No estabas en el menú (Hermanas Salvatierra 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Margarita

—¿Pero se puede saber qué os pasa?

Entro en la habitación de Juls donde ella y Bea están gritándose una a la otra.

Llevan así desde ayer. De verdad, que vamos a terminar las tres completamente locas.

—Pasa que la he pillado mirando el móvil —Bea se cruza de brazos y fulmina con la mirada a nuestra hermana pequeña—, y ahora le duele más la cabeza, porque es más terca que una mula.

—¡Es mi trabajo, Bea!

—Ya está bien —me meto entre ellas y miro a Beatriz—. Déjanos solas, por favor, estaría bien que hicieses algún bizcocho o algo así.

—Claro, mándame a mí a la cocina para que ella pueda seguir haciendo el tonto.

—Bea, por favor.

No se molesta en responder, solo da un portazo tremendo y Julieta se encoge de dolor.

Le coloco la bandeja del desayuno que le traía sobre las piernas y después me siento a su lado.

—Solo lo he cogido un momento —se disculpa—, tengo muchos mensajes y muchas llamadas.

—Bea ya les explicó lo del accidente y les envió el parte de baja —le explico por décima vez—. No tienen derecho a llamarte o escribirte.

—No lo entiendes.

—¿Lo que es ser una adicta al trabajo? Créeme, lo sé muy bien —sonrío—. Estar aquí, mano sobre mano me está poniendo de los nervios.

—Pues disimulas muy bien.

Sonrío y algo de la preocupación que tenía se me va. Mi hermana está recuperando la agilidad mental, ayer a veces tenía que pensar las palabras. Y confundió un par de ellas, creo que por eso Bea está tan alterada.

—Bueno, es que tengo dos hermanas pequeñas que me dan más trabajo que un restaurante de cinco estrellas.

Julieta sonríe y yo con ella.

—¿Te has echado la crema hoy?

—Sí, Bea vino y me la puso —suspira—. Odio estar enfadada con ella. Pero es que… tengo que volver al trabajo.

—No, no tienes. Mira, Juls, Bea y yo queremos que trabajes aquí con nosotras, una vez que se acaben las reformas tenemos que poner en pie un negocio, nos encantaría que tú te ocupases del papeleo, facturas, declaraciones, seguros, el IVA… todas esas cosas que nos molestan tanto a nosotras.

—No puedo hacer eso.

—Sí que puedes, tenemos dinero. Bea y yo hemos decidido que vamos a pedir que nos den el paro todo junto para hacer frente a las primeras facturas y poner en pie el negocio.

—No, no, no… —la miro sorprendida por su negativa—. No, no vais a hacer tal cosa. Ya he pedido un préstamo para todo eso, además, he solicitado un par de ayudas estatales y nos las han concedido —me explica—. Tenemos dinero, lo sé, pero yo aún debo mantener mi trabajo al menos un año más.

—¿Por qué?

Algo en lo que ha dicho ha disparado todas mis alarmas. No sé por qué, pero su tono de voz no ha sido el de una persona que tenga esperanzas en el futuro o incertidumbre por él. Ha sido el de una persona desesperada.

—Juls. Dime por qué.

—No puedo —suspira demasiado fuerte y hace un gesto de dolor—. Pero confía en mí, Marge. Por favor. Te prometo que lo estoy haciendo todo bien, que… todo va bien. Solo necesito un año más.

Cojo aire profundamente y después lo suelto en un largo suspiro.

—No me gusta, Juls —me armo de valor—. Mira, sé que te ocurre algo, algo malo —ella niega con la cabeza pero es un gesto apenas perceptible, ahora mismo no tiene puesto el collarín—. Julieta, puedes confiar en nosotras, te ayudaremos con lo que sea. Lo sabes.

Sus ojos se llenan de lágrimas y a mí se me parte el corazón.

—Lo sé —susurra—, y eso lo hace todo más difícil.

—Pero no tiene por qué ser así, no tiene que ser complicado, ni difícil, tan solo… deja ese trabajo y ven con nosotras, nos mantendremos a flote.

—De eso no me cabe ninguna duda —me mira a los ojos y hay tanta tristeza en los suyos que se me encoge el corazón—. Pero tiene que ser así, Marge, tengo que aguantar un año más. Y después me pensaré lo de dedicarme en exclusiva al restaurante.

Se acerca un poco más la bandeja y empieza a juguetear con los huevos revueltos que le he preparado.

Conozco a mi hermana y sé que es la última palabra que va a decir al respecto. Sé que no servirá de nada presionarla y que solo conseguiré que se cierre en banda aún más.

Pero algo no va bien. Y eso me está matando igual que está destrozando a Beatriz.

Me pongo en pie y le doy un beso en la frente.

—Te quiero, hermana.

Julieta me sonríe con los ojos aún húmedos.

—Yo también te quiero, hermana.

—Bea vendrá a por la bandeja en un rato, ¿vale? Por favor, no mires el teléfono.

—No puedo hacerlo porque lo ha tirado por la ventana.

No sé si echarme a reír o a llorar.

Beatriz es la más temperamental de las tres y a veces tiene unos arranques de genio que me vuelven completamente loca. Es como una fuerza de la naturaleza, a veces suave y dulce como la primavera y a veces como un huracán descontrolado que arrasa todo a su paso.

En cuanto llego a la cocina la veo ir de un lado a otro y lo que hace no tiene mucho sentido, pero Bea es así. Caótica y nerviosa cuando algo le duele o le preocupa mucho. Y nadie puede decir que no quiere a sus hermanas.

—Hay dos docenas de huevos en la encimera.

Bea se gira y veo su precioso rostro congestionado, ha estado llorando desde que la eché de la habitación.

—Y creo que has decidido plantar un teléfono móvil de última generación, dime, ¿hay que podarlo en primavera como los rosales?

Mi hermana suelta una risa ronca, se detiene en mitad de la cocina y solloza antes de alzar el rostro.

—Casi la perdemos. Aún no está fuera de peligro y en vez de mirar por ella misma, no hace más que atender las llamadas de ese cretino, desgraciado, malnacido, prepotente, mentiroso e infiel.

Ah.

En este punto estamos totalmente de acuerdo.

Yo tampoco sé cómo Julieta fue capaz de volver dos días más tarde a su puesto de trabajo como si nada hubiese pasado. Como si ese imbécil no la hubiese dejado plantada en la iglesia con más de cien invitados. Aquel día pensé que Beatriz mataba a alguien y que Julieta moriría de tristeza.

Julieta se recuperó, o eso pensaba, ahora la verdad es que no sé qué le pasa por la cabeza a mi hermana. Pero a Bea logramos contenerla por los pelos, se enfrentó al padre de Pedro e incluso le dio una bofetada que resonó en toda la iglesia.

** *

A media tarde juro que me va a explotar la cabeza.

Beatriz no ha parado de hacer pasteles, bizcochos y tartas. Ni siquiera me ha dejado preparar algo de comer, hay harina por todas partes y el aroma del azúcar, la vainilla y el chocolate lo inunda todo.

Y Julieta está de lo más irascible, ha pedido el teléfono al menos una docena de veces y en todas ellas se lo hemos denegado, claro.

Pero eso no la ha puesto de mejor humor.

Es una suerte que el portátil quedase completamente destruido en el accidente, si tuviese acceso a un ordenador, no habría quien la parase.

Y yo me encuentro en mitad de una guerra campal y con las defensas totalmente bajas.

Quizá por eso estoy en mi habitación con mi teléfono en la mano y haciendo la mayor tontería de mi vida.

—Buenas tardes, Margarita, ¿qué puedo hacer por ti?

Suspiro y sonrío aunque no pueda verme, solo con oír su voz, me siento mejor.

—Me apetecía hablar con alguien que no grite, cocine o me mate de preocupación, o las tres cosas a la vez.

Escucho una suave carcajada que me hace sonreír de nuevo.

—¿Te apetece dar una vuelta? Quizá necesitas oxigenarte un poco.

—Me encantaría, pero Julieta aún no está bien y Beatriz está descontrolada, así que no puedo.

—Beatriz no va a matar a Julieta y tu hermana pequeña lo que tiene que hacer es descansar, puede que sea una adicta al trabajo, pero no es idiota. Así que, ¿qué me dices? Este es el plan: te paso a buscar, te enseño el pueblo y te presentaré a todo el mundo. O podemos hacer cualquier otra cosa.

—Muchas gracias, pero no quiero distraerte de tu trabajo. Solo necesitaba un pequeño respiro.

—Julieta se pondrá bien, es fuerte.

—Lo sé —una lágrima cae por mi rostro y me la limpio con una mezcla de rabia y vergüenza—. Lo sé, pero…

—Pero es tu hermana pequeña y has pasado mucho miedo. No me lo puedo imaginar. Y sé que suena a tópico, pero necesitáis tiempo para vosotras, juntas y separadas.

—Me hubiese encantado ir a cenar contigo el viernes, que el accidente no hubiese sucedido y que… soy una tonta por desear cosas imposibles.

—No, no eres tonta. Y lo habrías pasado de lujo el viernes, habríamos terminado en mi cama o en la tuya y nunca más saldrías de mis brazos.

Y como una tonta adolescente, me sonrojo de los pies a la cabeza pero soy incapaz de decir una sola palabra.

—¿Te he dejado muda? —se ríe y me hace sonreír—. Margarita, todo irá bien. Nosotros tendremos nuestra cita, la primera de muchas. Tu hermana se recuperará por completo y a Beatriz se le irá pasando el susto también. Como a ti.

—Sé que lógicamente será así. Pero ahora mismo parece todo lo contrario. Julieta me oculta algo, no sé el qué y me duele. Algo le hace daño. Y se niega a dejar el trabajo, insiste en que debe estar allí pero no me dice por qué.

—Bueno, esto quizá te sorprenda, pero yo tampoco se lo cuento todo a mi hermano y te puedo asegurar que él no me lo cuenta todo a mí. Es tu hermana pequeña, pero es una mujer hecha y derecha que tiene todo el derecho del mundo a dirigir su vida como le plazca .

—Cierto.

No sé qué me pasa y no quiero pararme a pensarlo. Solo quiero… no sé, aliviar la presión, supongo.

—Ricardo, ¿estás muy ocupado ahora mismo?

—No.

Suelto una carcajada porque ni siquiera lo ha pensado un segundo. La respuesta ha sido inmediata.

—Creo que me gustaría ver algo del pueblo, quizá algo con un lugar tranquilo, reservado y cómodo.

—Tengo el sitio perfecto. ¿Te mando la ubicación o te paso a recoger?

—La ubicación, por favor. Cogeré el coche de Bea.

Un instante después me llega un mensaje con una ubicación.

—¿Te parezco una descarada?

—No. Creo que necesitas un respiro y eso está bien, todos lo necesitamos de vez en cuando. Te ofrezco venir a mi casa, si quieres que te acompañe está bien, si prefieres estar sola, también está bien. Tú decides.

—Gracias.

—De nada.

—Nos vemos en media hora, ¿te parece bien?

—Perfecto, hasta ahora, encanto.

La verdad es que lo que se me ha pasado por la cabeza ha sido encerrarme con él en su habitación y desfogar todas mis frustraciones en la cama, pero en cuanto ha accedido, se me ha ido un poco la valentía.

Quizá su propuesta sea lo mejor. Un poco de paz y tranquilidad, despejar la mente y volver a casa con la pilas cargadas.