Capítulo 34
Margarita
Verle ha sido terrible.
Estar a solas con él ha sido la peor idea que he tenido en toda mi vida, pero tenía que hacerle saber que no hay rencor por mi parte.
Que aunque le echo de menos y aunque sigo convencida de que lo que teníamos era increíble, no quiero que piense que no podemos convivir juntos, él es un miembro de esta comunidad y yo he venido para quedarme.
Entro en casa y la melancolía y la tristeza las sustituyo enseguida por la ira.
Me dirijo hacia la cocina donde sé que está Bea.
—¿Y tú qué problema tienes?
Ella se gira y me mira con los ojos como platos.
—¿Qué qué problema tengo? ¿En serio? —lanza el trapo de cocina sobre la encimera, pero este cae al suelo—.
Mi problema es que ese imbécil te ha hecho sentir mal, ¿por qué?
Porque le llevaste la cena a su casa sin pedir permiso antes.
Tu dices que le has perdonado, pero, ¿cómo has podido hacerlo?
Esa reacción tan exagerada solo puede significar que estaba con otra, por eso se cabreó tanto.
—Eso no lo sabes.
Me cruzo de brazos y fulmino a mi hermana con la mirada.
—¡Venga ya, Marge! ¡Joder! ¿De verdad me estás diciendo que no te sientes traicionada?
No puedo responder porque la verdad es que yo misma he pensado en esa posibilidad más de mil veces, siempre termino descartándola, claro, pero la duda sigue ahí.
—No voy a seguir hablando de esto contigo —espeto de malas maneras—. Se trata de mi vida, no de la tuya. Tú no tienes derecho a opinar ni a decir nada al respecto. Teníamos algo, lo perdimos y ya está.
—No, él lo tiró a la basura sin contemplaciones.
—No hables así de él —mi voz se rompe un poco y ella se da cuenta—. Él no es así. Fui yo quien lo estropeó todo y tú no tienes derecho a enfadarte con él.
—Eres mi hermana. Te quiero.
—Yo también te quiero, Bea. Pero esto… lo que sea que haya sido… es solo mío. Tienes que dejarlo estar, ambos vivimos en este pueblo, ambos tenemos a nuestras familias y un negocio aquí.
—Es que me molesta lo que te ha hecho.
—Pero es que de eso estoy hablando —la miro a los ojos—. Me lo ha hecho a mí, no a ti. Puedes tener una opinión al respecto, pero no puedes juzgarle ni tratarle mal. Por favor.
Alza ambas manos y me mira furiosa.
—Está bien. Como quieras.
—Gracias.
Sé que está enfadada, a ratos yo también me enfado, pero lo que le he dicho ha sido de verdad. Los dos vivimos en este pueblo y nos relacionamos con las mismas personas, no quiero que haya malos rollos.
Cojo mi libro de recetas y me dirijo hacia mi habitación, pero cuando llego al piso de arriba oigo las risas de Julieta. Marcos está con ella y se están partiendo de risa.
Me apoyo en la pared y me quedo escuchando un rato, no quiero espiarles, solo quiero disfrutar de la felicidad de mi hermana. Hacía tanto tiempo que no la oía reír así… cuando suelta otra carcajada, me meto en mi habitación sonriendo.
Mi vida amorosa es una mierda, pero vamos a conseguir lo que hemos venido a hacer aquí.
Sacaremos el restaurante adelante, nos adaptaremos a nuestra nueva vida y seremos felices.
Y puede, que en algún momento, cuando vea a Ricardo por el pueblo o en el restaurante, no sienta que se me rompe el corazón.
Saco el cuaderno con los menús que hemos pensado Bea y yo y suspiro.
El día de la inauguración se acerca, los carteles ya están hechos y repartidos por el pueblo y las invitaciones para comer gratis también se han entregado. No podemos invitar a todo el mundo, claro, pero sí a unos pocos elegidos. El resto, hará un pago simbólico.
Además Bea ha diseñado unas cartas que son una pasada, además de bonitas tienen ese toque divertido que solo ella podía darles.
Unos golpes suenan en la puerta y alzo la mirada cuando se abre.
—Odio pelearme contigo.
Sonrío a mi hermana y le hago un sitio a mi lado.
—Yo también lo odio.
Observa lo que tengo en las manos y se apoya en mi hombro.
—¿Cómo crees que se tomarán en el pueblo el cambio del nombre del restaurante?
—Pues espero que bien, tenemos que encontrar nuestro propio camino y aunque me gusta la idea de mantener el recuerdo de nuestros abuelos, el restaurante es nuestro y nosotras no somos Elisa, somos Salvatierra.
—Estoy nerviosa por la inauguración, nunca he hecho algo así.
Sonrío aunque no me pueda ver.
—Lo vas a hacer genial, Bea. Tienes talento, lo sabes.
—Me gustan mucho las dos camareras que hemos contratado para la plantilla. Creo que lo van a hacer genial.
—Sí. Estoy de acuerdo, la verdad es que Juls tuvo muy buen ojo y tanto Cristina como Susana tienen ese aire de compromiso que es tan necesario en un trabajo tan exigente.
—El primer año va a ser una auténtica tortura.
—Pero lo vamos a disfrutar mucho.
** *
Al día siguiente, cuando bajo a hacer el café me doy cuenta de que Julieta se incorporaba de nuevo a su trabajo, por lo que el café ya está hecho.
Queda un día menos para la inauguración y hoy tenemos mucho trabajo que hacer, en breve llegará Marta con los adornos para el restaurante y los jardines.
Debo confesar que al principio no me hacía ninguna gracia el tema de los globos, pero tras ver unas imágenes que Juls creó en el ordenador, estoy deseando ponerme con ello.
Va a ser un día intenso. Difícil. Pero tremendamente emocionante, de eso no tengo la menor duda.
Estoy preparando unas bandejas con unas pastas que hizo anoche Bea cuando suena el timbre, me dirijo hacia la puerta mientras me limpio las manos con un trapo y abro casi sin mirar. Tiene que ser Marta para preparar todo.
—Hola.
Alzo el rostro y parpadeo.
—Hola.
Vaya, no es Marta. Es una señora elegante, con mirada calculadora y expresión pétrea en el rostro que la verdad, da un poco de miedo.
—¿En qué puedo ayudarla?
—Soy Rosa Martínez. Me gustaría hablar con la señorita Margarita Salvatierra.
Frunzo el ceño confusa y le tiendo la mano con educación.
—Yo soy Margarita Salvatierra, encantada.
—Eso ya lo veremos.
No me estrecha la mano y yo dejo caer la mía .
—Soy la madre de Ricardo y Marcos.
—Oh.
Pues no va a ser una visita cordial. Sin embargo, me aparto de la puerta y le dejo paso.
—¿Le apetece un café? Justo estaba colocando unas pastas que mi hermana Bea hizo anoche.
—No quiero café, quiero hablar contigo. Dejar las cosas claras.
Me sonrojo de la cabeza a los pies y no sé por qué, me siento muy avergonzada.
Aunque no tengo motivo alguno, lo que pasó entre su hijo y yo fue algo entre nosotros y aunque sí, me equivoqué y provoqué que rompiésemos, no creo que deba darle explicaciones a la madre de Ricardo.
Aunque sí que la escucharé porque mi madre me educó bien.
Aunque no me haga ni puñetera gracia.
La guío hasta la cocina y le indico que tome asiento. Yo me siento enfrente, con la isla entre ambas y la miro a los ojos.
—Pues usted dirá.
—Sé que has tenido algo con mi hijo.
Madre mía, ¡qué calor! Siento que me arde la cara. Pero vamos, sería una tontería negarlo.
—Y sé que le has dejado, lo que no sé es cuánto quieres para no arrastrar su nombre por el barro.
Tardo unos segundos en percatarme del significado de las palabras de la mujer. En menos de un minuto la ira se abre paso a patadas en mi interior. Me pongo en pie casi de un salto y me enfrento a la señora.
—Señora, ni la conozco ni ganas que tengo de hacerlo, pero si se cree que puede venir a mi casa a insultarme está muy equivocada. Así que le pido, por las buenas y antes de que pierda los papeles, que se vaya de inmediato.
—No me voy a ir hasta que me digas qué quieres a cambio de tener la boca cerrada.
Siento tanta rabia. Tanta ira… tanto dolor…
—He tenido la boca cerrada desde que pasó, señora. Y sin que nadie me diese un céntimo a cambio. No sé con qué clase de personas está usted acostumbrada a tratar, pero yo no estoy en venta. Y mucho menos si tiene que ver con Ricardo. Es deplorable lo que está haciendo. ¿Una mujer atacando a otra?
—Una madre defendiendo a su hijo.
—¿De quién? ¿De mí? —Suelto una carcajada que me duele en lo más profundo del pecho—.
Señora… —lo digo con todo el desprecio del que soy capaz—.
Lo que hubo entre su hijo y yo solo es asunto nuestro, de nadie más.
Y eso es lo único que voy a decir al respecto.
Ahora, mueva ese culo de mi cocina y lárguese de mi casa.
La mujer abre los ojos y aprieta los labios, pero se pone en pie y me mira.
—Ya se han aprovechado antes de él. No voy a permitir que eso vuelva a ocurrir.
—Pues que tenga usted suerte en esta vendetta absurda, señora, porque yo no le deseo ningún mal a su hijo. Y ahora, le repito que se largue de mi casa.
La sujeto del codo pero da un tirón y se suelta, acto seguido camina con sus finos tacones hasta la puerta y sale sin mirar atrás.
Y a mí se me revuelve el estómago, estoy a punto de vomitar cuando me giro y veo a mi hermana apoyada en la pared del pasillo.
—¿De qué iba eso ?
—No tengo ni idea.
Contengo las arcadas a duras penas y me meto en la cocina.
No me atrevo ni a pensar en qué demonios acaba de pasar.
Y tampoco quiero hablarlo con Bea, por fortuna, apenas cinco minutos después, Marta aparece con todos los adornos para la fiesta de inauguración y entre las tres nos ponemos manos a la obra.