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Théo puso los ojos en blanco con la dignidad herida de un artista infravalorado.
—«Bien» –repitió–. Años de práctica y eso es todo lo que recibo.
—Años de perseverancia –lo corrigió ella.
—Sigo esperando que algún día reconozcas mi genio.
—Cuando se manifieste, sabré reconocerlo.
Comieron un rato en silencio. Fuera, la ciudad seguía murmurando tras los cristales. Dentro solo estaban los cubiertos, el vino, el calor de la cocina y aquella forma que tenía Théo de no hablar nunca solo por llenar el silencio.
Al cabo de un rato, dejó el tenedor.
—¿A qué está acostumbrado en realidad? –preguntó–. ¿A que todo se organice a su alrededor?
Clara se limpió los labios y asintió despacio.
—Sí. Y ni siquiera es solo una cuestión de ego.
Todo el sistema funciona así. En Corea, las grandes agencias fichan a sus artistas muy jóvenes y lo controlan todo.
No vendes únicamente a un actor. Vendes una versión de sí mismo retocada sin cesar.
A ese nivel, el rostro se convierte casi en una marca.
Théo la escuchaba sin interrumpirla.
—Y ahora –prosiguió–, él se encuentra en París, en un plató francés, con una maquilladora a la que no conoce, que no se ha criado con sus códigos, que no forma parte de su maquinaria y que no tiene ningún motivo para tratarlo como si fuera una institución. Entiendo que me vea como un problema.
—El choque de civilizaciones –concluyó Théo.
—Exactamente.
Él se recostó un poco en la silla.
—¿Qué más hay?
Clara abrió la boca, vaciló y acabó soltando lo que, a todas luces, llevaba una hora quemándole los labios.
—Tiene una mandíbula absurda.
Théo se detuvo con el tenedor a medio camino.
—¿Perdona?
—Su mandíbula –repitió ella con una seriedad absurda–. Está… demasiado bien definida. Es ridículo. Nadie debería tener unos ángulos así y ser, encima, tan insoportable. Debería existir algún tipo de compensación cósmica.
Théo soltó una carcajada.
—Muy bien –dijo mientras recuperaba el aliento–. Propongo una redistribución equitativa de las mandíbulas escandalosamente perfectas.
—¡Por fin una reforma útil!
—Lo mejor de esta historia –continuó él– es que se supone que me estás hablando de un hombre al que consideras detestable y, sin embargo, acabas de analizar su estructura ósea con la atención de una historiadora del arte.
Clara apuntó hacia él con el tenedor.
—Lo he mirado porque mi trabajo consistía en mirarlo.
—Por supuesto.
—Théo.
—Yo no he dicho nada.
—Piensas a gritos. Es peor.
Él levantó las manos en señal de rendición, con los ojos llenos de risa, y después se levantó para recoger la mesa.
Clara lo imitó. El agua caliente empezó a correr en el fregadero. Cogió un plato, lo enjuagó y solo entonces reparó en que le temblaban un poco los dedos.
Théo le quitó el plato de las manos con suavidad.
—¿De verdad crees que te ha oído? –preguntó.
—No lo sé. Y eso es precisamente lo que me molesta.
Se secó las manos con el paño.
—Si lo supiera, al menos saldría de dudas. Pero así no hago más que darle vueltas a una hipótesis absurda.
—Mañana tienes que volver –dijo Théo al cabo de un momento.
—Sí.
—Harás tu trabajo.
—Sí.
—Entonces, de momento, es lo único que puedes hacer.
Clara lo miró un instante, se acercó y lo abrazó sin avisar. Théo la estrechó con suavidad. Clara respiró contra su hombro: el olor de la sudadera, a detergente, a restos de café, a algo profundamente familiar, la devolvió a casa con más eficacia que cualquier trayecto hasta su estudio.
—¿Sabes que eres mi familia? –dijo.
Un destello fugaz cruzó la mirada de Théo y desapareció casi al instante, pero él se limitó a asentir con su sonrisa de siempre.
—Lo sé. Ahora vete a dormir antes de quedarte dormida de pie en mi cocina.
—Me voy a casa –dijo ella mientras cogía el bolso.
—¿Quieres que te acompañe?
—No. Ya he abusado bastante de tus talentos domésticos y afectivos por hoy.
Él cogió la chaqueta de una silla y se la tendió.
—Póntela. Hace frío.
—Gracias, Moreau.
Arqueó una ceja con fingida sorpresa.
—¿El apellido? Esto ya es un nivel de gratitud casi oficial.
—En realidad, es un nivel de cansancio que amenaza mis funciones cognitivas más básicas.
Abrió la puerta con una solemnidad ridícula.
—Ve, mujer valiente. Sobrevive a la travesía de tres calles.
Fuera, el aire nocturno le azotó las mejillas. Hacía fresco, aunque no frío de verdad. Clara metió las manos en los bolsillos de la chaqueta de Théo. La chaqueta aún conservaba el calor del piso y su olor.
Cuando abrió la puerta de su estudio, el silencio la recibió de inmediato.
Después del piso de Théo, su casa le pareció más pequeña.
Menos acogedora. Las cosas estaban en su sitio, pero las paredes aún no habían adquirido ese suave desgaste de los lugares en los que se vive de verdad.
Dejó la maleta junto a la entrada, cruzó la habitación en penumbra y se metió entre las sábanas sin molestarse en encender la luz.
El roce de la tela fría contra la piel la hizo estremecerse.
Se tumbó boca arriba y clavó la mirada en el techo.
No ha oído nada.
Se repitió la frase una vez y después otra. A la tercera tuvo que reconocer que solo se la creía a medias. Porque quizá lo que de verdad la irritaba no fuera únicamente aquella conversación escuchada por accidente.
No solo eso.
Lo que regresaba con una precisión irritante era su mirada.
La forma en que la había observado. El músculo que se había movido en su mandíbula.
El calor de su piel cuando ella le había rozado la barbilla con los dedos para mantenerlo quieto.
Y el hecho, infinitamente más irritante, de que Clara hubiera contenido el aliento sin darse cuenta siquiera.
Y, sin embargo, su cerebro, aquel traidor, había conservado cuidadosamente el instante para devolvérselo pasadas las once de la noche, a oscuras, cuando ella solo intentaba dormir.
Es un actor , se dijo. Un actor coreano al que han formado desde la adolescencia para provocar exactamente esa clase de efecto.
No es magia.
Es trabajo. Talento, quizá. Disciplina, sin duda. Y, detrás de todo eso, una industria entera que sabía perfectamente lo que podía provocar un rostro.
El razonamiento era impecable.
No sirvió de nada.
En cuanto cerró los ojos, volvió a ver la luz deslizándose por su pómulo durante los retoques. La serenidad de su voz. La precisión casi insultante de su perfil.
La duda, por su parte, se aferró a ella. Pequeña pero tenaz. Imposible expulsarla del todo.
Clara no sabía con exactitud de dónde nacía.
Solo sabía una cosa: él estaría allí a la mañana siguiente, bien despierto antes que ella y dispuesto a retomar justo donde lo había dejado.