8 #3
—La ola coreana despierta deseos –prosiguió Clara mientras jugueteaba con el borde del vaso–. Da la impresión de que todo es más intenso, más bello, más controlado.
—Porque está diseñado para producir ese efecto.
Entonces la miró de frente.
—Nos adaptamos.
—¿A qué?
—A las expectativas. A los mercados extranjeros. A los fans. A las entrevistas. A la manera de sonreír.
Clara parpadeó.
—¿A la manera de sonreír?
—Hay una sonrisa para las ruedas de prensa. Otra para los fans. Una para las fotos. Otra para los platós.
—¿Y ahora?
Jae-min sostuvo su mirada.
—Ahora sigo adaptándome.
—¿A qué, exactamente?
Un teléfono se alzó en su dirección. El flash destelló. Jae-min inclinó la cabeza, sonrió al objetivo y después se volvió hacia Clara.
—A ti.
Clara se quedó boquiabierta y después reanudó el camino como si no hubiera ocurrido nada, a pesar del latido que acababa de saltársele y del calor repentino de sus mejillas.
Se detuvieron ante un puesto de flores. Las rosas blancas brillaban bajo la luz, pero Clara se fijó en las margaritas, algo torcidas e irregulares, colocadas allí con una indiferencia entrañable.
Una mujer pasó rozándolos mientras reía demasiado alto, y Clara quedó más cerca de Jae-min de lo previsto. Le llegó su perfume, amaderado, fresco y discreto.
Esperó a que él se apartara.
No lo hizo.
Así que dejó el vaso en el borde del puesto y deslizó los dedos sobre las margaritas para mantener ocupadas las manos y, con un poco de suerte, también el cerebro. Escogió una que estaba ligeramente torcida.
—Esta –dijo.
Jae-min bajó la vista hacia la flor y después volvió a mirarla.
—¿Por qué esa?
Clara observó la margarita.
—Porque desentona lo justo para que resulte difícil mirar otra cosa.
El silencio fue inmediato.
Bien.
Muy bien.
Así que su boca acababa de producir, sin ayuda de nadie, una frase que podía referirse a una flor. O a Han Jae-min. O, por pura maldad cósmica, a ambos a la vez.
La comisura de sus labios se alzó apenas.
—¿Se supone que es un cumplido?
Clara se encogió de hombros con toda la serenidad que no sentía.
—Depende de para quién.
Y, antes de que el sentido común pudiera intervenir, le tendió la margarita.
Así, sin más.
Él la cogió entre dos dedos con una cautela inesperada, como si no supiera cuál era la manera correcta de recibir algo tan sencillo.
—No sé qué hacer con esto –dijo.
—¿Con una flor?
—Con que alguien me regale una.
Esta vez Clara alzó los ojos hacia él.
Lo había dicho con serenidad, sin intentar conmover a nadie. Quizá fuera eso lo más desconcertante de Jae-min: aquella forma de decir cosas sencillas como si ya llevaran algo más detrás.
—No tienes que hacer nada con ella –dijo Clara.
—¿No?
—No. Puedes limitarte a guardarla.
Él bajó los ojos hacia la margarita y volvió a mirarla.
—¿Así de fácil?
Como siempre, el cerebro de Clara reaccionó con retraso.
—Sí –respondió–. Sin ningún motivo especial. Por una vez.
El silencio volvió a ser breve.
Pero duró lo suficiente para que Clara percibiera todo lo que había dejado entrever en aquellas palabras sin pretenderlo.
Jae-min no respondió enseguida. Contempló la flor entre sus dedos y después la guardó con cuidado en el bolsillo del abrigo.
Clara siguió el movimiento con los ojos antes de recomponerse.
—Ya está –dijo–. Ahora pareces un poco menos intimidante.
Él sonrió ligeramente.
—¿Era ese el objetivo?
—Estoy improvisando –respondió ella.
Jae-min la observó un segundo más.
—Quizá ese sea el problema.
Clara frunció un poco el ceño.
—¿El problema de quién?
Pero él no contestó de inmediato. Su mirada se deslizó hacia ella, serena, difícil de descifrar, con aquella contención que lo complicaba todo en lugar de arreglar nada.
—Todavía no lo sé –dijo por fin.
Y, como aquella era exactamente la clase de frase capaz de permanecer demasiado tiempo en su cabeza si se lo permitía, Clara recuperó el vaso y apartó la mirada.
A lo lejos, un ayudante agitaba los brazos mientras gritaba que reanudaban el rodaje. El mercado volvió a imponerse a su alrededor.
Regresaron al plató caminando uno junto al otro, con los pasos acompasados. La multitud se cerró tras ellos. La margarita asomaba ligeramente del bolsillo de Jae-min.
Al acercarse a las cámaras, sus hombros se enderezaron solos. Todo en él volvió a ocupar su lugar.
Sus pasos se hicieron más lentos al entrar bajo las primeras luces del plató. Entonces Clara notó una mirada fija en ellos. Fría. Precisa. Calculada.
Seo Yura.
Los observaba desde su puesto. Un destello de descontento atravesó sus facciones tan deprisa que casi habría podido parecer imaginario. Un desprecio silencioso, apenas disimulado, de esos que uno no puede fingir que no ha recibido.
En ese momento vibró el teléfono de Jae-min. Lo sacó, la expresión se le cerró de golpe y contestó.
—Sí. No, lo sé.
Su voz sonaba seca y tensa, reducida a lo imprescindible. Colgó, se volvió un instante hacia Clara y, durante los dos segundos en que sus miradas se cruzaron antes de que se alejara, ella leyó en su rostro algo que nunca había visto hasta entonces.
Arrepentimiento.