Capítulo 40
Margarita
Se me ha cortado la respiración cuando ha tirado de mí y me he chocado contra él, pero al instante me he dejado llevar porque si hay un lugar en el que siempre voy a querer estar, es aquí: entre sus brazos.
Con mi rostro oculto en su cuello donde puedo saborear la calidez de su piel.
Donde su olor me embriaga y me hace sentir a salvo, segura.
Capaz de todo. Donde la soledad ya no forma parte de mí.
No sé cuánto tiempo nos abrazamos, pero cuando sus brazos dejan de aferrarse a mí, me obligo a mirarle a los ojos.
—Ven conmigo, dentro no hace tanto calor.
—Lo siento.
Le enmarco el rostro y sonrío.
—No tienes nada que sentir.
—Margarita… yo…
—No —le pongo un dedo en los labios—. De verdad, no tienes nada que sentir. Me ha encantado que me abraces, puedes hacerlo siempre que quieras.
Suelta el aire con fuerza y yo tiro de él hacia el interior de la casa.
Bea ya ha preparado la isla de la cocina con un par de platos que ha traído del restaurante, cuando Marcos la llamó, se puso a ello con mucha concentración, no me dijo ni una palabra hasta que Marcos llamó al timbre de casa y entonces me dijo que tendría que ir a buscar al imbécil redomado que me había dejado y que estaba en el coche comportándose como un niño pequeño.
Y me hizo reír. No le falta razón, Ricardo ha estado evitándome y el hecho de que se quede en el coche es un poco infantil, pero tampoco se lo voy a tener en cuenta porque las cosas entre nosotros son muy intensas y comprendo que prefiera la distancia.
Entramos en casa y oímos las risas de Bea y Marcos en el salón grande, apenas usamos esa estancia, la verdad. Así que Ricardo y yo nos dirigimos a la cocina y después de lavarse las manos, se sienta en la isla y me mira.
—Gracias por tomarte la molestia. Podía haber ido a comer a otro sitio.
Me apoyo en la encimera, lejos de él y le miro.
—Eso me ofendería —suspiro y me obligo a pronunciar las palabras—. Ambos vivimos en el pueblo, Ricardo. No podemos seguir así. Lamento muchísimo haber sido tan egoísta y tan mala persona …
—Espera, ¿qué?
—No, deja que termine —aprieta los dientes—.
Lamento muchísimo haber permitido ser el centro de la relación, haber sido tan tan egoísta y egocéntrica como para no darme cuenta de que me estaba comportando así, de que no te estaba ofreciendo nada a cambio de tu generosidad, de tu paciencia y de todo lo que hacías por mí.
—Margarita, eso no es…
—Por favor. —Le corto—. No se me da bien disculparme, deja que termine —cuando asiente, yo sigo hablando—.
Ahora sé que mi comportamiento debió recordarte a tu matrimonio con Ana.
Ojalá me hubiese tomado el tiempo necesario para hablar contigo sobre ti, sobre tu pasado y quizá no habría cometido tantos errores.
Pero no puedo cambiar el pasado, Ricardo.
Lo que te dije aquel día sigue siendo cierto, te deseo toda la felicidad del mundo, porque te la mereces, porque yo… porque yo…
No soy capaz de hablar más, las lágrimas empiezan a caer por mi rostro y cuando me doy cuenta, Ricardo está delante de mí, limpiándolas con sus pulgares.
—No sé de qué demonios estás hablando —me dice con esa voz ronca tan sexy—. Si no te conté nada de mi matrimonio es porque no hay nada que contar. Y jamás has sido egoísta ni egocéntrica —entonces me mira con atención—. ¿De verdad crees que me alejé de ti por algo que hiciste?
Asiento con la cabeza y él me atrae a sus brazos de nuevo.
—No, cariño. No fue por eso. Fue porque soy un puto cobarde que dudé durante un instante, el tiempo justo para que salieses de mi apartamento y…
joder, me arrepentiré toda mi vida de no haberte retenido, de no haber tenido una discusión de las buenas, con gritos, lanzando platos y demás y después, haber terminado en mi cama con una sesión de sexo salvaje para hacer la paces .
Suelto una risita y él me alza el rostro.
—Tú no has tenido la culpa de nada, Margarita.
De nada. Todo el mundo me decía que era un error estar contigo, que eras una clienta, que todo saldría mal de nuevo —coge aire y lo expulsa con fuerza—.
Ana, mi ex mujer, también fue una clienta.
Y las cosas salieron muy mal. Aquel día, cuando viniste a casa, simplemente exploté, llevaba semanas escuchando todo tipo de comentarios al respecto y no lo gestioné bien.
Y después… la culpa y la vergüenza pudieron conmigo, cuando hablamos en el jardín…
no sabía cómo disculparme, cómo arreglar las cosas, como pedirte perdón sin parecer aún más imbécil.
Yo sigo llorando como una idiota, pero sus palabras me están haciendo tanto bien… tenerle cerca de mí, con su cuerpo pegado al mía, con sus manos sobre mi rostro.
—Siento ser tan imbécil —susurra muy cerca de mis labios—. Siento en el alma no haber sabido retenerte. Lamentaré toda mi vida haberte hecho llorar y lamentaré toda mi vida, haberte perdido.
Le rodeo el cuello con mis manos y le atraigo a mis labios, porque necesito besarle, necesito sentirle aún más cerca, necesito… le necesito a él. He demostrado que puedo vivir son él, pero es que no quiero hacerlo.
***
No sé durante cuánto tiempo nos besamos, solo sé que tenerle de nuevo conmigo es como ver el más hermoso amanecer.
Finalmente rompe el beso y apoya su frente en la mía.
—Sé que no tienes nada que ver con Ana, lo sé, te juro que lo sé. Pero me he pasado todo este tiempo esperando a que me la juegues, a que me traiciones, a que cuentes cosas sobre mí por el pueblo o a que me acuses de alguna cosa.
Le miro parpadeando y bastante confusa. Sin embargo, antes de que pueda decir nada, él sigue hablando.
—Mi ex, me acusó de dejarla embarazada después de que nos hubiésemos separado.
Se quedó con todo lo que habíamos comprado estando casados, me costó una auténtica fortuna y toda mi reputación.
El bebé nunca existió y eso me hizo más daño aún —confiesa con la voz rota—.
Porque yo siempre he querido encontrar a la mujer de mi vida, tener una familia, sentar la cabeza.
Quiero una vida aquí, en Valdearenas, con las personas con las que he crecido y que me han convertido en el hombre que soy.
Quiero la maldita imagen perfecta, la casa, hijos y un maldito perro.
Aceptaría hasta a un gato si es lo que mi mujer quiere y la única mujer con la que quiero todo eso eres tú.
Siento que el corazón me va a explotar en el pecho.
Y cuando me mira a los ojos, algo en mí se desata por completo. Quizá es la ira, el miedo, la tristeza… o una mezcla de ambos.
—Yo no soy Ana —asiente con la cabeza—. Y me da igual lo que diga el resto del mundo, tu madre…
—Oh, joder, me había olvidado de eso…
Sonrío y le beso en los labios. Un beso corto, dulce, perfecto.
—Tienes que hacer las paces con ella, Ricardo. Es una buena madre, es una buena persona.
—Espera, ¿qué? —me mira confundido y yo sonrío de nuevo.
—No voy a negar que fue muy desagradable que viniese a casa y me acusase de todas esas cosas…
—Voy a matarla —murmura furioso y me hace reír.
—No, vas a perdonarla, a hacer las paces con ella y a decirle cuánto la quieres —Ricardo me mira serio—.
Porque tienes la oportunidad de hacerlo —se queda paralizado—.
No me di cuenta de por qué no me había enfurecido con tu madre hasta que Julieta le dijo algo a tu hermano.
Le dijo que por muchos errores que cometiese, tenéis a vuestra madre con vosotros y que nosotras, daríamos lo que fuese por tener a nuestra madre tan solo un minuto más.
—No tenía derecho…
—Sí que lo tenía —le corto apoyando ambas manos en su pecho—.
Tú tenías miedo de que yo fuese como tu ex mujer, ¿qué te hace pensar que ella no tenía el mismo miedo?
Además, es una mujer valiente, vino a disculparse al restaurante, ¿sabes?
Y había tanto amor en sus palabras… había tanta ternura y tanto miedo a que sufrieses de nuevo…
¿De verdad puedes seguir enfadado con ella?
Sé que no sé nada de lo que ha pasado entre vosotros, ni de cómo ha sido vuestra infancia, pero…
sé que tu madre te quiere Ricardo y para mí eso es suficiente.
Me mira durante unos instantes y me besa. Enmarca mi rostro con las manos y me pierdo en su beso, en sus caricias, en su calor. En él.
—Si no estuviese totalmente enamorado de ti, me habría enamorado en este mismo instante.
Me quedo sin respiración.
—Te quiero, Margarita y te echo tanto de menos que me estoy volviendo loco. Necesito que me perdones, por favor.
—Solo si tú puedes perdonarme a mí —le beso para cortar su respuesta—.
Yo también me equivoqué, tampoco lo hice todo bien, Ricardo.
He tenido tiempo de pensar este tiempo y me arrepiento de muchas cosas.
Tú has estado casado y la cosa no salió bien, pero yo jamás he tenido una relación tan importante e intensa como esta, de hecho, jamás he estado con nadie más de un par de semanas.
Quiero estar contigo, pero quiero hacerlo bien y sé que voy a volver a equivocarme, pero yo también te quiero y también te echo de menos.