Capítulo 45
Ricardo
Joder.
Llevo todo el día sin dar pie con bola. Estoy muy distraído, por eso hoy me he quedado en la oficina repasando los planos de los proyectos que estamos llevando a cabo, pero ni aun así consigo concentrarme.
Todo en lo que puedo pensar en es Margarita y sus palabras de esta mañana.
Y en lo torpe que he sido para no responder de inmediato que yo también estoy enamorado de ella, que siento que todo va a ir bien si estamos juntos. Pero me he quedado embobado mirándola y cuando entró Bea, simplemente perdí la oportunidad.
Siempre me pasa lo mismo con Margarita, es como si llegase tarde a todas partes.
Y eso me molesta porque joder, yo la quiero.
La quiero de verdad. Y sé de lo que hablo porque he estado casado y sí, también quería a Ana, pero no tiene ni punto de comparación con lo que siento por Margarita.
A mi ex mujer la dejé marchar si ni siquiera pelear, y a parte del dinero que me costó y la reputación, no pensé en ello ni un instante.
Cuando fui un imbécil y perdí a Margarita un tiempo, sentí que el mundo se me caía encima y que no iba a lograrlo sin ella.
Tenerla en mi mente a todas horas se ha convertido en mi nueva normalidad.
No, ya sé lo que se siente sin tener a Margarita a mi lado. A ella no la dejaré marchar de nuevo.
Unos golpes en la puerta me hace alzar la cabeza y frunzo el ceño cuando me encuentro al nuevo marido de Ana en mi puerta. Laura me mira a través del cristal con cara de preocupación y la verdad, la entiendo porque a saber qué coño quiere este ahora.
—Hola Carlos. ¿Qué haces por aquí?
No le tiendo la mano y no le invito a sentarse, ambos sabemos que esto no es una visita cordial.
—Quiero que dejes en paz a Ana.
Parpadeo confuso. Las ganas de reír son enormes, pero si lo hago llegaremos a las manos y no estoy dispuesto a algo así por alguien que no lo merece.
—No sé nada de ella desde que estuvo en el hospital, cuando el accidente de coche —le miro a los ojos para que vea que no miento—. Además, tengo una relación con otra mujer, ¿para qué iba a rondar a Ana? Como sabrás, pagué un precio muy alto por separarme de ella.
—Estás mintiendo. Anoche estuviste con ella.
—No .
Debería darme pena porque sé qué es lo que está haciendo Ana con él, es lo mismo que hacía conmigo, intentaba ponerme celoso diciendo que había decenas de hombres que querían estar con ella y que apenas se los podía quitar de encima.
Pero no puedo sentir lástima por él, porque él fue uno de tantos que sí se acostaron con ella cuando estaba casada conmigo, en nuestra cama.
En el piso del centro de Madrid que se quedó ella tras el divorcio.
—Mira —le indico que se siente frente a mi escritorio—. Anoche estuve con mi novia en su casa. No he visto a Ana desde hace tiempo y te repito que la última vez que he hablado con ella fue cuando estuvo en el hospital, cuando yo llegué, ella ya se había ido. Es todo lo que sé.
—Está embarazada.
Aprieto los dientes porque ese es un tema complicado para mí. Así fue como me la jugó y como hizo que mucha gente cancelase los trabajos con mi empresa porque hizo correr la voz de que yo era el padre y que la había dejado tirada.
—Eso ya lo he oído antes.
—Es verdad, está de unos tres meses —me tiende una ecografía que me niego a coger—. Dime la verdad, ¿puede ser tuyo?
—No. No lo era la primera vez y no lo es esta vez tampoco.
Mira, Carlos… yo tengo un negocio, una vida y una novia increíble.
Lo último que quiero es tener problemas.
No sé qué os pasa a Ana y a ti, y sinceramente, me da igual.
Lo único que quiero es vivir mi vida, a poder ser sin teneros a Ana y a ti revoloteando a mi alrededor.
—Fuimos amigos.
No sé con qué intención lo dice, pero me molesta. O quizá lo que me molesta es el hilo de voz con el que habla, casi suplicante que lo único que consigue es encenderme la sangre.
—Sí, y te tiraste a mi mujer en mi propia cama —le escupo sin miramientos, apoyando las manos en el escritorio—.
En un piso que pagué yo y en el que ahora vives tan tranquilamente.
Aprendí la lección, Carlos. De verdad que lo último que quiero es tener algo que ver con vosotros dos.
No me vais a sacar más dinero, eso te lo garantizo.
Así que si ahora es cierto que hay un bebé por medio, ambos deberéis haceros responsables de él.
—Estoy aquí porque sé que Ana ha venido a este pueblo de mierda para estar contigo. Así que deja de mentirme. Dime dónde está.
Estoy a punto de responder cuando Laura entra muy alterada en el despacho y me mira nerviosa.
—Tienes que ir de inmediato a Casa Salvatierra. Me ha llamado Cristina. Ana está allí.
***
El mundo se detiene un milisegundo. No miro a Carlos.
No pienso. Salgo disparado del despacho y ni siquiera me paro antes de atropellar a Laura que se aparta en el último instante.
Escucho los pasos de Carlos corriendo detrás de mí, está gritando algo pero no soy capaz de procesarlo.
Todo lo que puedo hacer es pensar en llegar hasta Margarita.
Conduzco como un maldito loco. El trayecto hasta el restaurante se me hace eterno y no es más que un borrón ante mis ojos.
En cuanto llego a la finca me dirijo a la puerta principal de Casa Salvatierra y clavo el freno, derrapo sobre la gravilla y se levanta una pesada nube de polvo.
Salto del asiento sin molestarme en apagar el motor, sin cerrar la puerta.
Desde el exterior se oyen gritos y el estallido agudo de la vajilla haciéndose añicos .
En cuando entro, la boca se me queda seca. La escena es una puta pesadilla.
El suelo está lleno de cristales rotos, platos destrozados y comida esparcida.
Y en medio del caos está Ana. Parece desquiciada.
Sigue siendo una belleza, pero da miedo mirarla: el pelo le cae en mechones enredados, la ropa no está combinada, llena de arrugas y sus ojos…
Dios, sus ojos están completamente vacíos, fijos y desorbitados.
Y se me congela la sangre en las venas cuando veo que sostiene una pistola con las dos manos y apunta directamente a Margarita.
Mi chica, mi valiente novia, está pálida como la leche pero se mantiene firme, lo que hace que se me encoja el corazón. Sostiene a Bea detrás de ella y no parece que tenga la más mínima intención de apartarse de la línea de fuego.
—Ana —consigo articular. Intento usar un tono neutral, pero me tiembla la voz.
Ella gira la cabeza bruscamente hacia mí. Sus movimientos son erráticos y eso me asusta aún más. Ana siempre ha sido impredecible, pero ahora mismo… ahora mismo ni siquiera parece ser ella misma.
—Ah… has venido a salvar a tu putita, ¿eh? —Suelta una risotada estridente que se corta de golpe—. Mira qué bien, ya estamos todos.
Da un paso hacia Margarita y yo, instintivamente, doy un paso hacia ella.
—Ana, por favor. Mírame a mí. Baja eso. ¿De dónde coño has sacado un arma?
—¡Tengo mis recursos! —grita fuera de sí y el cañón empieza a oscilar de un lado a otro .
—Por favor… —suplico. El pánico me oprime de tal forma que apenas puedo respirar. Si le pasa algo a Margarita me muero ahí mismo—. Baja el arma. Hablemos tú y yo.
—¡No! —es más un bramido que otra cosa.
Y entonces todo sucede a cámara lenta. Veo cómo aprieta el gatillo justo después de oír un estruendo brutal. En las cuatro paredes del restaurante, el sonido se multiplica y me deja un pitido ensordecedor en los oídos. Una botella ha estallado salpicándolo todo de alcohol y cristales.
Las camareras gritan tapándose la cabeza.
Cristina llora, rota, escondida bajo una mesa.
Carmen se ha lanzado al suelo detrás de la barra.
Y yo solo puedo mirar a Margarita que sigue en pie, tiene los ojos cerrados con fuerza aunque varias lágrimas le recorren el rostro, sigue delante de su hermana Beatriz, pero ahora esta está pegada a la pared.
El olor a pólvora inunda el lugar y cuando la mano de Ana vuelve a alzarse, temblorosa, apuntando de nuevo al pecho de Ana, sé que no vamos a salir todos de aquí con vida.
—Ana, mírame —le ruego, doy otro paso intentando acortar la distancia—. No tienes que hacer esto. Mírame a mí, joder. Esto es entre tú y yo. Somos nosotros dos.
No quiero dejar de mirar a Margarita. Me arrepiento de no haberle dicho que la amo con todo mi corazón. Está aterrorizada, lo veo en el pulso salvaje de su cuello, en la tensión de su cuerpo, pero no va a ceder, no va a dejar de proteger a Beatriz.
Igual que yo no voy a dejar de intentar protegerla a ella.
—Ana —repito, al deslizar un pie hacia delante, los cristales rotos crujen en el suelo y en medio de este silencio, el sonido parece abrumador—. Olvídate de ellas. Esto es entre tú y yo. Como siempre ha sido.
—¡No! ¡Ya no es entre tú y yo! —grita ella.
Una lágrima le surca la mejilla—. Porque ahora está ella —vuelve a apuntar a Margarita.
—Os vi… anoche. Te seguí desde la oficina y os vi.
La besaste como si ella fuese todo tu mundo, como si no pudieses vivir sin ella…
la forma en la que la tocabas, en la que sonreíste… jamás me sonreíste a mí así.
Madre mía… está peor de lo que pensaba. Hay tal desesperación en su voz, una necesidad tan enfermiza que me revuelve el estómago.
—Ana… siempre me he preocupado por ti. Cuando tuviste el accidente de coche lo dejé todo por ir a tu lado —intento razonar mientras acorto la distancia con lentitud.
—Lo sé —me mira un instante—. Y después me dijiste todas aquellas cosas horribles. Me dijiste que no querías volver a saber nada de mí —se gira hacia Margarita—. ¡Y es por ella!
En ese instante, el sonido de unos pasos precipitados rompe la burbuja de tensión. Carlos cruza el umbral del restaurante a trompicones, frena en seco con los ojos desorbitados y ahoga un grito al ver a su mujer armada.
—¡¿Ana?! —exclama con la voz rota por la incredulidad—. ¡¿Pero qué coño estás haciendo?! ¡Baja eso ahora mismo!
Carlos ha cometido un error catastrófico. Su voz provoca algo negativo en la desquiciada mente de Ana, lo noto cuando la veo girar a medias, abre los ojos al verle, divide su objetivo entre Carlos y Margarita.
—No tengo que darte explicaciones. ¿Tú también has venido a protegerla a ella? ¿Qué tiene esta zorra que yo no tenga? ¡Yo soy más guapa!
En ese momento se golpea el vientre con fuerza y me estremezco.
—Ana, cariño… el bebé —Carlos le suplica y al hacerlo, Ana se rompe aún más .
—¡Nunca he querido un jodido bebé! ¡Nunca! Pero me convenciste, me dijiste que era lo que necesitaba… —me mira y otra lágrima cae de sus ojos—. Pero yo te necesito a ti.
Carlos da un paso hacia ella y Ana se distrae lo suficiente como para mi instinto animal de proteger a Margarita tome el control. Recorro los dos metros que me separan de Ana en una zancada, lanzando todo mi peso contra su brazo armado.
—¡Ricardo, no! —escucho el grito desgarrado de Margarita, pero aunque quisiera, ya es tarde para frenar.
Consigo atrapar la muñeca de Ana justo cuando ella nota mi movimiento y vuelve a apuntar a Margarita.
Su piel está helada y sudorosa, pero tiene más fuerza de la que yo esperaba, imagino que nacida de la pura locura que la ha traído hasta aquí.
Forcejeo con ella y el frío metal de la pistola me roza un par de veces.
Carlos se ha quedado paralizado, Margarita ha empujado a Bea al suelo, lejos de ella. Todo lo demás está borrroso para mí.
—¡Suéltame! —estoy a punto de arrancarle la pistola, pero en el último segundo afianza de nuevo su agarre sobre ella—. ¡No puedes dejarme! ¡No puedes dejarme, Ricardo!
Ana me araña la cara e intento aprovechar ese momento para arrebatarle el arma, pero ella dobla el dedo sobre el gatillo y pese a que intento desviar el cañón hacia el suelo, el estallido se produce antes de que lo consiga.
El fogonazo se produce a escasos centímetros de mi rostro y siento un impacto brutal, seco, que me corta la respiración cuando Ana y yo caemos al suelo.