No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

Margarita

Cuando entro en casa no se oye un solo ruido y creo que eso me pone aún más nerviosa.

Estoy cerrando la puerta cuando noto a alguien a mi espalda y doy un grito del susto.

—¡Joder, Beatriz! Casi me matas del susto.

—Shhhh —me coge del brazo y me arrastra a la cocina—. Marcos ha venido a verla, la he oído reír. No han hablado de trabajo y ahora los dos se han quedado dormidos en su cama —frunce el ceño.

—¿Y por qué eso te parece mal? ¿Y desde cuándo te dedicas a espiar a tu hermana?

—¡No la estaba espiando! Y no me parece mal. Pero es que no creo que tenga un interés romántico en Julieta y eso no es normal, ¿será gay?

—No, no lo soy.

Las dos pegamos un brinco cuando le oímos detrás de nosotras.

—Lo siento —encoje un hombro aunque no parece nada arrepentido—.

O quizá no —nos sonríe y yo lo hago también en respuesta, me cae muy bien—.

Me gusta vuestra hermana, cualquier hombre con sangre en las venas vería que es preciosa, pero no me interesa en ese aspecto.

Solo somos amigos y no, no soy gay. Que no tendría nada de malo serlo.

Julieta me hace bien y me hace sentir bien.

Hacía mucho tiempo que no me sentía tan a gusto conmigo mismo estando con otra persona.

Vaya con los hermanos De la Torre.

Beatriz le mira de arriba abajo un instante y después asiente con la cabeza.

—Le he estado leyendo un libro super aburrido sobre finanzas y nos hemos quedado fritos los dos. Ahora está durmiendo. Ya no tiene tanto dolor de cabeza y ahora mismo está sin el collarín, la he obligado a hacer los ejercicios con el cuello, aun está sensible pero los ha hecho.

—Muchas gracias.

Me acerco y le beso en la mejilla, pero él abre los ojos de par en par y me sonríe con una picardía que me pone nerviosa. Un segundo más tarde, asiente con la cabeza y tengo la sensación de que ha pasado algo entre nosotros de lo que no he sido consciente.

—Chicas, Julieta se recuperará por completo, es fuerte —se recoloca la camiseta que está muy arrugada—, pero hay algo que le preocupa y que creo que no sabe cómo gestionar, no me ha contado nada —se apresura a continuar—. Pero… no sé… lo noto. Aunque a lo mejor os parece una tontería.

—No lo es.

Beatriz se acerca, le estira la manga derecha que tiene enrollada y le sonríe.

—Sabemos que le pasa algo, no es normal que se mate a trabajar todos los puñeteros días y hasta que has venido, nos estábamos peleando porque se empeña en trabajar desde casa. Así que si eres capaz de hacer que se relaje con alguien, a mí me parece bien.

El móvil de Marcos suena y al ver quién le llama sonríe y me guiña un ojo.

—Es mi hermano —descuelga la llamada mientras yo me pongo del color de un tomate bien maduro—. Hola hermanito, sí, estoy con las hermanas Salvatierra, con las tres.

Suelta una carcajada y poco después corta la llamada.

—Tengo que irme, mi hermano me ha dado recuerdos para todas —me mira un segundo más de lo que sería conveniente y suspiro.

No sé cómo lo sabe, pero lo sabe. Y a mí tampoco me van los juegos.

—Soy muy consciente de que lo sabes —le digo cruzándome de brazos—. No sé cómo, así que si tienes algo más que decir, soy toda oídos.

Y decir que he sonado desafiante es quedarse corta.

Marcos se guarda el teléfono en el bolsillo de los vaqueros y me mira a los ojos con una ligera sonrisa en los labios.

—Lo sé porque hueles al gel de mi hermano. Y si tuviese algo que decir, se lo diría a él, no a ti. Lo que hagáis es cosa vuestra, solo me ha sorprendido un poco porque tú estabas convencida de que le gustaba a tu hermana Julieta y él había jurado que no se liaría con una clienta nunca más.

—Espera, ¿qué…?

Beatriz se gira, me mira un segundo y acto seguido se acerca para olerme el cuello, me la quito de encima con un ligero empujón.

—¿Qué haces?

—Olerte, joder, tiene razón… hueles a gel de hombre —me mira y se le empieza a formar una estúpida sonrisita en los labios—. ¿Te has acostado con Ricardo? ¡Bien por ti!

—Por Dios…

No puedo estar pasando más vergüenza ahora mismo.

—¡Oye! —le increpa Beatriz a Marcos—. Que sepas que tu hermano tiene mucha suerte de que mi hermana se haya fijado en él, porque Marge vale su peso en oro, que lo sepas.

Pues sí que podía pasar más vergüenza.

—Yo opino que es tu hermana quien es afortunada, porque mi hermano es el mejor.

Pongo los ojos en blanco pero sonrío. Esta situación es del todo absurda.

—Ya está bien los dos —cojo aire y les miro a los ojos—. Sí, nos hemos acostado y sí, ahora somos pareja y sí, los dos somos muy afortunados pero…. Lo que tenemos es cosa nuestra, así que no quiero que los hermanos pequeños se metan por medio.

—¡Venga ya! —protesta Bea.

—Te lo digo en serio, Bea —respiro profundamente—. Esto me importa, es la primera vez que no tengo que vivir para el trabajo y que puedo centrarme en mí misma y lo que sea que haya entre Ricardo y yo, me importa. Así que te lo digo en serio, no te metas .

Alza ambas manos y se aleja un paso ofendida.

Genial. Mañana me tocará a mí hacer el desayuno.

—Yo solo te digo que cuides de él, ¿vale? —miro a Marcos sorprendida—. Ya sé que mi hermano parece el típico tío duro que nada le afecta, pero no es así. Ya le han hecho daño antes y ya le han roto el corazón. Solo te pido que no te lo tomes como un juego.

—No es un juego.

—Entonces, por mí está bien —encoge ambos hombros y cuando le vuelve a pitar el móvil, sonríe—. Tengo que irme. ¿Le podéis decir a Julieta que vendré a verla mañana?

***

En cuanto Marcos sale de casa, Bea hace el intento de salir de la cocina pero la detengo cogiéndola del brazo.

—¿Qué? —me espeta con toda su mala leche.

—Bea.

Me mira y suspira. Tiene genio pero no es mala.

—No sé qué tengo con Ricardo, solo sé que me gusta, que hemos pasado un rato magnífico y que… no sé, como te dije antes, me importa.

—¿Y te crees que voy a estropearlo? ¿Acaso te crees que quiero que seas infeliz?

—No es eso, lo sé, pero a veces, puedes ser muy intensa y no sé si puedo manejarlo todo a la vez.

—Que soy intensa.

—Bea, por favor, como si no lo supieses .

Hace un gesto con la cara que me indica que su cabreo ha aumentado por mil. Porque mi hermana no es mala, pero temperamental y con mala leche, lo es un rato largo.

—Pues muy bien, no te preocupes que dejaré de ser tan… intensa.

—Bea, joder…

—No, no… lo has dejado claro.

Se aleja un paso de mí y me siento la peor hermana del mundo.

Algo se rompe dentro de mí y suspiro con pesar.

—Es que no sé qué pensar, con él me siento yo misma y ha sido muy extraño porque hace años que no me siento así, ¿sabes?

Ni siquiera la miro, camino hacia la isla de la cocina y después hasta la zona de cocinar, empiezo a preparar café con las manos inquietas, tanto como lo está mi corazón.

—La última vez que me acosté con alguien fue con Pablo, el representante de vinos y fue un completo desastre.

Me sentí muy mal después de aquello, tanto que me quitó las ganas de volver a estar con alguien.

Yo… me he sentido fea y torpe y estúpida…

solo era eficiente y perfecta en la cocina y entonces nos hemos embarcado en todo esto y yo…

Dejo la cafetera a medio preparar y me apoyo en la encimera de mármol.

—No habíamos hablado de eso.

—No.

No me doy la vuelta. No sé si puedo mirarla a la cara.

—Marge —me pone una mano en la espalda y me estremezco—. Ni eres fea, ni torpe ni mucho menos estúpida y cuando encuentre a ese cabrón con pinta de chulo de playa, le voy a clavar mis tacones de aguja en las pelotas hasta que se las saque por la garganta.

No puedo evitarlo y me echo a reír con ganas.

Bea me abraza y me besa en la mejilla.

—Te quiero, Marge. Y siento ser tan intensa.

—No… no quería decir eso exactamente, solo que no sé lo que hay entre Ricardo y yo. Pero me gusta muchísimo y me hace sentir bien, conmigo y con él, con el mundo entero y hacía tanto que no me sentía así que no sé qué hacer con todo esto.

—Vale. Solo necesito saber una cosa.

Le doy un instante y ella me mira de forma dramática.

—¿Cómo la tiene de grande?

Me echo a reír de nuevo.

Bea es increíble y totalmente descarada. Pero me hace reír. Siempre lo ha hecho.

—No te lo voy a contar.

—Eso es que la tiene grande.

—Más que el representante de vinos —respondo sin saber muy bien por qué.

De nuevo estallamos en carcajadas.

Es maravilloso tener a Bea en mi vida. Ella y Julieta lo son todo para mí y no sabría vivir sin ellas a mi lado.

Un par de horas más tarde, cuando ya me he dado una ducha y le he dado como un millón de vueltas a lo que ha pasado con Ricardo, me acerco hasta la habitación de Juls y sonrío al verla despierta y con un libro en las manos .

—Hola.

Me sonríe y no puedo explicar con palabras lo feliz que me hace esa sonrisa. Me aterra perder a mis hermanas y no puedo explicar el miedo que pasé al verla en el hospital.

—Hola, Marge.

Me siento a su lado y arqueo una ceja al ver que está leyendo una novela, no es extraño, le encanta leer y tiene como un centenar de novelas, pero habitualmente en casa suele leer libros de economía.

—¿Cómo te encuentras?

—Mejor —suspira y se recuesta con una ligera mueca de dolor—. Marcos estuvo aquí, es un hombre genial, me ha hecho reír y me hizo compañía un rato, al menos así dejé de discutir con Bea.

—Lo sé y sabes que Bea no lo hace con mala intención.

—Lo sé —sonríe—. Es que es demasiado intensa a veces.

Suelto una carcajada.

—Eso mismo le he dicho yo hace un rato.

Mi hermana me mira y no puedo evitar pensar que pese a lo preciosa, inteligente y dulce que es, el mundo no la ha tratado demasiado bien.

Es en momentos como este cuando me siento culpable por ocultarle un secreto y más uno que la afecta directamente, no obstante, las razones para ocultarlo en su momento aún son vigentes.

—He empezado a salir con Ricardo.

Juls abre los ojos y la boca pero antes de decir nada, frunce el ceño un segundo.

—No sé qué decir —me sorprende un poco su reacción pero no puedo culparla—. No pensé que dieses el paso, la verdad .

Me tenso y me aparto un poco de ella.

—¿Te interesa? Porque en ese caso yo…

—No, Dios… no… —me coge de la mano y me sonríe—. Es un hombre guapísimo y muy atractivo, pero es demasiado para mí. Creo que hacéis una pareja estupenda y si te hace feliz, para mí es más que suficiente, es que… no sé, pensaba que no querías saber nada de él. Ni de ningún otro, la verdad.

—Ya… no sé cómo pasó o bueno, no. Sí que sé cómo pasó, es solo que todo esto es nuevo para mí. Me presenté en su casa y nos acostamos, así sin más. Él no quiere que sea algo sexual o de solo una vez y yo tampoco —me froto las manos con nerviosismo—. Me importa, Juls.

—¿Te trata bien?

—Sí, ya sabes que es un caballero y un encanto. En la cama es igual.

Mi hermana se ruboriza y sonrío.

—Eso es fantástico, Marge —me aprieta un poco la mano y me sonríe—.

Es genial y solo deseo que seas feliz. Has trabajado muchísimo para darnos todo lo que hemos necesitado y te has sacrificado por nosotras, creo que ya es hora de que vivas para ti misma, que disfrutes de esta nueva relación, de este tiempo de descanso.

Este nuevo proyecto, esta casa y esta nueva vida van a ser maravillosas para ti y te lo mereces.

Y algo en sus palabras me atraviesa el corazón y hace que me duela.

—¿Y qué hay de ti?

Encoge un hombro con delicadeza y baja la mirada.

—Aún no es mi momento.

—Juls …

—Estoy bien —pero no me mira—. Me pondré bien del todo y todo irá bien. Puedo con esto.

No sé qué es con lo que tiene que poder, pero conozco a mi hermana y sé que es todo lo que me va a decir al respecto.

Así que me pongo en pie y la beso en la mejilla.

—Te quiero, Juls. Estoy aquí cuando me necesites. No sé qué te pasa y me encantaría ayudarte, pero te conozco y sé que no me dejarás, solo quiero que sepas que estoy aquí, como lo estará Bea. Que te queremos y que pase lo que pase, tú estás antes que nada o que nadie. Eres nuestra hermana.

Sus ojos se humedecen y se me rompe un poco el corazón. Juls está sufriendo y no sé cómo ayudarla.