Capítulo 46
Margarita
El sonido del segundo disparo no ha sido como el primero. No lo oí como un estallido lejano, si no como un trueno que rompió el aire justo delante de Ricardo.
Un segundo. Fue solo un segundo pero lo siento como si fuese una eternidad. Un olor extraño se extiende por la sala y noto que algo me quema en la garganta.
—¡Ricardo! —Mi propio grito me rasga la garganta. Se parece más al gruñido de un animal que a mi propia voz.
Me alejo de la pared con un fuerte impulso e ignoro el dolor de mis rodillas cuando caigo en el suelo lleno de cristales.
No me importa dónde está esa maldita loca, no me importa dónde está el otro tipo que entró en el restaurante dando gritos y empeorando la situación, no me importa nada salvo llegar hasta Ricardo.
Está inmóvil, de lado, con los ojos cerrados y el rostro desencajado de dolor.
—Ricardo, mírame, por favor… por favor… —suplico con las lágrimas cayéndome por el rostro. Mis manos tiemblan cuando le reviso el pecho, el cuello y la cara—. Ricardo, joder… mírame, venga cariño… mírame, abre los ojos.
Suelta un gruñido y entreabre los ojos. Tiene la frente empapada en sudor frío y la mandíbula tan apretada que puede que se rompa algún diente.
—El… el hombro —consigue articular. Tiene la voz rota por el dolor—. El hombro.
Quiero sollozar de alivio porque no hay sangre a la vista y no veo agujeros de bala. Pero creo que al caer al suelo, su hombro izquierdo ha chocado de lleno contra el pavimento, lo tiene en una posición extraña.
Noto lo que nos rodea poco a poco, como si saliese de un encantamiento, o quizá lo que me hace ser consciente son las risotadas histéricas de Ana que está tumbada en el suelo boca arriba sin parar de reír.
Carlos, al otro lado, se agarra el muslo donde la sangre sale a borbotones y tiene algo clavado, creo que es un trozo de cerámica, no es muy grande, pero se puede apreciar.
Cristina, que es la que más cerca está del arma, le pega una patada y la manda al otro lado del comedor, alejándola de la pirada que ha irrumpido aquí con la intención de matarme, o quizá solo quería asustar a Ricardo.
Fuese cual fuese su intención, ninguno de los presentes va a olvidar este día jamás.
Miro hacia mi hermana que se limpia las lágrimas y se acerca a nosotros. Le sonrío y aunque ella intenta devolverme la sonrisa, solo puede llorar .
Miro de nuevo a Ricardo y le aparto el pelo de la frente.
—Ya está, tranquilo mi amor. Te tengo.
Y en ese momento se desmaya.
—Ya se oyen las sirenas —Bea pega su cuerpo al mío y susurra en mi oído.
Sin soltar la mano de Ricardo, le rodeo el hombro con la mano libre y la atraigo hacia mí.
¡Santo cielo! ¡Qué miedo he pasado!
—Cariño, ¿estás bien?
Mi hermana me mira y niega con la cabeza, pero no dice nada más y la verdad, no tiene el aspecto de ser capaz de hablar o de razonar.
Un minuto después, la Guardia Civil entra en tromba en el restaurante, con las pistolas en las manos y gritando. Dios… que este día se acabe de una vez. Juro que si vuelvo a ver un arma, me voy a volver loca.
—¡Todo el mundo con las manos en alto!
Todos, salvo Ana que sigue muerta de risa, obedecemos al instante aunque la ira se apodera de mí.
—Soy Margarita Salvatierra. Este es mi restaurante. Ella —señalo a la mujer que llora y ríe en el suelo, —es la que ha entrado armada, nos ha amenazado y…
En ese punto se me rompe la voz.
—Necesitamos ayuda —suplica mi hermana—. Médicos… o algo…
Y un instante después, cae el suelo inconsciente.
** *
Julieta entra en el hospital con la cara desencajada y pálida como el papel. La veo atravesar las puertas de urgencias pero ella no me ve a mí, se acerca al mostrador e histérica perdida empieza a gesticular y por la reacción de la enfermera, está alzando la voz.
Me levanto de la silla de ruedas donde estoy en el pasillo y al acercarme la oigo.
—Mira, estirada de los huevos, te estoy diciendo que mis dos hermanas están aquí. Ha habido un atraco, o lo que sea, una loca ha disparado a mis hermanas y ¡tengo que verlas ahora mismo!
—Y yo le estoy diciendo que…
—Juls.
Se me rompe el corazón al ver el rostro de mi hermana pequeña. Tiene su preciosa cara llena de lágrimas, el rímel se le ha corrido y a juzgar por la blusa retorcida, no me puedo imaginar lo que ha corrido para llegar aquí.
—¡Oh, Dios mío! Marge…
Se acerca a mí corriendo y me abraza con todas sus fuerzas.
—Oh Dios… creí que os había perdido. No puedo perderos. Oh… Marge, Marge…
—Shhhh, estoy bien —intento separarla de mí para que me mire a los ojos pero se niega y me aprieta más fuerte—. Te prometo que estoy bien.
—No… yo no… no puedo… no puedo…
La abrazo un poco más e ignoro a la enfermera que nos está mirando mal. Al cabo de un par de minutos se separa un poco, está llorando más que antes .
—¿Y Bea? Ella…
—Está bien, más o menos —explico—. Está en observación.
No sé si cuando yo la empujé o cuándo fue, pero se golpeó la cabeza con bastante fuerza.
No tiene derrame ni nada, salvo unos cuantos cortes…
estaba todo lleno de cristales —le muestro las palmas de mis manos y mis piernas—, pero afortunadamente eso es todo.
—¿Y Ricardo?
—Él está peor. Se ha roto un hueso del hombro y le han tenido que operar, aún está en el quirófano. No sé nada más de él. Marcos ha estado con él hasta que se lo llevaron para operarle.
Por un instante, veo la ira refulgiendo en los ojos de mi hermana pequeña.
—Voy a acabar con esa loca. Te lo juro Marge.
Y parece una tontería, pero ver esa pasión de nuevo en ella me hace sonreír.
—No quiero eso, por lo que nos ha dicho la Guardia Civil va a ir a la cárcel o a un hospital psiquiátrico, lo segundo sería lo mejor para ella porque esa mujer no está bien de la cabeza.
—¿Y qué pasa con los daños del restaurante?
—No lo sé, Juls. Ahora mismo solo quiero ver a Bea y Ricardo, asegurarme de que estén bien y lo demás… sé que económicamente es un desastre, pero no puedo pensar en ello.
—No, tienes razón, por supuesto. Lo primero son ellos.
En ese momento Marcos aparece y cuando ve a mi hermana abre los brazos de par en par y ella se refugia en ellos.
—¡Juls!
—Lo siento muchísimo, siento haber tardado tanto —se disculpa y Marcos la besa en la frente—, pero Ricardo es fuerte, va a salir todo bien aunque tarde un poco en recuperarse del todo. Ya lo verás.
—Lo sé.
La abraza con fuerza un instante antes de girarse y mirarme con mala cara.
—¿Qué cojones se supone que haces de pie? ¿Te parece que tal y como tienes las piernas es lo que debes hacer? ¿Acaso quieres que mi hermano me corte las pelotas?
Yo me echo a reír, le abrazo y le beso en la mejilla.
—Estoy bien.
—Porque vas hasta el culo de drogas —murmura Marcos y yo me río.
No le falta razón.
En cuanto me han subido a la ambulancia cuando me sacaron del restaurante, perdí el control de mi cuerpo por completo. Empecé a llorar y a temblar, me costaba respirar y me dolía el pecho con tanta fuerza que pensé que estaba sufriendo un infarto.
Pero no. Era un ataque de pánico, así que me han medicado y me siento genial, no me duele nada y estoy tranquila.
Quizá sí que noto la mente algo abotargada, pero estoy tan tranquila que no me importa.
De no ser por la química que me corre por las venas, ahora mismo estaría hiperventilando en el suelo al recordar el sonido de los disparos.
Pero en lugar de eso, miro mis propias piernas vendadas, llenas de parches donde me han sacado cristales, y me parecen hasta graciosas.
Marcos me obliga a sentarme de nuevo en la silla de ruedas y observo cómo Julieta se limpia las lágrimas con las manos, se ha extendido el rímel aún más y aun así, sigue siendo una mujer preciosa.
La más bonita del mundo. No importa el pasado, es mi hermana pequeña, la niña de mis ojos y es la más bonita del mundo.
Quizá sí que se les ha ido de las manos el tema de la medicación. De repente, empiezo a sonreír sin tener motivos en realidad.
—Madre mía, cómo vas… —Julieta se coloca detrás de mí y empieza a empujar la silla—, vamos a ver a Bea, anda.
Pasamos a la zona de observación.
Bea está en una camilla, con un aparatoso vendaje en la cabeza, pero ya tiene algo de color en las mejillas.
Sonrío un poco más. Está despierta, con los ojos entornados y nos saluda con una mano débil.
Juls se lanza sobre ella aunque no ha debido hacerle daño porque Bea no se ha quejado.
Y verlas así, abrazadas, ambas llorando me hace darme cuenta de lo cerca, lo realmente cerca que hemos estado de no contarlo.
No sé si estamos minutos u horas con Bea, mi percepción del tiempo está alterada por la medicación, así que quién sabe. Marcos nos ha traído unos cafés asquerosos que tanto mis hermanas como yo nos hemos negado a beber. También ha ido varias veces a preguntar por su hermano.
Cuando llega de nuevo donde estamos, lo hace con una sonrisa.
—Ya ha salido. Está en reanimación —nos informa—.
El cirujano dice que la operación ha sido un éxito aunque complicada.
Le han tenido que reconstruir parte de la articulación del hombro y le han puesto unos clavos, el golpe contra el suelo le hizo polvo el hueso.
Va a necesitar meses para volver a estar a tope, pero está bien.
En cuanto se recupere un poco le suben a planta.
—Tengo que verle.
—Marge —Juls me coge la mano y me mira a los ojos—, acaba de decir que aún está en reanimación, aún no ha llegado a planta. Ten un poco de paciencia.
Intento ponerme de pie, pero Marcos es más rápido y me lo impide .
—Yo te llevo en un rato, ahora estate quieta, anda. Que ya ha sido un día bastante complicado.
Cuando llegamos a la planta de traumatología, los padres de Ricardo y Marcos están en el pasillo. En cuanto nos ven, corren a abrazarnos.
—Gracias a Dios que estáis bien —nos mira y Rosa frunce el ceño—. ¿Dónde está Bea?
—En observación —informa Juls.— Se va a quedar ingresada un par de días porque tiene una conmoción leve y quieren estar seguros de que no se les escapa nada.
—Madre mía…
Rosa se lleva las manos a la boca y todos asentimos, la verdad es que poco más hay que decir.
Marcos le cuenta lo ocurrido a sus padres mientras Julieta le escucha con atención, pero yo solo puedo pensar en ver a Ricardo.
Aparece a los pocos minutos y cuando terminan de dejarle en la habitación, entramos a verle.
Tiene mal aspecto, la verdad. El brazo izquierdo descansa en un aparatoso correaje que se lo pega al pecho, un gotero cuelga de una percha y tiene los ojos cerrados.
Está pálido, aunque por el pitido constante del monitor que hay a su lado, parece que todo va bien.
Se ha destrozado el hombro.
Por mí.
Porque se lanzó sobre una loca para salvarme.
Marcos se adelanta y le da un toque muy suave en la pierna.
—Ey, bella durmiente, mira a quién te traigo. Hay que ver lo que haces para llamar la atención .
Todos reímos pero Ricardo solo parpadea, es evidente que aún está luchando contra la anestesia, sin embargo, cuando sus ojos se fijan en mí, sonríe.
Y eso me hace sonreír a mí.
—Hola, encanto.
Julieta me acerca hasta la cama.
Cojo su mano derecha entre las mías y se la beso.
—Me has dado un susto de muerte, no vuelvas a hacerlo.
—¿Tú cómo estás? —ignora por completo lo que acabo de decirle.
—Bien, de todos, soy la que mejor está. De hecho, estoy genial. Voy drogada hasta las cejas, no tengo dolor y me siento taaannn tranquila que la verdad, no sé por qué hay tantos programas antidrogas… son geniales.
Todos se echan a reír y Ricardo pone los ojos en blanco, pero sonríe.