No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

Margarita

Ha pasado una semana desde la inauguración y la verdad es que parece que el restaurante tiene una gran aceptación, quizá sea por la novedad, pero no me voy a quejar por ello.

—Chef, hay alguien que quiere hablar contigo.

Miro a mi hermana de reojo y ella cabecea haciéndome saber que se puede encargar de todo por aquí. Por supuesto que sí puede hacerlo. Le sonrío y me quito el delantal.

Salgo de la cocina con una sonrisa que se me congela en los labios cuando veo quién es la persona que ha preguntado por mí.

—Señora Martínez.

La mujer, que la verdad, tiene un aspecto bastante diferente al día que vino a verme a casa, me mira y me ahogo en la tristeza de esos ojos tan parecidos a los de su hijo. Y el corazón me da un vuelco. Esta mujer no está bien y yo no soy capaz de darle la espalda.

—¿Le apetece algo de beber? Podemos ir a un lugar más privado.

—Gracias.

Madre mía. Tiene la voz rota y los ojos húmedos.

La guío por el restaurante hasta llegar al almacén y la invito a sentarse sobre una caja de botellas de vino. No tengo nada mejor.

—Le ruego que disculpe…

—No —alza una mano y yo me callo de inmediato—. Vengo a pedirte disculpas.

Abro los ojos de par en par y creo que boqueo un par de veces.

—Quiero disculparme por haberte arrinconado en tu propia casa y por todas las cosas que te dije —coge aire y sigue mirándome fijamente—.

Sigo pensando que liarte con mi hijo no fue una buena idea, pero ha pasado algún tiempo y más allá de algunos rumores, no le has puesto de vuelta y media y nadie sabe que fui a hablar contigo. Bueno, salvo mis hijos.

—Yo no dije ni media palabra, señora, y mi hermana Bea tampoco. Julieta ni siquiera lo sabe.

—Lo sé —me dedica una sonrisa triste—. La otra noche, en la inauguración, discutí con mi hijo Ricardo, no le gustó enterarse de que fui a hablar contigo y después discutí con Marcos —agita una mano en el aire—.

En realidad discutí con todo el mundo, cuando Ricardo se fue del restaurante, Marcos, Fernando, que es como otro hijo para mí, y mi marido me echaron en cara mi comportamiento.

Me quedo bloqueada al saber que Ricardo sí que estuvo en la inauguración.

El corazón me golpea con fuerza en el pecho y aunque sé que lo que esta mujer me está diciendo es importante, la verdad es que solo puedo pensar en que Ricardo vino.

En que estuvo aquí, apoyándonos. Aunque yo no me enterase de eso.

Y no puedo evitar que una sonrisa tonta asome a mis labios.

—¿Te hace gracia que mis hijos me odien?

Vuelvo al presente y niego con la cabeza. Me siento en otra caja al lado de esta mujer.

—No, lo que me hace gracia es saber que Ricardo vino —no puedo ocultar lo feliz que me hace saberlo.

No creo que me perdone y que quiera volver conmigo, pero quizá, solo quizá, no me odie después de todo y si el hecho de que viniese aquella noche es una señal, me hace feliz saber que podemos convivir en este pueblo los dos.

Porque la verdad, no sé si sería capaz de volver a mi antigua vida ahora mismo.

No me he enamorado solo de Ricardo, también lo he hecho de Valdearenas.

De sus habitantes, de las calles con tintes medievales, de la vida en general.

—Le quieres.

Sonrío a su madre y asiento, ¿para qué negarlo? A estas alturas, todo el mundo es más que consciente de ello y yo seré muchas cosas, pero no soy una mentirosa. Además, tampoco me avergüenzo de amar a un hombre excepcional como Ricardo.

La buena mujer suspira y se retuerce las manos.

—Lo siento —la miro y vuelve a suspirar—.

¿Sabías que Ricardo estuvo casado? —niego con la cabeza—.

Sí, se casó con una clienta. Ana María se llama, es una víbora, una de esas mujeres que te hace pensar en…

bueno, en muchas cosas malas. El ma trimonio no duró mucho, un año y medio, pero en ese tiempo… destrozó a mi hijo. En muchos aspectos.

Me duele el corazón.

Siento una presión tan grande que apenas puedo respirar.

Soy idiota.

Me he enamorado de un hombre al que no conozco.

Ya me imaginaba que había tenido una vida antes de conocerme a mí, no soy tan necia, pero…

¿un matrimonio? Solo puedo pensar en que no haya hijos por el medio porque ni sé si podría perdonarle que no se esté haciendo cargo.

Estuve en su casa, allí no había rastro de niño alguno.

—Ana trató muy mal a mi hijo, no solo por…

bueno, el caso es que le costó una pequeña fortuna y ella se encargó de destrozar su reputación, acababa de montar la empresa y estuvo a punto de quebrar.

Marcos le ayudó —se frota las manos—. A nosotros no nos dio la oportunidad de ayudarle y no le culpo —una lágrima cae por su mejilla y se la limpia con rapidez—.

No he sido una buena madre, creo que ni siquiera debería…

—carraspea—, el caso es que cuando me enteré de que habíais salido…

pensé que harías lo mismo que Ana. Que mi niño volvería a pasar por aquel infierno y yo…

ni siquiera lo pensé, simplemente estaba de compras por el pueblo, alguien mencionó tu nombre y de alguna manera terminé en tu casa escupiendo todo aquel veneno.

Así que quiero disculparme contigo. Mi hijo dice que no tienes nada que ver con Ana María y empiezo a ver que es así.

De modo que… lo siento. Siento haber sido una víbora y haberte dicho todas aquellas cosas.

***

Observo a la madre de Ricardo durante unos segundos y algo se agita en mi interior .

No estuvo bien lo que hizo, soy consciente de ello y me dolió mucho en aquel momento, pero… ¿realmente puedo estar enfadada? Una madre que protege a su hijo. Yo misma haría algo mucho peor si alguna de mis hermanas hubiese pasado por un infierno parecido.

Cuando Julieta pasó por todo aquello con Pedro, me volví loca de remate.

De hecho, Bea y yo casi perdimos la cabeza y las cosas no fueron a más porque Julieta nos dejó las cosas muy claras en aquel momento: si alguna movía un dedo contra Carlos o decía una sola palabra, la perderíamos para siempre.

Y aunque es muy dulce, mi hermana es terca como una mula y sabíamos que cumpliría su palabra. Fue lo único que nos frenó.

Eso y que el padre de ese cabronazo se hizo cargo de todo y Julieta recuperó el dinero que había puesto en esa boda infernal.

Así que suspiro y cojo una mano de esta mujer y la miro a los ojos.

—No sé qué pasó entre esa mujer y Ricardo, no me lo contó.

Pero yo no quiero hacerle ningún daño a su hijo.

Ricardo es un hombre excepcional —sonrío con sinceridad—.

Y haberle conocido me ha cambiado y me ha hecho ser mejor persona.

Me ha enseñado muchas cosas. Me arrepentiré toda la vida de haber estropeado esa relación, pero jamás haría algo en contra de Ricardo y mis hermanas tampoco.

Mi hermana Julieta adora a su hijo Marcos y después de la vida tan difícil que ha tenido, Marcos es como un soplo de aire para ella.

Jamás pondría eso en juego. Mis hermanas lo son todo para mí.

Los ojos de la mujer se llenan de lágrimas y me levanto para coger una caja de pañuelos. Le tiendo uno y se seca los ojos con rapidez.

—¿Por qué no se queda? —le propongo—. Llame a su marido, coman aquí, yo les invito —le sonrío con amabilidad—.

Mis hermanas y yo hemos venido para quedarnos, para empezar de cero y conocer una parte de nuestra historia que no conocíamos.

Podemos empezar de cero con usted y su marido también —me encojo de hombros—.

Nosotras solo queremos sacar adelante nuestro restaurante, vivir en paz y ser felices.

La mujer me mira de nuevo y sonríe, no le llega a los ojos, pero es una sonrisa sincera, o eso me parece a mí.

—Mis hijos tienen razón, no tienes nada que ver con esa víbora de Ana.

—Espero que no —me pongo de pie y le tiendo una mano que ella acepta—. Le prometo que no deseo ningún mal para Ricardo. Mis hermanas y yo adoramos a sus hijos, es cierto que mis hermanas están un poco enfadadas con Ricardo, pero se les pasará.

—¿Y tú no estás enfadada con él?

Niego con la cabeza y siento un pellizco en el pecho.

—No. Estoy triste por haber estropeado algo tan bueno. Estoy decepcionada por no haber sabido hacerlo mejor y estoy… no sé explicarlo muy bien. Pero no estoy enfadada con él. Solo le echo de menos.

No decimos nada más porque sinceramente, ¿qué más hay que decir?

Así que volvemos al restaurante y aunque la invito de nuevo, ella no acepta, pero cuando se despide, me da un beso en la mejilla.

—Eres una buena chica, Margarita Salvatierra.

—Gracias —le cojo una mano entre las mías—. Y tú eres una buena madre. Ricardo y Marcos lo saben. Quizá solo necesiten un poco de tiempo.

—Gracias, tesoro.

Me da otro beso y se aleja limpiándose las mejillas.

Quizá ahora sí que esté un poco enfadada con Ricardo por hacer sufrir a esa mujer. Puede que se equivocara conmigo, pero quiere a sus hijos y ha tenido la valentía para reconocer su error y venir a disculparse, además, no mintió a Ricardo al contarle que vino a verme a casa.

Si mi madre me enseñó algo, fue que es importante ser ante todo, una buena persona.

Que se cometen errores, pero lo que importa es cómo se arreglan esos errores y la verdad, que haya sido capaz de venir a disculparse me ha gustado mucho.

Creo que es muy valiente decirle a una completa desconocida que te has equivocado y que seas capaz de ver más allá.

Sí. Ahora me he enfadado con los hermanos de la Torre.