¡No estamos en un K-drama! 4
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웃는 얼굴에 침 못 뱉는다

(Unneun eolgure chim mot baetneunda)

«Nadie escupe a una cara sonriente».

Han Jae-min abrió los ojos unos minutos antes de que sonara el despertador.

Su cuerpo había adquirido aquella costumbre hacía mucho tiempo: arrancarlo del sueño antes de la hora, como si se negara a concederle esos últimos minutos que podrían haber marcado la diferencia.

Permaneció tumbado un rato, con la mirada fija en el techo blanco de la habitación del hotel. Las cortinas, cerradas a toda prisa la noche anterior, dejaban pasar una luz gris e incierta, la de esas mañanas parisinas atrapadas entre la lluvia y la tregua.

Abajo, la ciudad ya había empezado el día.

Oía el estruendo de un autobús, un claxon amortiguado por la humedad y, después, una sirena más lejana que atravesó el aire antes de perderse en el ruido ambiente.

También llegaban voces desde la calle, fuertes, libres, casi despreocupadas.

Los parisinos hablaban alto, reían sin bajar el tono y ocupaban el espacio como si nadie a su alrededor tuviera nada que decir al respecto.

Después de cuatro días, aquella libertad sonora seguía sorprendiéndolo.

En Corea se había criado en estancias donde todo el mundo sabía de manera instintiva a qué volumen debía hablar.

Desde muy pequeños aprendían a percibir la presencia de los demás, a no ocupar más espacio del necesario y a proteger tanto su propia dignidad como la de la persona que tenían enfrente.

Allí todo le parecía más directo, más crudo y, en ocasiones, casi agresivamente vivo.

Sin embargo, la presión que sentía bajo las costillas no tenía nada que ver con París ni con la falta de sueño. Conocía el cansancio desde hacía demasiado tiempo como para no reconocerlo al instante.

Lo que sentía aquella mañana era de otra naturaleza. También más irritante, porque aún no sabía qué hacer con ello.

Entonces regresaron aquellas palabras.

De lejos da el pego. Hasta parece apetecible. Pero, en cuanto te acercas, comprendes que no. Es decepcionante. Le falta profundidad y… sinceramente, no tiene ningún interés.

Exhaló despacio.

En circunstancias normales, una frase así le habría resbalado.

Llevaba demasiados años viviendo entre comentarios, análisis, elogios, críticas y conversaciones de fans que diseccionaban su rostro, su interpretación, su manera de sonreír, de volver la cabeza o de parpadear como para seguir concediéndole un espacio real a todo aquello.

Las opiniones ajenas entraban, hacían un poco de ruido y después volvían a salir. Con el tiempo, se había convertido en un acto reflejo.

Aquellas palabras, en cambio, se le habían quedado clavadas.

Y lo que más le irritaba ni siquiera era la frase en sí, sino la forma en que ella la había pronunciado. Con despreocupación. Sin parecer imaginar siquiera que él pudiera oírla.

Quienes lo rodeaban siempre medían sus palabras. Vigilaban el tono y envolvían la menor crítica en tantas precauciones que terminaba resultando inofensiva. Incluso los comentarios le llegaban empaquetados con tanto cuidado que ya ni siquiera escocían.

Ella no.

Ella había hablado con absoluta libertad.

Estupendo. El hombre más fotografiado de Asia se había pasado la noche dándole vueltas a una crítica formulada por una maquilladora francesa.

El teléfono vibró sobre la mesilla.

Jae-min alargó la mano, cogió el aparato y encendió la pantalla.

¿Todo va bien?

Su padre.

Han Sung-ho nunca escribía por simple curiosidad.

Con él, ninguna frase llegaba sola. ¿Todo va bien?

significaba: Espero que no estés haciendo nada que pueda avergonzarnos.

También quería decir: Recuerda lo que le debes a esta familia.

Y, en un nivel todavía más profundo: Mantén tu posición.

Sigue siendo impecable. No ofrezcas nada que pueda utilizarse en tu contra.

Jae-min dejó el teléfono boca abajo sobre el colchón.

Un recuerdo acudió a su mente.

Tenía veintidós años. Estaba de pie en el despacho de su padre, en la sede del grupo, en lo alto de una torre de cristal que dominaba Gangnam.

La madera oscura de las paredes absorbía la luz.

El aroma del té verde se mezclaba con el del papel impreso y la moqueta nueva.

A su espalda, Seúl se extendía inmensa, hasta el punto de dar la impresión de que toda la ciudad pertenecía al hombre sentado al otro lado del escritorio.

Llevaba un traje hecho a medida. Había trabajado en las cifras durante días. Comprobado cada previsión. Repasado cada diapositiva hasta eliminar cualquier posible fisura. Su voz se había mantenido firme. La presentación, fluida.

Entonces su padre había alzado los ojos hacia él.

—Si no eres capaz de hacerlo mejor, no tienes sitio aquí.

La frase había caído sin violencia y quizá por eso lo había marcado durante tanto tiempo. Se había alojado en algún lugar de su interior, un lugar al que los años nunca habían conseguido llegar del todo.

Se levantó.

Bajo la ducha, el agua caliente le corrió por la nuca y los hombros, relajando los músculos sin alcanzar aquel nudo más profundo. Cuando se encontró frente al espejo empañado, esperó a que su rostro volviera a parecer presentable.

Sostuvo la mirada de su propio reflejo durante un instante.

Unas semanas más , pensó.

En el coche que lo llevaba al plató, París desfilaba al otro lado de la ventanilla tintada con la serena indiferencia de las grandes ciudades.

Los transeúntes caminaban deprisa, café en mano y con los auriculares puestos, absortos en vidas que no tenían nada que ver con la suya.

Nadie miraba en su dirección. Nadie buscaba su rostro en el interior de los coches negros.

Durante mucho tiempo, aquella clase de anonimato le había proporcionado cierto descanso.

Aquella mañana no encontró en él ningún consuelo.

El estudio lo engulló en cuanto cruzó las puertas, como si alguien hubiera gritado ¡acción!

sin pedirle permiso. Ruido, movimiento y cables por todas partes: un alegre caos perfectamente organizado.

Walkie-talkies que crepitaban, focos que se ajustaban en el último segundo, ayudantes que atravesaban la sala con aire de saber exactamente adónde se dirigían, aunque probablemente no fuera cierto.

Avanzó sin detenerse, saludó con una inclinación de cabeza, respondió de pasada a dos preguntas, de forma rápida y eficaz, y se sentó frente al espejo.

Sintió la presencia de Clara antes incluso de levantar la vista.

Algo en el ambiente. O quizá solo una costumbre.

En el reflejo la vio dejar el bolso, sacar el material y empezar a alinear los productos con aquella precisión casi irritante. Todo ocupaba su sitio, perfectamente ordenado, como si el resto del plató no existiera.

Después se puso a trabajar.

Sus gestos poseían una seguridad serena que a él le resultaba cada vez más irritante. Avanzaba, corregía y ajustaba con la misma atención que habría dedicado a cualquier otro rostro. No intentaba agradarle, captar alguna señal ni descubrir nada en él.

Y eso era precisamente lo que lo incomodaba.

Estaba acostumbrado a las miradas. A las que se demoraban, a las que suplicaban aprobación, a las que intentaban atravesar la fachada.

Con ella no había nada de eso.

Clara lo trataba como una tarea más de su jornada. Un rostro famoso, sí. Un rostro exigente, sin duda. Pero un rostro al fin y al cabo.

Aquella neutralidad lo devolvía a un lugar que desconocía: el de un hombre perfectamente reemplazable en la mente de otra persona.

Los dedos de Clara le rozaron la sien. Él mantuvo la barbilla alzada y la mirada fija al frente.

Al menos podría mirarme.

Como si hubiera querido responderle, ella evitó sus ojos con un cuidado demasiado evidente para ser inocente.

—Frente y sienes –anunció.

Jae-min esperó un segundo.

—¿Tiene perfectamente cronometrados mis retoques o improvisa sobre la marcha?

—Las dos cosas. Pero hoy es sobre todo el viento el que decide. Y le importa muy poco su imagen.

—El viento siempre ha estado celoso de mí.

—Por supuesto. Se levanta únicamente para arruinarle los primeros planos.

Sintió que una sonrisa pugnaba por aparecer, casi a su pesar. La contuvo.

Clara le dio unos toques en la frente con la borla. Él permaneció inmóvil, aunque seguía cada uno de sus gestos con minuciosa atención.

—Sigue mirándome los dedos –murmuró ella sin alzar la vista.

—Compruebo la cantidad.

—Aplico exactamente la necesaria. Lleva cuatro días vigilando la cantidad de polvos que utilizo.

—La constancia es una cualidad poco común.

—La obsesión, no tanto.

Clara le rozó la sien. Esta vez, él inclinó un poco la cabeza de manera voluntaria.

—Deje de decirme cómo tengo que hacer mi trabajo. ¿Acaso le explico yo cómo respirar antes de una réplica? ¿O cómo entrecerrar los ojos para dar la impresión de que siente algo muy profundo?

Notó que la sonrisa volvía y que cada vez resultaba más difícil contenerla.

—Es muy técnico, ¿sabe?

—Oh, no me cabe duda. Debe de ser agotador fruncir el ceño con tanta convicción.

Esa maldita sonrisa. Contrólate.

—¿Y usted? –preguntó–. ¿Cree que me falta convicción?

Clara dejó la borla sobre la mesa y, por fin, alzó la vista. Jae-min reconoció aquel destello que había advertido el primer día, el que aparecía cuando ella olvidaba controlar su expresión.

—Creo, sobre todo, que le gusta que lo miren mientras trabaja.

—¿Es un defecto?

—En absoluto. Incluso resulta bastante coherente en alguien que controla la cantidad de polvos en cada retoque.

Los dedos de Clara regresaron junto a su sien. Jae-min notó el calor de su piel, su perfume discreto, con aroma a jabón y lavanda, y aquella vacilación casi imperceptible que ella borró de inmediato al corregir el ángulo.

—¿Sabe? –dijo ella en un tono casi pensativo–. Yo también podría comentar su manera de besar en pantalla.

Jae-min se quedó completamente inmóvil.

—¿Perdón?

—Ya que parece tan interesado en mi técnica, he pensado que podríamos intercambiar conocimientos. Usted me enseña a dosificar los polvos y yo le explico cómo inclinar la cabeza sin que parezca que está buscando la cámara.