No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Margarita

No me veo capaz de volver a casa.

Todo el coche huele a la comida deliciosa que he preparado para Ricardo y la emoción que sentía mientras me dirigía a su casa se ha convertido ahora en una tristeza tremenda.

No sé qué ha pasado y no sé por qué se ha enfadado tanto, yo creía que las cosas iban bien entre nosotros, creía que le parecería un bonito detalle que hubiese cocinado para él, pensando en él. Y sin embargo… no ha sido así.

Sin ser muy consciente de lo que hago, me encuentro conduciendo hacia mi antiguo trabajo. Y para mi sorpresa, cuando entro en el garaje del hotel, el guardia de seguridad me saluda con una sonrisa y me abre la barrera. Me detengo para coger el ticket pero él niega con la cabeza.

—Señorita Salvatierra, un placer volver a verla, usted no tiene que pagar aquí nunca, órdenes de la dirección.

Y como una estúpida, esa amabilidad hace que los ojos se me llenen de lágrimas.

Asiento y meto el coche en mi antigua plaza. Es como si los astros se hubiesen alineado para darme una pista detrás de otra. No creo en esas cosas, pero está siendo un día muy difícil y complicado. Así que a lo mejor sí que existe un destino y yo no he sabido interpretar las señales.

Me dirijo hacia el interior del hotel y me recorre una sensación de nostalgia tremenda.

Nada ha cambiado y a la vez lo ha hecho todo.

Los trabajadores del hotel me saludan con sonrisas sinceras y eso hace que mi corazón tiemble.

Me siento vulnerable y triste y estar aquí me recuerda que este lugar siempre fue mi refugio cuando las cosas se complicaban.

—Señorita Salvatierra.

Me giro y ver delante de mí al director del hotel me deja con la boca seca.

—Señor García.

Me tiende la mano y se la estrecho con los nervios recorriéndome la piel.

—Es un enorme placer verte por aquí. ¿Te apetece tomar un café?

Asiento como una idiota, él le pide los cafés a uno de los botones y le sigo hacia su despacho.

En cuanto me siento delante de su escritorio, tengo la sensación de ser una niña pequeña a la que van a regañar por haber cometido un error .

Y de pronto, esa idea se me mete en la cabeza y me hace dudar.

¿Y si todo esto es un error? ¿Y si no soy capaz de hacer las cosas que debo hacer?

¿Cómo he podido pensar que podría llevar un restaurante yo sola?

Siempre he estado a las órdenes de Enrique.

Si lográbamos algo bueno, era cosa de todos, pero si había algún fracaso —y los hubo en nueve años—, él era el único responsable.

—¿Te encuentras bien?

Le miro un par de segundos y me encojo de hombros.

—La verdad es que no lo sé. No sé por qué he venido.

—Bueno, este ha sido tu hogar durante nueve años, me entristecería mucho si nos hubieses olvidado en tan poco tiempo.

Suenan unos golpes y Carlota, una de las camareras de la cafetería nos trae los cafés y nos los sirve.

—Me alegra mucho verte de nuevo, Margarita. Te echamos de menos. Aunque todos nos alegramos por ti y estamos deseando volver a probar tu cocina. Saluda a tus hermanas de parte de todo el equipo.

Asiento sin saber bien qué decir y cuando la puerta se cierra de nuevo tras ella, una lágrima me cae de los ojos.

El señor García me da un pañuelo y me mira con paciencia.

—¿Cómo van las cosas? Imagino que es estresante entre las obras, adaptarse a la nueva vivienda y todo lo demás.

—Está habiendo muchos cambios —me sorprendo a mí misma respondiendo—. Julieta tuvo un accidente de coche.

—Oh, vaya. ¿Se encuentra bien?

—Sí, bueno, lleva de baja unas semanas porque fue algo aparatoso y ella lo lleva fatal, pero se recuperará .

—Eso es una gran noticia.

Suspiro y me miro las manos.

—No sé qué estoy haciendo.

El señor García se recuesta en su sillón y me mira.

—A veces yo tampoco lo sé —le miro sorprendida—.

Llevar un negocio es algo muy exigente y más uno en el que la calidad, la excelencia y el trato con el público deben ser perfectos en todo momento.

Tener miedo es humano. Sin embargo, si algo sé de ti es que eres muy buena en lo que haces y que con tus hermanas a tu lado, nada os parará.

Y una vez dicho esto, si por el motivo que fuese, necesitas volver, ya te dije que las puertas siempre estarán abiertas para ti, no importa si ha pasado un mes o diez años, eres y siempre serás un miembro de la familia.

Y como una estúpida me echo a llorar.

El señor García me ofrece una caja de pañuelos de papel y tras levantarse de su sillón, rodea la mesa y se apoya en el escritorio justo delante de mí.

—Hay algo más. Puedes hablar conmigo.

—Es que no sé por qué estoy así. Yo… empecé hace unas semanas a salir con un hombre…

en realidad es el contratista que se está encargando de las reformas y creí que todo iba bien, pero hoy…

no sé qué ha pasado y es una estupidez que esté llorando, porque no nos conocemos tanto y la relación no es tan seria, pero…

—Bueno, liarte con el contratista de la reforma no ha sido la mejor de las ideas que has tenido —le miro y sollozo de nuevo—.

No obstante, el hecho de que llevéis poco tiempo juntos no es una señal de nada, yo conocí a mi esposa y a los cinco minutos supe que iba a casarme con ella y que sería el amor de mi vida.

Llevamos juntos casi cincuenta años. Y tampoco fue una gran idea enamorarme de la hija del dueño del hotel en el que trabajaba como botones .

Le miro sorprendida y él me sonríe.

Coge una foto de su escritorio y se me acelera el corazón.

El señor García y su esposa, están abrazados y él la mira como si ella fuese todo su mundo.

—Nos la hicimos la semana pasada —me explica—. Pasamos el fin de semana en Mallorca.

—Qué bonito —le entrego la fotografía—. Se ve que lo pasaron bien y que son muy felices.

—Sí que lo somos y todo por lo que hemos pasado ha merecido la pena, pero no ha sido un camino fácil, ¿te imaginas lo que era que un hombre sin oficio ni beneficio pidiera la mano de la hija del dueño del hotel?

Yo tenía diecisiete años y ella quince —le veo sonreír y sonrío yo también—.

Su padre nos lo puso muy difícil y sufrimos mucho.

Todo era muy intenso y los dos nos queríamos, pero nuestros mundos eran distintos.

Tardamos cinco largos años en convencer a todo el mundo de que no era un capricho.

Y sin embargo, éramos muy jóvenes. Yo tenía veintitrés años cuando nos casamos y ella veintiuno.

—Qué historia tan bonita y romántica.

—Ahora, con el paso del tiempo lo es, sin duda alguna. Pero hubo momentos terribles y momentos en los que ambos dudamos del otro y de nosotros mismos. Quizá, lo que sea que haya pasado entre tu contratista y tú es que habéis pasado por un momento de duda.

***

Cuando voy a salir del aparcamiento, me detengo en la garita del guarda de seguridad y le sonrío .

—Tengo el coche lleno de comida, ¿te apetece?

—Por supuesto.

Con una sonrisa me ayuda a sacar la bolsa y se la entrego.

—Ya vendré a por ella en otro momento, espero que Sandra y tú disfrutéis mucho de la comida. Está recién hecha, así que la puede congelar.

—Muchas gracias, señorita Salvatierra. Si me permite la indiscreción, ¿podría darme la dirección de su nuevo restaurante? Sandra y yo queremos mostrarle nuestro apoyo.

—Oh…

Mis ojos se llenan de lágrimas de nuevo.

—Usted y sus hermanas se portaron muy bien con mi esposa cuando… —carraspea y se estremece—. Cuando nuestra pequeña…

Se me llenan los ojos de lágrimas de nuevo.

Tanto Julián como Sandra son unas personas maravillosas y muy buenas de corazón.

Cuando Sandra estaba embarazada de seis meses, un conductor borracho la atropelló al salir de su trabajo y por desgracia, el bebé no lo superó.

Fue un duro golpe para ellos, como es lógico, y todo el hotel se volcó en ayudarles en lo poco que podíamos.

El señor García tiene razón, aquí somos una familia.

Beatriz les llevó tartas y pasteles, yo cociné para ellos y Julieta les visitó en varias ocasiones. Además fue mi hermana quien buscó a un abogado que se encargó de que todo el proceso de la denuncia y el juicio fuese lo menos doloroso posible para ellos.

—Lo siento mucho, Julián.

—Lo sé, ambos lo sabemos y ahora tenemos a los mellizos con nosotros que son un torbellino y que nos tienen alerta todo el día —sonríe emocionado—.

Pero en aquellos duros momentos, usted y sus hermanas, fueron lo único que nos mantuvo cuerdos.

Bueno y el apoyo incondicional del señor García.

Y siempre, siempre le estaremos agradecidos por ello.

—Oh, madre mía…

Le abrazo con todas mis fuerzas y él me devuelve el abrazo.

—Dale un beso enorme a Sandra y otro aún más grande a los pequeños. Disfrutad de la comida y cuando el restaurante esté operativo, os recibiremos con los brazos abiertos.

—Todo le va a ir bien, señorita Salvatierra. Ya lo verá.

—Muchas gracias.

Cuando aparco el coche en casa, tengo una sensación amarga.

Ha sido un día muy raro y lo que ha ocurrido con Ricardo me ha hecho daño, pero ver a mis antiguos compañeros, a mi antiguo jefe, recordar todo lo que he conseguido… me ha recordado quién soy de verdad. Y me ha recordado que en los malos momentos jamás me rindo, alzo la cabeza y sigo adelante.

No sé cómo saldrán las cosas entre Ricardo y yo, pero no voy a tirar por la ventana mi sueño de tener un restaurante propio con mis hermanas.

Si las cosas se tuercen y dejamos de estar juntos, sufriré porque me importa y porque lo que siento por él es intenso y de verdad, pero no voy a renunciar a nada ni por Ricardo ni por nadie.

Cuando entro en la cocina, me encuentro a Julieta con el ordenador delante, bebiendo café y tecleando como una loca.

—Se supone que aún estás de baja.

—No me des una charla tú también, Bea ya se ha encargado de eso. Pero llevo de baja dos semanas más de lo previsto y mi jefe va a pedir mi cabeza —alza el rostro y me mira—. ¿No se supone que ibas a pasar la noche con Ricardo?

—Se suponía —encojo un hombro—. Pero la cosa se ha estropeado, no sé muy bien por qué, pero no le ha gustado que me presentase en su casa con toda esa comida.

—Qué raro.

—Ya… —me sirvo yo también un café y me siento a su lado—. He estado en el Grand.

—Oh, ¿nostalgia?

—Sí, pero también me ha hecho recordar por qué quería hacer esto. Tener un restaurante con vosotras. ¿Crees que todo saldrá bien?

—Creo que Bea y tú tenéis demasiado talento para que no sea así, será duro al principio, pero saldrá bien.

—Juls… —la miro y siento un ramalazo de orgullo por ella, es la persona más desinteresada que conozco—. Tú también tienes mucho talento, sin ti y sin tu capacidad de organización no seríamos capaces de hacer nada. ¿Por qué no te replanteas dejar el trabajo y quedarte con nosotras?

—Porque ahora mismo no puede ser —me mira y se tensa—. No digo que me vaya a quedar allí toda la vida, pero ahora mismo no puede ser.

—Te quiero, hermana.

Me sonríe y apoya su cabeza en mi hombro.

—Yo también te quiero, hermana.