¡No estamos en un K-drama! 2
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고생 끝에 낙이 온다

(Gosaeng kkeute nagi onda)

«Después de las dificultades llega la felicidad».

Clara cruzó las puertas del estudio. El aire de la tarde la golpeó de inmediato, más fresco de lo que había imaginado, y se detuvo un segundo en la acera, con la maleta a su lado, como si quisiera comprobar que las piernas aún serían capaces de sostenerla hasta el final del día.

Diez horas.

Había aguantado diez horas frente a aquel hombre.

Se merecía, como mínimo, una copa de vino y a alguien capaz de escucharla sin decirle que, en el fondo, tampoco era para tanto.

El metro la esperaba un poco más adelante, con sus luces de neón mortecinas, sus escaleras, sus pasillos abarrotados y la perspectiva de quedarse atrapada entre una mochila húmeda y una conversación telefónica a gritos junto a su oído.

Solo de pensarlo se le tensaron los hombros.

No tenía ni la energía ni la buena voluntad necesarias para enfrentarse a la línea 5 después de pasar el día encajando los comentarios de Han Jae-min.

Un taxi redujo la velocidad junto a ella, como si su agotamiento pudiera verse desde lejos. Abrió la puerta y se dejó caer en el asiento con un suspiro que resumía bastante bien su estado.

—¿Adónde vamos? –preguntó el taxista.

—A la rue des Vinaigriers. Y, si puede ir rápido, le prometo una buena propina y mi gratitud eterna.

El hombre arqueó una ceja en el retrovisor, pero arrancó sin hacer comentarios. Clara lo interpretó como una muestra de delicadeza muy parisina: pasada cierta hora, nadie intentaba ya comprender a la gente cansada.

Apenas había doblado el taxi la esquina cuando el teléfono vibró en su mano.

Théo.

Lógico.

Como si dispusiera de un radar secreto, programado desde hacía años para detectar sus noches de desastre.

—Estás en un taxi –dijo él en cuanto Clara contestó.

No era una pregunta.

Clara cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra el reposacabezas.

—¿Me has pirateado el teléfono o simplemente has deducido que estaba demasiado agotada para llegar andando hasta el metro?

—Las dos cosas. Soy un hombre de recursos. Y muy perspicaz. Salvo en la cocina, por lo visto. La pasta está empezando a convertirse en algo que ya no controlo del todo.

—Tu pasta siempre está a dos minutos de convertirse en un drama.

—Está al dente o demasiado hecha –protestó él con una indignación a todas luces fingida–. Pero siempre se puede comer.

—Menos mal que las salsas lo compensan.

Clara observó las calles que desfilaban tras la ventanilla, las terrazas todavía llenas, las bicicletas y a toda aquella gente que parecía llevar una vida completamente normal y que, a juzgar por las apariencias, no se había pasado el día maquillando a una estrella coreana ni cuestionándose su propia estabilidad emocional por culpa de una mandíbula demasiado bien definida.

El taxi se detuvo pocos minutos después delante del edificio de Théo. Clara pagó al conductor, recuperó la maleta y cruzó despacio la acera, con esa rigidez propia del final del día, cuando cada gesto exige un pequeño esfuerzo adicional.

Apenas había llamado cuando la puerta se abrió.

Théo estaba allí, vestido con su vieja sudadera gris, la de la mancha de café en el hombro que se negaba a tirar porque, según él, «todavía se podía poner perfectamente». Llevaba las gafas un poco torcidas y el pelo con su habitual desorden.

La examinó un instante con mirada serena.

—¿Y bien? –preguntó–. ¿Apocalipsis bíblico o apocalipsis coreano?

—El segundo. Con un estilo impecable, una piel perfecta y un talento innato para el desprecio pasivo.

—Ah –dijo él con solemnidad–. Un día de trabajo como es debido, entonces.

Le quitó la maleta de las manos.

El piso la recibió como siempre: con su calidez inmediata.

No solo la de la calefacción o la cocina, sino otra más difusa, hecha de costumbres, libros apilados de cualquier manera, cables detrás del monitor del escritorio, una planta obstinada junto a la ventana y aquel aroma a salsa de tomate que flotaba en el aire, mezclado con el del ajo y la albahaca.

Nada pegaba con nada, pero todo convivía allí sin problemas.

Y aquella noche era exactamente lo que necesitaba.

—Tienes dos opciones –anunció Théo mientras se dirigía a la cocina–. O te quitas los zapatos, te sientas y comes, o primero te desplomas y luego comes. Estoy abierto a cualquier adaptación.

—¿Hay alguna opción intermedia en la que pueda hacer todo eso conservando un mínimo de dignidad?

—Contigo, las opciones intermedias suelen terminar convertidas en una performance experimental.

Clara esbozó una sonrisa cansada, dejó caer los zapatos junto a la entrada y fue a sentarse en el taburete del extremo de la encimera. Sin preguntarle nada, Théo colocó delante de ella una copa de vino tinto que, a todas luces, ya tenía preparada.

Clara bebió un largo trago y notó cómo, muy despacio, se aflojaba la tensión entre sus omóplatos.

—Bien –dijo Théo, apoyado contra el fregadero y con los brazos cruzados–. Cuéntame qué clase de día justifica coger un taxi.

Clara dejó la copa y buscó las palabras adecuadas.

—Ha sido insoportable.

Théo ladeó un poco la cabeza.

—¿Insoportable cómo? ¿De los que arman escándalo o de los que te van haciendo pedazos con una voz serena?

—De los segundos. Los peores, evidentemente. El insoportable perfectamente educado. El que nunca te da motivos suficientes para que puedas indignarte de verdad, pero sí los justos para que te pases el día preguntándote si no te habrás imaginado su desprecio.

—Ah. El insoportable de alta gama.

—Exacto. El que dice «no me gustan las aficionadas» como si estuviera comentando el tiempo que hará mañana. Y después apenas te mira, lo cual resulta aún más irritante.

Théo esbozó una sonrisa.

—Me imagino que eso te ha ayudado muchísimo a relajarte.

—Nunca había empolvado a nadie con tanto rencor.

—Es una habilidad muy específica.

—Y lo peor –continuó ella mientras volvía a coger la copa– es que ha funcionado. No como él cree. Pero me ha obligado a revisarlo todo, a afinar, a corregir detalles que habría dejado pasar con cualquier otra persona. Y lo odio.

Théo reflexionó un segundo.

—¡Entonces te ha empujado a ser aún mejor!

Clara lo fulminó con la mirada.

—Me gustaría muchísimo que eligieras otra forma de decirlo.

—Puedo intentarlo –respondió él con suma seriedad–. Te ha irritado hasta el punto de obligarte a sacar la artillería pesada.

—Eso es. Mucho más aceptable.

Se incorporó para remover la salsa.

—¿Ha intentado que te despidieran?

—No exactamente. Pero se ha opuesto a que yo estuviera allí desde el primer momento. Con mucha educación. Con esa manera que tienen algunos de dejarte claro que no te quieren cerca, como si se limitaran a señalar una incidencia logística. Eun-hee se ha mantenido firme.

—Así que ha tenido que soportarte.

—Todo el día.

Théo dejó la cuchara y se volvió hacia ella.

—Y tú has tenido que maquillarlo.

Clara alzó la copa como para brindar por aquella realidad.

—Todo el día.

Guardó silencio un instante y después añadió, observando el vino girar en el fondo de la copa:

—Aunque tampoco resulta tan sorprendente.

En su mundo debe de haber gente para todo.

Estilistas, maquilladores, ayudantes, representantes.

Equipos enteros que conocen su rostro mejor que sus propias agendas.

Gente que ha recibido instrucciones sobre sus costumbres, sus ángulos, sus preferencias, su piel, la iluminación que más le favorece, sus rutinas de rodaje, la forma en que le gusta que lo miren y, sobre todo, que no lo molesten.

Y entonces llego yo con mi maleta rota, mi acento francés y mis opiniones sobre la base de maquillaje.

Debo de ser la variable que nadie había previsto.

—O una persona normal –dijo Théo–. Lo cual, dentro de ese sistema, debe de parecerse bastante a una anomalía.

Clara sonrió a su pesar.

—¿Sabes qué llevo toda la tarde preguntándome?

—No, pero me da miedo averiguarlo.

—¿Y si ha oído lo que te he dicho esta mañana por teléfono? Justo antes de entrar en la zona de maquillaje.

Théo se quedó inmóvil.

—¿Crees que ya estaba allí?

—No tengo ni idea. Había ruido por todas partes, gente pasando, los walkie-talkies… Pero me ha mirado de una forma extraña. Bueno, extraña… –negó con la cabeza–. Poco cordial. Y después esa actitud ha desaparecido de golpe.

—Aunque te haya oído –dijo Théo al cabo de un momento–, tampoco has dicho nada atroz.

Clara levantó la mirada hacia él.

—He dicho que a los actores como él los eligen por el físico tanto como, o incluso más que, por su talento.

—Lo cual, estaremos de acuerdo, no es precisamente una teoría extraterrestre.

—Quizá, pero resulta mucho más embarazoso si el hombre en cuestión te oye justo cuando estás a punto de tocarle la cara con un pincel.

—Visto así… Es verdad que puede resultar hiriente.

—Gracias de corazón por un apoyo emocional de semejante delicadeza.

—Hago lo que puedo –respondió él–. Y ahora mismo lo que puedo hacer es servirte la pasta antes de que se convierta en un bloque compacto sin posibilidad de salvación.

Colocó delante de ella un plato humeante con una solemnidad casi ceremonial.

Se sentaron uno junto al otro en la pequeña cocina, con las rodillas casi rozándose bajo la estrecha mesa.

A Clara siempre le había gustado aquel piso por todo lo que no intentaba ser.

Nada estaba colocado a propósito. La lámpara que colgaba sobre la mesa proyectaba una luz demasiado cálida, a los azulejos junto al fregadero les faltaba un trozo de junta desde hacía años y todas las sillas parecían mantener una relación distinta con la estabilidad.

Pero todo aquello respiraba vida real. Era exactamente lo contrario de un decorado.

Desde que sus padres murieron, cuando ella tenía diecinueve años, el piso de Théo se había convertido en su refugio.

Probó la pasta y cerró los ojos un segundo.

La salsa estaba buena. Muy buena. Lo suficiente para provocarle una emoción casi ridícula después de un día entero en tensión.

—Te ha quedado bien –admitió.