Capítulo 31
Ricardo
He pasado una noche de perros.
Apenas he pegado ojo y me siento terriblemente mal por cómo me comporté ayer con Margarita. Pagué con ella mis inseguridades y mis temores. No se lo merece.
Y ahora, estoy supervisando las obras en el restaurante y no sé cómo enfrentarme a ella porque no sé cómo decirle que soy un imbécil —aunque eso ya lo sepa ella—, y que aunque me arrepiento de haberme portado como un capullo anoche, sigo teniendo dudas y sigo teniendo esa sensación de que me he vuelto a equivocar.
—Buenos días.
Joder.
Verla es como si me golpeasen en el pecho con un mazo.
—Buenos días, guapa —la saluda uno de los chicos y le fulmino con la mirada—. Perdón, jefe.
Margarita suelta una risita nerviosa y a mí se me retuerce el corazón. Y cuando me mira es peor aún.
—¿Podemos hablar un minuto en privado?
Los chicos nos miran y silban como auténticos adolescentes estúpidos.
—Claro —les ignoro lo mejor que puedo.
Sé lo que va a decirme, me va a mandar a la mierda y me lo tengo merecido. Lo que pasó anoche no debió haber pasado nunca. No solo me porté como un capullo con ella, si no que le hice sentir mal y eso no se le hace a nadie.
Salimos al exterior y se dirige hacia el jardín de las aromáticas que Marcos les ha diseñado y que ya está completamente terminado. Y yo la sigo como un idiota.
Me va a dejar y me lo merezco y ni siquiera voy a intentar rebatirle lo que sea que quiera decirme, porque no me la merezco y ella no se merece a un hombre que… bueno, no sé qué coño me pasa, pero no se merece que la haga sufrir.
—Todo está quedando de maravilla —comenta con ligereza pero con sinceridad, se lo noto en la voz—. Bea y Juls están encantadas con los jardines, bueno, yo también claro —me sonríe y se me estremece algo por dentro—. Hacéis un trabajo increíble.
—Gracias.
Se agacha y corta un par de hojas de menta, las rompe un poco y después las huele.
Hoy va preciosa con un vestido vaporoso de color verle pálido que le sienta como un guante y unas sandalias ligeras.
Se ha recogido el pelo en una coleta y como siempre, apenas va maquillada. Huele increíblemente bien.
—No sé qué pasó ayer —me mira de reojo y espera a que yo diga algo, pero no lo hago, así que suspira—. Sobrepasé un límite y me equivoqué, lo siento. No me paré a pensar en que estaba invadiendo tu espacio sin preguntar, no volverá a ocurrir.
Joder.
Vuelve a mirarme de reojo, imagino que esperando a que responda, pero no lo hago y ella vuelve a suspirar.
—Mira, voy a ser muy clara, ¿vale? —asiento con la cabeza—.
Me gustas y creo que lo nuestro es genial y muy importante para mí.
Pero como te dije ya en una ocasión, o es bueno para los dos, o no será nada.
Me haces sentir un millón de cosas y creo que es probable que me esté enamorando de ti, pero lo quiero todo o nada.
Dicho esto, decidas lo que decidas, sigues siendo el contratista de la reforma y no quiero que nada altere eso.
Hacéis un trabajo increíble y yo tengo un sueño que cumplir al que no voy a renunciar ni a poner trabas.
Huele de nuevo la menta y se gira para mirarme a los ojos.
—No sé si es que ya te has cansado de mí o si has comprendido que no soy lo que esperabas y no te voy a presionar con nada.
No es así como quiero que sean las cosas, así que te daré todo el espacio que quieras.
Ayer me hiciste daño. Me gustaría que me dijeses qué fue lo que pasó, pero eso es decisión tuya.
Se agacha a por un par de hojas de otra aromática y me mira desde el suelo.
—¿No vas a decir nada?
—No sé qué decir.
—Ah… entiendo —me sonríe con tristeza y se me revuelve el estómago—.
En ese caso, déjame decirte que estas semanas co ntigo has sido maravillosas y que eres un gran hombre, Ricardo.
Que te deseo toda la felicidad del mundo y que espero que alguna vez encuentres a alguien que te haga realmente feliz.
Joder.
Aprieto los puños con fuerza porque tengo la sensación de que si dejo de sentir dolor me voy a echar a llorar como un puto crío.
—¿Puedo pedirte algo?
Asiento como un imbécil. Tengo el corazón en la garganta y todo mi cuerpo está tan tenso que me duelen los músculos.
—No quiero que esto estropee nuestra relación profesional, si lo prefieres, puedes tratar con Julieta. No te aconsejo que trates con Beatriz —sonríe con tristeza. Tiene los ojos húmedos. Mierda—. Comprenderé perfectamente que no quieras tener trato conmigo, así que no te molestaré más.
—Margarita.
Se detiene delante de mí y me dedica una sonrisa llena de dolor y decepción que me hace sentir como el ser más vil de este mundo.
—Siento muchísimo haber estropeado lo que teníamos y creo de todo corazón que eres un hombre increíble y maravilloso.
Que el tiempo que has estado a mi lado ha sido lo mejor de mi vida, pero yo quiero más, ¿sabes?
Lo quiero todo —se pone de puntillas y me besa en la mejilla—. Adiós, Ricardo de la Torre.
Se aleja de mí y siento que el mundo se desploma sobre mis hombros.
¿Qué cojones he hecho?
** *
Un ruido me sobresalta y me froto las sienes con fuerza.
Joder.
Me duele la cabeza una puta barbaridad.
La luz me está cegando y siento como si mil cuchillos me atravesasen el cráneo.
—¿Aún respiras?
La voz de mi hermano me enfurece, así que me doy media vuelta y me tapo la cabeza con la almohada. Todo muy maduro por mi parte, lo sé.
—Joder, aquí huele a muerto, tío.
Oigo cómo abre las ventanas de par en par y tira de la sábana que cubre mi cuerpo.
—¿Hace cuánto que no te duchas? Por cierto, te recuerdo que es domingo y que hoy comemos con papá y mamá.
—No puedo ir.
—Genial, pues puedes llamar tú a mamá y decírselo.
Noto que se sienta a mi lado.
—Juls me ha contado lo que ha pasado entre Margarita y tú. O al menos la parte que Margarita le ha contado, porque dice que hay algo más. ¿Qué ha pasado? ¿y por qué coño no me has llamado? Te dejó hace tres días.
—Ya sé el tiempo que hace, gracias.
—Ricardo. Joder. Habla conmigo.
—¿De qué? Ya lo sabes todo.
—Venga .
Me toca en el hombro y me enfurezco como un animal herido. Me giro de golpe y le golpeo en el pecho, está sorprendido, no me extraña porque yo lo estoy más, pero no puedo parar. Igual que no pude detener mi propia estupidez con Margarita.
—¿Quieres que hable contigo? —me pongo de pie y aunque me tambaleo, consigo no caerme—. ¿Cómo tú me contaste lo de esa francesa?
—Eso es un golpe bajo.
—Y una puta mierda lo es. Tú tienes tus cosas y yo las mías. ¿Quién coño te crees que eres para venir a pedirme explicaciones?
—No te pido explicaciones, solo quiero ayudarte. Eres mi hermano.
—No necesito tu ayuda ni la de nadie.
—Ricardo, ¿qué está pasando? ¿Es que Margarita te ha hecho algo?
No me reconozco ni yo.
Salto por encima de la cama y le empotro contra la pared.
—Si dices una puta palabra más sobre ella, te rompo la cara.
Marcos alza ambas manos y me mira sorprendido y un poco asustando. Lo más normal ya que me estoy comportando como un puto lunático. Y llevo así tres malditos días.
Le suelto la camiseta y me dirijo al baño dando un portazo que me destroza la cabeza, pero que espero que le sirva para entender que no quiero hablar, que no quiero verle delante de mí, que no quiero estar con nadie. Que apenas consigo soportarme a mí mismo.
Joder.
Me meto bajo el agua fría y me estremezco .
Soy un imbécil.
Y la echo de menos cada puto segundo del día.
No dejo de ver su rostro, su precioso rostro con aquella solitaria lágrima cayendo por su delicada mejilla y tengo ganas de golpearme la cabeza contra la pared.
Le hice daño y no se lo merecía.
Y mientras yo me comportaba como un gilipollas, ella demostró que era más madura que yo y que era cien veces mejor persona.
Joder.
Cuando al fin salgo de la ducha, me envuelvo en una toalla y siento que la cabeza me va a explotar.
En la mesa de la cocina hay un plato con un par de dónuts y la cafetera está recién hecha. También hay una nota sobre la mesa.
“Estoy aquí. Siempre.
M.”
¡Maldita sea!