No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

Ricardo

—¡Me cago en la puta!

Miro con odio a uno de los chicos nuevos que se echa a temblar. Es tan solo un crío, pero tiene muchas ganas de aprender y necesita el trabajo. No me arrepiento de haberle contratado, pero desde hace semanas estoy que muerdo y apenas puedo controlarme.

—¡Joder, Enzo! ¡Si te digo que cortes el puto agua lo haces!

—Si, lo siento, es que…

—Déjate de excusas .

—Perdón, jefe.

No me molesto en responder, solo me alejo de la cocina en la que estamos instalando toda la fontanería. Cuando he quitado la tubería antigua, el agua ha salido a presión contra mí, me ha dado de lleno y me ha lanzado al suelo.

Joder.

Últimamente no doy pie con bola. Jamás se me habría pasado comprobar las cosas yo mismo mientras formo a un novato, es normal que no estén al loro de todo, que se despisten, que se dejen cosas… cuando yo empecé también cometí muchos errores.

Salgo hacia el patio y me quito la camiseta.

Hace un calor infernal y el agua no me ha venido mal del todo, aunque me podría haber evitado la ostia que me he dado al caer de culo.

Me estoy secando el pelo con la camiseta cuando oigo a dos de mis trabajadores hablar sobre la feria medieval de Valdearenas de la semana que viene.

Mierda.

No sé cómo voy a hacer para seguir evitando a las hermanas Salvatierra. Y tampoco creo que pueda evitar pasar por la feria, no solo porque mi primo es el alcalde, si no porque es una tradición familiar. Una de las pocas cosas que hacíamos con nuestros padres desde que éramos niños.

Aún no me he disculpado con mi madre, tampoco he vuelto a hablar con mi padre.

Y la verdad, apenas hablo con Marcos o con Fernando.

Puestos a ser sincero, la verdad es que apenas hablo con nadie.

No me apetece relacionarme, no me apetece hablar, no me apetece hacer nada salvo trabajar, trabajar y trabajar.

Porque la mayoría del tiempo, el trabajo es lo único que consigue que deje de pensar en ella.

La echo de menos.

Me froto el pecho con fuerza y aprieto los dientes.

Joder .

La echo tanto de menos que casi me he convertido en un acosador. Olvida lo de casi, soy un puto acosador. Cada noche, al terminar el trabajo me paso por el restaurante solo para verla entrar. Solo la veo un instante pero ese momento lo es todo.

No sé qué coño estoy haciendo, la verdad.

Debería hablar con ella, decirle que soy un imbécil, que me pudo el miedo por un segundo y que no pensé bien las cosas, pero el tiempo ha ido pasando y ahora hacer algo así me convertiría en un cretino aún mayor de lo que ya he sido.

Ella está centrada en levantar el restaurante y es lo que debe hacer, empezar una empresa no es fácil ni sencillo y consume toda tu energía, lo sé bien.

O quizá solo me estoy convenciendo de que estar sin mí es lo mejor para ella. Aunque a mí me esté matando por dentro.

Y sé que es una locura, que el tiempo que estuvimos juntos fue un suspiro, pero no puedo dejar de pensar en ella, no puedo dejar de sentirme vacío y solo.

Cada noche, cada maldita puta noche me tengo que obligar a no llamarla.

Así que me machaco a hacer ejercicio en el gimnasio que tengo montado en casa, mis vecinos están encantados con el tema, aunque después de que le gruñese a uno de ellos, no se han vuelto a quejar.

—¿Nuevo look?

Me giro y fulmino con la mirada a mi hermano que se está partiendo de risa.

—¿Qué coño haces aquí? Deberías estar en la obra de los alemanes.

—Ya sé cuál es mi lugar de trabajo —me indica con cierta mala leche—.

Pero por si no te has dado cuenta, que ya sé que no, son casi las tres de la tarde, tu equipo y tú no habéis parado ni para mear.

Estamos a casi cuarenta grados y están a punto de desmayarse, ya sabemos todos que tú eres como Superman, pero ellos no .

Miro a los chicos y se me cae el alma a los pies.

Joder, Marcos tiene razón.

Están todos a punto del desmayo.

—¡Chicos! Habéis acabado por hoy —les grito y me miran un poco desconcertados. No es para menos, la verdad.

Poco a poco se despiden y cuando me quedo a solas con mi hermano, este me mira con el ceño fruncido.

—¿Qué? ¿Eso también te ha parecido mal?

—No, me parece que es lo mínimo que tenías que hacer, lo que me parece mal es que tú piensas quedarte aquí, haciendo el trabajo totalmente solo y sabes que eso es peligroso.

No estás centrado tío. Mira —se pasa las manos por la cara—.

Sé que la echas de menos, pero joder, o coges al toro por los cuernos o lo superas de una puta vez, pero no puedes seguir así.

Hay más gente que depende de tu buen juicio.

Escucho las palabras de mi hermano y la verdad es que me sientan como una patada en las pelotas.

No le falta razón. Pero es que no lo entiende.

Nadie lo hace. Todo el mundo me dice que debería superarlo, que a fin de cuentas estuvimos juntos apenas unas semanas…

y sí, todo eso es cierto, pero lo que no saben ni pueden comprender es lo que esas semanas significaron para mí.

La intensidad de estar con ella, la paz que me envolvía, cómo me hacían sentir sus sonrisas…

cómo me sentía cuando la tenía entre mis brazos.

—Vamos.

Marcos me mira con el ceño fruncido.

—Te voy a llevar a casa, te vas a duchar porque apestas, te vas a poner ropa decente y vamos a ir a comer.

—No tengo hambre .

—Perdona, ¿me has oído preguntarte si tienes hambre? Te he dicho que vamos a ir a comer.

—A estas horas estará todo cerrado.

—Entonces es una suerte que conozcamos a las dueñas de un restaurante.

—Ni de coña vamos a ir a Casa Salvatierra.

Me cruzo de brazos y fulmino a mi hermano. Vamos si se cree que voy a aparecer por allí, es que se ha vuelto loco. Ni de coña pienso entrar en ese restaurante.

—¿Me has oído decir que vamos al restaurante?

Solo he dicho que conocemos a las dueñas y estoy más que seguro de que si las llamo y les pido algo para recoger, me dirán que sí.

Después podemos ir donde te salga de los huevos a comer.

Con el carácter que te gastas últimamente imagino que una cueva oscura llena de alimañas sería la opción más recomendable.

—Qué gracioso eres.

Sin embargo, le hago caso. No porque tenga razón, que la tiene.

Si no porque la verdad es que me muero de hambre, hasta que no he parado de trabajar no he sido consciente del hambre, de la sed y del agotamiento que tengo encima.

Ahora mismo una ducha fría, comer como un cerdo y meterme en la cama me suena a un plan perfecto.

***

No puedo negar que la ducha me ha sentado de maravilla y ponerme ropa que no estaba en el suelo también.

Sin embargo, me pongo nervioso cuando mi hermano entra en la finca de las hermanas .

—Me dijiste que no íbamos a entrar en el restaurante.

—Y no vamos a hacerlo, pero como comprenderás, además de pedirles el favor de que nos preparen algo de comer, no las voy a hacer que nos lo lleven a tu cueva. Digo yo que lo mínimo es que vengamos a recoger la comida.

Tiene sentido. Aunque no me gusta nada estar aquí.

Marcos aparca delante de la casa y abre la puerta.

—¿Ni siquiera vas a bajar del coche? —niego con la cabeza y él suspira—. Eres un puto gilipollas.

Sigue teniendo razón.

Entra en la casa cuando Bea le abre la puerta y a mí me mira de reojo. No parece estar enfadada, solo me mira, sin expresión alguna en el rostro.

Joder, las echo de menos a todas. ¡Menuda puta mierda!

A veces me arrepiento de haberme encargado de la reforma de esto, de esa forma jamás las habría conocido y ahora no me sentiría el hombre más miserable del mundo.

Toc. Toc.

Miro hacia la ventana y se me queda la sangre congelada en las venas.

Margarita está al otro lado de la puerta y me mira con una de esas sonrisas que podría desarmar a cualquiera.

—Marcos dice que no has comido en todo el día y que necesitas combustible para ese cuerpo —suelta una risita—. Palabras suyas.

—Voy a matarle —murmuro.

Pero como no soy tan gilipollas, abro la puerta y salgo del coche .

Joder. Está preciosa. Tiene la cara sonrojada, con esos increíbles ojos brillantes. Lleva unos vaqueros que deberían estar prohibidos, son demasiado cortos y demasiado sugerentes, pero a ella le quedan de vicio. Lleva una camiseta floja de una tela tan suave que casi se ve a través de ella.

—Hola, Ricardo.

—Hola, Margarita.

Me sonríe de nuevo y da un paso más cerca de mí. La tentación de cogerla entre mis brazos, besarla como si no hubiese un mañana y no soltarla jamás se me hace demasiado difícil de resistir.

—No tienes que seguir evitándome —me dice con apenas un susurro—. Ya sé que has tenido una muy mala experiencia en el pasado, pero yo no quiero hacerte daño. Jamás haría nada que te pudiese perjudicar.

—Lo sé.

Y por mucho que me joda, es cierto. Lo sé. Sé con cada fibra de mi ser que Margarita jamás me haría algo parecido a lo que me hizo Ana. Se lo he dicho a todo el mundo, que no son iguales, ¡qué coño! No se parecen ni en el blanco de los ojos. Y sin embargo…

Ella sonríe y coge una de mis manos entre las suyas.

—Ven a casa. Come algo. Si no quieres que yo esté contigo, me iré a mi habitación, me quedaré en el jardín…

afortunadamente esta casa es tan grande que hay muchos sitios en los que esconderme.

Pero ven. Entra, come algo. Descansa —me pasa la mano con ligereza por la barba de una semana y sonríe—.

Tienes cara de cansado. La Red Velvet de Bea te devolverá la vida.

Joder.

Cuando da un paso hacia atrás, todos mis instintos se hacen cargo de la situación y no soy capaz de controlarme.

Simplemente tiro de sus manos hasta que se choca contra mi pecho y la abrazo.

La abrazo con todas mis fuerzas. La abrazo pese a que la oigo retener el aliento, a que sus pies apenas tocan el suelo y a que su corazón late desbocado.

Pero es que necesito tanto abrazarla. Sentir que aún estoy vivo, que aún tengo algo en mi vida que merezca la pena.

Y ella, en vez de quejarse, solo me coloca los brazos alrededor del cuello y me devuelve el abrazo.

Y este es un momento perfecto. Absolutamente perfecto.