Capítulo 29
Ricardo
Estoy en mi despacho repasando unos planos cuando unos suaves golpes me distraen, sin embargo, cuando veo quién está del otro lado de la puerta, no puedo evitar sonreír.
Margarita entra con una sonrisa en los labios y una bolsa en una mano.
—Espero que no te moleste que venga a verte al trabajo.
Rodeo mi mesa y me acerco a ella. Le quito la bolsa de la mano y la dejo en el suelo, después la atraigo a mi cuerpo y la beso con ganas.
Su cuerpo encaja totalmente con el mío y la sensación es de lo más placentera. Por no hablar de que su boca me trae loco.
—Puedes venir cuando quieras.
La beso como si hiciese un siglo que no la veo y solo han pasado tres días.
Esta semana ha sido un poco caótica. Ella se ha centrado en su hermana que tenía consulta médica y le han dado una semana más de baja, para desesperación de Julieta. Y yo ya he empezado con las obras en el restaurante, además del resto de los proyectos.
—Te he traído café y un bizcocho de limón que ha hecho Beatriz.
Está sonrojada y eso me pone a cien.
Me encanta que sea tan decidida pero a la vez tan delicada. Es un mar de contradicciones que me vuelve loco.
—Gracias.
—Te echaba de menos —confiesa ruborizada y baja la mirada—. Sé que parezco una loca, pero…
—No pareces una loca y yo también te he echado de menos —la beso de nuevo—. Mañana pasaré toda la mañana en tu restaurante, vamos a cambiar las ventanas y vamos a modificar la instalación eléctrica para colocar las nuevas lámparas que han llegado hoy.
Se le ilumina el rostro y siento un pellizco en el corazón.
Esta mujer me hace feliz, y verla feliz a ella me llena de una dicha que no he conocido nunca.
—Eso es genial. Gracias.
—Me pagas por eso —bajo las manos hasta su culo y la pego a mí con fuerza—. Esto, es gratis.
La beso de nuevo hasta que me olvido de cómo me llamo siquiera .
—Vale…
Se separa un poco de mí y se abanica con la mano. Eso me hace sonreír.
—¿Quieres que te enseñe de nuevo cómo quedará todo?
Asiente con la cabeza y no puedo evitar sentirme orgulloso de mí mismo por haberle alterado el pulso. Mi corazón se volvió loco en cuanto la vi, así que me parece justo que ella también esté tan alterada como yo.
Ya han pasado algo más de dos semanas desde que Marcos y yo cenamos con ella y sus hermanas y todo va como la seda. De momento aún no me he quedado a dormir en su casa porque se me hace un poco raro, pero sí que paso algún que otro rato con las tres y debo decir que me encanta hacerlo.
Son unas mujeres maravillosas.
Le muestro las imágenes de lo que hemos diseñado para el restaurante, bueno, más bien la visión que Julieta me dio sobre cómo debería quedar todo. Y no está nada mal. Sabe lo que se hace.
—Es… magnífico.
La rodeo con mis brazos por detrás y apoyo la barbilla en su hombro.
—Va a quedar genial y las obras van más rápido de lo que pensaba, así que pronto podrás abrir el restaurante.
—Sí… madre mía, estoy muy nerviosa.
—No tienes por qué estarlo. Todo va a salir bien. Eres una chef increíble, tu hermana es una artista de los postres y Julieta tiene muy claros los números.
Se gira entre mis brazos y me besa en los labios.
—Lo sé, pero estoy nerviosa. Hoy he ido a ver a los productores locales y he llegado a un acuerdo con ellos, bueno, Julieta ha negociado los términos, pero creo que son buenos para todos. Casi todos son los mismos que tenían mis abuelos, eso me da confianza pero a la vez…
—Tienes miedo de las expectativas.
—Sí. Es… no quiero competir con ellos. Y no quiero que nadie piense que desprecio su trabajo o su talento. Creo que es impresionante que levantaran el restaurante y la casa ellos solos. Y más, sabiendo lo que pasaron con mi padre.
—No creo que nadie piense así. Es cierto que tus platos son más elaborados y elegantes que los que ellos solían servir, pero es que tú eres una gran chef y ellos lo hacían por instinto. Estás preservando su memoria y eso el pueblo lo notará y lo agradecerá. Ya sabes que eran muy queridos.
—Y eso es en parte lo que me asusta.
—Todo irá bien. Ya lo verás.
Tras besarnos durante unos minutos como unos adolescentes, Margarita se despide con la respiración alterada y las mejillas sonrojadas. Joder, es preciosa y me tiene completamente loco.
No pasa ni un minuto cuando Laura entra en mi despacho con una enorme sonrisa en la cara.
—Vaya, vaya…
La ignoro lo mejor que puedo y vuelvo a mi lugar detrás de la mesa.
Aunque no es fácil, primero porque es familia de mi padre, una prima segunda creo, y segundo porque cuando todo se fue al infierno, ella se quedó.
Y fue de las pocas personas que jamás dudó de mí, imagino que porque ella lo vivió todo de primera mano, pero pese a que tiene una lengua afilada y que a veces me habla como si fuese un niño pequeño, ni una sola vez me recriminó nada respecto a mi ex mujer .
Finalmente alzo la cabeza y la veo delante de mí, con los brazos cruzados bajo el pecho y una mirada más afilada que su lengua.
—Dime lo que quieras decir, Laura.
—Pues mira, lo primero es que esa actitud de yo solo contra el mundo me aburre. Tengo dos adolescentes en casa, no necesito a otro más. Y lo segundo es decirte que no deberías liarte con una clienta, se supone que ya habrías aprendido la lección.
—Margarita no es Ana María.
Me observa durante un momento y niega con la cabeza.
—Ella al menos me ha traído café a mí también —señala con la cabeza el pequeño termo y sonrío, ella bufa—. Estás peor de lo que pensaba.
—¿Quieres que discutamos de alguna otra cosa además de mi vida amorosa?
—Como si fuese a servir de algo —me mira y suspira—. Lo pasaste muy mal la otra vez sin hacer nada malo, no quiero que vuelvas a pasar por eso.
Ese es el otro motivo por el que no me gusta contrariar a Laura. En el fondo, es como otra madre más, siempre pendiente y siempre intentando protegerme.
—Cuando conozcas a Margarita, verás que es distinta, si las cosas salen mal entre nosotros no será como antes.
—Eso espero, de verdad que sí.
***
La conversación con Laura me deja mal sabor de boca y no dejo de darle vueltas a todo el resto de día.
Por la tarde tengo que revisar un par de proyectos y todos los chicos se dan cuenta de que estoy más callado y taciturno de lo normal, me dirigen miradas de interés, pero yo finjo que no lo hacen.
Por la noche, cuando estoy solo en mi piso, lo que más me apetece es llamar a Margarita.
No, es mentira, lo que más me apetece es ir a buscarla y pasar la noche enredado con ella en mi cama, pero las palabras de Laura aún me rondan la cabeza y no soy capaz de evitar que los recuerdos de todo lo vivido con Ana me abrumen.
Joder.
Sé que Margarita no es Ana, lo sé. Pero al mismo tiempo no puedo dejar de pensar en que todo el mundo cree que es una mala idea que me líe con una clienta y tienen razón, claro que es una mala idea, pero es que no sé si puedo dejar ir a Margarita.
Todo lo que le dije es completamente cierto.
Aceptaré lo que ella me dé porque estoy loco por ella y va más allá de una simple atracción sexual.
Estoy a punto de levantarme del sofá para ir a por una cerveza cuando suena el telefonillo de casa, frunzo el ceño y voy hacia la entrada. Y me quedo en blanco cuando veo a través de la cámara a Margarita con su enorme sonrisa.
Abro sin responder y noto la emoción que transmite toda ella.
Mierda, yo estoy hecho un lío ahora mismo y no creo que sea la mejor idea del mundo que estemos juntos ahora mismo.
—Hola, siento venir sin avisar. ¿Te molesta?
Y por un instante, estoy a punto de decir que sí.
Joder.
Finalmente recupero el sentido común y niego con la cabeza dejándola pasar .
—Hoy he preparado algunas cosas y he pensado en traerte algo —se dirige a la cocina y yo cierro la puerta tras ella.
La sigo y observo cómo con una soltura brutal, empieza a sacar fuentes de la enorme bolsa de mimbre que trae colgada de los brazos.
Me siento extraño al verla moverse con esa confianza por mi cocina.
Por un lado es magnífico verla en movimiento porque su elegancia y cada movimiento es delicado y muy femenino y eso me encanta, pero por el otro, las advertencias de Laura, de mi hermano antes de que pasase nada y de los chicos me hacen saltar todas las alarmas porque no creo que estemos en el punto en el que ella pueda venir sin avisar y disponer de mi cocina como si fuese la suya.
—¿Qué estás haciendo?
Mi pregunta la detiene en seco y la entiendo. He sonado frío, distante y como un capullo, pero estoy enfadado con ella, por ser tan perfecta en todo y hacerme perder la cabeza, por venir aquí en un mal momento y conmigo mismo por ser tan gilipollas.
Pero no puedo evitarlo. Hoy no.
Se gira lentamente y me observa.
—Yo… ¿tendría que haber preguntado? Pensé que como te gustó tanto lo que cociné…
—¿Diste por hecho que puedes venir siempre que quieras y moverte por mi casa como si fuese la tuya?
Joder.
Ella ha dado un paso atrás y ha abierto los ojos como platos y yo me siento como un completo imbécil porque sé que no se lo merece, sé que solo tiene buenas intenciones. Pero hoy no es el día.
—Yo… no sé qué decir. Lo siento —me mira con esos preciosos ojos suyos y siento como si me hubiesen golpeado en el estómago—. No quería molestar, yo …
Baja la mirada y tarda un segundo en recomponerse. Eso me cabrea aún más.
—Tienes razón —me dedica una sonrisa que no le había visto nunca y que hace que mi corazón proteste—. Lo siento mucho, no he debido dar nada por supuesto y lo he hecho —mira a su alrededor—. ¿Quieres que recoja todo esto? Porque no me importa dejarte la comida, la he hecho para ti.
No sé qué decir ni qué hacer.
Sé que la estoy cagando y sé que quien debería disculparse soy yo, pero las palabras de Laura y su expresión decepcionada me están taladrando el cerebro.
En realidad, todo el mundo se ha tomado un tiempo para decirme que estoy cometiendo el mismo error que con mi ex mujer. Y no puedo dejar de pensar en ello.
—Recógelo todo, por favor.
Juro que la temperatura de mi casa acaba de bajar diez grados.
—Por supuesto.
De forma totalmente eficaz, recoge todo lo que había sacado sobre la encimera de la cocina y vuelve a colgarse la bolsa en el brazo, se coloca delante de mí y me dedica otra de sus sonrisas falsas que me atraviesa el corazón.
—Lamento mucho haber dado por supuesto las cosas, no volverá a pasar —mira detrás de mí y me muevo para que salga, su mirada se humedece o al menos me parece que es así, porque ha bajado la mirada de nuevo.
No sé qué decirle. No sé cómo comportarme.
Ahora mismo, ni siquiera sé qué siento.
—Supongo que nos veremos en el restaurante —no se gira para hablarme, solo abre la puerta de mi casa y eso me enfurece aún más .
—Tengo mucho trabajo.
—De acuerdo.
Llama al ascensor con insistencia y en cuanto las puertas se abren se mete dentro. Ya no puedo verla pero me parece oír un sollozo que me rompe algo por dentro.
Y sin embargo, no es hasta que pasan un par de minutos que soy capaz de moverme.
La he cagado.
Hay que ser gilipollas para estropear lo que tenía con ella.
Mierda.