¡No estamos en un K-drama! 6 #2
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Y, sin embargo, no era aquella perfección lo que inquietaba a Clara.

Era el resto.

El cansancio casi invisible en el rabillo de los ojos. La forma en que a veces apretaba la mandíbula. La extraña impresión de que, en medio de toda aquella elegancia perfectamente construida, algo seguía resistiéndose. Algo más real, menos controlado.

Y era precisamente eso lo que lo volvía peligroso.

Porque de un hombre demasiado perfecto todavía se podía desconfiar. Se podía poner los ojos en blanco, pensar actor famoso, guapísimo, a años luz de mi vida y seguir respirando con normalidad.

Pero ¿un hombre perfecto con una grieta visible, por diminuta que fuera?

Era exactamente la clase de detalle que lo complicaba todo.

Clara cogió los papeles matificantes antes de que se los pidieran.

Jae-min se sentó en el sillón de retoques y alzó los ojos hacia ella.

—Buenos días –dijo.

—Buenos días.

Clara se situó frente a él y concentró la vista en aspectos técnicos para no pensar en todo lo demás.

Sienes. Frente. Puente de la nariz. Sombra ligera bajo el ojo derecho.

Una profesional digna de ese nombre podía sobrevivir a un rostro muy guapo.

En teoría.

—La luz es más dura en el exterior –dijo–. Voy a fijar un poco más que esta mañana.

—De acuerdo.

Trabajó deprisa. Eun-hee estaba a dos pasos, hablando con un jefe de equipo. Más lejos, Yura ensayaba con la ayudante de dirección.

—Su piel aguanta la luz increíblemente bien –dijo Clara antes de poder contenerse.

Una idea excelente. Hablar de su piel. Muy normal. Muy discreto.

Jae-min la miró en el espejo.

—Gracias. La suya parece cansada.

Clara se quedó inmóvil una fracción de segundo y después expulsó aire por la nariz.

—Gracias a usted también.

Algo se movió en la comisura de los labios de Jae-min. Un amago de sonrisa.

—¿Volvió tarde a casa? –preguntó.

Ella le pasó la borla por la frente.

—No. Sobre todo me pasé veinte minutos peleándome con el desmaquillante. Ganó él.

—Ocurre.

—No sabía que tuviera una opinión al respecto.

—Sobre su desmaquillante, no.

Clara alzó por fin los ojos hacia él.

Mala idea.

Los de Jae-min parecían tranquilos, casi inocentes, algo que no encajaba en absoluto con lo que acababa de insinuar.

—Gire un poco la cabeza, por favor.

Él obedeció.

El rodaje comenzó pocos minutos después.

Clara contuvo el aliento al ver a Jae-min transformarse ante sus ojos.

Ya conocía el momento exacto en que se producía el cambio, cuando aquel hombre reservado, casi distante, se convertía en una presencia magnética en cuanto se encendía la cámara.

No necesitaba grandes gestos ni frases calculadas.

Bastaba con que alzara la mirada o una sonrisa le rozara los labios para que la pantalla se iluminara, como si una luz interior, discreta en circunstancias normales, decidiera de repente inundarlo todo.

Frente a él, Yura respondía a aquella energía con una elegancia natural.

Sus intercambios, sus silencios, incluso la manera en que se cruzaban sus miradas; todo parecía surgir sin esfuerzo.

Daba la impresión de que compartían un idioma secreto, un código invisible que sincronizaba a la perfección cada movimiento y cada vacilación.

Clara los observaba, fascinada a su pesar. En pantalla era pura magia: dos personas que encajaban sin esfuerzo, como si el amor solo fuera una cuestión de ritmo, complicidad y una química demasiado excepcional para resultar del todo real.

Sin embargo, detrás de aquella ilusión, el plató bullía con una actividad febril.

Los ayudantes ajustaban las luces, recolocaban un mechón rebelde, secaban una frente brillante.

Algunas voces susurraban órdenes y los dedos volaban sobre las pantallas para corregir un detalle y después otro.

Todo aquel pequeño mundo se afanaba para que al final no se notara nada.

Para que en pantalla todo pareciera tan sencillo, tan evidente como el primer escalofrío de una historia de amor.

Clara sonrió a su pesar. Ojalá la vida estuviera igual de bien escrita.

Entre dos tomas, Yura regresó junto a ella.

—¿Se me ha movido el pintalabios?

Clara lo comprobó.

—Apenas. Lo corrijo.

—Tiene una piel increíble –dijo Clara antes incluso de decidir que iba a hacerlo.

Yura soltó una risita.

—Gracias. Es el resultado de muchos cuidados. En Corea no bromeamos con estas cosas.

Hizo una pausa mientras Clara difuminaba un ligero brillo junto a su sien.

—Debería probarlos. Hacen que todo quede más liso.

Clara notó que el calor le subía a las mejillas, fruto de aquella mezcla de irritación y lucidez que aparecía justo antes de decidir que no iba a convertirse en un blanco fácil.

—Entre el viento, los horarios y el café que me he tomado a las seis de la mañana –respondió con una sonrisa serena–, mi principal objetivo es sobrevivir. Lo de tener la piel lisa tendrá que esperar a otra vida.

Yura inclinó la cabeza, divertida de una forma muy particular.

—Lo imprevisto le sienta bien. Seguramente sea parte de su encanto.

Clara retrocedió un paso, terminado el retoque, justo cuando Jae-min se acercaba para el suyo.

Yura no se movió. Se quedó muy cerca, como si quisiera contemplar la escena desde una distancia menor de la necesaria.

—¿Todo bien? –le preguntó Jae-min a Clara.

—Perfectamente.

Sus dedos se dirigieron con demasiada rapidez hacia el neceser, y ella lo supo de inmediato.

—Sí, Clara tiene un estilo muy… natural –dijo Yura con una dulzura sospechosa.

Clara alzó brevemente los ojos y notó que se ruborizaba, lo que la irritó todavía más que la propia pulla. Se acercó a Jae-min y apoyó dos dedos bajo su barbilla para orientar ligeramente el rostro hacia la luz.

El calor de su piel la alcanzó al instante.

No tenía nada que ver con la perfección helada de Yura, aquella belleza pulida durante horas de cuidados.

Jae-min irradiaba un calor casi tangible, el de un cuerpo que no se limitaba a existir, sino que vivía .

Era aquella autenticidad, cruda y cautivadora, la que volvía cada encuentro con él un poco más arriesgado de lo previsto.

¿Cómo mantener las distancias cuando todo en él parecía concebido para hacerlas añicos?

Él la miró fijamente. Y Clara sintió, una vez más, que su seguridad profesional vacilaba. No es que perdiera el control, no. Era solo aquella pequeña grieta, aquella duda que se colaba cada vez que él la miraba, como si su propio cuerpo hubiera decidido dejar de obedecerla del todo.

No te pongas roja.

Por favor, no te pongas roja ahora. Delante de Yura no. Delante de él tampoco.

Corrigió una zona brillante junto a la frente y añadió un toque de producto matificante.

—Ya está.

Su voz sonó medio tono más aguda de lo normal.

Jae-min la miró como si estuviera a punto de decir algo, pero al final se limitó a asentir y regresó al plató.

El resto de la tarde transcurrió al mismo ritmo: luces, retoques, espera, otra toma, una brisa ligera en los muelles.

Yura pidió varias comprobaciones más. Clara las hizo todas.

Después de un primer plano, Jae-min solicitó que le retocaran la textura de la mejilla izquierda.

Clara la ajustó sin discutir. Eun-hee lo supervisaba todo.

En un momento dado, Clara se quedó a solas con Jae-min detrás de un panel cortavientos durante un retoque rápido.

—¿Yura la está agotando? –preguntó él.

Clara alzó los ojos, sorprendida.

—Observa muchas cosas.

—Resulta útil.

—Es exigente.

Él la miró sin añadir nada.

Entonces alguien lo llamó y el momento terminó.

El rodaje concluyó al final de la tarde, cuando la luz empezó por fin a suavizarse. Los equipos ya desmontaban parte del material.

Clara guardó los productos en el maletín. Otro día superado sin ninguna catástrofe visible. En su profesión, aquello ya era una victoria.

Subió al vehículo de regreso con los hombros cargados y la mente todavía agitada.

En casa, el silencio del estudio le pareció casi sospechoso después del ruido del plató.

Se desmaquilló, se echó agua fría en la cara y observó su reflejo.

La luz del espejo reveló de inmediato todo lo que la jornada había dejado tras de sí: rizos escapados del moño en un desorden involuntario, mejillas todavía sonrosadas por el frío y la tensión, una ligera sombra bajo los ojos.

Y aquella barbilla, con su pequeño hoyuelo, en la que nunca se había fijado demasiado hasta que empezó a comparar su rostro con el de una actriz lo bastante perfecta para hacer que cualquiera dudara del suyo.

Permaneció allí, observándose.

Abrió el grifo del agua caliente. El vapor ascendió despacio. Apoyó las dos manos en el borde del lavabo.

El rostro de Yura regresó a su mente. Aquella sonrisa demasiado pulida. Aquella manera de colocar cada palabra con calculada precisión, en el lugar exacto y preparando ya el siguiente golpe.

Después, el calor de la piel de Jae-min bajo sus dedos. Aquella mirada detenida sobre ella dos segundos más de la cuenta.

Clara volvió a abrir los ojos.

El día se negaba a cerrarse del todo, y ella comprendía que aquello aún no había terminado. Algo seguía en suspenso, como si una partida hubiera comenzado sin que nadie le hubiera explicado todavía todas las reglas.

Cogió el coletero, lo dejó en el borde del lavabo y contempló su reflejo una última vez.

—Muy bien –murmuró.

Esbozó una sonrisa ladeada.

—Entonces, que empiece el juego.