¡No estamos en un K-drama! 3
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바람이 불어야 풀도 흔들린다

(Barami bureoya puldo heundeullinda)

«Cuando sopla el viento, hasta la hierba tiembla».

Aquel tercer día, el viento se había levantado con una fuerza francamente irritante. Se colaba en el plató en ráfagas caprichosas, levantaba los mechones de Han Jae-min justo cuando acababan de conseguir domarlos y, de paso, se llevaba un poco de polvo.

Clara localizaba las zonas que requerían atención antes incluso de que Eun-hee dijera nada: las sienes empezaban a reflejar la luz, pronto le seguiría la frente y el puente de la nariz corría el riesgo de delatar el calor de los focos en la siguiente toma.

Tres días habían bastado para crear entre ellos aquella intimidad profesional tan peculiar.

Clara ya se sabía de memoria el rostro de Jae-min: cómo reaccionaba su piel bajo determinadas luces, el punto exacto en el que el maquillaje aguantaba peor, las zonas en las que debía intervenir antes de que el problema se hiciera visible.

También conocía la breve tensión de su mandíbula cuando ella se acercaba demasiado. Y había terminado por comprender otra cosa: desde el primer día, él había decidido reducir su existencia a la estricta función que desempeñaba.

Desde el lunes, Han Jae-min la trataba con una indiferencia cortés.

El martes había parecido una repetición del primer día, aunque un poco más seco: respuestas breves, cuando se dignaba a darlas; la mirada clavada en el guion o en el espejo; una actitud perfectamente educada y completamente cerrada.

La aceptaba como a un objeto útil sobre una mesa de trabajo: mientras cumpliera su función, podía quedarse. Nada más.

Muy bien. Jugamos a ser un ficus. Ya fui un elemento decorativo durante toda mi adolescencia. Puedo volver a serlo con absoluta competencia.

Aquella mañana se repetía el mismo guion.

Clara avanzó con el pincel en la mano, sin esperar a que la llamaran.

Él inclinó la cabeza un milímetro, lo que, tratándose de Jae-min, ya se parecía bastante a una muestra de conformidad.

Clara le rozó el pómulo, eliminó el brillo y mantuvo la mirada fija en su trabajo.

Devolverle la misma indiferencia con idéntica serenidad empezaba a convertirse en un objetivo personal.

—¿Ha terminado? –preguntó él.

—Casi. A menos que quiera lucir unas ojeras de panda en la siguiente escena.

El músculo de su mandíbula se contrajo una vez.

Clara guardó el pincel sin añadir nada más.

La pausa de media mañana llegó acompañada de café templado, bollería deprimente y ese movimiento colectivo tan propio de los rodajes, cuando todo el mundo converge al mismo tiempo alrededor de una mesa plegable.

Clara cogió un vaso y se encontró frente a una bandeja de muffins de aspecto sospechoso.

—¿En serio? –murmuró.

Eun-hee se acercó con el café en la mano.

—¿Qué le pasa a ese?

Clara dio la vuelta al muffin con la punta de los dedos y lo examinó con desagrado.

—Este. Está demasiado hecho. Y siguen sirviéndolo. Ayer le di un mordisco a uno y estaba sequísimo.

—Analizas mucho los muffins.

—Cuando estoy cansada, lo analizo todo.

Volvió a girarlo, con el ceño fruncido y completamente absorta en su diagnóstico.

—De lejos da el pego. Hasta parece apetecible. Pero, en cuanto te acercas, comprendes que no. Es decepcionante. Le falta profundidad y… sinceramente, no tiene ningún interés.

Eun-hee contuvo una carcajada detrás de su vaso.

—Deberías escribir reseñas.

—Sobre todo debería dormir ocho horas.

Clara le dio un mordisco. Una mueca apareció de inmediato en su rostro.

—Confirmado: un desastre.

—Minimalista –sugirió Eun-hee.

—«Minimalista» es una forma elegante de decir que no cumple lo prometido.

Clara tiró el resto y se limpió los dedos con una servilleta de papel. Se volvió para dejar el vaso sobre la mesa.

Han Jae-min estaba a dos metros de ella.

No lo había oído acercarse.

Con un vaso en la mano y los dedos un poco demasiado apretados alrededor del cartón, miraba al frente con esa inmovilidad tensa que Clara empezaba a reconocer.

Sus miradas se cruzaron. La de él permaneció cerrada, imposible de descifrar. Después dejó el vaso sobre la mesa con la fuerza suficiente para arrugar un poco el borde y regresó al plató.

Clara observó el cartón deformado y después volvió la cabeza hacia Eun-hee.

—¿Por qué acaba de mirarme como si hubiera insultado a tres generaciones de su familia? –murmuró–. ¿Qué he hecho ahora?

Eun-hee se encogió de hombros con la serenidad de quien había renunciado hacía mucho tiempo a comprender todas las variaciones del humor de Han Jae-min.

—Es así.

Clara recuperó el café y siguió al resto del equipo.

Muy bien. Él era así. Tendría que adaptarse.

Sin embargo, en cuanto retomaron el trabajo después de la pausa, algo había cambiado. Su frialdad se había vuelto más cortante.

Clara estaba a punto de empezar con los retoques cuando él precisó:

—Aquí no.

Clara se detuvo.

Solo unos centímetros los separaban. Distinguía perfectamente los reflejos más claros de sus iris, aquella luz fría que aparecía a veces en el marrón oscuro de sus ojos. También percibió su loción de afeitado, un aroma amaderado que ya le resultaba familiar, muy a su pesar.

—¿Perdón? –preguntó.

La palabra se le escapó con más firmeza de la que pretendía.

Han volvió la cabeza hacia ella con una lentitud calculada que daba aún más peso a cada uno de sus gestos. El silencio se instaló entre ambos. Lo prolongó justo lo suficiente para que Clara comprendiera que lo hacía a propósito.

—En la siguiente escena, la luz no incidirá desde este lado –dijo por fin.

—Precisamente. Ahora es cuando igualo todo el rostro.

—Sé dónde tiene que incidir la luz –respondió con una voz todavía más seca.

—Yo también.

Antes de que él pudiera añadir nada, Clara apoyó dos dedos bajo su barbilla para devolverle al rostro la inclinación que necesitaba.

Sintió cómo se tensaba de golpe. Bajo sus dedos, un músculo se endureció. Y el pulso, muy claro contra sus falanges, latía más deprisa de lo que habría imaginado.

Vaya.

El plató seguía bullendo a su alrededor. Clara aplicó el producto matificante y comprobó el resultado en el espejo.

Retrocedió un paso.

—Ya está –dijo, satisfecha consigo misma.

La jornada siguió exactamente así: demasiado larga, demasiado tensa y, francamente, demasiado confusa para saber a qué atenerse.

Cada retoque se convertía en un pequeño pulso silencioso.

Clara se acercaba con los pinceles, concentrada, profesional…

y él o bien se ponía rígido como si ella fuera a atacarlo con un bisturí, o bien se encerraba en un silencio regio.

Después, al cabo de unos segundos, demasiado largos, terminaba dejándola trabajar. A regañadientes. Siempre.

Desde la pausa, algo había cambiado. No necesariamente a peor, pero sí a algo más extraño. Menos pullas, menos condescendencia irritante. En su lugar, una atención casi… insistente. Como si ya no la ignorara, lo cual debería haber sido una buena noticia, pero hubiera decidido vigilarla.

Estupendo.

O quizá, segunda hipótesis y mucho menos halagadora, Clara estaba interpretándolo todo demasiado.

Sí, eso era. Seguro.

Solo era exigente. Punto.

Y ella se estaba montando una película porque le irritaba no comprenderlo.

Exhaló despacio y retrocedió un paso para observar su trabajo.

Sí.

Era muy probable.

Y no resultaba frustrante en absoluto.

Por la tarde, entre dos tomas, un mechón cayó sobre la frente de Jae-min. Clara levantó la mano para colocárselo.

Él la esquivó.

Clara se picó al instante.

Retiró la mano, apretó los dientes y concentró toda su atención en la paleta.

Estoy enfadada por un mechón. De verdad necesito recuperar un poco de dignidad.

Eun-hee se acercó en ese momento, mientras por un walkie-talkie anunciaban ya la siguiente toma.

—¿Todo bien? –murmuró.

—Lo tengo controlado.

Lo que tengo, sobre todo, son unas ganas muy concretas de hacerle tragar mi pincel biselado del número seis.

Eun-hee la miró como si hubiera comprendido perfectamente la idea general y después se alejó sin hacer comentarios.

Al final del día, el director dio por buena una escena con entusiasmo y pidió un retoque urgente.

—¡Retoques! ¡Seguimos dentro de cinco minutos!

Clara cogió el producto matificante y avanzó, pero Jae-min habló antes de que ella llegara a su altura.

—Tenga cuidado.

Clara aminoró el paso.

—Ya tengo cuidado.

—Con la base de maquillaje –precisó él sin levantar la vista.

—Sé lo que tengo que hacer.

—Sabe muchas cosas.

Esta vez, la frase la golpeó de inmediato.

El tono había sido neutro. Sin embargo, algo latía bajo aquellas palabras. Una alusión, quizá. O un reproche que había decidido no formular hasta el final.

Clara alzó la cabeza y lo miró de frente.

Su expresión permanecía sellada. Aquel rostro había sido entrenado durante años para no dejar traslucir nada.

Y, sin embargo, Clara notaba que tras esa fachada había algo más. Lo intuía desde aquella mañana.

Retomó el trabajo.

—Ya está. Listo.

Esta vez él la miró de verdad. Después desvió los ojos hacia el plató.

Clara regresó a su puesto con la impresión de acabar de superar una prueba cuyas reglas aún desconocía.

Había pasado el día intentando comprender qué había cambiado, y su única conclusión hasta el momento era que Jae-min se había vuelto todavía más inescrutable que en los días anteriores, algo que rozaba la proeza.

—¡La tenemos! ¡Gracias a todos!

La voz del director atravesó el plató con la energía de una liberación colectiva. Clara soltó el aire y empezó a recoger el material mientras los equipos desmontaban todo a su alrededor.

Miró hacia el fondo del plató. Jae-min hablaba con el director, de espaldas a ella y con las manos en los bolsillos.

Tres días.

Había sobrevivido al tercero.

A este paso, el rodaje iba a durar seis años en su sistema nervioso.

Ya en la calle, Clara se subió el cuello del abrigo y echó a andar con las manos en los bolsillos, mientras el plató iba quedando atrás, sustituido poco a poco por el ruido habitual de París.

Aquel día Jae-min se había comportado de otra manera.

Más frío, sí, pero también más atento. Y aquella combinación la irritaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Intentó localizar el momento exacto en que había cambiado la relación entre ambos, sin conseguir decidirse por una explicación.

Quizá le había plantado cara una vez de más. Quizá lo había molestado aquel episodio de la barbilla. O quizá solo estaba perdiendo el tiempo intentando encontrarle una lógica a un hombre que nunca dejaba traslucir gran cosa.

Y, sin embargo…

Pero estaba aquel pulso demasiado acelerado bajo sus dedos. La ridícula forma en que había esquivado aquel mechón, algo que la había irritado mucho más de lo razonable. Y aquella frase, sabe muchas cosas , pronunciada en un tono que Clara seguía sin ser capaz de definir.

Se detuvo en la esquina de una calle para dejar pasar un coche.

Al día siguiente, se dijo, acabaría descubriendo qué se ocultaba tras aquella hostilidad, aunque tuviera que arrancarle una explicación a golpe de brocha kabuki.