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손이 가면 몸이 간다
(Soni gamyeon momi ganda)
«Cuando va la mano, el cuerpo la sigue».
Bajo la luz de la mañana, París no hacía nada a medias.
La humedad se había infiltrado entre los adoquines y los hacía brillar como espejos mal pulidos.
Los focos se reflejaban en ellos en destellos blancos y anaranjados que se estiraban sobre el asfalto reluciente.
Los cables negros corrían entre los pies de los técnicos con esa lógica un tanto retorcida propia de las instalaciones provisionales en una ciudad que nunca había sido diseñada para resultar práctica.
Alrededor de Jae-min, el equipo se movía en todas direcciones. El director de fotografía acababa de anunciar, con una mezcla de cansancio e indignación, que la luz «no colaboraba». En Francia, hasta la luz tenía opinión.
Jae-min permaneció sobre su marca, con los pies dentro del rectángulo blanco dibujado en el suelo, y dejó que el tumulto resbalara a su alrededor sin permitir que lo alcanzara.
Once años de rodajes le habían enseñado a encontrar, en medio del ruido, el punto exacto en el que concentrarse. Repasó mentalmente su primera réplica, comprobó la posición de la luz principal y corrigió el ángulo de los hombros con un gesto automático.
París. La ciudad de la luz.
A sus ojos, París conservaba algo incomprensible.
Todo un rodaje podía quedar suspendido del humor de una nube.
En Seúl, a aquellas horas, todo estaría bajo control desde hacía rato.
Las marcas estarían en el suelo, los movimientos fijados y los retrasos absorbidos antes incluso de que pudieran existir.
Allí el desorden casi formaba parte del decorado, y seguía sorprendiéndolo la facilidad con la que todo el mundo convivía con él.
Estaba a punto de recuperar su posición cuando vio a Clara.
Atravesaba el plató tirando del maletín con una mano mientras un ayudante caminaba junto a ella y enumeraba una serie de retoques que habría que hacer antes de la toma, después de la toma y, a ser posible, entre dos planos. Clara asentía con seriedad.
Entonces una rueda del maletín se enganchó en un cable.
El sonido fue seco. Un clic que cortó el aire antes de ahogarse en el ruido ambiente. Nadie salvo él pareció advertirlo.
Jae-min reaccionó antes de tener tiempo de pensar. Clara perdió el equilibrio, abrió un brazo para intentar agarrarse al vacío, el maletín tiró de su muñeca y la suela resbaló sobre los adoquines todavía húmedos. Todo ocurrió en menos de un segundo. Para él, el tiempo pareció ralentizarse.
Abandonó su marca sin pensarlo.
Atravesó los cables con paso rápido y la sujetó por la cintura justo cuando su cuerpo empezaba a caer. El gesto fue más instintivo que elegante. La atrajo contra sí con fuerza.
Clara chocó contra su pecho. La frente golpeó su clavícula. Sus dedos se aferraron a la camisa.
El impacto estuvo a punto de cortarle la respiración.
A través de la tela, Jae-min percibió al instante el calor de su cuerpo, la tensión de sus músculos y el peso real de aquella caída detenida contra él. El perfume de Clara ascendió hasta envolverlo.
—Clara.
Su nombre se le escapó con una voz que apenas reconoció. Había perdido la serenidad habitual. Sonaba más grave, más cruda, atravesada por una inquietud que llevaba mucho tiempo sin mostrarle a nadie.
A su alrededor, el plató enmudeció.
El silencio fue breve, pero lo bastante claro para que todos comprendieran lo que acababa de evitarse.
Un técnico sujetó al vuelo un pie de foco que empezaba a inclinarse.
Producción lanzó una advertencia sobre los cables con esa irritación reservada a los incidentes a los que uno se niega a permitir que cobren importancia.
Después, el ruido regresó poco a poco, aún vacilante.
La mano de Jae-min seguía apoyada en la cintura de Clara.
Bajo la palma notaba la rigidez de su espalda, la tensión de los hombros y el esfuerzo inmediato que ella hacía por recuperar el control de su propio cuerpo. Clara inspiró, se enderezó y alzó hacia él una mirada firme.
—Estoy bien. Gracias.
Jae-min la soltó por fin.
Un poco demasiado tarde.
Clara recuperó el maletín, alzó la barbilla y se dirigió de nuevo hacia su puesto, dándole las gracias y con las mejillas rojas de vergüenza.
—¡Todo el mundo a su sitio! –gritó producción.
El mundo recuperó su curso.
Jae-min regresó a la marca, pero nada en su interior volvió realmente a su lugar. El cuerpo aún conservaba el recuerdo del impacto. Sus dedos recordaban todavía la cintura de Clara con una precisión que habría preferido ignorar.
Intentó razonar consigo mismo.
Has evitado que se cayera. Eso es todo.
La frase no era más que sentido común. Sin embargo, no conseguía devolverle el orden.
La toma se reanudó. Pronunció el texto, se movió en el momento adecuado y encontró la mirada, la respiración y la posición que exigía la escena. Su cuerpo, entrenado durante años, hizo lo que se esperaba de él. Su mente, en cambio, no dejaba de regresar a Clara.
Entre dos planos la encontró un poco apartada, sentada en una caja técnica junto a la mesa de maquillaje.
Mantenía la espalda recta, las manos apretadas sobre las rodillas y los ojos bajos hacia el suelo.
Desde lejos parecía completamente tranquila.
De cerca, Jae-min percibía el esfuerzo que le costaba aparentarlo.
Su mirada regresó a ella más de una vez.
Podría haber vuelto al camerino. Releer la siguiente escena. Contestar a su representante. Dejar pasar unos minutos y fingir que nada lo había alterado. En lugar de eso, cogió una botella de agua de la mesa de producción y se acercó.
Se detuvo a unos pasos, lo bastante lejos para que el gesto pareciera sencillo.
—Toma.
Clara alzó los ojos hacia él. Su mirada bajó hasta la botella, subió despacio hacia la mano que la sostenía y después hasta su rostro. Se tomó el tiempo de respirar antes de aceptarla.
Sus dedos se rozaron sobre el plástico frío.
Clara desenroscó el tapón y bebió un trago. Mantuvo los ojos al frente cuando habló.
—Gracias por la botella. Y por evitar la catástrofe.
Jae-min la observó sin conseguir ocultar del todo su preocupación.
—¿Por qué pones esa cara? –preguntó ella–. Soy yo la que casi se cae delante de todo el mundo.
—¿Qué cara?
—La de alguien que no sabe si echarme la bronca o llamar a un médico.
—No llegaría a tanto –dijo él con una sonrisa.
—Qué pena –murmuró Clara–. Me habría gustado ver a producción gestionando una emergencia dramática antes de las diez de la mañana.
Bajó los ojos hacia la botella y giró la etiqueta bajo el pulgar con atención distraída. Cuando volvió a hablar, su voz había perdido parte del filo.
—Gracias otra vez –dijo–. Por lo de antes. He estado a punto de hacer el ridículo delante de cuarenta personas.
Jae-min inclinó un poco la cabeza.
—Preferiría no convertirme en la anécdota favorita de producción antes del almuerzo.
—Es una aspiración razonable.
Esta vez Clara sonrió.
La sonrisa fue breve, pero lo conmovió más de lo debido. Sintió el impulso de querer retenerla un poco más, y aquel deseo bastó para ponerlo en guardia de inmediato.
—¿Quieres irte a casa?
La pregunta se le escapó, lo que lo irritó al instante. Clara alzó los ojos hacia él con una ceja arqueada.
—¿Y dejarte bajo estos focos sin que nadie te retoque? Sería una falta grave. Toda Corea del Sur podría venirse abajo por culpa de un brillo mal controlado.
Jae-min soltó una risita.
—El país sobrevivirá.
—Te lo tomas a la ligera –dijo ella–. Es muy imprudente.
Producción llamó a Jae-min.
Él no se movió enseguida. Clara alzó la botella en su dirección.
—Ve a interpretar tu escena –dijo–. Estoy perfectamente.
Jae-min la miró, asintió y regresó al plató.
Mientras volvía a su posición, sintió un calor extraño recorriéndole las venas, mucho más persistente que la simple adrenalina de un movimiento precipitado.
No había sido cortesía ni ese reflejo educado que se tiene con cualquier persona.
No. Algo mucho más salvaje, mucho más personal , había despertado dentro de él al ver a Clara tambalearse.
Una reacción tan inmediata y visceral que casi resultaba incómoda.
No era ella quien lo había asustado al caer.
Era él. Era aquella certeza fulminante que lo había lanzado hacia Clara antes de que la mente pudiera seguir al cuerpo: la idea de que pudiera hacerse daño le resultaba intolerable.
Como si, de pronto, su cuerpo hubiera decidido revelarle un secreto que él todavía se negaba a admitir.
Y ese era el verdadero problema.
Porque su corazón lo había comprendido hacía mucho tiempo. Simplemente había esperado a que el resto de Jae-min se dignara a ponerse al día.