No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1) Capítulo 36
71%

Capítulo 36

Ricardo

No he debido venir, lo sé, pero por otro lado… ¿cómo me lo iba a perder? Es un día importante para las chicas y todo el apoyo cuenta. No obstante, me he dejado la invitación en casa, no tengo derecho a ella. No después de cómo me he comportado con Margarita.

Estoy a punto de pedir una mesa para uno cuando mi hermano alza un brazo y me llama.

Les he visto entrar y saludar a las chicas, yo me he quedado medio escondido en el jardín, lo último que quería era que me viesen allí.

No era el día para llamar la atención. Hoy va de ellas, de este lugar, de su futuro en el pueblo.

Cristina, una chica del pueblo —y antigua camarera de Casa Elisa—, me sonríe y me acompaña hasta la mesa en la que están mi familia y Fernando. Me siento con ellos por no montar un espectáculo, pero vamos, que ganas no tengo ninguna.

—No sabía que ibas a venir.

—Yo tampoco, lo he decidido en el último momento —respondo a mi hermano y él asiente.

—Os ha quedado genial —comenta mi mejor amigo—. Los jardines son una pasada y esto… madre mía, es como la mezcla perfecta entre Casa Elisa y algo nuevo, fresco.

Sonrío y agradezco las palabras de mi amigo.

Tiene razón. Las chicas han sabido mantener el espíritu de sus abuelos pero sin renunciar a darle un aire más actual y elegante. Cojo una de las cartas y sonrío.

Son diferentes, con un toque divertido que seguro que es cosa de Bea. Un toque elegante que es cosa de Margarita y un toque práctico que es cosa de Julieta.

Se me hace un nudo en el estómago al darme cuenta de que pese al poco tiempo que hace que las conozco, soy capaz de ver cómo influye cada una en todo lo que hacen.

Varios vecinos me saludan con una sonrisa y yo se la devuelvo un poco tenso.

Los rumores entre Margarita y yo no hacen más que correr de un lado a otro y eso me pone nervioso, siento una presión constante y temo el momento en el que ella me exija algo que no estoy dispuesto a dar.

La comida empieza a llegar y debo decir que está todo delicioso. Las recomendaciones de los camareros son más que acertadas y el trato es impecable.

Quizá es porque estoy distraido que tardo un poco en darme cuenta de que mi madre está tensa y rígida en la silla. Y que mi padre tampoco está bien que digamos.

—¿Y a vosotros qué os pasa ?

Todos les miramos y mi padre aparta la mirada, de repente está de lo más concentrado en su risotto, que tiene una pinta tan cremosa que se me hace la boca agua, pero me centro en mis padres porque hay algo que no va bien. Les conozco.

—Nada.

Miro a mi madre y entrecierro los ojos.

—Mamá… ¿Qué pasa?

Mi madre me mira un par de segundos antes de responder.

—Hace unos días vine a ver a esa tal Margarita y tuvimos unas palabras.

No sabía qué me esperaba oír, pero desde luego, eso no.

—¿Cómo dices? ¿Qué le has dicho? —me froto el puente de la nariz—. Olvida eso, ¿te has vuelto loca?

Mi madre da un respingo y mi padre me fulmina con la mirada.

—Un respeto, chico. Sigue siendo tu madre.

Chico. Mi padre solo nos llamaba así antes de darnos un sermón y castigarnos.

Quizá en otro momento me hubiese afectado, pero ahora mismo no. En todo lo que puedo pensar es en que mi madre ha venido a interrogar a Margarita y sabe Dios qué más, porque estoy seguro de que no se quedó en una conversación inocente.

—Lo que tú digas —suelto con indiferencia—. ¿Qué demonios le has dicho? ¿En qué estabas pensando?

Mi madre me fulmina con la mirada y deja los cubiertos en la mesa.

—¿Qué en qué estaba pensando? Oh, no sé, quizá en que mi hijo mayor es tan idiota que no es capaz de aprender la lección. Quizá en que no eres capaz de comprender que acostarte con una clienta nunca es una buena idea. ¿No tuviste suficiente con Ana? ¿Tenías que repetirlo con esa chica?

—No tienen nada que ver una con la otra.

—¡Claro que no! —aprieta los dientes mientras su ira va en aumento—.

Te recuerdo que decías lo mismo de Ana, que era una buena chica, que la querías, que te hacía feliz.

Por eso todos nos callamos lo que pensábamos y mira cómo te salió.

Aunque con esta has hecho algo bien y es que al menos no te has casado con ella.

Sus palabras son como dardos envenenados y todos y cada uno de ellos dan en la diana. Estoy a punto de responder pero mi madre aún no ha terminado conmigo.

—Es increíble que no seas capaz de pensar en nadie más que en ti y en satisfacer tus instintos.

¿Tienes idea de todo por lo que tuvimos que pasar cuando Ana anunció a bombo y platillo que estaba embarazada de ti?

¿Es que no fue suficiente todo el dinero que perdiste?

Dime, ¿qué habrías hecho si Marcos no te hubiese apoyado económicamente?

—Mamá, no. —Mi hermano mira a nuestra madre y le coloca la mano en el brazo—. Déjalo ya. Lo que pasó entonces se solucionó y estoy de acuerdo con Ricardo, Margarita no tiene nada que ver con Ana. No la conoces.

—Claro —mi madre fulmina a mi hermano—. Por supuesto que vas a defender a tu hermano y a esas chicas, tú estás liado con la más pequeña, ¿no? ¿No es cierto que pasas con ella casi todas las noches?

—Somos amigos.

—Por supuesto que sí.

Y no puedo explicar lo mucho que me molestan esas palabras.

La ira se ha apoderado de mí y ya no soy capaz de controlar lo que digo ni el tono en el que lo digo.

—¿Sabes? Es curioso que para haberte pasado toda la vida ignorándonos, ahora vengas con esos aires de hago todo esto por vosotros.

No tienes ni puta idea de cómo somos ni de qué queremos —me pongo en pie de golpe y mi madre palidece—.

No sé qué va a pasar, no sé cómo va a reaccionar Margarita a todo esto, pero ella no es como Ana.

Punto. Y siento muchísimo que mi matrimonio roto te haya estropeado tu idílica versión de la vida.

No todos tenemos la suerte de encontrar al amor de nuestras vidas a la primera.

—Siéntate, estás montando un número.

Pero la ignoro por completo.

Me dirijo a la barra para pagar mi parte de la cena y Cristina, que tiene una mirada llena de tristeza, niega con la cabeza.

—Eres invitado de las hermanas Salvatierra.

—Cris…

—Órdenes de la jefa —me dedica una sonrisa que no le llega a los ojos.

***

A la mañana siguiente, me despierto porque alguien está aporreando la puerta de mi casa como si hubiese fuego en el edificio.

Me levanto chocándome con las paredes y abro con cara de malas pulgas.

—Pensé que te habías muerto.

Miro a mi padre que entra en mi casa como si fuese la suya y al pasar por mi lado me empotra en el pecho una bolsa con churros.

—Tú pones el café.

Genial.

Me dirijo a la cocina y hago lo que me dice. Preparo una cafetera, cuando está lista le sirvo una taza, coloco los churros en un plato y me siento en la mesa de la cocina, todo ello en el más absoluto silencio.

—Le debes una disculpa a tu madre.

Me tenso y niego con la cabeza.

—Escúchame bien, chico —me mira a los ojos y me tenso—. Ya lo creo que sí. No estoy de acuerdo en que fuese a ver a esa mujer y en lo que le dijo, pero que anoche, delante de todo el pueblo, pusieses en duda que lo que hace es porque te quiere, fue humillante para ella. Y para todos.

—Sobre todo para ella, claro.

—Mira, Ricardo… —mi padre se frota el puente de la nariz—.

Tu madre y yo somos muy conscientes de que no hemos sido los mejores padres del mundo.

Sabemos que las decisiones que tomamos os afectaron mucho, para nosotros no fue fácil tampoco, pero era lo que había que hacer.

Tu madre renunció a mucho por estar conmigo. Y jamás, ni una sola vez se ha quejado.

—Sigo sin ver qué tiene que ver esto con Margarita.

Mi padre suspira, bebe un sorbo de café y me mira a los ojos.

—Tu abuelo no fue un buen padre —parpadeo porque eso es lo último que yo esperaba oír—.

Maldita sea, era un cabrón con todas las de la ley.

Sí, sé que con Marcos y contigo fue el padre ideal, pero, ¿conmigo?

—suelta una carcajada llena de ironía y tristeza—.

Era un hijo de puta retorcido. Yo tenía mi vida planeada al milímetro y todo lo que hacía era para salir de este puto pueblo lo antes que pudiese, pero entonces conocí a tu madre y mi mundo se tambaleó hasta los cimientos —sonríe al pensar en ella. Eso es bonito—. Y la dejé embarazada.

—¿Cómo?

Parpadeo porque nunca he sabido nada de esto.

—Yo tampoco era muy buena persona en aquella época —bebe otro sorbo de café—.

Pero hice lo que tenía que hacer y le propuse matrimonio y ella dijo que no.

Que no se iba a casar solo por un bebé, que sabía cómo terminaba eso y que prefería criarlo sola con la vergüenza que eso conllevaba que atarse a un hombre como yo —suelta una risita—.

Joder, eso me volvió loco. La perseguí hasta Valencia, porque se fue allí a vivir con una prima suya.

La encontré y la perseguí día y noche hasta que accedió a volver aquí.

Vivimos con los abuelos un par de meses antes de que perdiese al bebé.

Joder.

Tengo la sensación de que mis padres han tenido una vida de la que no sé nada.

—Fue terrible, casi la pierdo a ella también —continúa mi padre sin mirarme—.

Ahí me di cuenta de que me había enamorado de ella.

Me quedé a su lado y mientras deliraba en la cama del hospital, comprendí que ella era el centro de todo mi mundo y me propuse darle la vida con la que soñaba.

Así que en cuanto se recuperó nos casamos, porque tuve la inmensa fortuna de que ella también me quería —sonríe pero sigue sin mirarme—.

En todo aquel tiempo, mi padre nos hizo la vida imposible y mi madre le tenía tanto miedo que jamás intervino, así que tu madre y yo nos fuimos a Barcelona, yo tenía allí una oferta de trabajo y ella encontró algo rápido.

Antes de darnos cuenta, ambos teníamos una carrera a la que no queríamos renunciar. Y entonces naciste tú.

Bebo de mi café sin saber bien qué decir o qué hacer.

—Y nuestro mundo se completó. —Sentencia mientras remueve su café—.

Eras tan perfecto, era tan increíble tenerte que toda nuestra vida cambió.

Y nos obsesionamos con darte todo lo que pudiésemos, tú jamás tendrías que estar atado a un pueblo, podríamos darte la vida que merecías en la gran ciudad.

Pero para eso necesitábamos dinero, mucho dinero, cada vez más porque nunca era suficiente.

Pasaron los años y nació Marcos y la necesidad de tener más, de ganar más…

se hizo aún mayor. Mi madre nos convenció de que os dejásemos con ellos para poder trabajar tranquilos y la verdad, mi padre se transformó por completo contigo y con Marcos.

Así que simplemente nos dejamos llevar. ¿Sabes que nos enteramos de que Marcos se había ido a Francia a estudiar cuando él ya llevaba allí más o menos tres meses?

Niego con la cabeza y mi padre suspira.

—Os queremos muchísimo hijo, más de lo que puedas imaginar. Pero tomamos malas decisiones. Nos equivocamos y hemos sufrido por ello cada día. Cuando ocurrió lo de Ana… no te haces una idea.

—Sí, ya sé que os afectó.

—No fue solo eso. ¿Tienes idea de cuánto dinero le dimos?

¿De todo lo que hicimos para que volviese contigo?

La idea de tener un nieto… —sacude la cabeza—.

No podíamos pensar en otra cosa. A ella no la soportábamos, era cierto, pero…

un bebé… un hijo tuyo… eso… eso se convirtió en nuestra nueva obsesión. Y entonces todo explotó.

—Margarita no tiene nada que ver con Ana. No sé cómo decirlo para que me creáis.

—Puede que tengas razón, hijo —me mira a los ojos—. Y sé que tu madre se ha equivocado al enfrentarse a esa mujer, pero sigue siendo tu madre. Y se ha pasado toda la noche llorando y arrepintiéndose de toda nuestra vida porque tus palabras le han hecho mucho daño.

—Ella no se ha quedado atrás .

—Lo sé. Pero es tu madre, Ricardo. Y no hay nada en este mucho que no haríamos por ti o por tu hermano. Se disculpará con esa mujer si es lo que quieres, y no por lo que se diga en el pueblo, si no porque la idea de estar enfadada contigo la está destrozando.