Capítulo 35
Margarita
No puedo creer que haya llegado el gran día.
Faltan solo diez minutos para que se abran las puertas del restaurante, pero aun así, Bea y yo corremos de un lado a otro asegurándonos de que todo esté perfecto. Tiene que ser perfecto. No podemos fallar.
Me detengo un segundo a observar a nuestras dos empleadas de plantilla y a las otras cuatro que hemos contratado para hoy.
Todas llevan el uniforme del restaurante, una idea de Juls y diseñados por Bea y por mí.
Son discretos, con un toque de elegancia pero sin resultar pomposos.
Pantalón negro, camisa blanca con el nombre del restaurante bordado en color burdeos.
Y cada empleado lleva una placa con su nombre .
El uniforme de Bea es de color rosa claro y el mío verde pálido. Ninguna de las dos quería el típico uniforme blanco, no es lo habitual, pero es lo que encaja con nosotras.
—Bien, chicas y chico —le guiño un ojo a Israel y él me sonríe—, vamos a hacerlo bien, ¿de acuerdo? Va a ser intenso y complicado, pero va a salir bien.
—Sí, chef —responden todos y me hacen sonreír.
—Estoy más nerviosa que vosotras.
Bea y yo nos giramos para observar a Juls y suspiramos de alivio, creo que ambas pensábamos que no iba a llegar a tiempo.
—Estáis preciosas con los uniformes —nos sonríe—. Estoy deseando abrir las puertas. Por cierto, he traído conmigo a varios compañeros de trabajo que se morían de ganas de venir.
—¡Cuántos más mejor! —Bea nos hace reír y entonces suena su alarma del reloj—. Venga chicos, todos a sus puestos que esto empieza ya.
Me mira y ambas nos dirigimos a las puertas de entrada, trago con fuerza porque estoy aterrada, me da un miedo atroz que al abrir no haya nadie.
Sé que Marta y su familia van a venir seguro, que Marcos va a venir con sus padres y con su amigo Fernando y sé que el alcalde también vendrá con su familia, pero…
¿qué pasa si no viene nadie más del pueblo?
—¿Lista?
Miro a Bea y sonrío. No estoy lista en absoluto, pero ya no podemos dar marcha atrás. Así que asiento con la cabeza.
—Pues vámonos de fiesta.
Sonrío a mi hermana y abrimos las puertas.
No puedo explicar el alivio que siento cuando veo a muchísima gente delante de las puertas, están charlando animadamente, disfrutando de las vistas, de los adornos, haciéndose fotos y riendo.
Gracias a Dios.
—¡Bienvenidos a Casa Salvatierra! —exclama mi hermana con alegría y todos sonríen—.
Esperamos que pasen una noche maravillosa, que disfruten de la comida y de la compañía y que cuando se despierten mañana por la mañana, sientan la necesidad imperiosa de volver aquí a comer, cenar, merendar… ¡lo que sea!
Se oyen muchas carcajadas y yo solo puedo intentar controlar mi respiración. Estoy nerviosa y agradezco en el alma que Bea se haya hecho cargo de la presentación y que les haya hecho reír.
—Por favor, adelante.
Bea y yo nos retiramos para que los clientes empiecen a pasar y cuando Marta se acerca, nos da dos besos y nos presenta a su familia. Tras ellos se acercan varias personas del pueblo a los que conocemos y todo se empieza a hacer un poco más fácil.
Hasta que Marcos aparece con sus padres.
Ahí me tenso de la cabeza a los pies y no retiro la mirada cuando su madre me observa con fijeza. La mujer no se arrepiente de lo que hizo el otro día y yo no puedo dejar de pensar en lo ruin que fue toda la situación.
Marcos nos da dos besos, nos presenta a sus padres y a su amigo y tanto su madre como yo fingimos que no nos hemos visto antes.
Cuando le damos la bienvenida a todo el mundo, Bea y yo nos dirigimos a la cocina, no es hasta que las puertas se cierran tras nosotras que mi hermana me sujeta por el brazo y me mira a los ojos.
—¿Todo bien? ¿Puedes con esto?
—Sí. Puedo. Estoy bien .
No es cierto.
Pero no porque esa señora esté aquí como si no hubiese hecho nada malo, si no porque esperaba de todo corazón ver a Ricardo. Me he planteado en cómo reaccionaría si viniese acompañado, que estaría en todo su derecho, y aunque sé que me dolería, me duele mucho más el hecho de que no haya venido.
Pero claro, ¿por qué habría de hacerlo?
Sin embargo, ya no tengo tiempo para seguir pensando en mi lamentable situación, porque las comandas empiezan a llegar y es hora de ponerse las pilas.
***
Me encanta trabajar con Bea.
Nos compenetramos a la perfección y aunque ella es pastelera, es más que capaz de hacerse cargo de la cocina. Es rápida y eficiente. Prepara los platos sin dudar, con confianza y con manos firmes. Y eso en una cocina siempre es un plus.
Llevamos más de cuatro horas aquí metidas desde que abrimos las puertas y aún está el salón lleno, al parecer ha seguido llegando gente e incluso ha habido varios turistas que estaban de paso en el pueblo y al oír lo de la inauguración, se han acercado.
¡Y nosotras encantadas!
Por los comentarios que nos hacen los camareros, está siendo todo un éxito. Y los platos vacíos y casi relucientes que vuelven a la cocina, son la confirmación perfecta.
Ya ha empezado a bajar un poco el ritmo y la verdad es que se agradece, así que dejamos que dos de los eventuales se cojan unos minutos de descanso .
—Chef —miro a Cristina—. Una pareja quiere saludarte y felicitarte por la comida. A Bea también.
Ambas sonreímos y nos quitamos el delantal.
En cuanto atravesamos las puertas, se me llenan los ojos de lágrimas.
—¡Señor García!
Mi antiguo jefe abre los brazos y me envuelve en ellos.
—Mil gracias por venir —murmuro.
—No me lo hubiese perdido por nada del mundo —me separa y me mira sonriente—. Sigues siendo un genio de los fogones. Toda la cena ha sido exquisita.
—Totalmente de acuerdo.
Me giro y abrazo a su mujer. Bea también les abraza con cariño. La verdad es que siempre se han portado de maravilla con nosotras.
—Chicas, me encanta el restaurante, la decoración, el personal es de lo más eficaz y eficiente —alaba el señor García—. Amables y profesionales. Sabía que podíais con esto. Me alegra que no estéis tan cerca del hotel, sin duda, perderíamos clientes en el restaurante.
Suelto una carcajada y le vuelvo a abrazar.
—De verdad, mil gracias por venir, por apoyarnos, por… bueno —se me hace un nudo en la garganta—, por todo en realidad. Por ser mi refugio durante diez años y prepararme para este momento.
—Ha sido un verdadero placer y lo sabes —me coloca una mano en la mejilla—, eres la hija que siempre quisimos. Estamos muy orgullosos de ti y de tus hermanas, Margarita. Solo te pido que no te olvides de nosotros .
—Nunca —le prometo con los ojos húmedos.
Cuando vuelvo a la cocina, necesito un par de minutos para secarme el rostro y calmarme. Lo último que me esperaba era que mi antiguo jefe se presentase aquí. Le envié una invitación para él y su esposa, por supuesto, pero no creí que fuesen a venir.
Con el paso de las horas, los clientes se van y empieza el turno de limpieza.
La verdad es que estamos todos reventados, nos hemos quedado cortas con el personal, nos habrían hecho falta al menos tres personas más, pero la verdad, nadie contó con que viniese tantísima gente. Incluso se han terminado algunos de los platos.
Cuando nos despedimos de todo el personal, Bea les entrega una bolsa de regalo con un surtido de tartas que ha preparado especialmente para ellos. También les ha comprado una botella de champán pequeña y ha metido unos bombones de chocolate y cereza que son una delicia.
La verdad es que todos y cada uno de ellos lo han hecho de maravilla. Han sido muy profesionales y no ha habido el más mínimo problema en toda la noche, lo cual es casi un milagro en un evento de este tipo.
Cuando al fin nos quedamos solas en la cocina las tres, Juls prepara varios platos con comida y nos pone vasos y saca el agua fría de la nevera.
—Ha sido todo un éxito —comenta sentándose a mi lado con una sonrisa—. Os han dejado tantas propinas que voy a tardar un montón en contabilizarlas. Pero vamos, que todo más que merecido. Estaba todo increíble, sois un gran equipo, hermanas.
—Sí que lo somos.
Bea se recuesta en la silla y cierra los ojos.
—Madre mía, llevo tal subidón que no sé si voy a poder dormir.
Suelto una carcajada y le lanzo una miguita de pan.
—Vas a dormir porque mañana a las siete y media tienes que estar en la cocina preparando desayunos.
Me devuelve la bolita de pan y sonríe.
—Ha sido genial, ¿verdad?
—Sí que lo ha sido —respondo.
Y lo digo en serio.
No se podía haber pedido una mejor inauguración.