Capítulo 49
Ricardo
Cinco meses después…
—Última repetición de este ejercicio, Ricardo. Ponle ganas, joder, que hoy es tu último día —me espolea Javi, mi fisioterapeuta, mientras me sujeta la polea.
Aprieto los dientes y tiro con fuerza, elevando el brazo izquierdo por encima de mi cabeza hasta estirar el cable por completo.
Siento la tensión en el músculo, el esfuerzo sano del ejercicio, pero ya no hay rastro de aquel dolor cegador que me hacía sudar frío sobre la camilla hace cinco meses. El hombro responde.
Cuando terminamos un par de ejercicios más, Javi me da una fuerte palmada en el hombro y me sonríe.
—Lo has hecho de maravilla. Tenías una lesión muy compleja y difícil y lo has superado. Felicidades.
Sonrío mientras me limpio la cara y el cuello con una toalla.
Han sido cinco meses viniendo a esta clínica casi todos los malditos días.
Al principio, admito que odiaba venir. Entrar por esa puerta me ponía de mala leche porque era un recordatorio de lo inútil que era.
Pero Javi no permitió jamás que me compadeciese de mí mismo, aguantó mis malos modos, mis gruñidos de animal herido y mis estúpidas protestas.
Me ha hecho sufrir una puta tortura en su camilla y con las máquinas infernales que tiene aquí y mientras tanto, hemos arreglado el mundo un par de veces.
Hemos hablado de mi trabajo, del suyo, de Margarita y las chicas y él me ha hablado de su mujer, o más bien de la que espera que sea su mujer en breve, porque aún no ha encontrado el valor de preguntárselo.
Y joder, le entiendo. Yo estoy en el mismo punto que él, pero aún no lo he dicho en voz alta.
—Estás listo para volver a tu vida —me sonríe y me tiende unos papales—, es el alta definitiva.
A partir de mañana, podrás volver al trabajo y a hacer ejercicio de forma normal aunque teniendo cuidado de no sobrecargar la zona.
Sé que no te gustan los calmantes, pero uno de vez en cuando es mejor que repetir la lesión, si un día te duele, es normal, puedes tomar algo y al día siguiente estarás como nuevo.
—Es una alegría no tener que volver a ver tu cara de sádico por las mañanas —bromeo y suelta una carcajada—. Pero gracias, tío. De verdad. Creí que jamás volvería a ser yo.
Javi ha sido más que mi fisioterapeuta estos meses. Ha sido un psicólogo, un amigo .
—Al principio todo es duro —se encoge de hombros—, pero tienes muchas cosas por las que luchar cada día y aunque hubieses perdido el brazo, no hubieses dejado de ser tú.
Margarita está loca por ti y sus hermanas también.
Y no creo que sea porque tienes dos tornillos de titanio en el hombro, colega.
Esas mujeres, aunque son cariñosas y amables con todo el mundo, no aceptan a cualquiera.
Tiene toda la razón del mundo.
Es verdad que las hermanas se relacionan con todo el pueblo y lo hacen con sonrisas, bromas y encanto. Son tan encantadoras como lo eran sus abuelos. Sin embargo, su círculo íntimo es muy reducido. Básicamente somos mi hermano y yo, mis padres y Fernando, mi mejor amigo. Y ya.
Mientras salgo de la clínica, me quedo pensando en las palabras de Javi.
Me despido de la chica de recepción y salgo a la calle a paso ligero.
El aire frío de febrero me da en la cara y me abrocho la cazadora con facilidad.
Es increíble lo bien que te sientes contigo mismo cuando recuperas la normalidad en la pequeñas cosas cotidianas.
Es cierto el refrán ese que dice que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes.
***
Volver a casa me hace sentir bien.
Hoy, Bea y Margarita van a volver tarde a casa. Hay una gran celebración de cumpleaños de un tipo adinerado de Madrid y han reservado el restaurante entero. A mí me parece una barbaridad, pero como dice Margarita: el dinero es dinero.
Me siento muy orgulloso de ellas. Lo están consiguiendo.
En pocos meses han tenido que contratar a más personal porque no daban abasto.
Es increíble verlas a las tres trabajando, son una maquinaria bien engrasada.
Julieta se encarga de la parte económica, y Margarita y Bea de la parte del restaurante. Y lo hacen de lujo.
En este poco tiempo, porque no hace ni un año que han abierto, han convertido Casa Salvatierra en un centro de la comunidad.
Sí, es un restaurante de calidad, con cierto toque de elegancia, pero también es un lugar donde los habitantes de Valdearenas pueden relajarse después de un duro día de trabajo.
O simplemente ir a comer porque no les apetece cocinar y de paso, charlan con vecinos o le cuentan anécdotas de Paco y Elisa a las hermanas que nunca se cansan de escuchar a la gente.
Y siempre lo hacen prestando atención, con una enorme sonrisa en los labios.
En Navidad nos dieron a todos una gran sorpresa. El día antes de Nochebuena, invitaron a todo el pueblo a unos aperitivos y una copa. No faltó nadie. Fue una noche increíble e hicieron que algunas personas que se sienten un poco solas, no parasen de sonreír.
Fue nuestra primera Navidad como pareja y la verdad es que fue magnífica.
La mañana del día de Navidad es toda una experiencia con las hermanas.
Bea nos despertó casi al amanecer con risas, serpentinas, champán y bizcocho Red Velvet.
Al parecer, es una tradición de las hermanas.
También había galletas de limón. Era algo que solían hacer con su madre cuando eran niñas y me parece una gran idea que lo mantengan.
Con cada segundo que pasaba, me imaginaba cómo sería que mis hijos —y de Margarita, obviamente—, vivieran esos momentos tan mágicos. Me imaginaba a Bea riendo, sorprendiendo a los niños y a Julieta envolviéndoles con esos abrazos y esas sonrisas que curan el alma.
Seguimos preocupados por Julieta, algo no va bien y no suelta prenda. Ni siquiera Marcos sabe algo al respecto, pero confiamos en ella y nos aseguramos de recordarle cada poco que estamos aquí para ella.
Cada día vivo momentos increíbles con ellas. Los cafés de primera hora con Juls, las risas con Bea cada vez que se le ocurre alguna idea sobre decoración y bricolaje. Y con Margarita… bueno, con ella cada instante es mágico.
Ha habido problemas y discusiones, claro. La vida no es de color de rosa. Pero todo, absolutamente todo, merece la pena.
—Ey.
Me giro y sonrío a mi hermano.
—¿Qué haces ahí con cara de idiota?
Sonrío y sin saber por qué, le enseño algo que tengo en el bolsillo de la cazadora desde hace más de un mes.
—¡Ostia! ¿en serio? —asiento y él sonríe—. Joder, pues me alegro un montón, tío.
—Va a salir bien. Esta vez va a salir bien.
No sé si es una pregunta o una afirmación, solo sé que es algo que me pone muy nervioso.
Joder, cuando le dije a Margarita hace meses que lo quería todo con ella, lo decía muy en serio. Quiero la maldita estampa al completo. Boda, hijos, un perro o un gato, lo que las chicas quieran. Quiero que Bea y Juls sean felices.
—Pues claro que va a salir bien —mi hermano me palmea la espalda con fuerza—, ella no es Ana, tenías razón. Esa chica recibiría una bala por ti, como tú hiciste por ella. Para mí eso es más que suficiente.
—Me equivoqué mucho con Ana, pero Margarita es el amor de mi vida. Tío, no tenía ni idea de cómo podía ser.
Mi hermano sonríe pero no dice nada .
No creo que haya nada más que decir.
Mis padres se sienten a gusto con la relación lo bastante como para venir sin avisar y pasar tiempo con nosotros. Mi hermano es el mejor amigo de Juls y Fernando ha empezado a salir con una mujer que aunque ha sido bien recibida, no ha entrado aún en nuestro círculo.
Sigo apoyado en el coche observando el restaurante. Pese al frío que hace, hay algunas personas en la terraza que las chicas se empeñaron en tener en cuanto empezó a refrescar.
—¿Cuándo va a ser?
Marcos señala la caja de joyería que aún tengo entre las manos y me encojo de hombros.
—Ahora.
Le guiño un ojo y me encamino al restaurante.
Entro en la cocina y las veo reír a carcajadas mientras sus dos ayudantes les cuentan algo desternillante al parecer.
Joder. Quiero esto. Lo quiero con toda mi alma.
—Ricardo.
Margarita se acerca y me besa en los labios.
—¿Qué tal ha ido?
La abrazo y la beso hasta que noto que le tiemblan las rodillas, no me importan los silbidos de mi cuñada o de los chicos. Solo me importa que ella es todo lo que siempre he soñado que debía ser una relación idílica.
—Tengo el alta —ella sonríe y se ilumina el mundo—. Te quiero, nena.
Y entonces lo hago. Hinco una rodilla en el suelo y le muestro la caja de joyería. Tarda un segundo en reaccionar y entonces se tapa la cara con ambas manos y creo que empieza a llorar.
—Te quiero. Eres el jodido amor de mi vida. Te dije hace meses que contigo lo quiero todo. Y lo sigo queriendo. Cada día. Siempre. Dime, preciosa, ¿te casas conmigo?
—¡Sí! ¡oh, Dios… sí!
Se abalanza sobre mí y terminamos en el suelo muertos de risa. Porque la vida con ella es así, risas, bromas, sonrisas que iluminan mi vida y amor, un amor tan intenso, vibrante y real que es imposible resistirse o ignorarlo.
Nos ponemos de pie y nos encontramos con que todo el mundo, y me refiero a todo el mundo, ha sido testigo de mi pedida y de que ella ha dicho que sí. Todo el mundo aplaude con ganas.
—¿Sabes? No estabas en el menú —murmura Margarita contra mis labios—, pero me alegro de que ahora seas el plato principal.
Me echo a reír y la abrazo con todas mis fuerzas.