Capítulo 44
Margarita
Ricardo se queda conmigo en el salón viendo una película hasta que Julieta entra por la puerta, está pálida y apenas es consciente de que no estoy sola. Sin embargo, tengo la sensación de que si le digo algo, se romperá en mil pedazos.
No sé qué está pasando con ella, ni qué pasa en su vida. Se cierra en banda cada vez que le preguntamos y solo conseguimos que nos diga que tiene que aguantar un año más. Es todo lo que dice: un año más, solo necesito un año más. Pero no nos dice por qué.
—No parece que esté bien.
Las palabras de Ricardo me revuelven el estómago porque son muy ciertas.
Estamos metidos en mi cama y él está tan tenso como la cuerda de un arco, así que me acurruco a su lado y apoyo la cabeza en su hombro.
—No, no lo está. Pero no sabemos qué podemos hacer. Desde que nuestra madre murió… algo cambió dentro de ella y a veces vemos a la chica que era antes, ¿sabes? —sonrío sin poder evitarlo—. No te haces una idea, era tan divertida… tan alegre como Bea. Era genial.
—No me imagino lo que es perder a tu madre —encoge un hombro—. Cuando mis abuelos murieron lo pasé muy mal, pero tenía a mis padres, a Marcos y a Fernando.
—A veces me asusta que jamás la recuperemos.
Que jamás vuelva a ser la chica con una sonrisa dulce en los labios.
Siempre ha sido un cerebrito, ¿sabes? Cuando descubría una historia que le llamaba la atención, se metía en la cama conmigo y Bea se unía y nos la contaba con tanta pasión que terminábamos igual de emocionadas que ella.
Cuando empezó todo esto del restaurante pensamos que la estábamos recuperando, pero ahora… es como si volviese varios pasos atrás.
—No sé qué consejo darte. Puedo hablar con Marcos para que intente sonsacarle algo, aunque con lo leal que le es, me extrañaría que me contase algo de lo que le cuente ella.
—No, no quiero que Marcos traicione su confianza. Ya la han traicionado demasiadas veces, además, soy su hermana mayor, debería poder venir a hablar conmigo.
—Bueno, como hermano mayor te diré que Marcos se calla muchas cosas, pero sabe que estoy ahí para él y Julieta sabe, sin duda alguna, que estás ahí para ella.
Sonrío y le beso en el pecho.
—Sé que no quieres tener sexo con mis hermanas en la misma casa, pero que sepas que me encanta que estés aquí.
—Y a mí me encanta estar aquí contigo, solo dame tiempo, ¿vale?
—Claro.
***
A la mañana siguiente, estoy preparando café cuando Julieta entra en la cocina.
—Buenos días, hermana.
Me sonríe y se sienta en la isla de la cocina.
—Buenos días, ¿qué tal anoche?
—Muy bien, solo dormimos porque le da un poco de reparo que estéis en la misma casa, pero ha sido genial.
Me siento genial y soy feliz —le explico mientras me siento a su lado y le tiendo una taza de café—.
Lo que me lleva a preguntarte, ¿cómo estás tú?
Claramente agotada —le paso el pulgar bajo sus ojos—.
Tienes ojeras. Sé que no quieres hablar de ello, pero no sé por qué no quieres hacerlo y la preocupación me consume. Intento dejarte tiempo y espacio, pero…
—Te quiero mucho, Marge —la miro y ella sonríe—. Estar en la oficina es duro, es muy duro, pero lo hago por un buen motivo, creéme. Sé lo que estoy haciendo y sé que puedo con ello, solo necesito un poco más de tiempo. Lo prometo.
—Está bien. ¿Y qué te parece que Ricardo se quede aquí?
—Ni me parece ni me deja de parecer —se encoge de hombros—.
Es tu novio, si tú quieres que esté aquí y él quiere estar aquí, por mí no hay ningún problema.
¿Por qué habría de tenerlo? Te hace feliz —me sonríe—.
Puedo verlo y la verdad es que me cae genial y le tengo cariño.
Por no hablar de que su hermano Marcos se ha convertido en mi mejor amigo, ¿sabes?
Así que creo que si ambos sentís lo mismo, sois afortunados y también creo que esta decisión te corresponde solo a ti, Marge.
Bea y yo te apoyaremos en todo, te has sacrificado toda tu vida por nosotras, dejarte estar con tu novio ni siquiera es un sacrificio porque es un buen hombre que nos cae genial —mira detrás de mí y sonríe—.
Y está muy bueno y verle medio en pelotas a primera hora de la mañana, es una alegría para la vista.
Yo me echo a reír y veo a Ricardo apoyado en el marco de la puerta, va solo con unos pantalones cortos de pijama y la verdad es que no puede estar más sexy. Tiene el pelo revuelto de dormir y le brillan los ojos.
—Gracias por el cumplido.
—De nada.
Julieta se pone en pie, se bebe el café de un trago y cuando se acerca a él, le besa en la mejilla.
—Por mí, puedes pasearte en pelotas siempre que quieras.
Me echo a reír y Ricardo, lejos de sonrojarse, marca bíceps y le guiña un ojo. Lo que la hace reír.
Siempre ha hecho reír a Juls y eso hace que me tiemble el corazón de emoción. Acepta a mis hermanas y les tiene cariño, se preocupa por ellas y eso para mí es muy importante.
—Buenos días, encanto.
Me abraza con ternura cuando nos quedamos solos y no puedo evitar quedarme embobada mirándole. Es un hombre muy guapo y atractivo y tiene un cuerpo de escándalo, pero lo que me hace sentir va más allá de la atracción física.
—Estoy enamorada de ti.
Las palabras me salen solas, no las pienso y no me arrepiento lo más mínimo.
Ya hace tiempo que sé que le quiero, pero quizá ha sido en este preciso instante, después de verle bromear con Juls, cuando me ha abrazado como si su lugar fuese esta casa y el mío estar entre sus brazos, cuando he comprendido que le quiero de verdad.
Que es más que cariño y preocupación. Que es AMOR, de ese que se escribe con letras mayúsculas y que se siente en cada célula del cuerpo.
Que verle siempre me hace sonreír y que cuando me mira, todo mi ser se revoluciona.
Que sus besos hacen que me olvide del mundo y que sus abrazos, su comprensión y su forma de preocuparse por mí, me hacen sentir que puedo con todo.
Que aunque tengamos problemas, y soy muy consciente de que los habrá, porque todo el mundo los tiene y al fin y al cabo la vida es así, podremos con ellos.
Juntos.
Su mirada se ha oscurecido y sus brazos me rodean con más fuerza, quizá le he asustado.
Pero hemos acordado que seríamos sinceros el uno con el otro siempre, que no habría más suposiciones ni más medias tintas.
Que si había algo que decir, se diría. Y entre los dos encontraríamos la manera de lidiar con ello.
Cojo aire, lo expulso despacio y me alzo sobre las puntas de mis pies para besarle en los labios.
—Solo quería que lo supieses —le informo porque aún no ha dicho nada—. No tienes que responder y por favor, no lo digas si no lo sientes. Pero quería ser sincera y decirte lo que siento. Jamás me he sentido así con nadie, siento que a tu lado puedo ser yo misma. Así que sí, te quiero.
Y cuando abre la boca para decir algo, Bea entra como una exhalación en la cocina.
—¡Joder! —la miro y ella se frota los ojos—. Guauuu —mira de arriba abajo a Ricardo y le silba como si fuese un marinero—. ¡Estás buenísimo!