1 #2
—Sobre todo resulta práctico para no entrar en pánico.
Era más fácil hablar del sistema que decir la verdad: dentro de diez minutos tendría que tocarle la cara y prefería no perder toda coordinación motora.
Vaciló antes de añadir:
—Bueno… admito que eso no me ha impedido ver algunos de sus dramas antes de venir. Para entender qué esperaban de él. Profesionalmente.
Théo se quedó callado un segundo antes de soltar una carcajada.
—Clara.
—¿Qué? Era investigación.
—Sí, claro.
—Una investigación sumamente exhaustiva.
—No lo dudo ni por un instante.
Clara sonrió. Con Théo siempre era así: veía perfectamente lo que ella intentaba ocultar, pero tenía la elegancia de no insistir demasiado.
—Vas a estar perfecta –dijo–. Como siempre.
Algo le oprimió suavemente el pecho.
—¿Nos vemos esta noche? –preguntó él.
—Sí.
—¿En mi casa o en la tuya?
En su propia casa la esperarían el pequeño estudio y sus pensamientos dando vueltas. Mala idea.
—En la tuya.
—Muy buena elección. Haré pasta.
—¡Como siempre!
—Y abriré una botella de vino.
—Eso ya me gusta más.
Lo oyó sonreír.
—Todo irá bien, Clara.
Ella miró el plató a través del cristal y respiró una última vez.
—Lo sé.
Y, por primera vez desde que había entrado en aquel edificio, casi se lo creyó.
—Hasta esta noche.
—Hasta esta noche.
Colgó, mantuvo el teléfono un instante en la palma de la mano y después se lo guardó en el bolsillo.
Fue entonces cuando notó el cambio.
Percibió aquel extraño silencio antes incluso de comprender de dónde procedía.
El bullicio habitual de la zona de maquillaje bajó de volumen.
Las conversaciones se apagaron. Una peluquera se quedó con el brazo en alto y el espray suspendido en el aire. Alguien se quedó con el teléfono encendido en la mano. Clara levantó la cabeza y volvió el rostro hacia la entrada.
Han Jae-min acababa de aparecer.
Toda la sala tuvo la misma reacción en el mismo instante.
Ah.
Entró con paso ágil, tranquilo, completamente seguro de sí mismo. Al llegar junto al sillón de maquillaje, se quitó el abrigo y lo dejó caer sobre el respaldo de una silla.
Clara sintió que se le cerraba la garganta.
Las pantallas de televisión, los carteles del metro y las portadas de revistas que había hojeado en la consulta del dentista ofrecían una versión pulida, manejable y ya de por sí peligrosa. La realidad iba mucho más allá. La realidad merecía una advertencia.
Era guapo de una forma francamente excesiva.
Su piel clara atrapaba la luz. El pelo negro le caía sobre la frente en mechones suaves, con ese desorden preciso que sin duda exigía una organización militar.
Los pómulos recortaban su rostro con una nitidez casi insolente.
Su mandíbula trazaba una línea tan perfecta que daban ganas de presentar una reclamación ante la autoridad competente.
¡Y luego estaban sus ojos!
Clara olvidó el funcionamiento general de su cuerpo.
Oscuros. Vivos. Atentos. Una mirada directa, serena, muy presente.
En ella se percibía una inteligencia que circulaba con una facilidad irritante.
También algo burlón, lo justo para dibujarle en la boca aquel pliegue leve, flexible y discreto que remataba todo lo demás con una crueldad perfectamente calculada.
El calor le subió de golpe a las mejillas.
Muy bien.
Fantástico.
Así que su cerebro había elegido justo ese momento para presentar la dimisión sin previo aviso.
Los K-dramas habían omitido un detalle esencial: a distancia, una se enamora de un personaje. En la vida real, cuando el hombre en cuestión entra en una sala, se quita el abrigo y, encima, tiene unas pestañas así, una pierde de inmediato el uso de sus funciones superiores.
Clara bajó la vista hacia su paleta con una concentración heroica.
Cogió un pincel. Después otro. Luego volvió a coger el primero, porque sus dedos también acababan de olvidar de repente cuál era su oficio.
Eres maquilladora. Te pagan un sueldo. Observas su tez. Su frente. La luz sobre su piel. Datos profesionales. Datos que evitan que acabes idiota, roja y muda delante de uno de los hombres más guapos a los que jamás se ha permitido circular libremente por un camerino.
La estrategia duró muy poco.
Han Jae-min acababa de sentarse.
Y, de cerca, la situación resultaba aún menos razonable.
Fue entonces cuando alzó la vista.
Sus miradas se cruzaron en el espejo, y la de Jae-min no parecía demasiado amistosa.
Eun-hee, la jefa de maquillaje, apareció a su lado acompañada de dos ayudantes que llevaban un guion lleno de anotaciones y una botella de agua mineral, seguramente a la temperatura adecuada.
—Hoy Clara se encargará de los retoques –anunció Eun-hee–. Me ayudará durante el rodaje.
Han Jae-min volvió ligeramente la cabeza hacia Clara.
Cuando habló, su voz sonó grave y perfectamente controlada.
—No necesito una segunda maquilladora. Con Eun-hee me basta.
Lo dijo con calma, sin agresividad manifiesta, sin alzar la voz. Casi resultaba peor que un arrebato de ira.
Sin duda llevaba demasiados años en lugares donde los equipos se organizaban a su alrededor como para imaginar que pudiera ser de otra manera. Sin embargo, allí el plató no le pertenecía del todo.
Eun-hee no se dejó intimidar.
—Hoy el viento está complicando las tomas. Clara se ocupará de los retoques rápidos, bajo mi supervisión.
Él inclinó apenas la cabeza.
—De acuerdo. Pero no me gustan las aficionadas.
La nuca de Clara se calentó de inmediato.
Encantador.
Sin embargo, avanzó sin titubear. Cogió el pincel y empezó a trabajar.
Para su propia sorpresa, tenía las manos completamente firmes.
Sus dedos no parecían preocuparse en absoluto por el estado de pánico de su dueña.
Conocían su trabajo. Corrección ligera, capa fina, acabado natural, fijación reforzada allí donde la cámara se detendría.
Ajustó la textura con precisión, consciente a su pesar de lo cerca que tenía su rostro, del aroma fresco y discreto que desprendía y de aquella piel absurda, casi demasiado perfecta para ser real.
—Tenga cuidado –murmuró él sin apartar la vista del espejo–. No me gusta que me pongan demasiada base.
Clara alzó un poco la barbilla y sostuvo su mirada en el reflejo.
—A mí tampoco.
Apoyó las manos en las caderas.
—Estoy teniendo en cuenta el viento y los focos –añadió.
Una de sus cejas apenas se movió.
—Ya veremos.
Detrás de ellos, Eun-hee ocultó una sonrisa.
—Vamos.
Han Jae-min se levantó y se marchó.
—No te preocupes –le dijo Eun-hee en voz baja cuando él ya no podía oírlas–. Es… especial.
Clara guardó el pincel.
«Especial». Un eufemismo de «insoportable».
—Pone a prueba a la gente.
—¿Como pasatiempo?
Eun-hee se rio por lo bajo.
—Como un acto reflejo. Esos chicos crecen en un sistema donde el menor error se paga muy caro.
Clara levantó la mirada hacia ella.
—¿Lo conoce desde hace mucho?
—Lo suficiente para decirte esto: no dejes que te intimide. Y no te lo tomes todo como algo personal.
Qué fácil es decirlo.
Unos minutos después estaban en el plató exterior.
El decorado recreaba una callejuela parisina con la precisión suficiente para resultar creíble en pantalla y con la estilización necesaria para ser más bonita que en la vida real.
Adoquines húmedos, fachadas envejecidas en su justa medida, una luz dorada suspendida bajo una farola de atrezo.
Hasta la lluvia parecía mejor pensada que la de verdad.
Seo Yura, la actriz protagonista, ya esperaba en su marca. Hermosa, perfectamente preparada, concentrada.
La escena era sencilla: dos chefs rivales acababan bajo el mismo paraguas al salir del restaurante.
Un clásico.
Clara se mantuvo un poco apartada, cerca de los técnicos.
Entonces Han Jae-min entró en cuadro.
—¡Acción! –gritó el director.
Algo cambió en él.
La transformación era imposible de pasar por alto.
Separó la espalda de la pared, reajustó los hombros y la luz de los focos, ajustada al milímetro para imitar el crepúsculo parisino, realzó la línea de su mandíbula y dibujó una sombra sobre el pómulo. Sus manos, hasta entonces cruzadas con indiferencia, se relajaron a ambos lados del cuerpo.
Se volvió hacia Seo Yura.
Y Clara comprendió en un instante que las chicas que veían sus dramas una y otra vez a las dos de la madrugada no estaban equivocadas.
La mirada que le dedicó a su compañera de reparto tenía una precisión casi irritante: dulce, intensa, con la dosis exacta de vulnerabilidad para dar la impresión de que algo acababa de ocurrirle por dentro.
Seo Yura contuvo el aliento, y Clara se preguntó si aquello figuraba en el guion o si había sido él quien se lo había arrancado.
Inclinó un poco la cabeza. El espacio entre ambos pareció tensarse de golpe.
No hacían falta palabras. Tampoco gestos.
Apenas tenía que hacer nada y todo lo demás, el decorado, los cables y los treinta técnicos que los rodeaban, se convirtió en un simple telón de fondo.
En algún lugar de la penumbra, Clara sintió que su propio pulso se aceleraba.
Contó los segundos antes de obligarse a mirar hacia otro lado.
Demasiado tarde.
Su cerebro ya había registrado muchos más detalles de los que debería: la vena fina que latía en su sien, la sombra de las pestañas sobre los pómulos, la forma en que su labio inferior se entreabría apenas, como si estuviera a punto de hablar. Como si estuviera a punto de hablarle a ella.