No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

Ricardo

El primer día de la Feria Medieval de Valdearenas ha llegado demasiado pronto.

Los chicos y yo nos hemos roto los cuernos preparando todos los puestos para que nuestros comerciantes puedan exponer su género y convencernos a los locales y a los turistas de que debemos pararnos y comprar algo.

La verdad, no creo que sea muy difícil porque todo tiene una pinta increíble.

El ayuntamiento ha invertido mucho este año en que todo sea mejor que en años anteriores, y la verdad, teniendo en cuenta la cantidad de turismo que trae al pueblo, lo entiendo.

Los beneficios son inmensos y muy necesarios para una localidad tan pequeña como es Valdearenas.

Estoy esperando a mis padres y a mi hermano.

Anoche, cuando llegué a casa después de montarlo todo, llamé a mi madre y de forma torpe y brusca me disculpé con ella, sé que aún tenemos una conversación pendiente y ella también lo sabe, pero el primer paso está dado y eso es lo que importa.

Porque Margarita tiene razón, mis padres se han equivocado, pero jamás nos han hecho daño a propósito, hacían lo que podían y siempre nos han querido, de eso nunca hemos tenido ninguna duda.

Y tenía razón en otra cosa, ellos aún están aquí con nosotros.

Las hermanas no pueden decir lo mismo, a ellas no les queda nadie en el mundo.

Cuando les veo aparecer, me fijo en que mi madre parece cambiada, ya no le brillan los ojos e incluso parece un poco más pequeña y frágil y darme cuenta de cuánto daño le he hecho hace que me duela el pecho.

Ni siquiera pienso en lo que hago, solo me acerco a grandes zancadas y la rodeo con mis brazos levantándola del suelo, no tarda en abrazarme también y en besarme en la mejilla.

—Te quiero, mamá. A veces soy un bruto y no me doy cuenta de algunas cosas, pero te quiero.

—Ay…

Sus ojos se llenan de lágrimas y la aprieto contra mi pecho para que nadie la vea llorar. Rosa Martínez es mucha Rosa y nadie tiene por qué verla en estos momentos. Mi madre odia ser vulnerable. Miro a mi padre y la aprobación que veo en sus ojos me llena de orgullo.

—Lo siento mucho, hijo —miro a mi madre que aún está llorando—. Siento muchísimo haberme equivocado tantas veces, siento haber ido a hablar con Margarita, que por cierto, es un tesoro… y siento haber sido tan mala madre y…

—No —la corto—. No hay nada que sentir. Has hecho lo que has podido y Marcos y yo hemos estado bien, no podemos y no debemos quejarnos de nada.

En cuanto a Margarita, sí es un tesoro —no puedo evitar la sonrisa tonta que se me forma al pensar en ella—.

Volvemos a estar juntos, mamá. Y la quiero, ¿sabes?

No como quería a Ana, la quiero de verdad. De la forma correcta.

—Eso me hace muy feliz, cariño.

Mi madre se limpia las lágrimas y yo entrelazo mi brazo con el suyo y tras recibir una palmada en la espalda por parte de mi padre, no ponemos en marcha hacia los primeros puestos de la feria.

La verdad es que es increíble. Ya no caminamos sobre los adoquines de las aceras, si no sobre paja y tablas de madera. Hay puestos por todas partes, bufones entreteniendo al público con sus malabares, hay un par de trovadores y música en directo.

A lo largo del día habrá teatro callejero, exhibiciones de aves rapaces y a las afueras del pueblo, una justa entre caballeros. Y así serán los cuatro días que dure la feria.

Llevo a mi madre hacia el puesto de Marta que está atendiendo con una enorme sonrisa a unos turistas, cuando nos ve, sonríe, nos guiña un ojo y nos pide un poco de paciencia. Cuando se queda libre, le pido una corona de flores para mi madre y yo mismo se la coloco. Mi madre se vuelve a emocionar.

Caminamos sin prisa de un puesto a otro. En el puesto de la panadería del pueblo no podemos evitar comprar un par de bollitos de pan rellenos de chorizo casero. También compramos en otro puesto un par de vasos de vino ligero para acompañar.

Y finalmente llegamos al puesto de las hermanas Salvatierra.

Margarita está hablando en un perfecto inglés con una pareja y estos se echan a reír con ganas antes de recoger dos bolsas enormes con comida. Cristina, que hoy le hace compañía en el puesto, la mira con admiración y sonríe al resto de los que esperan probar algunas de las recetas expuestas.

** *

En cuanto Margarita nos ve, sale del puesto y viene a saludarnos, parece un poco tímida así que tomo la decisión por ella, la atraigo a mis brazos y la beso en los labios. Se sonroja de la cabeza a los pies y no puedo evitar sentir un ramalazo de orgullo al hacerla sentir así.

Me encanta saber que la pongo nerviosa, que cuando la beso, todo su cuerpo se revoluciona. Lleva un traje típico de la época que hace resaltar su figura y que es una tentación constante.

Desde que hablamos en la cocina de su casa y después nos fuimos a su habitación, apenas nos hemos visto, la preparación de la feria ha consumido todo nuestro tiempo, aunque hemos hablado y nos hemos mandado unos mensajes de lo más excitantes.

—Hola, tesoro.

Mi madre le sonríe y Margarita la abraza con cariño, después le da un beso en la mejilla a mi padre.

—Me alegra mucho veros —les sonríe de verdad.

En estos días, pese a la locura que ha sido organizar la feria y atender en el restaurante, Margarita encontró tiempo para presentarse en casa de mis padres, les llevó una tarta Red Velvet de Bea y hablaron largo y tendido sobre muchas cosas, o esa fue la versión que ambas me han dado porque se niegan a entrar en detalle. Lo que sé, es que mis padres la adoran.

—¿Has visto a Marcos? —le pregunto a Margarita y ella suspira.

—Ha ido a Madrid a buscar a Julieta —se apoya en mí y eso me hace sentir bien, quiero ser eso para ella—.

Su jefe… bueno, no entendí muy bien qué ha pasado, ya sabes cómo es con su trabajo, el caso es que había pedido estos cuatro días, pero al final está tr abajando.

Marcos llegó hará una hora y cuando se lo dije, se fue derecho a buscarla.

Mis padres se miran entre ellos y sé que no terminan de entender lo que hay entre Julieta y mi hermano. Pero es porque no han estado con ellos el tiempo suficiente. No hay ni una sola pizca de atracción entre ellos, cariño sí, muchísimo. Pero se comportan como hermanos, eso es todo.

Charlamos de algunas cosas sin importancia y Margarita les explica a mis padres que la recetas, aunque están un poco mejoradas, son tradicionales de la época.

Como no podía ser de otra manera, Julieta ha hecho un estudio muy completo sobre el tema y le entregó a sus hermanas los platos típicos de la época para que los recreasen.

—Huele todo de maravilla —comenta mi padre—. Sé que es pronto, pero me ha entrado hambre.

Margarita le tiende una escudilla de barro con una pequeña cuchara de madera.

—Es un guisado de cordero con romero y miel.

Y creo que el morteruelo serrano de conejo también te va a gustar.

En aquella época solían servir la comida sobre gruesas rebanadas de pan duro —nos explica con una sonrisa—, pero aunque esto sea una recreación, las medidas sanitarias son igual de válidas y preferimos usar el barro.

Mis padres sonríen y yo también. Es maravilloso ver la emoción en sus ojos.

Todos probamos varios de los platos expuestos porque la verdad, es imposible negarse a ello y lo regamos con el vino especiado del puesto de al lado. El pan de centeno de la panadería es otro gran acierto.

Se ve que Margarita está disfrutando, ahora nos ha dejado a nuestro aire mientras ella se encarga de atender a los clientes que no hablan español. Me sorprende saber que se defiende perfectamente en inglés y en francés y me pone mucho además, no puedo evitarlo.

Lleva la falda de lino sujeta a la cintura con un gran alfiler y se puede ver la camisa larga que le llega hasta los tobillos.

No tiene escote pero la silueta de sus pechos se aprecia pese a la saya de color verde oscuro y los cordones laterales que se la ajustan al cuerpo.

El delantal el rodea la esbelta cintura y la toca de lino blanco le cubre el cabello trenzado.

La verdad es que está preciosa.

Sé que Maricarmen, cuñada del alcalde, las ha ayudado con el vestuario y que Bea, pese a todo el trabajo en el restaurante, se ha pasado bastante tiempo con ella ayudando a diseñar los trajes y a coserlos. Estas hermanas tienen talento en todo lo que hacen.

El orgullo que siento al mirar a Margarita no es más que otra certeza de que es la mujer de mi vida. Jamás me sentí así con Ana.