Capítulo 23
Ricardo
Mientras espero a que mi hermano baje de su casa, decido escribirle un mensaje a Margarita preguntando por su hermana.
Cuando hablamos anoche me contó entre sollozos que las tres lo están pasando mal y que Bea está especialmente irascible con Julieta y con ella.
Estuvimos hablando cerca de una hora y se me pasó el tiempo volando. Me hubiese encantado estar allí con ella, creo que necesitaba que alguien la abrazase, o a lo mejor, era yo quien necesitaba abrazarla.
Marcos sube al coche y me saca de mi ensoñación.
—¿Qué tal está Julieta?
—Mal —encojo un hombro—, por lo que sé, vamos. Lo están pasando mal.
Se pasa las manos por el pelo y me mira.
—Joder, lo normal, tío. Si hubieses sido tú…
—Yo también te quiero, hermanito —le sonrío y le guiño un ojo.
Es absolutamente cierto, pero burlarme de él es una prerrogativa de hermano mayor que no iba a dejar pasar. Pone una de sus expresiones de hermano pequeño y me hace reír.
—Mañana tenía pensado ir a verla —me dice algo avergonzado—. Hay algunas cosas que hay que hacer urgentes, pero las puedo hacer sin apenas ruido.
En jardinería no hay nada urgente, pero entiendo a mi hermano.
Se ha quedado prendado de Julieta desde el día que fuimos a cenar con ella.
No es nada romántico, es más platónico que otra cosa.
Creo que se preocupa de verdad por ella y que lo que hay entre ellos es una amistad de esas que realmente importan.
Conduzco hasta la casa de mis padres, o mejor dicho, donde viven ahora que es la casa de mis abuelos, mi padre la heredó cuando ambos murieron.
Aparco el coche al lado del de mi padre y cojo el enorme ramo de flores para mi madre, en cuanto cierro la puerta, veo a mi madre en el porche con una sonrisa enorme.
—Hola, mamá.
Le entrego las flores y le doy un beso en la mejilla.
—Hola, cariño —me sonríe y acepta el beso de Marcos.
—Es de los dos —le explico y noto que se le humedecen los ojos.
—Muchas gracias, chicos —se ha ruborizado y eso me hace sonreír.
Me acerco a mi padre y nos abrazamos con fuerza.
—Bien hecho, hijo —me susurra al oído.
Entramos en casa y noto el pellizco del recuerdo. Huele igual que cuando mi abuela hacía su asado de cerdo con salsa de miel y mostaza, era su plato preferido y yo lo he heredado imagino, porque comerlo aquí en esta casa, rodeado de sus cosas, es uno de mis momentos favoritos.
Mi madre ha hecho también unas patatas asadas al romero que le salen de vicio.
Marcos y yo la ayudamos a poner la mesa mientras mi padre elige un vino para ellos dos y nos tiende una cerveza a mi hermano y a mí.
—¿Cómo os van las cosas con la reforma del restaurante de Paco y Elisa?
Ya estamos todos sentados a la mesa y la pregunta de mi padre hace que me tense, aunque no tengo claro el motivo. Últimamente estoy sintiendo un montón de cosas que apenas comprendo y todas tienen que ver con cierta cocinera.
—Despacio. He paralizado la reforma durante unos días.
Mis padres me miran con los ojos como platos y les veo tragar imaginando lo peor, seguro.
—¿Y eso? ¿Algún problema con las nietas?
—No —me apresuro a aclararles—. Pero Julieta, la más pequeña, tuvo un accidente de coche el viernes.
—¡Oh, Dios mío! —mi madre se lleva una mano al pecho—. ¿Y está bien?
—Bueno… no está bien del todo, pero se pondrá bien.
Fue algo aparatoso y grave. Un camión la embistió en la M30 a la altura de l nudo del Hospital de La Paz, los bomberos tuvieron que sacarla del coche.
Tiene que hacer reposo absoluto durante varios días y le han dado la baja para una semana en el hospital, pero le han recomendado que esté al menos dos semanas en casa.
—Madre mía… pobrecilla. ¿Habéis ido a verla?
—Yo iré mañana, mamá —le explica Marcos—. No quiero dejar cosas a medio hacer y si voy yo solo, no tengo por qué hacer ruido.
—Ay, hijo… si lo que esa mujer necesita es descansar —mi padre nos mira a ambos—, quizá no sea tan importante o tenga tanta prisa, ¿no?
Mi hermano no sabe qué decir y yo sonrío. No puedo evitarlo.
—Son unas chicas geniales que os caerán muy bien cuando las conozcáis —intervengo de nuevo—.
He hablado con Margarita, la mayor, y dice que lo están llevando como pueden claro, pero que Julieta se recuperará del todo.
Que lo que más les va a costar será que se mantenga alejada del trabajo durante dos semanas. Es una adicta, no os hacéis una idea.
Sé que mis padres aprecian a la gente trabajadora.
Ellos mismos han trabajado muchísimo toda su vida, tanto, que Marcos y yo a veces nos sentíamos abandonados y creo que aún arrastramos algo de ese abandono.
Sabemos que así eran las cosas y que lo hacían por nosotros, de eso no tenemos dudas, pero había veces que se hacía muy duro.
Veo a mi padre cogerle la mano a mi madre y se me encoge un poco el corazón con el gesto. Es muy bonito verles tan unidos después de tanto tiempo.
El asado está espectacular, como de costumbre y mi hermano y yo damos buena cuenta de las patatas.
Salimos a tomar el café al jardín de atrás, bueno, mi padre y yo, porque Marcos y mamá se van hacia los rosales que plantó el año pasado. Les encanta hablar de jardinería durante horas.
Mi padre y yo nos sentamos en un banco balancín que les conseguí hace un par de años. Se está de maravilla aquí. Ambos observamos sonreír a mi madre y esa expresión de felicidad absoluta que siente cuando estamos todos juntos.
—¿Sabes? —mi padre me habla sin dejar de mirar a mi madre—. Tu madre siempre ha sido el amor de mi vida.
No es la primera vez que lo dice, y si mi madre le hubiese oído, se habría sonrojado. Ha sido así siempre, desde que tengo memoria.
—Lo sé, papá —sonrío y pruebo el café. Es casi tan bueno como el de Margarita.
—Sé que lo sabes —bebe un poco de su taza—. Y tu hermano y tú sois lo mejor de nuestras vidas. Pero era tan duro dejaros… para vosotros no fue fácil, somos conscientes de ello, pero para nosotros tampoco.
—Ya lo sé, los abuelos nos lo decían constantemente.
—No me extraña —coge aire y lo expulsa despacio—. Cuando conocí a tu madre yo tenía mi camino ya soñado, sabía lo que quería y lo que tenía que hacer para conseguirlo, pero entonces la conocí y todos mis planes se fueron al traste.
Presto atención porque esta parte de la historia no la sabía.
—Me volvía loco —suelta una pequeña carcajada que me hace sonreír—. Me hacía sentir cosas que no comprendía y cuando estaba con ella apenas era capaz de pensar con claridad.
Frunzo el ceño porque me pasa una cosa parecida con Margarita.
—Te lo cuento, porque antes, cuando has mencionado a una de las nietas de Paco y Elisa, te ha cambiado la cara. Tu madre lo ha notado también, claro .
—Papá, no creo que a estas alturas necesite la típica charla de las abejas y el polen.
—No, esa no —me mira y me tenso—. Pero tienes un corazón grande y noble, Ricardo. Como el de tu madre. Por eso Ana se aprovechó de ti y por eso nos preocupa que Margarita, si no me equivoco, vuelva a causarte problemas.
—Aprendí la lección.
—Lo sé, lo sabemos —rectifica—. Pero sigues siendo nuestro hijo y todo aquel asunto con Ana fue muy feo. No solo por la precipitada boda, si no por el tema del embarazo y por las veces que os habéis visto después. Esa mujer no es buena ni para ella misma, y mucho menos para ti.
—Ya me he encargado de eso —gruño más que hablo.
—¿Y de la nueva chica también?
—Papá —suelto el café y me giro para mirarle—, lo que hay entre Margarita y yo es real, no sé lo que es y no sé qué va a pasar, pero ella no es Ana. Solo intenta mantener a su familia unida y a salvo. Es una mujer muy sensata y aunque todo se torciese, no repetiría el pasado.
—Muy bien hijo.
***
Cuando dejo a mi hermano en su casa, antes de bajar del coche, me mira serio.
—Mamá está preocupada por lo que te traes con Margarita y cree que yo quiero algo con Julieta.
—Sí, papá me ha dado una charla, aunque no me ha dicho nada sobre ti .
Mi hermano se recuesta en el respaldo y cierra los ojos.
—Julieta es una mujer preciosa y tiene un cuerpo de escándalo, cualquier hombre con sangre en las venas se daría cuenta de ello —asiento sin decir nada—, y sin embargo, yo solo siento la necesidad de estar ahí para ella, ¿sabes?
A estas alturas ya habría conseguido al menos un beso, pero no es eso lo que busco en ella. Bueno, no es que busque nada, es…
—Complicado.
Termino la frase por él y me mira de reojo.
—Yo cada vez que la veo siento la necesidad de meterla en una burbuja y esconderla del mundo —le explico —no me interesa en el plano romántico o sexual, pero joder, esa mujer logra activar todas mis señales de alarma.
Marcos coge aire profundamente y lo expulsa muy despacio.
—El año que estuve en Francia…
Me sorprende que saque el tema. Nunca habla de lo que pasó allí o de lo que vivió allí. Y sé que algo pasó, conozco a mi hermano y vino cambiado después de aquello. Por no hablar de que el curso que fue a hacer era de dos años y volvió sin terminarlo.
—Estuve saliendo con una mujer. Además de preciosa, era inteligente, divertida y en la cama era increíble.
Me enamoré de ella como un loco. Fue algo fulminante y definitivo.
Pero resultó ser una mujer casada con una relación terriblemente tóxica.
Aun así, le pedí que dejase a su marido y viniese a España conmigo…
la esperé en el aeropuerto durante más de cuatro horas, de hecho, perdí el vuelo y tuve que esperar al siguiente.
Ella no apareció, así que me fui a buscarla, loco de celos y muerto de preocupación.
Le doy un poco de tiempo para que continúe con su historia. Jamás he sabido nada de todo esto. Es la primera vez que lo dice.
—La encontré sentada en el portal de su casa. Estaba bien, no tenía golpes ni heridas de ningún tipo.
—¿Entonces?
Marcos me mira un instante antes de volver a cerrar los ojos.
—Me dijo que su marido lo era todo para ella. Que yo había sido algo necesario para comprender que su relación no era sana, pero que jamás podría estar solo conmigo.
—Joder, Marcos. Lo siento.
—Me gustan las mujeres, pero nunca he sentido nada por ninguna desde Geneviève. Hasta Julieta. No es lo mismo, ni siquiera parecido, pero me siento protector con ella y creo que Julieta también tiene una relación tóxica con alguien.
Lo que dice mi hermano tiene mucho sentido.
Siempre he tenido la sensación de que esa mujer se está consumiendo, Margarita y Bea creen que es por el trabajo.
Y no pongo en duda su capacidad laboral o la intensidad de su puesto, pero siempre me ha parecido que la tristeza de sus ojos es por algo más.
Pero Margarita consume todos mis pensamientos y no me había parado a pensar más en ello hasta ahora.
—Creo que es una idea estupenda que mañana te acerques a verla.
—¿Y tú te acercarás a ver a su hermana?
—Pues claro —sonrío y le guiño un ojo y él se echa a reír.
—¿Y qué pasa con eso de que es una clienta y no se jode con clientas? No has aprendido nada, tío.
—Ella no es como Ana —me siento obligado a defenderla—. Y aún no he jodido con nadie.
—Ese es el motivo por el que siempre estás de mal humor.
Ambos nos reímos a carcajadas. Hasta que Marcos se pone serio.
—Tienes razón, Margarita no es Ana y no es justo que lo haya mencionado —me mira y yo asiento con la cabeza para que sepa que no hay problema.
Se baja del coche sin decir una palabra más y eso me hace sonreír.
¡Cómo nos cuesta hablar de lo que sentimos! Ahora que Marcos me ha contado algo tan íntimo e intenso, sé que necesitará unos días de relax, quizá que se ocupe de la finca Salvatierra o que hable con Julieta no es tan mala idea.