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꽃이 피면 잎이 지지만, 잎이 지면 꽃이 핀다
(Kkochi pimyeon ipi jijiman, ipi jimyeon kkochi pinda)
«Cuando la flor se abre, las hojas caen; cuando las hojas caen, la flor se abre».
Aquella mañana, el mercado mostraba sus dos caras al mismo tiempo.
Por un lado, el caos. Las bolsas de la compra golpeaban contra las caderas, los cochecitos zigzagueaban entre los puestos con la seguridad de pequeños carros de combate y los vendedores pregonaban sus precios a pleno pulmón, convencidos de que el volumen acabaría persuadiendo a los indecisos.
—¡Dos euros el kilo, guapa! ¡Mira qué tomates!
Por otro lado, algo intensamente vivo. El aire olía a pan recién salido del horno, a quesos curados y, de vez en cuando, a una bocanada de fruta demasiado madura.
A Clara le encantaba aquel mercado. Precisamente por eso. Por aquel desorden que se sostenía por sí solo.
Había llegado temprano. Instaló el puesto de maquillaje bajo una lona tendida entre dos tenderetes y observó cómo los equipos se desplegaban siguiendo sus respectivos hábitos, tan distintos como el camembert y el doenjang .
A unos diez metros, el equipo coreano avanzaba con precisión.
Las indicaciones circulaban deprisa y cada cual ocupaba su lugar sin invadir el del vecino.
La escena debía rodarse en un auténtico mercado parisino.
Los dos chefs harían la compra mientras se producía entre ellos un acercamiento romántico.
En el lado francés, dos operadores de cámara hablaban de la luz de la mañana mientras sostenían los vasos de café con ambas manos, con el aspecto de dos filósofos que aún no estaban convencidos de que el asunto mereciera tanta energía.
Clara los conocía. Encontrarían el mejor encuadre de todo el rodaje en veinte segundos, justo después del tercer sorbo.
—Clara.
La voz de Eun-hee llegó desde debajo de la lona.
—Ten cuidado con los transeúntes. Queremos conservar el ambiente de un mercado real. Los curiosos no son figurantes. Y todo el mundo está grabando.
Clara salió de debajo del toldo y, al levantar la cabeza, comprendió de inmediato quién se acercaba.
Primero aparecieron algunos teléfonos discretamente alzados a la altura de la cintura, con la esperanza tan humana de grabar sin llamar la atención.
Después, los brazos subieron. Todas las pantallas se orientaron en la misma dirección.
Las conversaciones bajaron de volumen por oleadas.
Las risas se interrumpieron. Incluso los vendedores dejaron de pregonar para seguir con los ojos una misma trayectoria.
El pescadero, que llevaba gritando sus precios desde el amanecer, se quedó callado con la boca todavía entreabierta.
Clara no necesitó buscarlo.
Todo el mercado pareció volverse en la misma dirección.
Han Jae-min avanzaba entre los puestos.
Caminaba a un ritmo regular, sin intentar atraer las miradas, y aun así el espacio se abría a su paso.
La gente se apartaba casi de manera natural, como el mar ante Moisés.
Su abrigo negro, de un corte excesivamente elegante para un mercado parisino, dibujaba una figura esbelta entre las lonas de colores, las cajas de fruta y el desorden matinal.
Detrás de él, dos guardaespaldas vestidos con trajes oscuros vigilaban a la multitud, con los pinganillos puestos y el rostro cerrado. Su representante los seguía con el ceño fruncido de costumbre, convencido ya de que el peligro podía esconderse tras cualquier sonrisa demasiado entusiasta.
Clara cruzó un instante la mirada con Jae-min. Después lo vio detenerse ante una anciana de pelo gris recogido en un moño, delantal anudado a la cintura y brazos cruzados. Lo examinaba como habría palpado un melón: muy seria, sin dejarse impresionar por el envoltorio.
Él se limitó a inclinar la cabeza.
La anciana le devolvió exactamente el mismo gesto, con expresión de haber emitido ya su veredicto.
No está mal. Pero puede mejorar.
Clara reprimió una sonrisa. Incluso en medio de una pequeña histeria colectiva, las jubiladas parisinas conservaban su derecho a juzgar. Resultaba casi tranquilizador.
Dos adolescentes se acercaron después con los teléfonos en la mano y las mejillas ya rojas de emoción.
Jae-min modificó un poco su trayectoria, se inclinó hacia ellas y les ofreció una sonrisa perfectamente dosificada.
El instante quedó inmortalizado en varias pantallas.
Las chicas contuvieron el aliento como si el mundo acabara de concederles un favor personal.
Desde su puesto, Clara contempló la escena con los brazos cruzados.
Aquel hombre tenía una sonrisa para cada situación. La sonrisa de rueda de prensa. La de las fotos. La de los fans. La del plató. Se preguntó si también tendría una específica para un mercado parisino, entre las patatas y el reblochon.
Por lo visto, sí.
Entonces una manzana rodó hasta sus pies.
La cesta del vendedor acababa de volcar y su contenido se desparramó: una manzana chocó contra la rueda de un cochecito, otra rebotó en un puesto de verduras y una tercera fue directa hacia los zapatos de Jae-min.
Él la esquivó con un movimiento ágil, se agachó y la recogió con facilidad.
Clara no pudo evitar soltar una risita.
—¿Todo bien? –preguntó él arqueando una ceja.
—Perfectamente –respondió ella, todavía con una sonrisa ladeada–. Aunque usted parece esperar una alfombra roja entre la quesería y la frutería.
—¡Qué tontería!
—Ánimo –añadió mientras recogía otras dos manzanas para devolvérselas al vendedor–. Aquí la fruta ataca sin avisar.
—¡Gracias, preciosa! –gritó el vendedor con voz atronadora, dirigiéndose a Clara y al universo entero al mismo tiempo.
Clara se limpió los dedos en los vaqueros y volvió a cruzar la mirada con Jae-min. Él seguía sosteniendo la manzana y la hacía girar entre los dedos.
Un ayudante coreano apareció a su lado con el walkie-talkie pegado al oído y soltó una ráfaga de palabras en coreano, demasiado rápidas para que Clara entendiera algo más que «luz» y «pausa».
—¡Pausa técnica! –gritó el director desde el otro extremo del mercado–. ¡Esperamos a que el sol deje de jugar al yoyó! Necesito una escena de mercado luminosa.
En el lado francés, la noticia fue recibida con suspiros de alivio y un grupo compacto se dirigió al puesto de café con el ímpetu de un pueblo que acababa de encontrar una causa común.
En el lado coreano, los técnicos se reunieron alrededor del plan de rodaje con la concentración de un equipo de cirujanos.
Diez minutos.
Clara cogió la chaqueta.
La idea se impuso antes de que tuviera tiempo de pensarla: quedarse allí plantada entre el puesto y los cables no le aportaría nada, y Jae-min, de pie en medio de aquel torbellino con su abrigo demasiado elegante, desentonaba un poco con el mercado.
—Tenemos diez minutos –le dijo con aparente despreocupación–. Venga a caminar un poco. Así evitará que lo atropelle una abuela armada con un puerro.
Él tardó un instante en responder. Recorrió la multitud con los ojos y se detuvo en su representante, que observaba la escena con la expresión de quien estaba convencido de que un problema terminaría apareciendo.
—Tengo que…
—Tiene que respirar –lo interrumpió Clara con firmeza–. Diez minutos. Después podrá volver a ser usted mismo, lo prometo.
Se dio la vuelta y se internó entre la multitud sin esperar respuesta. Un paso, dos, tres… y oyó que Jae-min empezaba a caminar detrás de ella. Primero con vacilación; después, adaptando el ritmo al suyo.
La seguía.
Clara lo anotó mentalmente como una pequeña victoria.
Pasaron junto al puesto del pescadero, que pregonaba sus sardinas con el entusiasmo de un predicador en plena revelación.
—¡Frescas como una mañana de primavera, señoras!
Jae-min aminoró el paso de forma casi imperceptible y volvió la cabeza hacia el hombre, con una expresión a medio camino entre la fascinación sincera y la incomprensión educada.
—Aquí nadie susurra –murmuró casi para sí.
Clara lo miró de reojo.
—Aquí consideramos que una información solo tiene valor si ha cruzado la calle entera. De lo contrario, ¿para qué sirve?
Él asintió despacio, como si aún intentara comprender la lógica de aquel lugar. Delante de ellos, una mujer dio unos golpecitos en el hombro a un desconocido para preguntarle la hora, recibió la respuesta con una gran sonrisa y se alejó riendo a carcajadas. Jae-min siguió la escena con los ojos.
—En Corea aprendemos muy pronto a comportarnos.
—Aquí, eso de comportarse es un concepto bastante flexible –dijo Clara–. Mire a esas estudiantes.
Un grupo de chicas cuchicheaba entre risas, con unas voces que llegaban mucho más allá de su círculo. Jae-min las observó.
—Creen que están siendo discretas.
—Todo el mundo las oye y a nadie le importa. Así es la discreción en París.
Entre ellos se instaló un silencio lo bastante largo para revelar la distancia entre sus dos formas de ver las cosas. Clara esquivó a un niño que blandía una barra de pan como si fuera la espada de un caballero.
—Es… liberador –murmuró Jae-min.
—¿Liberador? –repitió ella, mirándolo de frente–. ¿Usted, con su legendario autocontrol, considera que esto es liberador?
Él sonrió apenas.
Un florista les ofreció una peonía medio marchita.
Clara rechazó la flor con un gesto, pero Jae-min se detuvo y rozó con los dedos los pétalos estropeados.
—En Corea –dijo–, me ofrecerían esta flor con una reverencia y asegurarían que su belleza rivaliza con la mía. Aquí me la presentan como si fuera un periódico viejo.
—Exacto –dijo Clara mientras cruzaba los brazos–. Porque aquí se da por hecho que usted sabe lo que quiere. Aunque solo sea un trozo de comté apestoso o una peonía vieja.
Él la miró fijamente, y su expresión perdió parte de la distancia habitual.
—¿Esto es la libertad? ¿Hacer lo que uno quiera, aunque sea de mala educación?
—No. La libertad consiste en poder elegir cuándo ser educado.
El vapor del puesto de café los envolvió antes de que les llegara el aroma. Clara aminoró el paso.
—Dos cafés –le pidió al vendedor mientras metía ya la mano en el monedero.