¡No estamos en un K-drama! 1 #3
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¿Qué demonios había sido eso?

Era escandaloso.

Y tremendamente eficaz.

—¡Perfecto, la tenemos! –gritó el director.

El hechizo se rompió de golpe.

El plató recuperó su desorden en un abrir y cerrar de ojos. Los técnicos se afanaron entre los cables, y sus voces se mezclaron con el chasquido de los focos al apagarse.

Una ayudante, ya en movimiento, gritó con tono enérgico:

—¡Retoques, ahora!

—¡Tres minutos! –gritó alguien.

Clara cogió el espray fijador y se acercó a Jae-min. Tenía las mejillas un poco más calientes de la cuenta, algo que decidió atribuir a los focos.

Jae-min seguía todavía un poco inmerso en la escena, con la mirada perdida, como si regresara de un lugar más lejano que los demás.

Clara pulverizó una ligera bruma, le rozó la barbilla para comprobar el ángulo y después cogió un producto matificante.

—No ha fijado bien la base.

Su tono era frío.

Clara apretó un poco la mandíbula.

—Sí.

—No.

Así que aplicó un poco más de producto.

—Sé lo que hago –murmuró.

Tras un breve silencio, él la miró de frente.

—Está muy segura de sí misma para llevar tan poco tiempo.

Clara levantó la cabeza.

—En lo que respecta a mi trabajo, sí.

Él se volvió un poco hacia ella, lo justo para reducir peligrosamente la distancia entre ambos. Clara sintió con absoluta claridad que estaban demasiado cerca para su tranquilidad.

Su mirada recorrió el rostro de Clara, como si estuviera evaluando menos su trabajo que su respuesta.

—Entonces, ni un error –dijo.

Clara dejó el pincel y le dedicó su mejor sonrisa profesional.

—Ya está. Está perfecto.

Hizo una pausa y añadió, muy despacio:

—Para la cámara.

Un músculo se tensó en la mandíbula de Jae-min, como si contuviera una reacción, entre la diversión y la irritación, demasiado fugaz para poder definirla.

Pero no respondió.

El resto de la tarde se hizo eterno. Clara mantuvo la profesionalidad. Su estado de ánimo, en cambio, empeoraba a cada hora.

No dejaba de volver junto a Jae-min con un pincel o una esponja en la mano. Un retoque en la mejilla. Un velo de polvos sobre la frente. Un brillo que eliminar en el pómulo. Se acercaba, corregía, retrocedía dos pasos, comprobaba el resultado bajo las nuevas luces y regresaba de nuevo.

—La humedad hace que todo brille –murmuró mientras le matificaba la piel con un gesto rápido.

Su voz seguía siendo neutra.

Por dentro, en cambio, empezaba a estar peligrosamente cerca de perder los nervios.

Jae-min continuaba con una calma insoportable lo que cada vez se parecía más a una operación de desestabilización perfectamente organizada.

Comentarios corteses. Precisos. Impecables.

—Hay demasiado producto aquí.

—El tono cambia un poco con esta luz.

—Debería anticiparse más a la próxima toma.

Nunca alzaba la voz. Nunca lanzaba un ataque directo. Solo aquel tono uniforme, sereno, casi cortés; y ese era precisamente el problema. Ni siquiera podía mandarlo mentalmente a paseo.

Pero lo más irritante era otra cosa.

Clara se descubría comprobándolo todo dos veces. Retocando un detalle. Corrigiendo algo que, en cualquier otro rostro, habría dejado pasar sin remordimiento alguno.

Aquello la irritó al instante.

Conocía su oficio. Muy bien. No necesitaba que nadie le explicara nada sobre los brillos de la piel ni las variaciones de tono.

Pero Jae-min tenía aquella mirada. Demasiado atenta, demasiado entrenada, demasiado acostumbrada a ver lo que al resto del mundo se le escapaba.

Observaba su reflejo, los monitores, la luz sobre su piel y el más mínimo cambio en el rabillo de un ojo con una concentración casi ofensiva.

Para él, un rostro no era solo un rostro.

Era trabajo. Control. Vigilancia permanente.

Y Clara, sin darse cuenta siquiera, había empezado a trabajar a ese mismo ritmo.

La idea le dio ganas de estrangularse con un cable de los focos.

—¡La tenemos! ¡Gracias a todos! –gritó por fin el director.

El cansancio cayó sobre Clara de golpe.

Volvió a su mesa, ordenó los pinceles por tamaños, cerró las polveras y limpió las boquillas. A su alrededor, el plató se vaciaba poco a poco entre el ruido de los cables al enrollarse y las voces agotadas.

Aquel lunes no había tenido nada de normal.

¿Por qué tanta hostilidad?

De repente, una idea absurda le cruzó la mente.

¿Y si había oído su conversación con Théo?

Clara se quedó inmóvil.

No. Es ridículo.

El plató era enorme. Había ruido por todas partes.

Negó con la cabeza.

Basta. Estás desvariando. Solo es el cansancio.

Cuando alzó la vista, él seguía allí, a pocos metros, bajo la luz más suave de un foco que aún no habían apagado.

Entonces se volvió. Y la miró por encima del hombro.

Sin sonreír.

Solo aquella mirada directa y serena, cargada de algo que Clara no habría sabido nombrar: quizá un desafío.

Inclinó un poco la cabeza.

Hasta mañana.

Eso era lo que decía el gesto.

Pero sus ojos contaban otra cosa. Algo menos sencillo. Menos trivial. Como si también para él algo acabara de empezar.

Clara le sostuvo la mirada sin bajarla.

Hasta mañana , pensó.

Y, de pronto, aquel pensamiento le pareció mucho menos inocente.