8 #2
—¡Dos cafés para los enamorados! –gritó el hombre desde detrás del mostrador, con una sonrisa traviesa de oreja a oreja–. Entrarán en calor, ¿eh?
Los dedos de Clara se quedaron inmóviles sobre las monedas.
Enamorados.
—¿Qué ha dicho?
Jae-min hablaba en voz baja, con la cabeza un poco inclinada hacia ella.
Clara tomó aire.
—Ha dicho que parecías estresado y que deberías sonreír más.
Tú.
El pronombre se le había escapado de forma natural, como una evidencia que solo esperaba ser pronunciada.
Las risas del mercado, el roce de las bolsas de plástico y el tintineo de las tazas parecieron quedar suspendidos durante un segundo, el tiempo suficiente para que la palabra se posara entre ambos.
Jae-min dejó de sonreír. Su rostro permanecía inmóvil, pero algo en la postura, en aquella quietud y en la tensión de los hombros, revelaba que lo había oído perfectamente.
— Tú –repitió.
La palabra sonó diferente en su boca. Como si le diera vueltas para examinar todas sus caras.
Hablaba francés a la perfección, al igual que varios idiomas que había aprendido muy joven porque su padre siempre exigía la excelencia.
Conocía de sobra aquel pronombre, pero nunca había creído que pudiera acercarse lo suficiente a alguien como para tener que utilizarlo en Francia.
—Lo siento –dijo Clara con las mejillas encendidas–. Me ha salido sin pensar. No pretendía ofenderlo.
—En Corea ocurre más tarde –explicó él–. Depende de la edad. De la posición social. Y ni siquiera entonces es siempre posible.
Hizo una pausa para escoger las palabras.
—Decir tú es colocarse al mismo nivel.
Clara guardó silencio un instante.
—Puedo seguir tratándolo de usted –propuso con una sonrisa algo tímida.
Jae-min la observó, y Clara descubrió en sus ojos una curiosidad más seria de lo que esperaba.
—Creo que intentaré adaptarme a las costumbres francesas. Será una novedad para mí.
—¿Una novedad?
Clara cruzó los brazos y fingió ligereza.
—Entonces, ¿debería sentirme honrada o preocupada?
—Quizá las dos cosas.
—En ese caso –dijo ella alzando ligeramente la barbilla–, procuraré no abusar del privilegio. Bueno… no demasiado.
—A veces tendrás que recordármelo –murmuró él–, cuando me equivoque.
—No estoy segura de que sea buena idea. Usted no está acostumbrado a que lo corrijan.
Sus ojos se posaron sobre ella con una intensidad que la obligó a enderezar la espalda.
—Entonces será otra novedad. Y no lo olvides: tú .
El vendedor dejó los dos vasos humeantes sobre el mostrador. Sus dedos se rozaron al cogerlos y Clara retrocedió de golpe, se llevó el café a los labios y bebió un trago ardiente.
—¡Ay!
—¿Estás bien?
La mano de Jae-min se alzó instintivamente hacia el vaso de Clara. Sus dedos quedaron suspendidos en el aire entre ambos y después bajaron despacio, como si se hubiera arrepentido en el último momento.
—Estoy bien –respondió ella–. Sigamos. Pronto tendremos que volver.
Mientras reanudaban el paseo, algunos teléfonos se alzaban a intervalos. Ciertos rostros se iluminaban de inmediato; otros aún vacilaban entre la contención y el entusiasmo. Clara observó la escena un instante con los brazos cruzados.
—La ola coreana… Es impresionante.
Jae-min volvió un poco la cabeza hacia ella.
—¿Impresionante?
En su voz había un matiz divertido que no intentaba ocultar del todo.
—Sí. Los dramas, la música, el cuidado de la piel, los estilismos…
Habéis invadido Netflix e Instagram. Hasta una prima mía de cincuenta años ve series coreanas en versión original.
El otro día me preguntó dónde podía encontrar el mismo pintalabios que la protagonista de Crash Landing on You .
Cincuenta años, Jae-min. Y pronuncia oppa como si se hubiera criado en Seúl.
—Lo llamamos exportación cultural.
—No –dijo Clara mientras negaba con la cabeza–. Parece una auténtica ola. De las que no se pueden ignorar. Lo atraviesa todo: las pantallas, las conversaciones, las expectativas. Incluso los sueños, a veces.
Él guardó silencio un momento.
—Las olas también arrasan.
Clara frunció un poco el ceño.
—¿Te resulta una carga?
—No es una carga. Es constante.
Un grupo de estudiantes aminoró el paso junto a ellos, cuchicheando tras las manos.
Una de las chicas levantó el teléfono con una cautela casi religiosa.
Jae-min inclinó la cabeza hacia ellas y les ofreció una sonrisa educada y controlada, la misma que había dedicado a las dos adolescentes de antes.
—Uno se convierte muy pronto en un símbolo, antes de poder seguir siendo una persona –dijo con voz casi distante–. Uno representa algo. Un país. Una imagen. Una determinada idea del romanticismo.
Clara lo miró de otra manera.
—Y tú, ¿qué representas?
Él vaciló, y aquella vacilación reveló más que cualquier respuesta ensayada.
—Al héroe que mantiene la calma. Que habla poco. Que protege. Que elige bien las palabras.
—¿Tú hablas poco?
—En pantalla –precisó–. Aunque en la vida real también.
Caminaron unos pasos más, envueltos por el ruido y los olores del mercado.