No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1) Capítulo 42
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Capítulo 42

Margarita

—¡Madre mía! —exclamo llevándome las manos a la boca—, ¡la feria ha sido todo un éxito!

Julieta me mira sonriente y asiente mientras Bea aún está boqueando como un pez.

La verdad es que jamás me imaginé que pudiésemos sacar tantos beneficios de algo así, a ver, ya desde el primer día se veía que la afluencia a la feria era una barbaridad, yo misma atendí a turistas ingleses, franceses, italianos y a un par de americanos.

Y por lo que sé, Bea también tuvo que desempolvar sus conocimientos de idiomas.

—Pues sí —nos confirma Juls—. La feria ha sido todo un éxito, entre lo que habéis ingresado, lo que podemos desgravar y la publicidad que ha supuesto el boca a boca…

debéis estar muy orgullosas de vosotras mismas, hermanas —nos dice llena de orgullo—.

Además he consultado con Cristina y con Carmen las reservas de las próximas semanas y estáis a tope todo el verano —mira a Bea con un mohín—, no sabía que ahora celebrábamos banquetes también.

Bea se encoge de hombros y suspira.

—¿Qué querías que hiciera? Me preguntaron delante de todo el mundo, al parecer sus padres habían venido a comer al restaurante y les pareció el sitio perfecto —se encoge de hombros.

—No va a ser nada exagerado, son apenas ochenta invitados y yo creo que si nos organizamos un poco, con la cantidad de terreno que tenemos, podemos alquilar unas colchonetas o algo así.

Tendríamos que mirarlo claro, pero… ¿es tan malo que hagamos esta comunión?

Julieta sonríe y niega con la cabeza.

—Claro que no. Es una idea excelente, pero me gustaría haberlo sabido antes para prepararlo con antelación, la verdad es que no pensé en celebraciones de este tipo cuando nos embarcamos en esto.

—No les di un precio cerrado, solo les confirmé que podría ser sin problema —se justifica Bea aunque no es necesario—.

Tenemos un par de días para buscar la información y todo eso y hacer los presupuestos, ya sé que tú no puedes —mira a nuestra hermana pequeña—, pero nosotras sí que podemos hacerlo, por las tardes tenemos un par de horas que podemos aprovechar para…

Juls alza la mano y nos mira.

—Ya tengo un par de presupuestos y ya he hablado con la gente del pueblo para saber en qué precios movernos, prefiero que os centréis en vuestra parte que es cocinar y atender a los clientes.

Lo hacéis de maravilla y debéis descansar cuando podáis, las dos habéis perdido peso y no llevamos ni un mes abiertos.

—¡Le dijo la sartén al cazo!

Me echo a reír por el comentario de Bea, la verdad es que ambas tienen razón. Las tres hemos perdido algo de peso y estamos más cansadas de lo que parece. Pero yo tengo la confianza de que es algo pasajero, que cuando nos estabilicemos todo irá mejor.

Además, Julieta nos ha dado la excelente noticia de que podemos contratar a dos personas más, lo que nos aliviará bastante el trabajo.

Uno de ellos es un ayudante de cocina, por lo que estará con Bea y conmigo todo el día.

Acaba de salir de la escuela de Hostelería y está muy verde, pero tiene mucho ánimo, ganas de aprender y buena disposición. Con eso ya empieza con buen pie.

—Bueno, hay otro tema sobre la mesa.

Las dos me miran y me tenso un poco. No tengo ni idea de a qué se refieren.

—En dos semanas es tu cumpleaños —abro los ojos porque no me había acordado—. ¿Cómo vas a querer celebrarlo?

—Yo había pensado en un fin de semana de spa para las tres —miro a Bea que me sonríe con todo su encanto.

Esta chica es adicta a los spa. A ver, que no digo yo que no sean una maravilla, las cosas como son.

—Me parece bien.

—¿Y qué pasa con Ricardo?

Miro a Julieta y parpadeo sin saber cómo responder a eso.

—Quiero decir, ¿le parecerá mal que pases todo el fin de semana con nosotras? Apenas tenéis tiempo para estar juntos y… bueno, ni Bea ni yo queremos ser una molestia.

Juro que me duele el corazón cada vez que miro a mi hermana pequeña. Es tan buena, tan dulce, cariñosa y siempre está tan pendiente de todo el mundo que no puedo evitar enfurecerme por todas las desgracias por las que ha tenido que pasar y pese a todo, ahí está…

—Te quiero muchísimo, Juls —le cojo la mano y cojo también la de Bea—.

A las dos, os quiero muchísimo. No sé si Ricardo se molestará o no, pero lo hablaré con él, aunque el hecho de tener pareja no quiere decir que os vaya a dejar de lado.

La idea de un spa para las tres me parece genial. ¿Te encargas tú, Bea?

Mi hermana asiente y tras una sonrisa, coge el móvil y empieza a teclear con rapidez.

—Queremos que seas feliz, Marge. Este es tu momento.

Las palabras de Julieta me acompañan el resto del día.

Es cierto que he renunciado a muchas cosas por quedarme con mis hermanas tras la muerte de mi madre, pero no cambiaría absolutamente nada. Ellas son mi mundo entero. Y si tuviese que volver a hacerlo, lo haría sin dudar.

***

En cuanto se sirve la última cena en el restaurante, Bea y yo nos quitamos los delantales y empezamos a recoger la cocina.

Las dos estamos hechas polvo. La verdad es que esperábamos que después del boom de la feria, tendríamos un par de días algo más relajados, pero ha sido todo lo contrario.

Llevamos tres días que llenamos el salón tanto para las comidas como para las cenas.

No puedo evitar sentir orgullo por nuestro trabajo, el pueblo nos está apoyando muchísimo, pero tenemos que estar haciendo algo bien si los turistas que pasan por aquí siempre paran en Casa Salvatierra.

También tenemos que tener en cuenta algo que ninguna de las tres pensó en su momento y eso son las redes sociales.

Los clientes vienen, hacen reseñas, ponen fotos, se cuelgan vídeos y tenemos unas críticas increíbles.

—Vete ya si quieres —Bea me da un azote con uno de los paños de cocina y sonrío—. Llevas aquí dos horas más que yo. Yo termino y me quedo con Cristina hasta que haga caja.

Ufff, quiero negarme, de verdad que quiero.

Pero es que estoy molida, sé que Bea no es que esté descansada precisamente, pero he tenido que hacer malabarismos para hacer frente a la afluencia de clientes con los que no habíamos contado.

De hecho, hoy he tenido que ampliar la carta por falta de algún ingrediente.

Salgo de la cocina sin fijarme por dónde voy cuando me choco con una pared que no debería estar ahí.

—Hola.

—Hola —susurro mientras me acurruco entre sus brazos que no tardan en rodearme.

—Pareces agotada —alzo la mirada y asiento como una cría—. ¿Demasiado para pasar la noche conmigo?

Me alzo sobre las puntas de los pies y le beso. Me encanta besar a Ricardo, es como si el mundo desapareciese para mí, solo estamos él y yo.

—No prometo nada, pero me encantaría pasar la noche contigo. Te echo de menos.

—Y yo a ti —me da un beso tierno en los labios—. Pero ya me han contado que esto ha estado a tope toda la semana, por eso había pensado que quizá un masaje y ver una peli juntos podía venirte bien.

—Eso suena genial.

Tras despedirme de mi hermana, me voy con Ricardo. En pocos minutos estamos en su piso y tal y como ha prometido, en cuanto me siento en el sofá, me quita las sandalias y con un poco de aceite en las manos empieza a darme un masaje en los pies.

—Tengo que contarte algo —murmuro con los ojos cerrados—. La semana que viene es mi cumpleaños y las chicas y yo vamos a pasar el fin de semana en un spa, ¿te molesta?

—¿Y por qué iba a hacerlo? —abro los ojos y le miro—.

Margarita, que estemos juntos no quiere decir que debas dejar de lado a tus hermanas —se encoge de hombros—, yo paso mi cumpleaños con mi familia, hacemos churrasco y Marcos, Fernando y yo jugamos al fútbol con los vecinos de enfrente.

¿A ti te molesta que quiera hacerlo este año también?

—niego con la cabeza—. Perfecto. Aunque sí que voy a tener que planear un cumpleaños que celebraremos tú y yo a solas —alza ambas cejas y me echo a reír—. Me encanta cuando ríes feliz.

—Porque soy feliz.

Y es totalmente cierto.

El restaurante va genial, mi relación con Ricardo es increíble aunque apenas tenemos tiempo de estar juntos y mis hermanas están felices. Ahora mismo, para mí, la vida es genial. Absolutamente genial.

—Bueno, cuéntame qué tal tu día.

Siempre que estamos un rato juntos le pido que me cuente cómo le va el día porque me encanta oírle hablar de sus proyectos. La ilusión y la pasión con la que me los explica siempre me pone la piel de gallina. Y siempre me hace sonreír.

Tras picar algo de lo que tiene en la nevera, me doy una ducha y me voy a su cama.

Ricardo me está esperando pero frunzo el ceño cuando le noto nervioso.

—¿Pasa algo ?

Me mira y suelta el aire que estaba reteniendo muy despacio. Ahora soy yo la que está nerviosa.

—Quería hablar contigo sobre algo.

—Esas palabras nunca han traído nada bueno.

—No, no es malo, bueno, espero que no sea malo, en realidad yo creo que no es malo, más bien es algo bueno, es decir, para mí sería algo cojonudo, la verdad.

—Ricardo. Al grano.

En vez de decir nada, se levanta y abre uno de los cajones de su cómoda y después abre las puertas del enorme armario empotrado que tiene en su habitación. En ambos hay espacios completamente vacíos, a ver, no es que él tenga mucha ropa, pero me parece que nunca han estado así.

—No lo entiendo.

Se frota la nuca y se me van los ojos a sus fuertes bíceps. No puedo evitarlo, tiene el cuerpo de un dios griego y me encanta admirarle.

—Quiero, es decir, si tú también quieres… bueno, pues había pensado que a lo mejor podrías traer algunas de tus cosas.

Vaya. Eso no me lo esperaba.

—Te parece pronto —sentencia cuando al cabo de unos segundos yo sigo sin decir nada—. Lógico. Mira, ¿sabes qué? Olvídalo.

—No quiero olvidarlo.

Me pongo en pie y le rodeo el cuello con los brazos, después le muerdo ligeramente en la mandíbula.

—Así que quieres que traiga alguna de mis cosas, ¿qué me propones exactamente ?

—Es algo práctico, así cuando pases la noche conmigo no tienes que levantarte media hora antes para pasar por tu casa y vestirte para el trabajo.

—Algo práctico…