¡No estamos en un K-drama!
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시작이 반이다
(Sijagi banida)
«Empezar ya es tener la mitad del trabajo hecho».
A las siete y media en punto, París le recordó a Clara que Dante se había quedado corto con el infierno: estaba claro que faltaba un círculo para los lunes por la mañana.
La rueda delantera de su maleta se atascó en una ranura de la acera.
El asa se le escapó de los dedos, perdió el equilibrio, consiguió agarrarse por los pelos a un bolardo y se enderezó lanzando a su alrededor esa mirada fugaz y humillada de quien se niega, por principios, a admitir que alguien haya presenciado la escena.
Por supuesto. Siempre tenía que haber alguien.
Se recolocó el abrigo con un gesto seco y alzó la vista.
El cielo estaba bajo, gris y húmedo. Un gris mezquino, sin encanto, sin la menor pretensión estética.
En el aire se mezclaban el olor del asfalto mojado, el café caliente y el pan recién salido de una panadería situada en la esquina.
El estómago le rugió al instante. No había comido nada desde el día anterior, lo que la convertía en una mujer a dos minutos de vender su alma por un cruasán.
Muy buen comienzo.
Según el plano, el estudio estaba a solo dos calles. Dos calles, nada más. En la práctica, cada adoquín parecía empeñado en complicarle la vida, igual que aquella maleta que se desviaba hacia un lado desde que había salido del metro.
Cuando por fin divisó el edificio al final de la avenida, aminoró el paso.
La fachada de cristal le devolvía el cielo apagado y su propio reflejo: las facciones algo cansadas, los labios apretados y el pelo arreglado a toda prisa en la ventanilla del metro unas estaciones antes.
Tras las puertas, la gente entraba y salía con la tranquila seguridad de quienes saben adónde van. Clara sintió crecer la inquietud.
El vigilante de la entrada le dirigió una mirada rápida.
—¿La acreditación?
Clara se la tendió con una sonrisa cortés. El lector emitió un pitido.
—Edificio C. Recepción de producción. Esto es grande; vaya familiarizándose con el sitio.
—Gracias.
En cuanto Clara cruzó la puerta, el hombre ya se había vuelto hacia la siguiente persona.
El contraste fue inmediato.
Fuera aún estaba la ciudad. Dentro, todo iba más deprisa.
Los cables serpenteaban sobre el hormigón, los walkie-talkies crepitaban, los técnicos pasaban cargando enormes flight cases y se oían voces que se llamaban de un extremo a otro del pasillo.
Las puertas se abrían y se cerraban, y nada parecía detenerse nunca del todo.
Clara se quedó inmóvil un segundo, apretó un poco más el teléfono y consultó por cuarta vez el plano que había recibido la víspera.
No le sirvió de más ayuda que las tres anteriores.
Bien. A la izquierda.
Tomó un primer pasillo y después un segundo.
Por una puerta con un letrero que decía Sonido se escapaba un zumbido sordo.
Más adelante, una luz roja parpadeaba sobre una sala de control.
Clara vaciló, dio un paso y se apartó de golpe para dejar pasar a un hombre con auriculares que la rozó sin mirarla siquiera.
Siguió andando, menos segura de sí misma a cada metro.
Poco a poco, el ruido fue apagándose a su espalda.
El pasillo se quedó vacío. Ya no había nadie. Solo ese silencio tan peculiar que te hace comprender que seguramente no estás donde deberías.
—¿Busca algo?
Clara dio un respingo.
Un hombre con uniforme de logística la miraba con una sonrisa cansada.
—La recepción de producción –dijo Clara–. Bueno… el edificio C. Creo que me he equivocado.
—Un poco, sí.
Señaló detrás de ella.
—Todo recto, escaleras metálicas, segunda planta. Y evite la zona de sonido, a menos que le gusten los acúfenos.
A Clara se le escapó una risita.
—Gracias.
—¿Primer día?
—¿Tanto se nota?
—Un poco.
Le guiñó un ojo antes de desaparecer por un pasillo lateral.
De acuerdo. Leer los carteles. Caminar con normalidad. Evitar parecer recién fugada de un manicomio.
Esta vez encontró la recepción de producción.
Una mujer reinaba allí con un cuaderno abierto, un bolígrafo suspendido en el aire y esa clase de serenidad precisa que despertaba de inmediato las ganas de disculparse por errores que una todavía no había cometido. Cuando Clara se acercó, levantó la vista y la examinó con una sola ojeada.
—¿Clara Marchal?
—Sí.
—Morgane. Siéntese.
Clara obedeció. Morgane volvió a sus notas.
Las preguntas llegaron a toda velocidad: experiencia previa, ritmo de trabajo en un plató, gestión del estrés, rapidez de ejecución, grado de autonomía, capacidad de adaptación a los cambios de planificación. En otras palabras: ¿iba a resultar útil sin venirse abajo?
Clara respondió lo mejor que pudo, con las manos apoyadas sobre las rodillas para que no se notara que le temblaban un poco.
Habló del anuncio italiano, su último trabajo importante: una semana ocupándose de los retoques de los figurantes y los actores secundarios a cuarenta grados, con pieles que empezaban a brillar a los seis minutos.
Morgane apuntó algo.
—Bien –dijo por fin–. Vamos a ver de qué es capaz.
Clara esbozó una sonrisa prudente.
Qué alentador. Justo la clase de frase que una espera oír un lunes por la mañana.
Morgane alzó de nuevo la vista.
—Cambio de planes.
El corazón de Clara dio un pequeño salto irritante. Su cerebro, por su parte, puso en marcha de inmediato varios escenarios catastróficos.
—Ya no estará con los figurantes.
—Ah.
El sonido se le escapó antes de que pudiera contenerlo.
Morgane ni pestañeó.
—La hemos asignado al actor protagonista. Han Jae-min.
El nombre le golpeó en pleno plexo solar.
Han Jae-min.
Clara se quedó completamente inmóvil, lo que, teniendo en cuenta el caos que acababa de estallarle en el pecho, ya era toda una hazaña.
Han Jae-min.
No era simplemente un actor: era el actor.
Aquel cuyos carteles tapizaban las paradas de autobús desde Seúl hasta París, cuyas entrevistas acumulaban millones de visualizaciones en menos de una hora y cuyas apariciones públicas provocaban aglomeraciones.
Un rostro analizado, diseccionado y comentado por ejércitos de fans capaces de distinguir once variaciones de su sonrisa y de debatir, con una pericia inquietante, la longitud exacta de su pelo entre una temporada y otra.
Clara conocía un poco aquel mundillo. Era imposible trabajar en esa producción sin haberse interesado por él.
En Corea del Sur no se limitaban a fabricar estrellas.
Fabricaban criaturas casi mitológicas: rostros a los que enseñaban desde muy pronto a mostrarse desde su mejor ángulo.
A los chicos los descubrían jóvenes y después los pulían durante años en agencias donde la imagen se trabajaba con la disciplina de un campamento militar.
Clara, que aseguraba ser inmune a esa clase de mecanismos, había visto dos veces la tercera temporada de Promesa de otoño .
Por curiosidad profesional, evidentemente.
—Llegará dentro de diez minutos –continuó Morgane–. Escena en un exterior recreado. Retoques frecuentes. Y puede ser exigente.
Clara parpadeó.
—¿Exigente en qué sentido? –preguntó–. ¿En plan «mi agua tiene que estar a diecinueve grados» o más bien «procure no respirar demasiado fuerte cuando esté cerca de mí»?
La comisura de los labios de Morgane apenas se movió.
—Ya lo verá.
De acuerdo. Las dos cosas, entonces.
Clara asintió, intentando parecer profesional, relajada y perfectamente capacitada para manejar pinceles a menos de diez centímetros del rostro más comentado de Corea del Sur.
Un trabajo. Un rostro. Piel. Luz. Sabía hacerlo.
Que aquel rostro en particular hubiera salido de una de las industrias de la imagen más terriblemente eficaces del mundo solo era, en términos técnicos, un detalle: con o sin toda aquella maquinaria detrás, era la clase de hombre al que cualquier revista incluiría, sin dudarlo, entre los más guapos del planeta.
—Bienvenida a la arena –concluyó Morgane.
El teléfono de Clara vibró en su bolsillo en ese mismo instante.
Théo.
Clara se levantó, dio unos pasos hacia la ventana y contestó.
—Dime que sigues en pie.
Su voz grave produjo el efecto esperado: los hombros de Clara se relajaron.
—De momento, sí.
Hubo un breve silencio. Lo imaginó sonriendo.
—En una escala de uno a «me pierdo en el Macizo Central para fabricar queso de cabra», ¿en qué punto estás?
Clara se echó a reír a su pesar.
—Ya estoy mirando anuncios de granjas en venta.
—Mala señal. ¿Qué ocurre?
Bajó la voz de manera instintiva.
—Cambio de planes. Ya no estoy con los figurantes.
—Ah.
Ese ah de Théo ya lo decía todo.
—Voy a maquillar al actor protagonista.
Nuevo silencio.
—¿Al protagonista… protagonista ?
—Sí.
—¿Han Jae-min? ¿Ese es el actor, no?
Clara cerró los ojos un segundo.
—Sí.
—Clara.
Pronunció su nombre como siempre lo hacía en momentos así, y Clara sintió de inmediato que el suelo volvía a estabilizarse un poco bajo sus pies.
—¿Sí?
—¿Me estás diciendo que vas a ocuparte del rostro más famoso de Corea del Sur ahora que su dueño está rodando en Francia?
—Técnicamente, sí.
—Respira.
—Estoy respirando.
—No. Ahora mismo respiras como alguien a punto de sufrir un síncope vasovagal. Respira de verdad.
Clara obedeció. Inspiró hondo. Hasta que sintió que sus pulmones volvían a abrirse.
—Eso es.
—Mejor. Ahora escúchame: eres buena en tu trabajo.
—Gracias.
—¿Quieres que aparezca por ahí con un café, algo de bollería y un discurso motivador?
La imagen de Théo irrumpiendo en medio del plató, vaso en mano y con la solemnidad de un caballero medieval, la hizo sonreír.
—No. Pero agradezco la intención.
—También puedo ir a recordarte que, en el fondo, no es más que un tío con poros.
—Los K-dramas hacen una labor de desinformación enorme respecto a los poros.
—Y respecto a muchas otras cosas.
Clara apretó los labios antes de soltar, un poco demasiado deprisa:
—En fin. Esos actores también son productos de altísima gama. Los descubren jóvenes, los entrenan y se los venden a marcas, cadenas y plataformas. Todo está controlado. Su imagen, su pelo, su manera de sonreír, sus escándalos, sus silencios… Es una industria.
—Eso suena un poco cínico.