No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

Ricardo

Llevo una semana evitando a Margarita y a sus hermanas.

Las obras del restaurante ya están terminando y Marcos y Julieta ya han diseñado los carteles promocionales de la inauguración. Tengo que soportar que mi hermano me hable de ellas todos los días, sé que lo hace con buena intención, pero joder… ojalá dejase de hacerlo.

Además, tengo que soportar al resto del pueblo.

Al parecer las hermanas se han dedicado a ir negocio por negocio haciendo tratos y publicidad y dándose a conocer.

Y como no podía ser de otra manera, todo el mundo está encantado con ellas.

Es lógico. Son encantadoras, divertidas, inteligentes y preciosas.

Además, les están sobornando con pasteles, café, pastas… y dado que he probado la cocina de las hermanas, sé que todo es de primera.

Sin embargo, yo sigo sintiéndome un imbécil.

He hecho todo lo posible por evitar a Margarita, pero me la he comido con los ojos cada que vez que he podido. Cuando salía a por unas hierbas aromáticas, cuando paseaba por el jardín, riendo con sus hermanas… y cada vez que la miro el corazón me da un vuelco y siento que me falta algo.

—¡Jefe!

Me giro y miro a uno de los chicos que me sonríe de oreja a oreja.

—Ya hemos terminado.

No sonrío de vuelta. Soy incapaz de hacerlo.

Es una putada que ya hayamos terminado las obras. Ya no tengo excusa para venir a fingir que hago algo mientras observo a Margarita como un puto acosador.

No obstante, hago el enorme esfuerzo de revisar hasta el más mínimo detalle, para los chicos es porque soy un tocapelotas muy quisquilloso, pero la verdad es que estoy buscando una excusa para alargar más todo esto.

Pero mis chicos son buenos, muy buenos, y no hay nada fuera de lugar o mal hecho. Ni el más mínimo desperfecto.

Joder.

Después de la inspección, les doy el visto bueno y me dirijo a la camioneta para coger los papeles.

Debo llevárselos a las chicas, que lo revisen todo y que firmen que se han terminado las obras.

—Muy bien, podéis iros a casa. Os habéis ganado el resto del día libre.

Todos asienten con la cabeza y se marchan, intentan disimularlo, pero sé que están preocupados por mí. Estamos muy unidos y saben que estoy jodido.

Pero ellos no pueden hacer nada y yo me siento tan miserable y tan gilipollas por lo que le he hecho a Margarita que no me atrevo ni a pensar en cómo disculparme.

Porque si comportarme como un imbécil cuando me trajo la cena no fue suficiente, cuando demostró ser mejor que yo, ni siquiera fui capaz de decir una puta palabra.

La echo de menos cada puto segundo del día, pero las palabras de Laura, de mi hermano, de los chicos, incluso las de mi padre, no dejan de rondarme por la cabeza.

Metí la pata con Ana y sé que no tiene nada que ver con Margarita, pero aquello me costó mucho, demasiado, y pensar en volver a pasar por ello hace que se me erice la piel.

—Puedo hacerlo yo.

Ni siquiera he sido consciente de que mi hermano está a mi lado.

—No tienes por qué verla —me dice y se me hunde un peso en el estómago—. No tienes por qué hablar con ella. Solo tienen que ver cómo ha quedado todo y firmar los papeles.

Quiero decir que sí, que lo haga él. Y también quiero hacerlo yo. Quiero volver a verla, quiero volver a oler su aroma, quiero volver a tenerla cerca.

—Ricardo.

Cojo aire profundamente y niego con la cabeza.

—No, lo haré yo. A fin de cuentas, yo lo he jodido todo. Ya me he enfrentado a las consecuencias de mis malas decisiones, puedo hacerlo una última vez. Pero gracias .

Salgo del restaurante con la carpeta en la mano y soy consciente de que mientras atravieso el jardín, que aunque esté mal que yo lo diga, ha quedado impresionante. Estoy apretando tanto la carpeta que tengo los nudillos blancos.

En esta semana apenas he hablado con Julieta, solo le envié un email indicando que estábamos a punto de terminar y ella me respondió de forma cordial y respetuosa. Distante. No la culpo, claro, deben odiarme las tres, pero me sentó como una patada en las pelotas ese tono formal y correcto.

Llamo al timbre de la puerta y hago lo que puedo para mentalizarme de que seguramente esta será la última vez que vea a Margarita.

Soy un imbécil.

La puerta se abre y es Bea quien me recibe, la verdad, no sé si es mejor o peor. Porque tiene una lengua más afilada que todos los cuchillos de la cocina.

—Ya hemos terminado —digo antes de que ella pronuncie una palabra—. Venía a ver si podíais ir a revisarlo todo y firmar el final de las obras.

Su mirada es puro hielo.

—Claro, cómo no. ¿Puedes esperar ahí mientras aviso a mis hermanas?

No me da tiempo a responder, me cierra la puerta de un portazo en las narices y siento que me merezco todo ese desdén y desprecio.

***

—¿Qué has hecho qué ?

Sonrío ante el tono irritado de Margarita, pero no me da tiempo a pensar en el por qué, ya que la puerta se abre de inmediato y es ella quien tengo delante.

—Disculpa a mi hermana, al parecer se le han olvidado los modales.

—¡No se me han olvidado! ¡Pero ese imbécil no va a pisar esta casa!

—¡Beatriz Salvatierra, ya está bien!

Creo que todos nos hemos puesto firmes. Jamás había oído ese tono de voz en Margarita y al parecer sus hermanas tampoco lo oyen a menudo porque las dos se han callado de golpe.

—No vamos a hablar de esto más —les indica Margarita—. Vamos a revisar la reforma, vamos a firmar los papeles y nos vamos a comportar como personas adultas, ¿me he explicado bien?

—Sí.

Hago lo que puedo por reprimir una sonrisa ante el tono furioso y burlón de Bea.

Joder, ¡las echo de menos a todas! Me caen genial y les he cogido muchísimo cariño a las tres. Y las he perdido. Y me siento como un cretino.

—Gracias por ocuparte de todo.

La sonrisa de Margarita me perfora el pecho. Está tan guapa que me duele tenerla delante de mí.

Joder. Esto va a ser una mierda.

Caminamos en silencio hasta el restaurante y les voy mostrando todos y cada uno de los cambios. Julieta, por supuesto, lo comprueba en su tablet y eso me hace sonreír. Estas chicas se me han metido muy dentro. Son especiales.

Las observo y bebo de cada uno de sus gestos, lo tocan todo, lo prueban todo y hacen mil comentarios al respecto de las sensaciones que tienen.

Y yo siento que la ira y la rabia crecen dentro de mí.

No hacia ellas, si no hacia mí mismo. ¿Por qué tuve que conocer a Ana María?

¿Por qué tuve que casarme con ella? ¿Por qué tuvo que suceder todo lo demás?

Sin aquella experiencia, no habría estropeado lo que tenía con Margarita.

Sé que no son la misma persona, ¡qué coño! Ni se parecen en el blanco de los ojos y aun así, estoy esperando a que Margarita empiece a echarme cosas en cara, a que me insulte, a que le cuente a todo el mundo en el pueblo lo cabrón que soy.

Sé que hay cientos de rumores al respecto. A mí me han preguntado directamente e imagino que a ella también, así que no sé qué rumores son ciertos y cuáles no lo son.

Una vez que lo revisan todo, Julieta firma los documentos y siento un peso aún más grande en el pecho.

Ya está.

—Gracias por todo —me sonríe y se me cae el alma a los pies—. Habéis hecho un trabajo magnífico y todo ha quedado mejor de lo que esperaba. De verdad, gracias.

—No hay de qué, me alegro de que todo sea de vuestro gusto.

—Pues la verdad es que no todo está a nuestro gusto —comenta Bea con acidez.

—Ya está bien, déjalo.

Margarita la regaña y aunque Bea intenta protestar, no se lo permite.

—Te acompaño al coche —me sorprenden las palabras de Margarita.

Debería negarme, pero no soy capaz de renunciar a estar estos últimos momentos a solas con ella .

Cuando llegamos a mi camioneta, la veo coger aire y expulsarlo lentamente.

¿Será ahora cuando me eche en cara mi comportamiento?

—Solo quería agradecerte todo el trabajo que habéis hecho, la atención al detalle es increíble, la rapidez y la eficacia… estamos muy contentas con la reforma.

No sé qué decir. Me esperaba muchas cosas, pero no esto.

—Yo… bueno, sé que Juls os va a enviar a tu hermano y a ti unas invitaciones para la inauguración, pero quería decirte en persona que me encantaría que vinieses, la invitación es para ti y un acompañante —se sonroja cuando lo dice y por fin me mira a los ojos.

Joder—. Por favor, trae a quien quieras.

No quiero que lo que tuvimos se convierta en algo raro entre nosotros, no quiero tener que evitarte o que tú me evites a mí.

Como ya te dije, el tiempo que estuvimos juntos fue increíble y me alegro muchísimo de haberte conocido y de haber compartido ese tiempo.

Me mira y sé que espera que diga algo, pero, ¿qué podría decirle?

Mientras ella pronunciaba esas palabras mi mente ha conjurado la falsa imagen de ella saliendo a gritos de la cocina y acusándome de algo que no he hecho. He visto mi reputación de nuevo por los suelos.

Estoy jodido.

Y me siento aún peor cuando Margarita se alza sobre sus puntillas y me besa en la mejilla.

—Gracias por todo, ha sido un verdadero placer conocerte. Y espero de corazón que nos volvamos a ver.

Y tras esas palabras que me golpean como un yunque, se aleja de mí.

Joder.