicos afanándose en la sombra para que todo pareciera espontáneo .

Clara, apoyada contra un pie de iluminación, observaba los preparativos con los brazos cruzados sobre el pecho.

Al otro lado, junto a la barandilla, Jae-min y Yura esperaban su entrada.

Ella llevaba un vestido color crema que se ceñía a sus caderas con estudiada elegancia; él, un traje negro que acentuaba la palidez de su piel.

Formaban una pareja tan perfecta que uno se olvidaba de las cámaras.

La clase de pareja que hacía preguntarse, durante un instante, si la ficción no habría acabado contagiándose a la realidad.

Y luego estaba aquella mesa, colocada allí como una promesa, con dos copas de vino y la ciudad entera como telón de fondo.

Perfecta para un beso.

Parecían una pareja de cine. De esas que hacen desaparecer todo lo demás.

—¡Motor! –gritó alguien desde dirección–. ¡Acción!

Yura se inclinó levemente hacia él, con una mano apoyada en la mesa y la otra rozando su copa.

—Siempre supe que acabarías comprendiéndolo –susurró.

Jae-min no respondió de inmediato.

La miró.

Y su rostro cambió.

Clara lo vio con una precisión que habría preferido ahorrarse. Los dedos de Jae-min se crisparon un segundo sobre el borde de la mesa y después se relajaron. Su mirada se posó en Yura con gravedad. Se inclinó despacio hacia ella, como si quisiera dar tiempo al momento para instalarse.

Y entonces la besó.

No fue un simple roce.

Fue un beso de verdad.

Lento al principio, más profundo después, con una seguridad que lo volvía aún más difícil de contemplar.

Una de sus manos se deslizó hasta la nuca de Yura.

La otra descendió a su cintura. Ella se irguió hacia él, con los dedos aferrados a su abrigo, y el París que los rodeaba se convirtió en un mero decorado de luz.

La torre Eiffel brillaba a lo lejos. Los globos del puente derramaban una claridad cálida sobre sus rostros.

Todo, hasta el agua bajo los arcos, parecía conspirar para que aquel beso resultara perfecto: la clase de imagen que haría suspirar a miles de espectadoras desde el sofá de sus casas, un miércoles por la noche y en pijama.

A Clara se le hizo un nudo en el estómago.

Conocía el oficio. Las marcas en el suelo. Las repeticiones. Los objetivos. Las cámaras lentas. La belleza calculada de lo que después se vende como un arrebato espontáneo. Sabía reconocer un beso correcto. Eficaz.

Pero aquel tenía algo más.

Ardor.

O quizá Han Jae-min fuera aún más peligroso de lo que ella había imaginado.

¿Qué se sentirá al recibir un beso suyo?

Notó que el calor le subía a las mejillas.

No.

No vas a hacer esto. No vas a aferrarte a un beso que ni siquiera es para ti.

—¡Corten!

El puente volvió a cobrar vida de golpe. Un ayudante colocó de nuevo una copa. El director de fotografía pidió una segunda toma. Un encargado de atrezo corrió hacia la mesa. Alguien gritó:

—¡Retoque de labios para Yura!

Clara cogió el neceser y se acercó.

Yura la miró con las mejillas sonrosadas y los labios algo hinchados.

—El color se ha corrido por aquí –dijo, señalándose el labio.

—Sí.

Clara tomó un bastoncillo de algodón, corrigió el contorno y repasó la línea. Yura la observaba con una leve sonrisa en la comisura de los labios.

—Jae-min besa divinamente –murmuró.

El bastoncillo se detuvo un segundo.

—¿Ah, sí?

—De verdad. La mayoría de los actores coreanos apenas rozan los labios. Todo está muy controlado. Muy limpio. Él le pone… pasión.

Clara sintió que algo se retorcía en su pecho.

—Qué bien –dijo mientras retrocedía.

Yura sonrió. Despacio. Con una dulzura que volvía la frase aún más cruel.

—Lástima que usted no pueda comprobarlo por sí misma.

Clara guardó el pincel sin responder.

Gracias. Justo necesitaba que alguien lo dijera en voz alta.

Cuando levantó los ojos hacia el plató, Jae-min ya había vuelto a su marca, con el perfil realzado por las farolas. Giraba ligeramente la cabeza mientras un ayudante le hablaba y, cuando miró en su dirección, sus ojos se encontraron.

Después, él apartó la mirada.

Clara se quedó detrás del monitor durante la segunda toma, con el corazón latiéndole demasiado deprisa para una mujer hecha y derecha que tenía un trabajo, facturas y, en teoría, una escala de prioridades bastante sensata.

Cuando Jae-min volvió a inclinarse hacia Yura bajo las luces de París, comprendió algo con dolorosa claridad: ya no la miraba como antes. Y quizá eso fuera lo peor.

Porque significaba que ella sí había creído que había algo.

Respiró hondo. Le escocían un poco los ojos, lo justo para enfadarla.

Tres semanas. Quedan tres semanas de rodaje.

Puedes aguantar.

El beso comenzó de nuevo bajo las farolas doradas.

Clara mantuvo la vista fija en el monitor.

La verdadera pregunta no es si puedo aguantar.

La verdadera pregunta es si todavía quiero aguantar.