Capítulo 25
Ricardo
Cuando suena el timbre de mi piso, salgo corriendo de la ducha y mientras camino hacia la puerta, me enrollo una toalla en las caderas. He tenido el tiempo justo de darme una ducha rápida.
Cuando Margarita me ha llamado estaba metido hasta las rodillas en la zanja de una obra en un chalet a unos quince minutos del pueblo.
Me ha costado casi diez minutos dejarlo todo listo y preparado para poder irme, lo que significa que he volado hasta mi casa, no podía dejar que Margarita me viese hecho un desastre ni oliendo como si me hubiesen tirado un camión de cemento encima.
—Hola.
Cuando sale del ascensor, se queda parada delante de mi puerta y le sonrío. Tiene los ojos abiertos como platos y le tiemblan un poco las manos.
Bien.
Eso significa que le gusta lo que ve y eso alimenta mi ego.
—Pasa, perdona que esté así, estaba en una obra y… bueno, estaba hecho un desastre, si me das un minuto, me visto enseguida.
Margarita camina despacio hasta dentro de mi piso y para mi sorpresa, estira una mano hasta que me toca el bíceps.
—Es de verdad… —musita y sonrío.
—Todo yo soy de verdad.
Traga con fuerza y me mira a los ojos.
—¿Te encuentras bien?
La verdad es que estoy empezando a preocuparme. Está completamente inmóvil y no deja de acariciarme el bíceps con la punta de sus delicados dedos. Y uno no es de piedra.
—Nunca he hecho esto.
Parpadeo un poco porque creo que no la estoy entendiendo.
—Espera, ¿de qué hablas?
—De que quiero acostarme contigo ahora mismo.
Joder.
Casi me atraganto con mi propia saliva. Sobra decir que mi cuerpo ya está más que listo para ello.
—¿Y nunca te has acostado con nadie? Porque…
—No, no. Eso sí. Pero esto no. Nunca he llamado a un hombre para citarme en su piso y acostarme con él sin saber siquiera lo más básico .
Trago con fuerza.
—Soy Ricardo de la Torre, nací el seis de julio, tengo un hermano que se llama Marcos que nació el quince de marzo.
Mi madre se llama María y mi padre se llama Ricardo como yo.
Tradición familiar. Tengo un negocio de reformas pero en realidad soy arquitecto.
Mi hermano es paisajista. No soy alérgico a nada.
Suelta una pequeña carcajada y se acerca un paso más a mí.
—No quiero que pienses que…
Le corto poniendo un dedo sobre sus labios.
Joder, lo que quiero hacerle a esos labios.
—No pienso nada. Por mí, puedes venir a mi casa siempre que quieras y hacer conmigo lo que te apetezca.
Sin embargo hay algo que sí que me veo obligado a explicar.
—Me gustas, Margarita y me gustas mucho.
Más de lo que seguramente me convenga, pero hay dos reglas que nunca rompo y exijo lo mismo —ella asiente con la cabeza—.
Jamás me lío con alguien que tenga pareja, me da igual que sea novio, amigo con derecho a roce o marido.
Si sales con alguien más, esto se termina aquí y ahora.
—No salgo con nadie. La última vez que quedé con un hombre y terminamos en la cama fue hace casi dos años. Y fue algo corto. Jamás habría venido aquí de tener a alguien en mi vida.
—Bien. Segunda cosa. Si estás conmigo es en exclusiva. No me van las relaciones abiertas ni los juegos. No te pido que le pongas una etiqueta a lo que sea esto, pero dure lo que dure esto, solo somos tú y yo.
—¿Eso también sirve para ti?
—Por supuesto. Y siempre uso condón.
—Me parece bien todo .
Y acto seguido se acerca y pega su cuerpo al mío, se alza sobre las puntas de sus pies y sus labios rozan mi boca.
Es todo lo que necesito para encenderme.
Le rodeo el cuerpo con mis brazos y la beso como si no hubiese un mañana. Su boca es generosa, dulce y firme, sus besos me están volviendo loco. Le chupo el labio inferior y se lo acaricio con la lengua pidiendo permiso para entrar. Cuando abre sus labios la saqueo con todas mis fuerzas.
Oigo un portazo y me separo de ella.
—La puerta seguía abierta —me dice entre jadeos—. No me gusta el público.
Sonrío y la empujo con suavidad hasta la puerta, presiono mis caderas contra su cuerpo y le acaricio el culo con descaro.
Joder, esta mujer es perfecta para mí.
—Perfecto.
La beso de nuevo y sin darme cuenta la toalla se cae de mi cuerpo.
No me importa lo más mínimo. Pronto ella estará como yo y podremos disfrutar el uno del otro.
Le beso el cuello y enreda sus manos en mi pelo.
Le bajo los tirantes del vestido de verano que lleva y gimo al ver el sexy sujetador que lleva. Es de encaje en color verde pálido y sus pezones sonrosados se ven a través de la tela.
—Joder, esto tengo que verlo.
Doy un paso atrás y la miro con descaro.
—Quítate el vestido.
Ha sonado a orden y me preocupa cómo se lo tome, pero ahora mismo no soy capaz de controlarme demasiado .
No obstante, Margarita me obedece y eso me pone aún más cachondo. Menea el cuerpo y su vestido cae a sus pies, me acabo de fijar en que lleva unas sexys sandalias negras que se enredan en sus tobillos. Trago con fuerza y ahogo un gemido al fijarme en su ropa interior.
Encaje verde pálido.
—Date la vuelta. Déjame ver.
Y tengo que hacerlo, tengo que ver qué es. Porque es tan minúsculo que me ha puesto al borde del abismo. Parezco un adolescente con su primera chica.
Ella obedece y mi polla da un brinco cuando veo la tira de tela perderse entre sus glúteos.
Joder, ¡qué culo tiene!
Me acerco a ella por detrás y dejo que mi polla se acomode entre sus nalgas.
—¿Hasta dónde quieres llegar?
—Hasta el final.
Le cojo las manos y se las pongo en la puerta por encima de su cabeza, presiono mi polla contra su culo un poco más y cuando jadea, le doy un mordisco suave en el cuello.
—No vamos a follar contra la puerta —juro que noto un gemido de decepción que me pone más cachondo aún—. Al menos no contra esta. Tus sonidos son solo para mí. Vamos a mi habitación.
Cuando la dejo encima de mi cama me parece un puto sueño.
No voy a mentir diciendo que jamás me la he imaginado así, porque no soy de esos. Pero sí que me sorprende que sea tan rápido y más aún que sea iniciativa de ella.
—Eres preciosa .
Empiezo a quitarle el tanga, pero pierdo la paciencia y se lo arranco del cuerpo.
—Te comparé otro.
Ella suelta una risita y se quita el sujetador antes de que lo haga yo.
—Esto ni de coña me lo rompas, soy incapaz de llevar un vestido sin sujetador.
—¿Pero no te importa ir sin bragas?
Me mira de forma tan seductora y tan pícara que mi polla da un salto de alegría.
—Quizá no soy la mujer formal y recatada que te esperabas.
—Joder, espero que no —me abalanzo sobre ella y le devoro la boca—. Superas todas mis fantasías.
***
Me siento el hombre más afortunado del mundo.
Ambos aún jadeamos después de la sesión sexual que hemos compartido. Decir que ha sido el mejor polvo de mi vida sería quedarse corto.
Verla llegar al orgasmo ha sido demoledor, ya me estaba costando mantener el control, pero después de oírla gemir ni nombre… me he vaciado por completo.
No tengo las fuerzas necesarias para moverme y quitarme el condón, y tampoco quiero separarme de ella aún.
—Me has dejado temblando —susurra y sonrío.
La arrimo aún más contra mi cuerpo y la beso en el pelo .
—Para mí ha sido fantástico también —le alzo un poco la cabeza para poder mirarla a los ojos—. ¿Estás bien?
—De maravilla —su sonrisa ilumina mi habitación y me hace sentir un ridículo orgullo de mí mismo—. Ha sido increíble.
—Estoy de acuerdo.
Suspira, me besa en el pecho y se vuelve a acurrucar a mi lado.
Joder, podría quedarme así toda mi vida.
Suena un teléfono en alguna parte de la casa y Margarita se remueve inquieta.
—¿Es el tuyo? —le pregunto cuando se incorpora.
—Sí. Lo siento, tengo que contestar.
Se levanta totalmente desnuda y camina hacia la entrada de mi casa, vuelve apenas un instante después con el móvil ya pegado a la oreja.
—Sí, lo entiendo. Sí. Claro. Vale, pero…
No. Bea, por el amor de Dios… ¡déjala en paz!
Ya es mayorcita, le has quitado el móvil y no tiene acceso a un ordenador.
Le guste o no, se va a tener que quedar en casa unos días.
Sí. Ya lo sé. Sí. —Suspira—. De acuerdo.
No, obviamente no estoy en casa, Beatriz.
No es asunto tuyo. Yo también soy mayorcita.
Sí, de acuerdo, como quieras, estaré ahí en…
—en ese momento me mira y yo sonrío mientras me acaricio la polla con lentitud, la veo tragar con fuerza—.
En un par de horas —casi es un jadeo—. Pues porque sí. He dicho en un par de horas. Adiós.
Cuelga el teléfono y me mira a los ojos, después lo deja sobre mi cómoda y se sube a la cama gateando como una pantera.
Joder.
—¿Te apetece un segundo asalto?
—Me apetece que no te vayas aún .
Sonríe y juro que es la sonrisa más bonita que jamás he visto.
—Eso está bien, porque a mí aún me queda algo de energía.
Algo más de dos horas después, Margarita está totalmente vestida —salvo por el tanga que le destrocé—, en el pasillo de entrada de mi piso.
—Oye.
Le cojo la mano y tiro de ella hacia mí para poder besarla.
—No sé cómo quieres llevar esto, pero yo no me arrepiento de nada.
—Yo tampoco me arrepiento de nada, es que… —suspira—. No me gusta esconder las cosas. Pero entiendo que esto es algo extraño y quizá tú…
—No —la corto de golpe—. No me pongas de excusa.
¿Quieres que sea público? Por mí estupendo, así no tendré que comerme las ganas de besarte y abrazarte cuando me apetezca.
¿No quieres que sea público? Pues me joderé cuando te vea si hay más personas alrededor, pero los límites de esto los pones tú, no yo.
—¿Y tú qué quieres?
—Estar contigo —suelto de forma totalmente sincera—. Poder verte en tu finca y besarte, quizá pasar alguna noche contigo. No me va eso de esconderme, pero si es lo que necesitas para no sentir más presión en tu vida, lo aceptaré.
Suspira de forma totalmente aliviada y me abraza, la envuelvo entre mis brazos sin pensármelo.
—Menos mal. No creo que pudiese ocultarle a nadie que me gustas y que esto que tenemos me importa, sé que no tiene sentido porque apenas nos conocemos, pero… lo siento así.
—Por mí está bien —sonrío y la beso. Porque puedo—. Mi madre conoció a mi padre y se casó con él seis meses después. Llevan juntos más de treinta años.
Sonríe y se me acelera el corazón.
—Eso es muy bonito. Espero que algún día me cuentes la historia con más detalle.
—Ya lo hará mi madre —suelto con una carcajada—. En cuanto se entere de que estamos juntos, hará lo imposible por conocerte y por contarte todas las anécdotas vergonzosas de mi vida.
Margarita se ríe y se apoya en mi pecho.
Joder. Me hace sentir muy bien.
—Eso me gustará, pero… ¿podría ser en unas semanas? Creo que primero quiero acostumbrarme a ti, a esto que tenemos.
—Será cuando tú quieras, no te preocupes.
—Gracias —alza el rostro y la observo—. Tengo que irme —sonríe—, pero lo he pasado genial y me encantaría que pudiésemos repetirlo.
—Oh, lo haremos —le aseguro y suelta una risita sexy. Sin embargo hay algo que me molesta—. ¿Esto es solo sexo? No te presiono —me apuro a seguir hablando—, solo quiero saber a qué atenerme.
—Para mí no —me mira a los ojos—. Pero tampoco te voy a presionar.
—Perfecto.
La beso en los labios y suspiro cuando su móvil vuelve a sonar.
—Tengo que irme antes de que mis hermanas se maten entre ellas —sonrío y le acaricio el pelo para enmarcar su rostro con mis manos. Vuelvo a besarla en los labios—. Me encantaría que cenásemos juntos mañana. Quizá podrías venir a casa, echaré a Bea y Juls no saldrá de su habitación.
—Ocúpate de tus hermanas, yo estaré aquí siempre que me necesites y por supuesto, cenaremos juntos siempre que quieras, encanto —la beso en el cuello y la noto estremecerse—. Llámame.
—Vale.
No puedo evitar sonreír cuando la veo trastabillar al salir de mi piso. Es ridículamente sexy y todo en ella me despierta mis instintos más básicos.
Cuando las puertas del ascensor se cierran, entro en casa de nuevo y sonrío sin motivo aparente.
Salvo que sí tengo un motivo.
Joder.
Margarita ha estado aquí y hemos pasado unas horas increíblemente alucinantes. El sexo ha sido magnífico, pero es estar con ella lo que me hace sentir un millón de emociones que me descolocan un poco pero que no me asustan en absoluto.
Siempre he sabido lo que quería y además de tener mi empresa, es tener una familia, conocer al amor de mi vida y sentar la cabeza.
Durante un tiempo pensé que Ana María sería esa mujer, al principio de la relación me embelesó y llegué a quererla, de lo contrario, jamás nos habríamos casado, pero no fue hasta que me engañó la primera vez que comprendí que pese a que la quería, no era el amor de mi vida, más que nada porque lo que más me dolió de que me pusiese los cuernos, fue el ego.