No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1) Capítulo 48
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Capítulo 48

Margarita

Ocho semanas después…

Salgo del coche con una sonrisa estúpida en los labios, Ricardo está cabreadísimo y no para de gruñir por todo, pero yo… yo me siento tremendamente feliz.

Estos dos meses que hemos estado viviendo juntos han sido los mejores de mi vida.

Tanto mis hermanas como yo nos hemos adaptado de maravilla a compartir nuestro espacio con Ricardo, y él ha hecho lo mismo.

Obviamente hemos tenido algún que otro percance, como cuando Ricardo entró en el baño de abajo porque yo estaba en el nuestro y se encontró a Bea como Dios la trajo al mundo embadurnándose de crema.

Fue divertidísimo porque Ricardo no sabía dónde meterse, pero mi hermana, descarada como ella sola, se puso una toalla alrededor de las caderas, se tapó los pechos con un brazo y le pidió que le echase crema en la espalda.

Ni Julieta ni yo pudimos parar de reír durante un buen rato.

Las reparaciones en el restaurante —de las que se encargaron Ricardo y Marcos, por supuesto—, no tardaron más que un par de días, así que no tuvimos muchas pérdidas.

La noticia se extendió y el pueblo entero se ha volcado con nosotras.

He oído todo tipo de rumores acerca de Ana y Ricardo, pero la segunda noche que él pasó en casa, nos contó todo a mis hermanas y a mí y jamás hemos dudado de su palabra.

El portazo que da al salir del coche me hace sonreír de nuevo.

—¿Se puede saber por qué estás de tan mal humor? —Me acerco a él y le beso en los labios—. El médico te ha dado buenas noticias.

—¿A ti te parece que son buenas? —gruñe, pasándose la mano libre por la nuca con bastante frustración—.

Me ha quitado el puñetero correaje, sí, pero me ha dicho que tengo el hombro pegado con cemento.

Tengo que ir a rehabilitación cinco días a la semana durante los próximos cuatro meses. ¡Cuatro meses, Margarita!

—Cariño… te han reconstruido la articulación… ya sabíamos que sería complicado.

—¡Y me ha prohibido volver a las obras! —me interrumpe. Es evidente que ni me ha oído—. Dice que no puedo levantar nada más pesado que una taza de café, que me olvide de conducir de momento y que la fisioterapia va a ser dura. ¡Joder! ¡Soy un puto inútil!

La verdad es que es un paciente terrible. No puedo culparle, yo me volvería loca si no pudiese hacer mi trabajo durante semanas.

Pero pese a su rabia, a la frustración que siente, sonrío. Y él frunce el ceño.

—¿Te hace feliz verme así? ¿Por eso sigues conmigo?

Suelto una carcajada y le abrazo, apoyo la cara en su ancho pecho y le siento retener el aire un segundo antes de rodearme con su brazo sano.

—Sigo contigo porque te quiero. Y me hace feliz ver que te estás recuperando —alzo el rostro y le miro—.

Sí, las cosas van un poco más despacio de lo que ambos queremos, pero estás bien.

Te estás recuperando y los tres médicos que te han visto predicen una recuperación del cien por cien.

Para mí, eso son unas noticias magníficas.

—Nena…

Algo en su voz me inquieta y me separo para verle mejor.

—Me siento como un inútil. Las chicas y tú os ocupáis de todo, vivo gratis con vosotras… yo… no es solo el brazo. Es todo.

No puedo evitar sentir que la tristeza me invade. ¿Qué esperaba? Todo era demasiado bueno para ser verdad. Y sin embargo, le miro y sé que renunciaría a todo con tal de verle feliz.

—Quieres irte —no asiente ni niega y eso es todo lo que necesito saber—. Es lógico, ya estás mejor. Ya no me necesitas y no seré yo quien te niegue tu independencia —me encojo de hombros—. Si quieres, puedes llamar a Marcos mientras yo empiezo a recoger tus cosas.

Me alejo de él porque me voy a echar a llorar de un momento a otro. Una cosa es que no me interponga en su camino y otra es que lo haga sin sentir que se me rompe el corazón.

—Margarita, espera .

Me sujeta de la muñeca y tardo un poco en mirarle a los ojos.

—No es que quiera irme, es que aquí me siento como un trasto inútil al que todas adoráis sin motivo alguno.

No hago nada, no sirvo para nada. No os puedo ayudar en nada.

Yo… joder, lo que intento decir es que no quiero estar aquí si solo soy un puto proyecto de caridad, ¿entiendes?

Yo te quiero y sé que tú me quieres a mí.

Pero si estoy aquí es solo porque te sientes responsable de toda esta mierda y no es cosa tuya.

Se frota el pelo y suspira agotado.

—Mira, ya sé que ha pasado poco tiempo, pero yo quiero más.

Parpadeo porque creo que no le estoy entendiendo.

—Quiero más, nena. De hecho, ¡qué cojones!

¡lo quiero todo! Estoy hasta la polla de levantarme cada día en tu cama sin que estés a mi lado, estoy hasta los huevos de que te acuestes a mi lado cada noche y que no me toques ni con un palo salvo para echarme esa puta crema con olor a menta que me revuelve el estómago.

Estoy hasta los cojones de verte ir de un lado a otro, de sonreír, de hacer mil cosas mientras yo me quedo en la barrera, observando.

Yo no estoy hecho para estar de brazos cruzados, ni para la vida monacal.

—Creo que no te entiendo… no sé si estás rompiendo conmigo o me estás proponiendo algo.

Se acerca a mí y me coge de la cadera con la mano buena.

—¿Tú no me echas de menos? —sus labios se apoyan en mi cuello y gimo sin poder evitarlo—. ¿Acaso ya no me deseas?

—Aún estás convaleciente —articulo con dificultad.

—Nena… —me muerde el lóbulo de la oreja con suavidad—. Lo quiero todo contigo. Todo.

** *

El calor de su mano en mi cadera y la promesa de sus palabras me dejan temblando, pero me obligo a recuperar el aliento y a poner algo de distancia entre nosotros.

—Me parece que esto es algo más que la falta de sexo —me mira y suspira con agotamiento—.

Ricardo, estoy aquí. Claro que te deseo y claro que me encantaría retomar nuestra vida sexual, pero me aterra hacerte daño y que vayas hacia atrás en la recuperación…

yo… estos dos meses han sido los mejores de toda mi vida —su expresión me indica que está muy sorprendido—.

Te lo digo en serio, para mí es increíble llegar a casa y verte pelearte con tu hermano porque una obra no va según los planes que trazaste para ella.

Me encanta que reclutes a Bea para las tareas de bricolaje con las que yo soy una completa inútil.

Me llena de felicidad cuando entro en la cocina por las mañanas y te veo reír con Julieta.

Para mí, eso es maravilloso. Lo es todo.

Yo soy así, lo que toda mi vida he querido es ver a mi familia feliz, con los pequeños detalles del día a día.

Lo que nunca imaginé es que tú estuvieses en esa vida.

Acostarme a tu lado me hace feliz, te echo de menos físicamente hablando, pero no tengo prisa porque estás bien, estamos vivos y te estás recuperando. Repito, para mí, eso lo es todo.

Coge aire y lo expulsa despacio.

Durante un par de segundos no dice nada pero cuando al final me atrae hacia sus brazos, sé que ha cedido. De nuevo. Por mí. Porque me quiere.

Cuando entramos en casa, Bea está cantando en la cocina mientras bate con alegría algún tipo de masa en un cuenco. Hay que ver la energía que tiene siempre.

Se gira y nos mira sonriente.

—¡Ah! Genial, ya estáis aquí. ¿Qué ha dicho el médico?

—Que sigo siendo un puto inútil —murmura Ricardo aún furioso.

Pongo los ojos en blanco y me siento en la isla de la cocina.

—De cuatro a cinco meses de rehabilitación —explico.— Y cinco días a la semana de fisioterapia. No lo está llevando bien.

—Eso ya lo veo.

Mi hermana se acerca a Ricardo y le besa en la mejilla.

—Al menos te han quitado ya la cosa esa medieval —le sonríe y después me mira seria—. Tengo una pregunta, Marge. ¿Cómo vamos a convencerle de que se siga quedando aquí cuando termine la rehabilitación?

Sonrío porque es más que evidente que nos ha oído cuando estábamos en el porche de casa.

Ricardo se gira y la mira con los ojos entrecerrados.

—¡Qué quieres que te diga! Es de lo más útil tener a un tío en casa —mi hermana se encoge de hombros—, además, hay que ver lo que he aprendido de electricidad, fontanería, carpintería… vamos… que si no puedes volver al curro, yo podría hacer horas extras en tu empresa.

—Sigues sin distinguir cuál es el cable de toma de tierra —responde Ricardo con la voz grave.

Mi hermana le mira sonriente.

—Entonces… ¿me vas a dejar aquí sola, sabiendo que voy a hacer cosas que no debo sin supervisión? ¿Y si me electrocuto?

—Joder, Bea…

Suelto una carcajada porque sé que mi hermana ha implantado esa idea en su cabeza y que él ya no se la podrá quitar nunca más.

—Que sepas que Juls y yo hemos hablado del tema.

Nos encanta tenerte en casa —nos mira a ambos—, sé que tenéis que hablar cosas como pareja y que seguramente quieras y necesitéis hacer algunos cambios.

Por nosotras está bien. Marge es más feliz de lo que lo ha sido en toda su vida y nosotras nos sentimos seguras y salvo contigo en casa.

Nos gusta cocinar para ti, nos gusta que tus padres vengan una vez por semana y que Marcos y Fernando también lo hagan.

Se encoge de hombros y se apoya en la encimera a su lado.

—Yo no sabía que se podía ser así de feliz cuando se encuentra al hombre de tu vida.

Sus palabras me atraviesan porque es la pura verdad. Ricardo es el hombre de mi vida. El amor de mi vida. Lo siento con cada célula de mi cuerpo. Sé que no moriré de amor si le pierdo, pero la vida nunca será igual sin él a mi lado.

Observo a Ricardo y sé que está a punto de ceder. Es increíble lo dócil que se vuelve con mis hermanas.

—Entonces quiero participar en los gastos de la casa —nos mira como retándonos—. No quiero ser una obra de caridad, si me quedo a vivir aquí, entonces es a partes iguales. No os digo que me pongáis como copropietario de la propiedad, pero sí que quiero lo más cercano a eso que sea posible.

Bea sonríe y le entrega uno de los dosieres a los que Juls es tan adicta.

—Julieta ya lo tenía previsto. Ten.

Se lo entrega y Ricardo parpadea.

—Hemos puesto las plataformas de la tele a tu nombre porque la verdad, son un coñazo. Todo el día con emails… También hay una copia de las facturas de la luz, el agua, la calefacción… y todas esas cosas, obviamente será a partir del mes que viene .

—No sé si me gusta que hayáis tomado esta decisión por mí.

Bea le abraza con cariño y le besa en la mejilla.

—Sí que te gusta, porque nos quieres. Como nosotras te queremos a ti.

Se va de nuevo al fondo de la cocina y mientras tararea, lleva la mezcla con la que estaba antes a un molde y este al horno. Después empieza a preparar unos cuencos de fruta de temporada.

Yo cojo la mano buena de Ricardo y tiro de él con suavidad.

En silencio, entramos en mi habitación y le sonrío cuando cierro la puerta detrás de mí.

—Yo también lo quiero todo —le digo con la voz un poco ronca—. Te quiero en mi vida cada día. Para siempre. Y ya ves que mis hermanas también. Sé que a lo mejor es un poco complicado, pero… las tres venimos en el mismo pack y tú encajas aquí.