No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1) Capítulo 43
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Capítulo 43

Ricardo

Cuando me despierto, Margarita ya ha salido de la ducha y está haciendo el desayuno.

Esta mujer va a acabar conmigo, desde que estamos juntos, duermo menos que cuando era un adolescente que me quedaba hasta las tantas hablando y jugando con mis amigos.

Pero es lo lógico, anoche vinimos en mi coche, así que tengo que llevarla al trabajo antes de que yo vaya al mío.

Aún me siento un poco imbécil por ser tan torpe al dejarle espacio en mi armario para sus cosas, no sé si la idea le hace gracia o no, porque cuando sentí que la conversación se me iba de las manos, simplemente la lancé sobre la cama e hicimos el amor hasta que se quedó casi inconsciente.

Joder. ¿Y si no quiere dar ese paso? No es que le proponga que se venga a vivir conmigo, aún es pronto para eso, pero si tuviese algunas cosas aquí, todo sería más sencillo.

Y podría quedarse más noches de las que lo hace, porque la verdad es que la echo mucho de menos y cuando no está conmigo me cuesta la hostia quedarme dormido.

—Buenos días, tío bueno.

Suelto una carcajada y la miro con anhelo. Está preciosa. Bueno, como cada día.

—Alguien se ha levantado de buen humor.

Señala con la cabeza mi erección y sonrío con picardía.

—Me levanto así cada día que estás aquí. Ven.

—Nooooo —responde riendo, —si voy, llegaré tarde y Bea me hará alguna trastada para vengarse.

Me lanza un beso y justo antes de salir de la habitación, me mira por encima del hombro.

—El desayuno está casi listo.

—Voy.

Me levanto casi de un salto y me meto en la ducha, es cierto que duermo menos, pero me levanto con más energía. Por no hablar de mi libido, que desde que conocí a esta mujer está por las nubes.

Cuando salgo con una toalla enredada en las caderas, Margarita me está esperando desnuda en la cama.

—He pensado que si desayunamos en el coche, podríamos sacar unos quince minutos.

Ni me lo pienso .

Me lanzo de cabeza a por ella que se parte de la risa. Pero es que no lo puedo evitar, toda ella me tienta como las sirenas a los marineros. Su cuerpo es una delicia y me encanta oír su voz mientras hacemos el amor. Se entrega totalmente a mí y eso me pone muchísimo.

Nos damos una ducha juntos y de nuevo maldigo porque esta ducha no está pensada para dos personas.

Margarita no deja de reírse de mí y de ponerme los dientes largos con el cuarto de baño de su casa.

Pero ese es un paso que aún no hemos dado, adoro a las chicas, ese no es el problema, pero no sé si me sentiría muy cómodo sabiendo que están al otro lado del pasillo y una vida de celibato durmiendo con Margarita es imposible.

Cuando la acompaño hasta la puerta del restaurante, la beso poniendo en ello toda mi necesidad. Voy a echarla de menos, entre su trabajo y el mío, apenas tenemos tiempo, por no hablar de que debe dormir un poco más, cada vez la veo más cansada.

—¡Buscáos un hotel!

El grito de Beatriz me hace reír, le guiño un ojo y ella sonríe. Después entra en el restaurante de nuevo y yo miro a Margarita.

—Te llamaré esta noche.

—Vale —mete las manos por debajo de mi camiseta y me acaricia el vientre con las uñas.

Gruño y ella sonríe—. Me encantaría dejar algunas cosas en tu casa —hace un mohín que me preocupa—, pero no sé si te sentirás a gusto, ¿qué tal si vamos poco a poco?

Quizá empezar por… ¿unas zapatillas? O quizá un pijama… no sé, algo así.

—¿Y para qué quieres un pijama? Pretendo que sigas durmiendo desnuda.

Se echa a reír y me besa en el pecho.

—No todos los días del mes puedo dormir desnuda .

Tardo un minuto entero en darme cuenta de lo que habla y entonces caigo en a qué se refería hace un momento también.

—Ah… lo pillo. Crees que si traes compresas, tampones o lo que uses, me voy a poner histérico —ella encoge un hombro y baja la mirada—.

Estuve casado, encanto, ya sé cómo van esas cosas.

Solo lo he olvidado un momento, y no, no me voy a poner histérico.

Quiero que tengas ropa para no tener que venir media hora antes o que vayas a trabajar con la ropa del día anterior.

Pero esto tiene que ser fácil para ti también, así que iremos al ritmo que tú marques.

Me sonríe y me abraza aún por debajo de la camiseta.

Al cabo de un minuto, me besa y se despide mientras va corriendo hasta la casa para cambiarse de ropa, volver al restaurante y empezar su día.

Yo me voy al trabajo y me paso la mañana completamente distraido pensando en cómo me hace sentir el hecho de que la relación vaya tan en serio.

***

Por la noche, los chicos vienen a casa a ver el partido.

Fernando ha traído unas pizzas del local de Samuel y Marcos ha traído unas cervezas.

La verdad es que está bien tener una noche de tíos y ya hacía que no teníamos una. Lo pasamos de maravilla viendo el fútbol, comentando las jugadas, silbando con las faltas a nuestro equipo y celebrando cada gol como si fuésemos quien lo ha marcado.

Cuando llega el descanso, saco de la nevera una de las tartas que nos trajimos anoche del restaurante.

—Esto está bien .

Miro a Fernando con el ceño fruncido y espero a que siga hablando.

—Pensé que ahora que estás emparejado, estas noches se terminarían.

—Ya he estado casado y nunca habías dicho nada.

Me mira y bufa, Marcos sonríe, pero la verdad es que yo no lo pillo.

—Porque casado o no, lo que tenías con Ana no era serio.

Venga ya, tío, si cada viernes organizabas una partida, o eras tú quien decía de ir a algún sitio.

Pero ahora con Margarita es diferente —alza ambas manos—.

Y lo entiendo, la chica es de diez. Pero además es que creo que ahora sí que vas en serio.

Y lo primero que me viene a la cabeza es lo que pensé esta tarde: voy tan en serio que no sé si es suficiente con que traiga alguna de sus cosas a mi casa porque quiero más.

—Voy muy en serio con ella —miro a mi hermano y a mi mejor amigo—. Y tienes razón, lo de Ana fue un error, lo que siento por Margarita no tiene nada que ver con lo que sentía por mi ex mujer. De hecho, le he pedido que traiga algunas cosas para cuando se queda aquí.

Mi hermano escupe la cerveza y Fernando sonríe y asiente con la cabeza.

—¡Pero si lleváis dos días!

A Marcos no le falta razón. Llevamos muy poco tiempo, pero yo no necesito más tiempo, bueno, sí. Necesito más tiempo con ella porque lo que tenemos ahora no es suficiente ni de coña. Quiero más. Lo quiero todo.

Sin embargo, aún no estoy listo para decirlo en voz alta, así que simplemente me encojo de hombros y bebo un poco más de cerveza .

Cuando los chicos se van un rato después de acabar el fútbol, me doy cuenta de que no quiero estar solo en este piso.

Joder, no es solo por acostarme con Margarita, que también, es porque me gusta estar con ella.

Me gusta dormir a su lado, acariciarle la piel cuando duerme, olerle el pelo, sentirla a mi lado.

—A la mierda.

Preparo una bolsa con un par de cosas para mañana y antes de pensar en lo que hago, me dirijo a su casa. A estas horas, el restaurante ya habrá cerrado y si no se ha quedado dormida en el sofá, estará revisando algo con Bea.

Llego antes de lo que contaba. Y no es que tenga prisa por verla.

El timbre suena y me pongo nervioso, pero cuando me abre la puerta, no puedo —ni quiero—, lanzarme a sus labios y besarla como si hiciese un año que no la veo.

—He estado pensando —le digo con la frente pegada a la de ella—, que no es justo que te pida que traigas cosas a mi casa si yo no soy capaz de pasar la noche en la tuya.

Así que me he traído ropa para mañana y si me dejas, quiero dormir contigo.

Quiero que sepas que me tomo esto en serio, que esto es para los dos.

Para mí es importante que tengas tus cosas en mi casa, pero es igual de importante que yo pueda quedarme en la tuya.

Su sonrisa me dice todo lo que tengo que saber.

Me besa de nuevo y antes de darme cuenta, la tengo empotrada contra la pared y si no fuese por los silbidos de Bea, ahora estaríamos protagonizando una escena no apta para menores.

—Duermo con tapones para los oídos, así que podéis hacer todo el ruido que queráis —me guiña un ojo y Margarita se sonroja de la cabeza a los pies—.

Pero Juls aún no ha llegado, así que a lo mejor deberíais comportaros en las zonas comunes —me lanza un beso—.

Buenas noches, me alegro de que hayas venido .

Sube las escaleras y no es hasta que pasan unos segundo que caigo en lo que ha dicho.

—¿Julieta aún no ha llegado?

—No —Margarita suspira—. Y me tiene cada día más preocupada.

Miro el reloj y frunzo el ceño.

—El último tren llegó hace una media hora.

—Lo sé, tiene el coche de Bea —se frota las manos—. Vamos a tener que comprar otro porque obviamente el mío quedó para el desguace.