Capítulo 22
Margarita
Un par de horas después de que se fuese Ricardo a su casa, la puerta de entrada se abrió de par en par y una muy furiosa Beatriz entró con el rostro surcados por lágrimas.
Esperé sus gritos y esperé su genio, pero solo entró en mi habitación, se tumbó en mi cama y después de llorar durante horas, se quedó dormida.
Yo no he sido capaz de dormir.
No dejo de ver a mi hermana con moratones, quemaduras, cortes… y eso solo es lo superficial. No me puedo imaginar qué habrá que no puedo ver.
Ricardo tenía razón, el susto ha sido tremendo.
Cuando estoy preparando café en la cocina, me suena el teléfono y el corazón me da un vuelco, lo cojo sin mirar quién es. Deseo con toda mi alma que sea del hospital para decirme que Juls ya puede volver a casa, pero al mismo tiempo me aterra que haya habido complicaciones durante la noche.
—¿Diga?
Mi voz suena realmente frágil.
—Soy yo —el alivio me invade con fuerza al reconocer la voz de Ricardo—. Te llamaba para ver si sabías algo de Julieta.
—No, aún no sabemos nada —suspiro y me siento en un taburete de la isla de la cocina, miro el reloj de la pared y frunzo el ceño—. Hace un rato que no oigo ni veo a nadie en los jardines, acabo de darme cuenta.
—Les dije que se fuesen después de la hora de comer —me explica—. Julieta va a necesitar tranquilidad y paz y no podrá tenerlo con mis chicos por ahí pululando haciendo ruido. No te lo he consultado —sonrío porque casi puedo verle frotarse el pelo—, pero me pareció lo mejor para ella.
El corazón se me para durante un instante.
—No sé cómo agradecértelo.
—No tienes nada que agradecer. Te lo dije ayer. Me gustas y quiero pasar tiempo contigo, pero mi madre me daría una colleja si se enterase de que no hago lo correcto. Así cuando mañana vaya a comer con ella, quedaré como un hombre hecho y derecho.
Me hace reír. No con grandes carcajadas pero sí con esa risa que sale del corazón.
Ricardo es un hombre hecho y derecho según mi opinión. Y el interés que siento por él aumenta cuando hace cosas como parar una reforma porque mi hermana va a necesitar tranquilidad o cuando aún se esfuerza por ser un buen hijo a ojos de su madre.
—Eres un buen hombre, Ricardo de la Torre .
—Y tú una gran mujer, Margarita Salvatierra —sonrío aunque él no puede verme—. Te llamaré mañana, si te parece bien.
—Me parece bien. Gracias por estar pendiente de mí y de mi hermana.
—Un placer, encanto.
Cuando cuelgo la llamada debo tener una cara de idiota redomada increíble porque al girarme veo a Bea apoyada en el quicio de la puerta. Tiene los ojos hinchados y la cara aún un poco colorada. Pero parece más tranquila.
—Supongo que era nuestro contratista —asiento con la cabeza esperando lo siguiente que diga—. Te hace bien, Marge. Ese hombre te hace bien.
—Solo ha sido una llamada de cortesía.
—Puede —encoge un hombro—, pero con él sonríes con los ojos y es como si te iluminases.
¿Sabes? Viéndote y oyéndote hablar con él me he dado cuenta de que las tres nos hemos perdido a nosotras mismas estos últimos años.
Quizá Julieta sea la que más perdida está ahora mismo, pero acabo de darme cuenta de que todo lo que has hecho en los últimos diez años ha sido cuidar de nosotras y anteponernos a todo lo demás.
—Eso no es un problema, sois mis hermanas.
Entra en la cocina y se apoya en la isla central para mirarme a los ojos.
—No he dicho que sea un problema. Digo que no me había dado cuenta hasta este preciso instante en cuánto has sacrificado y en cuánto has pospuesto para estar ahí para nosotras. Y en cuánto has perdido por el camino. Como esa sonrisa que acabas de esbozar hace un minuto. Hacía años que no la veía.
—Las tres hemos estado ocupadas.
—Sí, es lo que digo. Que con tanto trabajo, tantas carreras a un lado y a otro, además de intentar superar la muerte de mamá, nos hemos perdido por el camino. O al menos, algo de nosotras mismas.
Miro a mi hermana y se me encoge el corazón. No le falta razón.
—Cuando abramos el restaurante —me dice toda seria—, quiero que Juls trabaje con nosotras. Quiero que vuelva a casa y salga de esa horrible oficina y pueda dejar de ver al cabrón de Julio y a la zorra con la que está ahora casado.
—No creo que acepte. Sabes que no va a cocinar con nosotras y va a empezar a hablar de números y demás, y la verdad, aunque me encantaría que estuviésemos las tres aquí juntas, la estabilidad de su sueldo es un respiro enorme.
—Me da igual la estabilidad económica —se encoge de hombros—. Esta es nuestra nueva oportunidad de hacer bien las cosas, de recuperar lo que hemos perdido o de evolucionar a las nuevas nosotras. Pero quiero a Juls aquí. Con nosotras.
Madre mía.
Bea es la persona más terca y cabezota que he conocido en toda mi vida. Cuando algo se le mete entre ceja y ceja no para hasta conseguirlo, solo hay una persona aún más terca y esa es Julieta.
Me parece que las próximas semanas van a ser de lo más interesantes.
Noto como se me empieza a formar un punzante dolor de cabeza.
***
Al llegar al hospital, nos encontramos a Julieta en una silla de ruedas y totalmente lista para irse de allí.
—Podías haber esperado dentro —la regaña Bea acercándose a ella.
Julieta la mira y le sonríe y es todo lo que necesita Bea para rodearla torpemente con los brazos antes de echarse a llorar.
—Estoy bien. Parece más de lo que es.
—Me da igual lo que parezca —solloza Bea aún sin soltar a Julieta.
El celador que estaba con ella nos sonríe y se acerca un poco a mí.
—El doctor le ha dado una serie de pautas que debe seguir —me entrega un sobre de tamaño medio—: son importantes, mañana y pasado tendrá un dolor terrible y tendrá que estar muy vigilada los primeros tres o cuatro días.
Si cualquiera de los síntomas que aparecen ahí, hace acto de presencia, deben traerla de nuevo de inmediato.
—Así lo haremos —le sonrío —gracias.
Asiente con la cabeza y mira a mi hermana Julieta.
—Tómatelo en serio, ¿vale? —ella baja la mirada un poco avergonzada—. No me gustaría volver a ver esa cara tan preciosa por estas salas, prefiero verla en un anuncio en la tele.
Julieta suelta una risita que nos hace sonreír a Bea y a mí.
El hombre nos ayuda a meter a Juls en el coche y tras recordarme que nos debemos tomar en serio las indicaciones, se va.
—Por fin voy a casa.
Bea y yo nos miramos a través del retrovisor y permanecemos en silencio. Si Julieta se cree que se va a saltar las indicaciones médicas, está muy equivocada .
En cuanto entramos en la finca se percata de que hay trabajos a medio terminar y de que no hay nadie en los alrededores.
—¿Por qué no están trabajando hoy? ¿es festivo aquí o algo así?
Detengo el coche en la puerta de casa y me giro para mirarla ya que he conducido yo y Bea se encuentra en el asiento trasero. Obviamente, Juls va en del copitolo.
—No, Ricardo les va a dar unos días libres para que puedas descansar tranquila y relajada, tal y como te indica el médico.
—¿Qué? No, de eso nada.
—Juls…
—Que no… pero, ¿qué tontería es esta? Las cosas hay que hacerlas cuando hay que hacerlas, que yo haya tenido un percance…
—¿Un percance? —Juls no puede girar el cuello porque aún lleva el collarín, pero yo miro a Bea, que ha interrumpido de forma un tanto brusca—. ¡Un percance, dice! ¡No ha sido un puto percance, Julieta! ¡Has podido morir! ¿Eso lo entiendes? Mírate, estás hecha un desastre.
—Bea…
—Déjate de Bea —la corta de nuevo—. ¡Mierda!
Sale del coche y abre la puerta del copiloto.
—No puedo hablarle o mejor dicho, gritarle a tu nuca.
Escúchame y escúchame bien, señorita yo puedo con el peso del mundo entero yo solita.
Has tenido un accidente grave. Así que vas a entrar en casa, te vas a meter en la cama y no vas a pensar ni en el trabajo y en la reforma en al menos una semana.
Vas a tomarte la medicación que te hayan recetado y vas a portarte bien para que te puedas recuperar por completo .
—Bea, estoy bien.
—¡No, no lo estás! ¡Joder!
Bea da un pisotón en el suelo y casi tengo ganas de sonreír.
Finalmente entramos en casa y llevamos a Julieta directamente a su cama, no ha dejado de protestar ni un solo segundo, pero tampoco nos está poniendo las cosas difíciles.
Mientras Bea pulula por el cuarto de Juls estirando las sábanas, yendo a buscar más cojines o lo que se le ocurra en el momento, yo me siento en una esquina a leer las indicaciones médicas.
—Aquí dice que si vomitas, tienes pérdidas de memoria, te cambian las pupilas de tamaño o tienes excesiva somnolencia, tenemos que volver corriendo al hospital.
—Sí, ya me lo han explicado —suspira—. Aún tengo algo de pesadez mental y pienso más despacio, pero estoy bien. Es como si tuviese una especie de niebla en el cerebro, pero os prometo que estoy bien.
—Si vuelves a decir que estás bien… —el murmullo de Bea nos sorprende a las dos por la ira que gotea de cada palabra.
Para cambiar de tema, tras mirar a mis dos hermanas, sigo leyendo el informe.
—Nada de pantallas de ningún tipo en al menos tres días —Juls pone los ojos en blanco—. Y no puedes trabajar en varios días. También dice que puedes empezar a quitarte el collarín a partir de mañana.
—Ya me han explicado todo eso, Marge.
—¡Pues mira qué bien! —estalla Bea—. Como tú ya lo sabes, nosotras no tenemos por qué saberlo, ¿no?
—No quería decir eso …
—¡Es que me da igual lo que quisieras decir! —la mira desde los pies de la cama—. Mírate, casi te mueres, y aún estás aquí discutiendo…
—No estoy…
Toco la pierna de Juls y esta se calla de inmediato. Entonces enfoco mi atención en Bea.
—Bea, tienes que calmarte. Sí, ha tenido un accidente y aún no está fuera de peligro, pero va a cumplir con las órdenes del médico porque no es idiota y sabe que lo que ha pasado tiene cierta gravedad. Pero gritando y enfadándote, no vamos a hacer que mejore.
Bea aprieta los dientes y me mira con dureza unos segundos, después se gira hacia Juls.
—¿Tienes la intención de cumplir con las órdenes médicas?
—Sí, Bea. Sé que os he asustado —unas lágrimas empiezan a caer por su rostro—, pero yo también estoy asustada. No te enfades conmigo por favor.
Bea no tarda ni un segundo en tumbarse a su lado y le rodea el cuerpo con un brazo.
—Te quiero tanto —solloza Bea que noto un pellizco en el corazón—, tanto… y he tenido tanto miedo. Y… joder, Juls…
—Yo también te quiero —le acaricia el pelo a Bea y tiende una mano hacia mí que por supuesto le cojo aunque yo también estoy llorando—. Os quiero muchísimo a las dos. Y siento mucho haberos asustado. Voy a tomarme el descanso en serio, lo prometo.