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금이 간 그릇이 더 소중하다
(Geumi gan geureut-i deo sojunghada)
«Una vasija agrietada es más valiosa».
El decorado de la cocina parecía sacado de un anuncio.
Mármol blanco impecable. Utensilios alineados con esmero.
Focos ajustados con una precisión casi militar.
Todo relucía. La clase de cocina que pretendía parecer viva, aunque ninguna persona de carne y hueso se habría atrevido a derramar en ella una sola gota de salsa.
Jae-min cruzó el espacio mientras recorría con la mirada la encimera, las cacerolas colgadas y los paños doblados con un cuidado absurdo.
En Seúl, decorados así aparecían a diario en las grandes producciones.
Allí lo divertía el contraste. El escenario imponía su rigor mientras, a su alrededor, el equipo francés se movía en medio de un desorden ruidoso y asumido con total naturalidad.
Parecían compensar con energía toda la disciplina que exigía el decorado.
—¡Más suave la luz sobre el gorro! ¡Ahora parece un faro! Y tú, respira, que la cámara no va a denunciarte a la policía.
El director daba las indicaciones a gritos. Un ayudante garabateaba notas en una hoja con el aspecto de quien llevaba horas sin saber dónde estaba el plan de rodaje. Un técnico se coló entre dos focos sosteniendo un cable sobre la cabeza como un funambulista agotado.
Jae-min contempló la escena.
Seo Yura ya ocupaba su posición. Gorro recto. Chaquetilla blanca de corte perfecto. Espalda erguida. Una mano apoyada junto a la tabla como si hasta el menor gesto se hubiera decidido de antemano. Fingía preparar un plato.
Entonces su mirada se detuvo en Clara.
Permanecía un poco apartada, sujetando el guion con ambas manos y el ceño fruncido.
Observaba el decorado con expresión dubitativa.
—En Francia, una discusión en un restaurante acabaría con salsa por el suelo –murmuró para sí más que para nadie.
Jae-min sonrió a su pesar.
Salsa por el suelo.
Para ella, una discusión de verdad tenía que dejar huellas en las baldosas.
Apartó los ojos. Debía volver a concentrarse en su personaje.
La escena de la cocina estaba a punto de empezar.
—¡Acción!
Se metió en el personaje.
A los directores extranjeros siempre los sorprendía aquella rapidez, como si el personaje apareciera de golpe. Lo llamaban talento natural. A Jae-min siempre le había parecido una expresión un tanto engañosa.
En aquel oficio, la naturalidad solía ser una disciplina muy bien aprendida.
—¿A esto lo llama una reducción?
Levantó la cacerola y la observó con la dosis exacta de desprecio que exigía la escena. La medida justa. La que parecería espontánea en pantalla.
—Yo lo llamo precisión. Eso que usted confunde con ego.
Yura probó la salsa con la punta de la cuchara, cerró los ojos un instante y dejó de nuevo el utensilio.
Jae-min rodeó la isla central.
—Una cocina no es un campo de experimentación.
—Una cocina sin inventiva no es más que una habitación bien ordenada.
Yura limpió el borde de un plato con un paño de un blanco ofensivo.
Detrás de la cámara, alguien dejó escapar un diminuto «oh» de satisfacción. La clase de reacción que al director le encantaba oír.
Jae-min apoyó la palma sobre el mármol.
En ese mismo instante, Yura adelantó la suya para coger el plato. Sus dedos apenas se rozaron. Él retiró la mano en el momento previsto. Lo justo para dejar que aumentara la tensión.
—Una cocina sin disciplina acaba en desastre.
—Y una cocina sin audacia acaba convertida en museo.
Yura deslizó el plato hacia él. Se detuvo a pocos centímetros del borde. Un movimiento perfecto, ensayado las veces suficientes para parecer improvisado.
—¿Lo ve? –dijo con suavidad–. Todo es cuestión de control.
Aquel término empezaba a ponerlo nervioso.
Control.
Como si todo terminara siempre regresando a lo mismo. La imagen. El cuerpo. Las palabras. El silencio. Lo que se muestra. Lo que se permite creer a los demás.
Apartó aquel pensamiento.
Clavó los ojos en los de Yura. A su alrededor, el plató pareció inmovilizarse. Alguien dejó de moverse detrás de un monitor. El director juntó las manos bajo la barbilla, encantado.
—El control solo tiene valor cuando uno sabe en qué momento renunciar a él.
Había bajado la voz. Solo unos centímetros separaban ya sus rostros.
Entonces percibió algo a su izquierda.
Un movimiento discreto. Lo identificó antes incluso de volver la cabeza.
¿Desde cuándo noto su presencia de esta manera? Estoy en plena toma y dejo que me distraiga.
Retomó la escena justo antes de entrar tarde en la siguiente réplica de Yura.
—Confunde la autoridad con el orgullo.
—Y usted confunde la libertad con la indisciplina.
—¡Corten!
El ruido regresó de inmediato al plató, que ya se preparaba para la escena siguiente. Jae-min se pasó los dedos por el pelo y notó la resistencia de la gomina bajo las yemas. Inspiró despacio y dejó que la tensión del chef con estrella Michelin abandonara sus hombros.
Después buscó a Clara con la mirada.
Estaba algo apartada, con los brazos cruzados. Sus labios ya contenían un comentario, y en sus ojos brillaba un destello travieso: había reparado en algo y esperaba el momento oportuno para decirlo.
—¡Retoque rápido para Jae-min!
Clara se acercó.
—Sienes –dijo.
Él inclinó un poco la cabeza para facilitarle el acceso al rostro.
Clara se aproximó y murmuró:
—Sinceramente, esta cocina se parece más a una sala de exposición que a un lugar donde la gente cocina de verdad.
—La perfección vende mejor que el desorden –respondió él.
Ella arqueó una ceja sin dejar de trabajar.
—Puede. Pero el desorden tiene a su favor que resulta creíble.
Hablaba mientras eliminaba un brillo, con aquella seriedad que casi podía hacerla parecer severa.
—Antes ha dicho que una discusión de verdad acabaría con salsa por el suelo.
Clara alzó los ojos hacia él.
—¿Estaba escuchando?
—Murmura con más claridad de lo que cree.
Jae-min la miró, divertido.
—¿Y bien? –preguntó–. ¿Cuál es su opinión profesional sobre la escena?
Clara volvió a mirarlo. Como siempre, lo miró de verdad.
—Interpreta bien –dijo.
Él esperó.
—¿Pero…?
—Sigue conteniendo algo.
El pincel continuó su recorrido por la sien.
Las palabras lo afectaron más de lo esperado. Habían dado en el blanco y acababan de nombrar con serenidad algo que él dedicaba mucha energía a no formular ni siquiera para sí mismo.
—¿Se nota tanto? –preguntó.
—No para todo el mundo.
—¿Y para usted?
Clara continuó trabajando sin apartar los ojos.
—Me pagan por detectar lo que hay que corregir. En principio, los brillos. Pero, después de observar tanto, a veces una ve otras cosas.
Jae-min podría haber respondido con ironía, encerrarse de nuevo en sí mismo o sonreír como en una entrevista y dejar que la frase se perdiera.
En lugar de eso, habló.
—Todos contenemos algo –dijo por fin.
—Así se evitan las ilusiones –añadió Clara.
—Y las decepciones –confirmó él.
—No le gusta que lo descifren, ¿verdad? –preguntó ella.
Jae-min sostuvo su mirada.
—No estoy acostumbrado.
—¿Todo va bien?
La voz de Seo Yura se interpuso entre ellos y los sobresaltó a ambos.
Jae-min levantó un poco la cabeza.
—Sí. Todo va bien.
Se había colocado de nuevo la máscara. Sin embargo, sus ojos seguían fijos en Clara.
Y ella, como si hubiera comprendido que era mejor salir de allí de inmediato, guardó el pincel, cerró el neceser y se volvió hacia la zona técnica sin intentar prolongar el momento.
—¡Seguimos! ¡Exterior dentro de diez minutos!
Jae-min la siguió con la mirada más tiempo del debido.
Entonces se dio cuenta.
Yura estaba a treinta centímetros de él. No había dicho nada desde su pregunta. Miraba hacia el lugar por el que Clara acababa de alejarse, y su sonrisa dejaba claro que lo había visto todo, aunque aún no hubiera decidido qué hacer con ello.
La máscara de Jae-min había cedido y Yura había mirado justo a tiempo para verlo.