¡No estamos en un K-drama! 4 #2
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Él la observó en el espejo.

—Yo nunca busco la cámara.

—Claro. Ella lo encuentra sola.

Hizo una breve pausa.

—¿Y los besos? –preguntó.

Clara se encogió ligeramente de hombros.

—Digamos que, si siempre inclina la cabeza hacia el mismo lado, la gente acaba anticipándolo.

—¿Analiza mis escenas?

—Me fijo en los detalles. Es mi trabajo.

—¿En todos los detalles?

Sus miradas se encontraron en el espejo. Los dedos de Clara permanecieron una fracción de segundo más de la cuenta junto a su piel. El aire pareció tensarse entre ambos. Una idea brutal le cruzó la mente: ¿Y si le pidiera que me lo enseñara?

La rechazó de inmediato.

Un ayudante llamó desde el otro extremo del plató.

Jae-min apartó un poco los ojos, aunque sin llegar a romper del todo el contacto.

—Clara.

—¿Sí?

—En el beso del noveno episodio… ¿hacia qué lado inclino la cabeza?

Ella parpadeó y después esbozó una leve sonrisa. Se alejó sin contestar.

Jae-min se quedó inmóvil con la desagradable impresión de haber perdido una parte de su legendario dominio de sí mismo.

¿Qué ha sido eso?

Seo Yura apareció unos minutos después, envuelta en aquella elegancia perfectamente ensayada que dominaba desde hacía años.

Llevaban una década conociéndose, y Jae-min sabía reconocer cada elemento de su puesta en escena.

El gesto de colocarse un mechón detrás de la oreja.

La sonrisa que aparecía en el momento oportuno.

La forma de inclinar la cabeza lo justo para ofrecer su perfil más favorecedor. Nada era improvisado.

En su industria, aquello también formaba parte del oficio.

Camina como si estuvieran rodando. Alguien debería decirle que ahora mismo no hay ninguna cámara.

Sin embargo, cuando alzó los ojos, no fue Yura quien captó su atención.

Clara estaba a unos metros, con varios rizos escapándose de un moño hecho a toda prisa, un mechón pegado a la sien y el jersey un poco caído sobre un hombro, sin que pareciera haberse dado cuenta. Rebuscaba en el neceser con una concentración teñida de fastidio.

Nada en ella estaba calculado para atraer las miradas.

Y, sin embargo, los ojos de Jae-min regresaban precisamente a ella.

Yura se acercó y le rozó la manga con una naturalidad estudiada.

—Para la siguiente escena me colocaré aquí –dijo mientras trazaba un círculo imaginario con la punta del zapato–. Mi perfil destaca más desde este ángulo, ¿no crees?

—Mmm.

Siguió un silencio. Yura cruzó un poco los brazos. Esperaba algo más. Siempre esperaba algo más. Había que reparar en ella, hacer algún comentario, entrar en el juego de su puesta en escena. Ser admirada nunca terminaba de bastarle; quería convertir la admiración en un intercambio.

—¿Y si me desplazo durante el diálogo? –continuó–. Quedará más… espontáneo.

La palabra estuvo a punto de arrancarle un pensamiento irónico. En el caso de Yura, la espontaneidad solía requerir varios ensayos.

—De acuerdo –dijo.

Entró en el juego por costumbre y también por necesidad.

Ella seguía siendo su compañera de reparto.

Las agencias de ambos ya habían hablado lo suficiente sobre armonía de equipo e imagen pública como para que todos supieran muy bien dónde terminaba su margen de libertad.

No le convenía alterar el equilibrio general.

Y, sin embargo, un segundo después sus ojos volvieron a desviarse.

Hacia Clara. Otra vez.

Tendría que recuperar el control de sí mismo.

El minibús del equipo los dejó en el Trocadero por la tarde. La luz vacilaba entre el gris y el dorado, como si ni la propia ciudad pudiera decidirse. La torre Eiffel, majestuosa, se alzaba detrás de las instalaciones del rodaje y componía una escena digna de una postal.

Jae-min volvió los ojos hacia la torre, con una leve sonrisa en los labios.

Dos estrellas en el mismo lugar… El desafío del día será evitar robarle todo el protagonismo.

Los técnicos se afanaban a su alrededor y los transeúntes se detenían durante unos segundos, fascinados. Cada vez había más teléfonos en alto, hasta formar un pequeño bosque de pantallas.

Allí, en París, la frontera entre el espacio privado y el público le resultaba extrañamente difusa. Los franceses miraban, pero sin la agitación frenética que conocía en otros lugares; con la curiosidad despreocupada de quienes sienten interés, pero se niegan a demostrarlo demasiado.

El equipo de seguridad delimitó el perímetro y Jae-min cruzó la explanada con aparente despreocupación.

En Corea, cada aparición pública de una estrella se convertía en una operación secreta, con un despliegue de seguridad digno de una película de acción.

En París, en cambio, podía moverse entre lo privado y lo público con mucha más facilidad.

Cuando terminaron de prepararlo todo, salió de la carpa de vestuario con el traje azul perfectamente ajustado. La camisa, ligeramente desabrochada, dejaba entrever lo justo para alcanzar aquel equilibrio preciso entre naturalidad y sensualidad.

Cruzó las barreras de seguridad, ocupó su posición y se preparó para convertirse en el centro de todas las miradas.

—¡Acción!

Entró en la escena. Su expresión se suavizó en el momento exacto y su voz adquirió aquella inflexión a medio camino entre la vulnerabilidad y el control.

Interpretaba al arrogante chef coreano que empezaba a ceder ante la cocinera a la que desafiaba desde hacía tres episodios: un arco narrativo que conocía de memoria, que ya había representado con mil variaciones y que, sin embargo, siempre recobraba vida frente a las cámaras.

—¡Perfecto, nos la quedamos!

El viento volvió a sumarse al caos de inmediato. Un ligero brillo apareció en la frente de Jae-min. Clara se acercó para retocarlo.

Antes de volver a apartarse, se detuvo en silencio, como si hablara consigo misma.

Interesante. Parece dudar si decir algo.

Clara inspiró ligeramente, como antes de saltar, y regresó junto a él.

—Falta un rato para la siguiente escena –dijo–. Si quiere, puedo traerle algo de comer de la mesa del catering.

Jae-min tardó un instante en responder. La propuesta lo sorprendía. Durante cuatro días, sus intercambios habían girado en torno al trabajo, la tensión y las pullas. Aquella atención alteraba un poco las reglas del juego.

Su mirada bajó de las manos de Clara a su rostro. La vacilación seguía allí, muy leve, alrededor de sus ojos.

¿A qué viene este interés repentino?

—Como prefiera –respondió, con la reserva suficiente para ocultar que también él se sentía descolocado.

Clara asintió y añadió como de pasada:

—Eso sí, le desaconsejo los muffins. Están secos. Secos de verdad. Tienen un aspecto muy prometedor que desaparece con el primer bocado. Son bonitos, pero… no hay nada dentro. Ninguna profundidad. Ningún interés. Sinceramente, son una decepción.

Jae-min la miró fijamente.

Un momento.

Una idea empezó a encajar despacio en su mente, como una pieza que por fin encontraba su sitio.

—¿Puede repetirlo? –preguntó.

Clara parpadeó.

—He dicho que son una decepción.

—Lo de antes.

—He dicho que los muffins están secos y que dan una primera impresión engañosa. Ayer probé uno. Fue horrible.

De pronto, todo encajó.

—Ayer, durante la pausa… ¿hablaba de eso?

Clara lo miró como si acabara de preguntarle si consultaba los astros antes de tomar decisiones importantes.

—¿De qué?

—De… eso.

Señaló vagamente la mesa de la bollería, un poco más lejos.

Clara guardó silencio un segundo. Después, su rostro se descompuso en una expresión de sorpresa tan franca que a él casi le resultó cómica.

—Llevo todo este rato hablando de bollería. Ayer ya fue el colmo; estaban para tirarlos.

Estupendo. El hombre más filmado de Asia se había ofendido por un muffin industrial.

Jae-min se echó a reír de verdad, de una forma completamente espontánea que en él casi resultaba insólita. Sintió que algo se aflojaba de golpe en su pecho, como si por fin acabara de soltarse un nudo.

Clara abrió mucho los ojos y después se echó a reír con él.

—Ayer creyó que estaba hablando de usted.

—Sí –admitió–. Eso creí.

Se pasó una mano por la nuca y negó ligeramente con la cabeza, atrapado todavía entre la diversión y lo absurdo de su propio error.

—Dios mío –murmuró ella–. No. Hablaba de verdad del muffin.

Siguieron riendo juntos durante cinco largos minutos. La risa de Clara tenía algo libre, una forma de brotar sin reservas. La suya, en cambio, le resultaba casi extraña al oído. Eran muy pocas las ocasiones en las que se abandonaba de aquel modo, en las que reía de forma espontánea e incontrolada.

A pocos pasos de ellos, percibió por el rabillo del ojo que Seo Yura los observaba con los brazos cruzados y la vista clavada en él.

No en Clara. En él. Con una sonrisa que no tenía nada de amable, la sonrisa de alguien que estaba tramando algo.

Se aclaró discretamente la garganta y recuperó un tono más sereno.

—De acuerdo –dijo–. Nada de muffins.

—Es una decisión sensata –respondió Clara, aún con la risa en el cuerpo.

Jae-min asintió.

Unos minutos después, ella regresó con un cruasán y se lo tendió con una sonrisa más ligera, como si aquel gesto sencillo acabara de distender algo que llevaba bloqueado desde el día anterior. Eun-hee la llamó desde la zona de maquillaje y Clara se alejó de inmediato.

Jae-min permaneció inmóvil un rato, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en el asfalto mojado.

Ayer me ofendí por un muffin.

La idea era tan ridícula que tuvo que contener otra carcajada antes de que escapara, porque se encontraba en medio de un rodaje, rodeado de treinta personas, y Han Jae-min no tenía por costumbre reírse solo mientras contemplaba los adoquines del Trocadero.