Capítulo 47
Ricardo
Tres días entre las paredes estériles de la habitación del hospital son más que suficientes para volver loco a cualquiera. A mí me han bastado para certificar que depender de los demás para las cosas más básicas es una puta mierda.
Me miro en el espejo del baño intentando no mover ni un milímetro el brazo izquierdo.
Da pena verme.
Llevo el hombro y el pecho aprisionados en un correaje ortopédico que me mantiene el brazo pegado al torso como si fuese un ala rota.
El cirujano me ha dicho hace apenas unas horas que los clavos de titanio tienen que asentarse y que me esperan, como mínimo, seis semanas de inmovilización absoluta antes de poder empezar la rehabilitación.
Seis semanas sin poder conducir, ni trabajar y lo que es peor, sin poder siquiera ducharme solo sin montar un espectáculo de circo.
Me voy a volver loco.
Estoy cansado, apenas puedo dormir por el dolor. Salgo del baño haciendo malabares con la mano útil para mantener el pantalón del chándal en su sitio, porque lo que me faltaba ya, era ir enseñando la polla a todo el mundo.
Unos minutos más tarde, Margarita entra en la habitación con una gran sonrisa y respiro aliviado.
Su cálida sonrisa, esa que es solo para mí, me templa el alma.
Lleva pequeñas tiritas en los brazos y en las piernas debido a la cantidad de pequeños cortes que se hizo con los cristales, pero por lo demás, está perfectamente.
Está viva y eso hace que todo mi ser se altere.
Joder. Casi la pierdo.
El poco tiempo que duermo no dejo de tener pesadillas en las que toda aquella locura termina de una forma muy diferente.
Me despierto empapado en sudor y con una sensación de pérdida, tristeza y dolor terribles.
No he hablado de ello con nadie, no me siento capaz de hacerlo, la verdad.
A fin de cuentas, todo lo que ha pasado ha sido por mi culpa.
Quizá por eso aún no he hablado del tema con Margarita. Más allá de ayer, cuando la policía vino a tomarnos declaración, no hemos hablado de lo ocurrido ni una sola vez. Y la verdad, yo lo prefiero así.
—Ya tienes el alta firmada —me dice con su preciosa sonrisa.
Mi madre ha entrado detrás de ella y también sonríe.
—Marcos nos espera abajo con el coche. Es hora de sacarte de este antro —me guiña un ojo y me hace sonreír.
Joder. Es preciosa, está viva y no me odia. No sé cómo digerir todo esto.
—Por fin —suspiro con exageración—. Estoy deseando llegar a mi piso, tirarme en el sofá con una cerveza y ponerme una peli decente en la tele.
Mi madre y Margarita intercambian una mirada rápida que hace que se me erice la piel, porque es una de esas miradas silenciosas y cómplices que las mujeres dominan a la perfección y que, por lo general, significan que el hombre implicado ya ha perdido una discusión que ni siquiera sabe que ha empezado.
—¿Pasa algo? —pregunto con cautela.
—¿Y qué va a pasar?
La rápida respuesta de mi madre me pone aún más en alerta, pero tanto ella como Margarita empiezan a recoger mis cosas, a revisar la habitación y a guardarlo todo de una forma mecánica y en silencio.
—Me estáis ocultando algo, ¿qué pasa?
Margarita me mira y sonríe.
—Lo que pasa es que deberías estar ansioso por salir de aquí y la verdad, no te veo mover el culo —se cruza de brazos—, tu hermano está en la zona de recogida de pacientes, pero no se puede quedar ahí toda la vida. Así que… —me da un cachete en el culo—, ponte las pilas que nos tenemos que ir.
Mi madre la mira y sonríe.
—¡Ya era hora de que encontraras a una mujer decente!
Joder, me mosquea un huevo la actitud de ambas, pero no les falta razón, cuanto más discuta con ellas, más voy a tardar en irme de este sitio, así que cedo y las dejo hacer. Cuando están satisfechas, un celador entra en la puerta y me sonríe con amabilidad.
—No me jodas. Lo que tengo mal es el hombro, puedo andar sin problemas.
—Normas del hospital, en silla de ruedas y acompañado hasta la puerta —me explica el celador con paciencia.
—¿Quieres dejar de quejarte? —mi madre está disfrutando de este momento como una loca, se lo noto en la sonrisa pícara que le ronda en los labios.
***
Voy medio dormido en el coche, tengo la cabeza apoyada en el hombro de Margarita que me acaricia lánguidamente el brazo y la verdad, es la hostia de relajante.
No es hasta que el coche se detiene que me doy cuenta de dónde estamos.
—¿No ibas a llevarme a casa? —le pregunto a mi hermano.
—Yo solo soy el chófer —y con esa frase que no entiendo, sale del vehículo.
Miro a mi novia y frunzo el ceño.
—No puedes quedarte en tu piso.
—¿Y dónde voy a quedarme entonces?
Mi madre se gira en el asiento delantero y me sonríe.
—En casa de Margarita, por supuesto —me responde con tranquilidad—. Esta mañana te he traído una bolsa con ropa limpia y artículos de aseo. Y como bien has dicho en el hospital, las piernas las tienes bien, así que puedes subir las escaleras hasta la habitación sin problema .
—Me estás tomando el pelo. —Miro de nuevo a mi novia. —No lo puedes decir en serio.
—Ricardo… tu piso es pequeño, tienes que subir muchas más escaleras, tu ducha tiene un escalón de más de medio metro, Marcos se tiene que hacer cargo del negocio hasta que te recuperes y necesitas ayuda absolutamente para todo. Es la solución más práctica.
Cierro los ojos y niego con la cabeza.
—Mi piso tiene ascensor, en la ducha no hay ningún escalón, solo el perfil de la mampara y podría apañarme con casi todo, solo necesito un poco de ayuda. Lo último que quiero es imponer mi presencia a tus hermanas y a ti.
Margarita me mira y parece muy decidida.
—Primero, el ascensor se podría estropear.
Segundo, lo del escalón de la ducha es rebatible.
Tercero, no, no te las puedes apañar solo y cuarto, no nos impones nada.
Estamos encantadas de poder cuidar de ti, ya lo verás.
Además… —me acaricia el rostro—, quiero cuidarte, necesito cuidarte, solo de pensar que casi te pierdo…
si quieres, hazlo por mí, no por ti, porque ahora mismo necesito verte, necesito saber que estás bien.
—Margarita…
Mi madre sale del coche con toda la discrección que puede y se lo agradezco en silencio.
—Cariño —me llevo su mano a los labios—, lo siento muchísimo. Yo también estoy aterrorizado al pensar que casi te pierdo, que joder… estuvo tan cerca… que apenas puedo pensar en otra cosa, pero no puedo cargarte a ti con lo que supone estar pendiente de mí.
—No me dejes, por favor…
—¡No! Claro que no, solo digo que …
—Te quiero. No soporto la idea de que estés solo en tu piso y yo me tengo que hacer cargo del restaurante —me besa en el hombro bueno—.
Te quiero, Ricardo. Tengo pesadillas en las que cuando caes al suelo todo tu pecho está lleno de sangre y solo soy capaz de respirar con normalidad si estás a mi lado.
Te necesito aquí, conmigo. Por favor, por favor…
te prometo que Bea y Juls están de acuerdo. No me dejes sola.
Joder.
Me trago las protestas porque el miedo que destilan sus ojos, la necesidad de poder controlar algo ahora mismo es tan grande que hace que mi corazón salte dentro de mi pecho. Querría agarrarme al orgullo masculino porque la verdad, me siento bastante inútil, pero no soy capaz de hacerlo.
Porque haría cualquier cosa por ella.
Porque definitivamente estoy jodido. Aunque si la consecuencia es estar con la mujer de la que me he enamorado, es la forma más maravillosa del mundo de estar jodido.
La beso en los labios con ternura.
—Si empiezo a ser una molestia, me largo.
Su sonrisa ilumina el puto mundo.
Salimos del coche despacio. Mi hermano me mira desde el porche con los brazos cruzados y una sonrisa de suficiencia que me entran ganas de borrarle a hostias, pero dado que solo tengo un brazo útil, que me duelen las costillas y que aún estoy un poco grogui por las pastillas, me parece que la paliza va a tener que esperar.
Mi madre se despide de mí con un beso en la mejilla mientras me susurra al oído que me porte bien y que me deje cuidar. Tiene cojones, como si fuese un niño pequeño. Un instante después, se va con Marcos .
No puedo evitar sentirme nervioso cuando cruzamos el umbral, pero Julieta aparee con su preciosa sonrisa.
—¡Ya estáis aquí!
Y los nervios se esfuman. Amo a Margarita, pero joder, haría cualquier cosa por cualquiera de las hermanas. No creo que pudiese seguir adelante sin ellas en mi vida. Sin las sonrisas amables de Julieta o la picardía de Beatriz. Estas chicas me han robado el corazón, por cursi que pueda sonar.
Un instante después, aparece Bea y se me acelera el corazón de emoción al verla con tan buen aspecto.
Solo tiene una gasa limpia en la sien, pero verla caminando por su propio pie y sonriendo hace que se me quite un enorme peso de encima, aunque vino a verme en el hospital, no estaba nada bien. Pero se está recuperando.
—Bienvenido a casa.
Me besa en la mejilla y nos quedamos mirándonos un segundo.
—¿Estás bien? —le acaricio el rostro y ella me sonríe de nuevo.
—Estoy genial. Te lo prometo.
Carraspeo y las miro a las tres.
—Escuchad, no quiero ser un estorbo, yo…
Es Bea quien me corta.
—No digas tonterías. Te tiraste encima de una loca con una pistola para salvarnos. Por mí te puedes quedar a vivir aquí.
Sonrío porque si algo es Bea, es sincera.
—Lamento lo que ocurrió. Yo no sabía que Ana estaba tan mal, lamento muchísimo haberos puesto en esa situación .
—No fue cosa tuya —es Juls quien se dirige a mí—, fue cosa de ella. Es tu ex mujer, no es tu responsabilidad, la decisión fue suya y solo suya. Has salvado a mis dos hermanas, opino como Bea, te puedes quedar aquí para siempre.
Joder.
El dolor del hombro me está matando, pero me duele aún más el pecho ante las palabras de las hermanas.
—Tienes que descansar.
Miro a Margarita y ella me guiña un ojo. Sabe lo que estoy pensando, sabe que me siento culpable y que adoro a sus hermanas con toda mi alma. Sabe que ya no podría vivir sin ellas en mi vida.
Y sabe que estoy enamorado de ella hasta las trancas.
Me guía hasta el salón y me siento en el comodísimo sofá con cuidado, me hago un poco de daño, pero nada que no pueda manejar.
—Juls ha contratado varias plataformas —Margarita me entrega el mando de la tele—. Bea te ha hecho tu tarta favorita y yo he preparado varios platos para cenar —me besa en los labios—. Todas queremos que estés aquí.
Se sienta a mi lado y apoya la cabeza en el hombro sano. La siento suspirar.
—Margarita.
Entrelazo nuestras manos y ella me mira sonriente.
—Yo también te quiero y también te necesito en mi vida. Te quiero de verdad. Y no tengo la más mínima intención de dejarte sola jamás.
A cambio de mis palabras recibo un tierno beso en los labios y una sonrisa que me calienta el alma.