No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

Margarita

En cuanto Marcos entra por la puerta, le cojo del brazo y le llevo a la cocina, le empujo hacia uno de los taburetes y le miro mal.

—¡Vaya! Buenas tardes a ti también.

—Déjate de tonterías —me enfrento a él—. ¿Has hecho ya las paces con tu madre?

Marcos parpadea y me mira confundido, entones una expresión de comprensión se extiende por su rostro y se frota las sienes.

—Dime que no ha ido a verte otra vez, como Ricardo se entere…

—¿Cómo dices? —me mira sorprendido—. Te voy a decir una cosa, a ti a todo este pueblo de cotillas.

Lo que hubo entre tu hermano y yo, queda entre nosotros.

Punto. Y lo que tu madre haya hablado conmigo también queda entre nosotras, como le vayas a tu hermano con el cuento y volváis a discutir con ella, te juro que te enveneno la comida, ¿me has oído?

—Pero…

—¡Pero nada! A ver si os entra en la cabeza.

Yo no necesito a un caballero de brillante armadura que me salve de nada ni de nadie.

Y tu madre es una mujer que ha cometido un error, pero que ha sabido reconocerlo y eso ya la hace mejor madre que otras y la pobre lo está pasando fatal por vuestra culpa, así que ya puedes ir a disculparte con ella por lo que sea que le hayas dicho.

—Mira, Margarita… no sabes lo que…

—Y no me importa —le corto.

Estoy a punto de decir algo más pero Julieta entra en la cocina y nos mira con sus ojos azules abiertos de par en par.

Imagino que me ha oído. Ella no sabe nada de lo que pasó entre la madre de estos dos y yo y aunque no me gusta ocultarle cosas, tampoco creo que deba cargar más peso sobre sus hombros.

La miro y la verdad, no sé qué decir.

—¿Estás bien?

Su pregunta me descoloca un instante, pero asiento con la cabeza.

Estoy bien, al menos todo lo que puedo estar porque echo de menos a Ricardo y cada vez que tengo que ver a Marcos, el dolor en mi pecho se agudiza.

Además, todo el tema de su madre ha removido muchas cosas dentro de mí.

Echo de menos a Ricardo y echo de menos a mi madre.

Ahora mismo me vendría genial uno de sus abrazos. Uno de esos que lo curaban todo y que me hacían sentir capaz de cualquier cosa .

Así que cruzo los brazos sobre mi cuerpo porque la necesidad que tengo de sentir a mi madre ahora mismo me duele tanto como la necesidad de sentir a Ricardo a mi lado.

Mi hermana se percata de mi estado de ánimo, coge la mano de Marcos y le lleva hacia la salida, cuando están en el pasillo, él le dice algo que no distingo, pero sí que entiendo las palabras de mi hermana.

—Sí, puede ser, pero por mucho que se haya equivocado, tienes a tu madre. Nosotras daríamos lo que fuese por tener a la nuestra solo un minuto más.

Y eso hace que me eche a llorar.

Porque Julieta lo entiende, claro que lo hace. Las tres la echamos tanto de menos que no importa que hayan pasado tantos años, la añoramos y la seguimos necesitando tanto como cuando éramos unas niñas.

Me siento en el suelo, me abrazo las rodillas y lloro. Lloro como no lo he hecho desde que me fui del piso de Ricardo.

Me he enamorado de un hombre con secretos, con una vida anterior que claramente le ha dejado marcado y con sus propios problemas, pero también es el mismo hombre que ha estado pendiente de nosotras desde el principio, que me ha tratado con tanta ternura y cariño…

un hombre que me hacía vibrar en cuanto le miraba.

Ahora entiendo por qué reaccionó como lo hizo. Si ha tenido un matrimonio que fue un desastre, el hecho de verme en su cocina, sin preguntar, dando por hecho que tenía todo el derecho del mundo a estar allí… le debió remover por dentro, le debió recordar todo lo malo de aquella relación.

Quizá las cosas hubiesen sido diferentes si me hubiese tomado el tiempo de hablar con él, de preguntarle por su vida anterior, pero era tan increíble que estuviese tan centrado en mí que simplemente me dejé llevar.

Cuando hablábamos por teléfono, lo hacíamos del restaurante, de mis hermanas, de mi anterior trabajo y de lo emocionante que era empezar esta nueva etapa en mi vida.

Me hacía sentir el centro del universo y pese a que siempre dejé claro que la relación iba de los dos, que quería que funcionase para los dos, la verdad es que no era así. Yo era el centro de todo y lo disfruté cada segundo sin pararme a pensar en que él era el centro también.

***

Cuando entro en la cocina de Casa Salvatierra, mi hermana Bea ya está preparando un montón de cosas, me mira de reojo e imagino que se percata de mi estado de ánimo, porque mete una tarta en la nevera y se gira hacia mí con los brazos cruzados bajo el pecho.

—¿Qué pasa?

—Tenéis que dejar de estar enfadadas con Ricardo.

Frunce el ceño y espera a que siga con la explicación, y eso me hace tensarme de la cabeza a los pies, porque mi hermana es muchas cosas, pero no es de las que se contiene. Y sé que está muy enfadada.

—Fue culpa mía.

—No.

—Sí, lo fue —me acerco a ella avergonzada—. Yo era el centro de la relación, Bea, hablábamos de mí, de mi trabajo, de mis sueños, de vosotras… de todo lo que es importante en mi vida, pero no me molesté en intentar conocerle un poco mejor.

—En esa relación había dos personas, Marge. Quizá él no quiso compartir su vida contigo. Quizá no estábais en el mismo punto.

—Puede ser —le doy la razón porque la tiene, aunque me duele mucho darme cuenta de eso—.

Pero fuese lo que fuese, yo no me esforcé lo suficiente, ni siquiera…

debería haber insistido, porque le quiero, ¿sabes?

Pero simplemente lo dejé pasar. Así que por favor, deja de estar enfadada con él y deja de lanzarle pullas a Marcos cada vez que te cruzas con él. Él tampoco tiene la culpa de nada.

Mi hermana me mira unos instantes y se muerde el labio. Eso nunca es buena señal.

—¿Y por qué no insististe? ¿Por qué no hablaste con Ricardo de lo que ocurrió?

—Bea…

—No, no… esta caja de Pandora la has abierto tú, así que ahora no puedes cerrarla sin más. Dime, ¿por qué lo dejaste pasar sin más? Dices que le quieres y sé que es cierto, así que… ¿por qué?

—Déjalo.

—No quiero.

Cuando se pone así de terca de verdad que me dan ganas de estrangularla.

—Beatriz, vale ya… tenemos que empezar a trabajar.

—Tienes razón —se dirige a las neveras y me mira por encima del hombro—. Pero soy más que capaz de hacer dos cosas a la vez, así que cocinaré mientras sigo insistiendo en por qué dejaste escapar sin más a un hombre al que amas.

Intento ignorarla pero eso no es una posibilidad cuando se trata de Beatriz Salvatierra.

Al final termino gritándole que no quiero hablar más del tema y que lo único que le pido es que deje a los hermanos de la Torre en paz.

Trabajar en una cocina en lo que lo único que se oye son las comandas es algo muy triste y desolador, la verdad. No oír los comentarios alegres y divertidos de Bea, no ver la ilusión que le pone a todo…

Pero la verdad es que no sé qué responderle. No sé por qué acepté sin más que Ricardo no me quería en su vida. Solo sé que lo hice, que lo acepté sin tan siquiera intentarlo y que por mucho que me duela admitirlo, en ningún momento me preocupé de cómo se sentía él con la relación.

Acepté que quería estar conmigo, acepté que la relación física fue con mis términos, acepté todo lo que me dio sin darle nada a cambio.

Hasta ahora me sentía culpable y estúpida por haber forzado las cosas, por haber invadido su espacio personal sin preguntar y dando por hecho cosas que claramente no eran ciertas, pero ahora comprendo que mi error fue mucho más allá de eso.

Comprendo por qué pisó el freno en la relación y por qué él tampoco insistió en seguir juntos.

Una lágrima me cae por el rostro, pero me la limpio con rabia y me concentro en el trabajo.

He fallado tan estrepitosamente en mi relación con Ricardo que no sé si voy a ser capaz de volver a mirarle a la cara alguna vez. Quizá la distancia que ha marcado sea algo bueno después de todo.